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Historia para Leguizameños/as (10)

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John Elvis Vera Suarez

SIGLO XVIII (mediados)

El Imperio de los Borbones, impulsó la economía extractiva de productos naturales y la minería del oro en la Amazonia con el propósito de integrar esta región al desarrollo económico de las colonias y obtener mayores riquezas para la metrópoli.  Para tal fin debía conformarse una red de pueblos como centros de difusión de la cultura occidental-cristiana.  Esta labor de conquista espiritual fue realizada por los misioneros Franciscanos y Jesuitas quienes uniendo la espada a la cruz reunían a los indígenas, mediante la persuasión o la fuerza en pequeños poblados donde les enseñaban la doctrina católica y a querer copiar el vivir de la cultura europea, en cuanto a vivienda, vestido y organización social y política.[i]

1754

Publimayo

El padre franciscano español, Fray Antonio de Jesús Paredes, lidera la fundación de San Joaquín en la desembocadura del Río Putumayo.  Siendo esta la población más oriental con que contó la Amazonia Colombiana.[ii] “… que sufre desde sus primeros años el constante asedio lusitano, y que finalmente en 1766 cae bajo el poder de las huestes portuguesas. La impotencia española para repeler la agresión se evidencia en la respuesta que don Joaquín Mosquera y Figueroa da al Virrey, quien había ordenado esa acción, en lo que pone de presente que a más de los crecidos costos, la empresa “es casi inverificable, por la gran distancia que hay en esa ciudad – Popayán – hasta el desemboque del río Putumayo, en que se consuman cerca de sesenta días, de asperísimos caminos”.[iii]

1755

“… se tienen las primeras noticias sobre los chorros de Angosturas y los saltos del Araracuara del río Caquetá, dadas por un traficante de esclavos portugués, parece que la captura de indios (para ser esclavizados) y las prácticas de rescate en el Caquetá, datan probablemente de las últimas décadas del siglo VXII. Ya durante la segunda mitad del XVIII los portugueses transitaban ampliamente el Yapurá (Caquetá), y parece que llegaban hasta la misma cordillera de los Andes. En 1755 los portugueses navegaban frecuentemente la parte inferior del río Putumayo con el objeto de extraer quina, cacao y otros productos. El Bajo Putumayo presenció una intensa lucha entre los misioneros franciscanos que iban del lado de Colombia y los portugueses.”[iv]

1756

Fray Juan de Santa Gertrudis Serra, describe el modelo de producción llevado  a cabo en María Inmaculada de la Concepción: “El Padre Carvo, criollo, en la fundación de la Concepción (bajando en canoa cinco días desde San Diego, primer poblado en la navegación del río Putumayo en el pie de monte) había introducido de Pasto, ganado vacuno y contaba con un hato de cincuenta reses;  criaba perros, gallinas, cerdos y cabras (estas traídas del Gran Pará); cultivaba piña y caña, obteniendo guarapo, miel y azúcar; recogía de sus indios cacao silvestre, pescado seco y cera de abejas, que eran la base del comercio con Pasto (vía Sibundoy), de donde se traían tejidos, sal, harina, trigo y herramientas; la canoa grande anual al Gran Pará iba surtida de dinero (oro tal vez) para la adquisición de herramientas, vino, sal, tejidos, pólvora, municiones.”   Las misiones del Putumayo, mencionadas por Santa Gertrudis (San Diego, Santa Cruz del Mamo, María Inmaculada de laConcepción, Agustinillo y San Joaquín) se sostenían a nivel indígena a través de las propias modalidades de la producción descrita anteriormente, donde debemos sumar lo introducido por los colonos (perros, gallinas, cerdos, plátano, cítricos y demás).  Santa Gertrudis adoptó el modelo de Carvo, aplicándolo en Agustinillo. [v]

  1.  

El Padre Fray Juan de Santa Gertrudis Serra, realiza su labor como misionero en el Río Putumayo, dejando sus impresiones en su obra “Maravillas de la Naturaleza”.[vi]

“…y nosotros nos fuimos con los indios que habían venido de San Diego con las canoas….

Así fuimos navegando todo el día. A la tarde entretanto que nos paramos en una playa a comer, los indios al instante que traían anzuelos se pusieron a pescar y cogieron algunos barbudos.

El barbudo es un pescado a la forma de corbina, salvo que no cría escamas. Tiene en el hocico dos pullas largas como el camarón. A esto llaman barba, y por esto llamarán tal vez a estos pescados barbudos. Hay dos especies de ellos. Los unos y los más comunes son de color azul, y los otros son negros, y estos son más sabrosos. Es pescado de 4 o 5 libras. Su carne blanca y su sabor algo parecido a la pescada. Hay otros pescados a estos semejantes, sólo con la diferencia que en las agallas de cada lado cría una espina de bastante largo y grueso con el pescado llamado escórpara. Y a estos los llaman nicuros. Nosotros a la noche cenamos pescado fresco y dimos la carne a los indios. (Pág. 247) Tomo I.

El otro día volvimos a partir, y en una canoa un cholo su puso a pescar, y cogió un bagre que pesaría 3 arrobas. Yo hasta entonces no había pensado que el río criase pescados tan grandes; pero los cría y muy más grandes como diré más adelante. Llegamos por fin a la tarde a San Diego. San Diego es el primer pueblo del río Putumayo, y tendrá 500 indios. Ya hay aquí algunos de ellos vestidos, así hombres como mujeres. Esto es, vestidos de la cintura para abajo; pero la mayor parte del todo van desnudos, y todos grandes y chicos con la melena tendida. Las mujeres traen una faja de un palmo de ancho arrodada a la cintura, que algo les cubre y honesta el sexo. Esta se la aseguran con una sarta de fuentecitas menudas, de pepitas de varios árboles que ellos taladran, y las ensartan en un volantín de palmiche que es las telas de las hojas de una palma de que dije que fabrican las hamacas en el río de la Magdalena, Cap. III.  De lo mismo fabrican estas fajas con que se cubren las mujeres, y a más de ser un tejido muy tupido, lo embetunan con resinas del monte y lo pintan de achiote. Estos indios son putumayos, y su divisa así hombres como mujeres es tener taladrada la ternilla de en medio de la nariz, unos usan ponerse allí unas plumas de cada lado, que les forman unos bigotes, y otros, en lugar de las plumas, se meten un palito lleno de pepitas taladradas y ensartadas en dicho palito. Todos se pintan el cuerpo de achiote y salpicado como ya dije de algodoncillo o pelusa de palma. Los hombres se atan con un cordoncito o volantín por el prepucio, y este volantín bien tirado le dan vuelta por la cintura. Así se crían desde guaguas.” Pág. 248

“y nos dio a cada uno una cuchara de manatí. Que el mismo las fabricaba. El manatí es un pescado grande que cría el río. Por otro nombre lo llaman vaca marina. Tiene la misma forma de una vaca, salvo que tiene las orejas de a 3 cuartas de largo y hay manatí de mayor cuerpo que una vaca. Cría mucha carne magra y parece lomo de cerdo y se hacen allí de ello unas longanizas muy sabrosas.” Pág. 249

“Hay allí unos árboles que llaman cauchos. El caucho es árbol grande y muy coposo. Su hoja es parecida a la hoja de la morera en la figura. Es muy más grande, de color azul turquí y de mucho canto. Este árbol de caucho al picarlo, destila mucha leche en abundancia, que hay caucho que dará una botija de leche. En Quito con esta leche hacen forros para sombreros y capotes y relingotes y ruanas encauchadas. Esto es, sobre lienzo le dan con esta leche, ella se cuaja que parece una pintura pintada al óleo. Y con un instrumento de estos va uno seguro de aguacero, porque por más que llueva, así como cae en ello el agua, se resbala como en una pintura pintada al óleo. De esta leche enlazan a la punta de unos palos hasta que se forma en cada uno una bola. Y con estos palitos pican con las bolas en la abertura del tambor, ya cerca o lejos de los dos agujeros, y con muy leve impulso despide el ronquido que dije, él muy suave y retumbante.” Pág. 250

“Nosotros nos detuvimos en San Diego 4 días; más temerosos como vimos  que nos habían traído tantos monos asados, que el Padre no nos diese a comer mono, le dijimos que de ninguna manera lo queríamos comer.

El Padre con cautela mandó cazar monos frescos, y que los guisaran sin que nosotros los viéramos. Y ya que lo tuvo compuesto nos dijo: Ea Padres, esta noche tienen para cenar una grande cena, que del monte me han traído un jabalí, y esta noche verán ustedes que carne es tan sabrosa. Nosotros así lo creímos, porque ya teníamos noticia que por allí se criaban muchos jabalíes. Hay tantos que a veces viene manada de 3 a 4.000 y destrozan y hacen mucho daño en las chácaras y platanares. Son ellos como los jabalíes de España, salvo que tienen sobre los lomos un lombrigo abierto, y por alli están de continúo goteando almizcle. El modo que tienen de cogerlos los indios cuando ellos vienen muchos juntos es: Llévense un perro, y en el monte van a buscarles el rastro, y allí hacen ladrar al perro. Al ladrido del perro acuden ellos, y es preciso al oír que ya viene la manada subir el perro a un árbol, y subirse también la gente, si no los mataran a tarascadas, y se los comieran. Tienen allí repartidos muchos saparos o canastos de bejucos, y dentro de cada uno mazorca de maíz. Estos saparos tienen muchas asas, y por dentro de ellas cada uno su cordón de palmiche. Cada indio está aguardando con sus cuerdas en la mano, y al entrar el jabalí a coger la mazorca, tira la cuerda y ya lo tiene patas arriba, y así lo cuelga que no pueda ya escaparse. Aguardan después a que se vaya la manada, y bajando los atan de la boca, y así los llevan todos los que cogieron vivos al pueblo. Tienen sus chiqueros, y allí encerrados los van manteniendo para cuando los quieran comer. Si cogieron algunos de chicos los domestican y los van criando; pero en siendo ya grandes no se dejan ya domesticar.

Otro modo tiene de cogerlos y es: Van, buscándoles el rastro, hacen ladrar el perro, y al oír que ya vienen se suben a los árboles, cada uno con su dardo en la mano. Son ellos tan fieros que van a dar tarascadas a los troncos para derribarlos, y entonces a dardazos clavan a cuantos se arriman. Y así van ellos haciendo una gran matanza. A la que se fue la manada bajan, y entre tanto que uno va corriendo al pueblo a avisar a la gente para acarrearlos, los otros a toda prisa les van cortando un trozo del lomo donde tienen el almizcle, porque de no queda toda la carne infectada con ello. Viene la gente y los van acarreando; y como ellos no tienen sal, al instante hacen pedazos, y los asando, y así después al humo lo guardan de corrupción. Nos contó Fr. José Carvo que aún los tigres temen y huyen de los jabalíes; y si alguno se atreve a acometerlos, lo rodean todos, y lo despedazan a tarascadas, y se lo comen, y yo lo creo, porque he visto jabalíes muy grandes que pasarían de doce arrobas, y sus colmillos a proporción del cuerpo, que le salen de la boca cuatro dedos como tijeras.” Pág. 251-252.

“Y volviendo a nuestros monos digo que nos pusimos a cenar y cenamos con mucho gusto. Todos pensamos por lo sabroso y jugoso de la carne que era jabalí, siendo mono. Ya después de haber cenado nos dijo el Padre que era carne de mono fresco, y que el ahumado aún estaba más sabroso. Nosotros no lo queríamos creer, hasta que vino la india que lo había cocinado y nos dijo que era mono. Entonces dijimos todos: pues si tan sabrosa es la carne de mono, la comeremos sin fastidio en adelante. Y así fue. Sólo sí, las manos y la cabeza, como tienen forma humana, jamás lo he querido comer. Y cuando a la cabeza dicen, y así será, que es lo más sabroso. Y los indios la cabeza siempre se la come el que mata el mono, ni a su padre se la dará.  

En la plaza delante del convento, había unos guabos (Guamas?) de aquellas guabas largas y redondas que traigo anotadas en el capítulo III. Yo como hasta entonces no había visto fruta semejante, pregunté al Padre qué eran aquellas algarrobas. Ya como había comido de las chicas en el río la Magdalena, al instante que dijo guabas, ya entendí lo que eran. Ellas estaban que ya se pasaban casi de maduras, y nos mandó coger una partida. Pero aquello es comer confitura. Yo le pregunté si por abajo también las había, y me dijo que en los pueblos no. Sólo en La Concepción había de las machetonas, que también traigo apuntadas en el citado lugar, pero de las redondas no. Más el monte en varias partes había de unas y otras, y que los indios en topando, las traían. Yo recogí una partida de pepitas, y me las llevé, y en todos los pueblos fui sembrando de esta especie que es la mejor.” Pág. 253

“Aquí advierto que el río del Putumayo es en la frondosidad un paraíso. Hay muchísimos guaduales; la margen está poblada de guabos de las guabas chicas, y algunos que dan en las medianas; muchísimas palmas de todas especies. Hay por allí dos especies de bejucos singulares. El uno lo llaman yoco. Es bejuco del tamaño de una muñeca, y de él hacen bebida los indios de esta suerte: Cogen trozos de este bejuco y se los llevan; cuando quieren, coger un trozo, y con una concha o con el filo del machete van raspando la corteza, que es de color atabacado. Todo lo raspado lo ponen en un mate o medio calabazo con agua, y a fuerza de refregones y estrujarlo con las manos, le hacen largar toda la sustancia que se vuelve el agua casi colorada, y este jugo se lo beben. Su sabor es algo áspero. Dicen ellos que les fortifica el cuerpo, y que les infunde ánimo. Yo lo que experimenté es, que quita el cansancio y molimiento del cuerpo, y que al mismo tiempo refresca, No es mala bebida. Y se pone mucho mejor si se saca en cantidad, y después se hierve, y así hervido se embotija, porque por sí se fermenta, y ya fermentado es mejor. Esta es bebida general en todos los indios del Putumayo, que mañana y tarde toman yoco.” Pág. 253-254

“El primer día de navegación de San Diego para abajo, el río iba decreciendo, y hallamos dos pescados en una playa, que se habían quedado en seco, porque cuando ellos acataron, les faltó el agua y no se pudieron ir. Los dos son raros. Yo había oído decir que en el mar había un pescado, que con el hocico levantaba mucha agua, y que se había experimentado haber caído talvez el agua en algún barquito chico y haberlo anegado. Yo lo tenía por cosa de bulla; pero diré lo que he visto muchísimas veces en el Putumayo. Hay unos pescados que los llaman bufol. Es él del tamaño de un delfín grande, y tiene casi la misma hechura. Es pescado que pesará 3 quintales; no lo comen los indios, y tiene como la ballena cuatro dedos de gordo, que parece tocino. En el hocico a la parte superior forma una cuchara, proporcionada a su cuerpo, y con ésta es que levanta el agua por el aire cosa de unas 8 varas, y cada vez da un bufido que se oye de una milla de distancia. De cada cabezada que da levantará un par de barriles de agua. Esto supuesto digo, que si los que hay en el mar son muy más grandes, se hace creíble que pueda el agua que levanta anegar un barquito chico; pero si no creen más que estos que yo digo y he visto, es fábula de especie, mayormente porque  entre los indios es común que este pescado es amigo del hombre, y jamás lo daña; antes bien, si alguien cae en el agua, este pescado lo saca a tierra. Propiedad semejante se escribe del delfín. Lo cierto es que, aunque en el Putumayo hay de estos muchos, jamás se acercan ellos a las canoas que por el río trafican.

Ser esta noticia muy cansona lo digo por lo que yo he visto dos veces, y es: navegando pues este primer día río abajo oímos bramidos como de una vaca, y los indios empezaron su murmullo de su lengua, que nosotros por entonces no entendíamos, y al instante empezaron a remar a toda prisa, para llegar la playa de donde salían los bramidos. Nosotros pensamos que sería algún animal que querían coger, y no fue sino que un bufol se había quedado en seco en esta playa. El hacía diligencias por irse, pero como el río menguaba cada instante, más le faltaba el agua, y los gritos que daba se figura que era pedir socorro por no perecer. Y como la naturaleza le enseñó socorrer en el agua al hombre para que no perezea, ahora también pide él para sí al hombre con sus bramidos socorro para no perecer. Los indios al saltar a la playa fueron corriendo, y con las palancas lo fueron empujando al río; y así que él se halló con agua para poder nadar, dio 3 saltos en el aire y no lo volvimos a ver.

Ya era cerca de las once y determinamos comer allí, y andando por la playa topé con otro pescado que también se había quedado en seco; y sin embargo que él ya estaba corrupto y despedía hedor, seña que ya habría unos días que estaba muerto, con todo a mí me pareció que meneaba. Me acerqué y hallé que era un pescado, lo propio que una raya pescado marino. Él todo estaba con un continuo temblor sin parar. Yo decía cómo es esto. Él está corrupto. Pues ¿cómo se mueve? Por fin yo llamé a un indio que se llamaba Gregorio, el cual hablaba algo la lengua española. Vino y me dijo: Padre, a este pescado lo llaman temblón. Él no se come, porque quien comiese de él, le causa en el cuerpo el mismo temblor, que le dura muchos meses, tanto que, aunque la criatura se duerma, no deja ni cesa de temblar, y de esto hay en este río varias experiencias, por haberle algunos indios comido. Y hasta que el sol lo consuma del todo no cesa jamás de temblar. Esta es una de las cosas más raras que yo he visto varias veces.

Este día a la tarde a la mano izquierda éntrale al Putumayo un río grande que lo llaman Timbío. Él muy remanso, y llevará 8 varas de agua y 20 de ancho… En este monte de Timbío hay muchísimos árboles de canela.” Pág. 256-257.

“El tercer día  denavegación llegamos al pueblo de Santa Cruz. Aquí vivía una nación de unos indios llamados mamos. Nos salió todo el pueblo a recibir, que serían 500 indios. Aquí había ya también algunos cristianos, pero casi todos desnudos y pintados de achote como todos hombres y mujeres. Ellos hablan hasta aquí la lengua linga, que es lo general que traigo ya apuntado. Las mujeres también traen su campanita a la cintura como las de San Diego. La divisa particular con que se distingue esta nación de las otras es, que los mamos así que nacen taladran las orejas a las guaguas, y tanto cuanto van creciendo, les van metiendo en el taladro un tarugo de menor a mayor. Tanto que ya a los 15 años tiene un agujero en cada oreja que le cabe una pieza algo mayor que aquellas piezas con que se juega al juego de damas. Estos son sus zarcillos, y su mayor gala el llevar más grande las piezas en las orejas.

En este pueblo vi los toches blancos y negros que traigo apuntados en el capítulo III. En el desembarcadero, hay una loma muy buena, y toda ella es de mineral de oro.” Pág. 259

“…del Mamo a La Concepción hay 42 leguas, …

Llegamos a La concepción, que es el pueblo más grande y antiguo, y en él hay dos naciones, que son los payaguas y los payaguaques, que compondrán las 2 naciones 900 indios. Este pueblo fundó el Padre Fr. Juan Mateo que llevo anotado, Fr. José Carvo.” Pág. 263

“El gobierno que allí se tiene en todos los pueblos es: Al madrugar el alba empiezan los indios en sus casas a gritar, y lo que dicen es: ñantaque, que quiere decir: ya canta el gallo. Y por esto estiman ellos mucho los gallos. Con esta gritería se levantan todos y de tropel bajan al río a lavarse grandes y chicos. Como es tierra y clima tan caluroso, a refrescarse y arman una algazara y vocería allí todos juntos, hombres y mujeres, grandes y chicos, que es gusto verlos y oírlos con tantas monerías que hacen.” Pág. 265

“Cada cuatro meses van todos los indios y hacen al Padre cura una chácara. Esto es, rozan un pedazo de monte y lo componen para una sembraría de maíz, yucas, arracachas, camates, etc. ellos se lo siembran y lo cogen, y esta es una diligencia precisa, porque ellos cuando para sí hacen su chácara, van al Padre y él los provee de semillas para sembrar, porque ellos no cuidan de esto para volver a sembrar. También cada año a tiempo proporcionado van a limpiar el platanar del Padre. Todas las familias que salen los domingos después de misa para ir a buscar carne y pescado toda la semana, cuando vuelven el sábado a la tarde siempre traen al Padre un saparo de pescado asado y ahumado, y otro de monos y pájaros así mismo. El Padre los provee de herramientas, hachas, machetes y de anzuelos también.

Yo lo que más admiré fue que este Fr. José Carvo había traído de Pasto vacas y novillos, y tenía ya con los que habían allí procreado más de 50 cabezas de ganado. Mucho sería el trabajo, siendo tan áspera aquella serranía. Tenía también su manada de cabras, pero estas habían venido embarcadas del Gran Pará de Portugal. Confinan con nuestra misión otros Padres descalzos de Santa Teresa en el río Marañón, en las tierras de Portugal, y todos los años baja allá una canoa grande de nuestra misión y allí por mano de dichos Padres se compra y se hace apero de pólvora, munición, sal, vino, herramientas y lienzos de lana algodón. Esto se paga con lo que da el Rey a cada Padre conversor para su manutención. La harina para hostias se entra de San Juan de Pasto. Este Fr. José Carvo se ha dado maña, y todos los años recoge mucho cacao, de que abunda mucho el monte, y es de quien lo coge, porque Díos lo sembró allí. Seca también algún pescado, y recoge también algunos quintales de cera blanca, de que también abunda el monte; y todo lo manda a Caquetá, y de allí los indios sibundoyes ya citados se lo sacan cargado a espaldas a Pasto, en donde tiene su correspondencia, y con el producto que da, pagados a estos sibundoyes el flete, de Pasto se apera de lo que más necesita el pueblo.

Un día vi que vinieron unos indios trayendo unos meloncites, algo menores que la cabeza y al llegar lo fueron a presentar al lego, diciendo:Payre, na. Que quiere decir: Padre, toma. Yo pensé que sería fruta, y le pregunté sobre ello, y me dijo: ahora verá lo que es. Rompió uno y dentro estaba lleno y tenía unas habas del tamaño de una peseta con la figura de los chochos. Tiene cada una su cáscara, y ésta es la yesca que allí regularmente gastan los indios. Dentro tenía una masa como almendra muy aceitosa con el olor algo fastidioso. Yo le pregunté si se comía, y me dijo: esto es purgante. Aquí lo llamamos habilla, y afuera en los poblados es apreciado, porque con la cuarta parte que uno tome de una de estas habas es una purga muy buena y segura. Estos meloncitos los crían unos bejucos que hay en el monte. Y en días pasados, dijo, con una partida machacada, y con lejía cocido, como es tan aceitoso, probé de hacer jabón, y salió muy bueno, pero deja este olor fastidioso en la ropa. Estas y otras que ya tengo las he mandado buscar para mandarlas a Pasto, que me las han pedido.

En La concepción se quedó el Padre Antonio Urrea de conversor y compañero de Fr. José Carvo. La divisa de la nación payagua es: Llevan la nariz taladrada de un lado y otro, y sobre cada agujero se ponen unas lentejuelas redondas de concha de nácar, trabadas a la parte de adentro con un hilo de algodón y un palito para que no se les caigan. Yo le pregunté a Fr. José Carvo de dónde se aperaban los indios de nácar. El me respondió: Hay río abajo en el monte una laguna que cría muchas conchas, y esta creo que está cerca del paraje a donde ha de ir usted. Yo, dijo, por más diligencias que he hecho, jamás ellos me han querido revelar el puesto de esta laguna. Si usted la llega a descubrir podrá sacar de allí mucha riqueza, porque dicen estos indios que las conchas cuando ellos las cogen y las abren, tienen dentro su pescado y también unas pepitas redondas del mismo color del nácar, que son muy duras de romper, y tienen de grandes y de chicas. Que naturalmente serán perlas. Ellos como no saben qué es, y no las pueden taladrar, alli las tiran. Yo después que formé mi pueblo, hice varias diligencias a este intento, pero jamás pude encontrar luz ni rastro de dicha laguna.

Los Payaguajes, cuya nación también vive en La Concepción, su divisa es: Llevan una concha de nácar entera atada bajo del ombligo con una sarta de pepitas de árboles, la afianzan de un lado y otro, atada la sarta atrás. Esta divisa es general también a hombres y mujeres en toda la nación. Y estas mujeres no llevan pampanas o faja que las honeste, como las otras, sino la concha, que no sólo no las cubre con alguna honestidad, antes excita la curiosidad deshonesta. Ya pero Fr. José Carvo, como les ha dado ropa, no les permite ir sin cubrirse; pero como hace mucho calor, la ropa fastidia, y sólo se la ponen para ir a la iglesia, y al llegar a su casa se la quitan todos, hombres y mujeres.

Fr. José Carvo avió al Padre Cristóbal Romero al Amoguaje, que está 21 leguas más debajo de La Concepción, y se llega con una canoa allá en un día. Este es ya pueblo antiguo, y lo había formado el Padre Presidente de las misiones y había vivido muchos años allá antes de ser Presidente.” Pág. 266-269.

“Desde los primeros días me dijo Fr. José Carvo que yo había de ir a fundar un nuevo pueblo, que era orden del Padre Presidente, de una nación llamada los encabellados.” Pág. 269          

“tiramos pues río abajo, y el primer día fuimos a dormir a una loma que llaman Tabacunda, cerca del pueblo de Amoguaje. En esta loma años anteriores había habido un pueblo. Los indios atropellaron con el Padre y lo mataron, y se huyeron al Marañón. Al subir encontramos un rancho, y en él un indio y una india. El indio de un cuerpo regular, pero la india en mi vida he visto semejante mujer. Era de forma gigantina: de alto tendría 10 cuartas, tan fornida de cuerpo que de cada chucho suyo se podría formar una mujer. Chucho quiere decir teta o pecho. Ellos eran los huidos alevosos de Tabacunda. Ellos tenían allí su pescado y monos ahumados, y también chontaduros con que se mantenían. A lo que llegamos los indios se fueron a coger chontaduros, Manuel Chica y yo nos fuimos a ver las ruinas del pueblo antiguo, que, aunque lo quemaron, pero quedaron muchos estantillos en pie.

Paseando por allí vi unos árboles, que hasta entonces no había visto. Él no cría más que un vástago sin rama alguna. Arriba cría su copita. Su hoja es lo propio que la de higuerilla. El tronco tendrá 5 cuartas en redondo. Su corteza siempre verde, de mucho canto y lechosa. Tendrá 10 varas de alto. Se llama papayo, y un poco más arriba de la mitad del tronco cría su fruto, que es la papaya. Son unos meloncitos medianos, y en madurando se ponen amarillos. No tiene corteza sino hollejo como la calabaza. Dentro, su carne es amarilla y es de las frutas regaladas que hay. Tiene como el melón adentro sus tripas y su semilla se parece a la pimienta, y pica poco menos que el ají. Esta semilla la recogen los indios y la muelen con ají, y así la ponen en sus guisos. Hay segunda especie de ello, que da la fruta del tamaño de un limón grande, y su sabor es agridulce, y a esta fruta la llaman chilguacán. De unas y otras había muchas de maduras y nosotros comimos bastante y llevamos para el camino.” Pág. 270-271

“Esta Nación de los indios llamados murciélagos viven 5 días más debajo de la loma Tabacunda. Así el indio como la mujer tenían la frente aplastada, tanto que la cabeza la tenían cuadrangulaza.

Desde que nacen les entablillan la cabeza con 4 tablitas bien atacadas, y éstas no se las quitan hasta los 10 años, y así queda la cabeza cuadrangulaza.

Nosotros el otro día nos fuimos río abajo…”

” Pág. 272

“A poco rato de navegación llegamos al Amoguaje, y nos paramos a tomar una cochina con 6 lechones que allí me dio orden Fr. José Carvo que me la llevase para críar. Con esto se alegró el Padre Romero, que ya había días que me estaba aguardando. Aquí también ya hay alguna gente vestida; pero la mayor parte van desnudos. Serán 120 familias. Su divisa es: El labio de abajo lo tienen todo taladrado, y traen colgada una piedrecita blanca del grueso del dedo mínimo, algo más larga, y está atada con un hilo de algodón, y la parte de adentro del labio trabada con un palito. Como se crían así desde guaguas, andan siempre con la jeta colgada.

Nosotros el mismo día pasamos adelante, y en nueve días llegamos a la loma de Agustinillo, que así la llaman por haber vivido allí mucho tiempo este indio cristiano viejo que llevo apuntado, llamado Agustinillo.” Pág. 273

“Ahora ellos no saben siquiera que tienen alma, pero creen que los que mueren vuelven a nacer en su misma nación, y hay nación que cree que después vuelven a nacer, no siempre hombre, sino ya tigre, oso o león u otro animal. Esta credulidad tiene la nación que ellos llaman Quiyoyos, que son los que fabrican el veneno.” Pág. 274.

“…llegan sin ser sentidos a la playa, cuando entonces las tortugas están ocupadas cavando sus hoyos para poner sus huevos, apartase la gente, y van volteando tortugas patas arriba. Estas puestas así sobre la arena, ya no se pueden voltear ni mover. Por la mañana se escogen las que se pueden cargar balsas o canoas, y las demás se echan al agua. En los pueblos hacen unas fosas, y allí las tienen con agua vivas para cuando las quieren comer.

Nosotros tomamos las botijas, y 2 fondos grandes y nos fuimos en una playa grande, que tendría más de 2 leguas. Pero yo supongo que habría un millón de nidos de tortuga, porque apenas se ponía pie en la arena que no fuese nido de tortuga.

Y la tortuga pone 80 huevos. Todo el día sacamos huevos, que sacaríamos un millón. Y ya recogidos en montones, se hizo la manteca de esta suerte: Se meten en la canoa bastantes huevos, y se llena de agua. Entran los indios y los pisan, y con el calor del sol se sobreagua la manteca. Esta se saca con un mate, y se mete en los fondos puestos a la candela. Así se va hirviendo y se le pone un poco de sal. Ella toma un color de oro muy hermoso, y en conociendo que ya está bastante cocida se saca y se mete en las botijas, y se guarda. Y ésta es con que se cocina. Es mejor que el aceite y que la manteca de marrano, y da a la comida un sabor muy especial.

Estuvimos 3 días cociendo manteca, y al mismo tiempo en unas barbacoas, que allá llaman garitas, estuvimos asando y resecando huevos de tortuga, y así secos, guardados al humo es rica comida, que nos llevamos 6 saparos llenos, y lo más gustoso es cuando ya sacada la manteca de la canoa se echa al agua todo lo que ha quedado de la cáscaras y yemas, porque al instante a la gracina acude tanto pescado que con las manos se puede coger. Ya hacía unas fritadas de huevos de barbudos, que me provocaban el apetito con desorden; y para postre unas yemas ya secas de huevos de tortugas nadando en miel. Ni los pasteleros han soñado semejante regalo.  

Cogimos estos días bastante pescado, y mucho bagre, y asamos y secamos 12 saparos. Mas una noche se fueron unos de los indios con la canoa al otro lado del río a pescar bagre, que como es pescado de 7 y 8 arrobas, no se acerca a las playas, porque le falta el agua. Él pica sólo al anochecer o al querer amanecer. Y al sentirse clavado con el anzuelo, se viene para acá, y después retrocede con tal fuerza, que 2 dos hombres se los llevará, y de estos tirones de 3, y de ahí ya no vuelve a tirar, pero en viéndose fuera del agua, no hay otro más bravo. El modo que se tiene es, al tirar, largarle el volantín, y como no halla en los tirones resistencia, más fácilmente se coge. Esta pues noche, viendo que la primera noche no picaba, ataron a un tronco la canoa con un bejuco y se pusieron los indios a dormir, dejando los anzuelos con la carnada en el agua. Por la noche durmiendo se le enredó a un indio por la pierna el volantín. Por la madrugada se clavó un bagre, y del tirón que dio arrancó la canoa, rompió el bejuco, y torciendo el anzuelo se escapó. El anzuelo era del grueso del dedo anular, y lo volteó, y el volantín por poco troncha la pierna al indio, que le llegó hasta el hueso, y por la pantorrilla se le metía un dedo. Que tal bagre sería éste. Pág. 278-280.

“A la tarde cuando llegamos a la playa a arranchar, el indio traía unas hojas de achira, y entre cuatro abrieron el nido, y las hormigas se parecían a las abejitas chicas que aún no vuelan blancas. Ellos las fueron matando todas, y las envolvieron en hojas de achiras y nos dieron el bolsote. Dentro estaba todo hecho esponja de color canela algo más claro; pero ni aquello era algodón ni era seda. Tenía de la seda lo fino y dócil y lo flojo del algodón. Es una yesca finísima, que a la primera chispa ya prendió.  

Yo reparé que el indio empezó a tostar aquellas hormigas blancas, y pensando que las quería comer, pregunté a Manuel Chica, el cual me dijo: Las tuesta para que no se le pierdan. Hay en el río un pescadito muy chico como una sardinita, él muy sabroso y lo llaman zambito. Todas las indias de todas las naciones, desde que se sienten alguna preñada hasta que ha parido, no comen otra cosa sino zambitos, y los maridos tienen obligación de mantenerlas de ello. Para coger este pescadito zambito es que aprecian ellos tanto las agujas, porque de ellas hacen anzuelos para cogerlo. Y de no, se valen de barbasco, que es una hierba que hay por allí. Esta la machacan y echan en los remansos del río este jugo; y con él se emborracha el pescado, y así lo cogen con facilidad, pero queda algo desabrido; y si después la criatura muere, la mujer da la culpa al marido, porque le dio zambitos embarbascados, a que atribuye la muerte del guagua.

Por esto procuran ellos tener siempre en partida de estos zambitos asados y conservados al humo. Así que la mujer se siente ya cercana al parto, toma un saparo de zambitos asados, y con él se va al monte sola, y a la margen de un charco o quebrada arma un rancho, y allí se está hasta que pare. En pariendo ella sola allí se compone. Parió, se lavó y lava a la criatura y con ella se viene a su casa. Y entonces deja al marido el guagua y va a avisar a la gente del pueblo, y todos vienen a dar la enhorabuena al marido, el cual recibe este agasajo tendido con el guagua en la hamaca. Y aquel día en aquella casa hay función de baile y bebezón de chicha y masatos, y se emborrachan todos grandes y chicos, hombres y mujeres.” Pág. 281-282.

“Lo propio fue saltar a la playa conocimos que no era jabalí, sino una danta, tamaña como un burro. Ya llevo notado lo que es este animal y que se come su carne. A la que ella nos reparó tiró al monte. Nosotros fuimos tras ella, y allí le tiramos los 2 balazos, y los 2 le dimos en el pecho, que le salían dos chorros de sangre muy grandes. Entonces los indios le rodearon y le dieron 3 dardazos. Yo no soy medroso, pero todo el cuerpo me temblaba de ver la furia con que acometía aquella fiera, dando de la trompa por la nariz espantosos bufidos, y destrozando cuantos palos y rama se le ponía delante. Troncos del tamaño del brazo eran como pajas a su hocico. Ella viéndose tan apretada, se echó al agua y pasó a tierra firme. Por donde se echó el río llevaba sólo una vara de agua. Los indios la siguieron, y la volvieron a rodear, y le dieron 2 dardazos más. Ella más apresada volvió a nosotros al islote. La desgracia nuestra fue que en la canoa habían quedado las cartucheras y las balas, por cuya falta no le podíamos volver a tirar.  Volvieron los indios, y la volvieron a cercar, y le dieron otros dos dardazos. Nueve heridas tenían ya chorreado sangre a chorro, y no sólo no se rendía, antes cada instante más bravo. Ella se volvió a echar al agua, y pasó a tierra firme con tal velocidad, que cuando los indios llegaron ya se había emboscado. A esta sazón ya venía la noche, y no la pudieron seguir, y así le dejamos y nos fuimos a la canoa, y a la parte de arriba del islote había otra playa, y allí arranchamos aquella noche.” Pág. 283

“El otro día me dijo Manuel Chica: Padre, esta tarde habemos de comer uva caimarona. Llegamos a arrimar al monte, y como él ya conocía aquellos parajes, mandó a los indios que nos fuesen a traer, que en aquel puesto había mucha. En lo interim con las guabas chicas de que abunda mucho toda la margen del río, en un remanso en donde había caídos unos árboles, nos pusimos a pescar garlofas (Garopas?). La garlofa es un pescado del largo de una mano, y tan ancho como ella. Tiene la boca chica, y es muy sabroso. Con las agujas hechas anzuelo se pesca, y su cebo son las pepitas de las guabas chicas. Esta es su comida, porque si se ceba el anzuelo con otra cosa, no la van a coger. Y por esta razón están ellas en los remansos del río bajo de los guabos, aguardando que caigan las pepitas de las guabas. Cogimos en un instante 12 y vi una cosa prodigiosa, y es que la trecena al sacarla, se escapó del anzuelo.” Pág. 284

“Los indios aquellos días que estuvimos en Agustinillo habían cogido palmiche, y a ratos perdidos hilaban su volantín, y a modo de una red espesa forman ellos unas talegas grandes que llaman jigra, y en ellas llevan ellos sus masatos envueltos con hojas de achira.”285

“Por fin a los 36 días llegamos a La Concepción de vuelta: 9 gastamos en la bajada, que a 21 leguas por día compone 190 leguas; 4 días paramos en Agustinillo, y 23 que gastamos en volver a subir, porque los indios a fuerza de bogar a puro punto de honra, reemplazaron no sólo lo que paramos haciendo manteca, si que se adelantaron a las jornadas regulares. En La Concepción estuve 28 días parado, aguardando que subiesen mis indios con la canoa nueva para bajarme con ellos. En este tiempo una tarde hubieron de ir a pasar el río unos jabalíes un poco más arriba de La Concepción. Serían ellos unos 15 o 20. Hubo en el pueblo quien lo reparó, y vinieron corriendo avisar. Fr. José Carvo al instante marchó allá con indios en una canoa, pero como estaban río arriba, cuando llegaron a tiro, no pudo hacer más de dos tiros. Trajeron dos jabalíes: el uno pesó 10 arrobas, y el otro 7. y aquellos días comimos carne fresca muy sabrosa y buena.” Pág. 285-286.

“Cuando me partí de La Concepción, me llevé una docena de botijas vacías con ánimo de hacer manteca de tortuga para tener providencia todo el año; porque, aunque en todo el año se hallan siempre huevos de tortuga, pero es con escasez; y por aquel tiempo es que hay en abundancia en abril y mayo. Dióme también Fr. José Carvo una partida de caña dulce y cogollo para que lo sembrara y fuera multiplicando. Nuestra desgracia fue que ya entonces estuvieron los más de los huevos empollados, y muchos ya con tortuguita, ya para salir del nido, y así no pude hacer manteca. Pero con todo de la grasa de las tortugas grandes también se hace, y así me suplí este primer año. Yo cuando vi tanta tortuguita, mandé llenar las botijas de ellas, con ánimo de ponerlas en mi pueblo en un lago, y tener esta providencia a mano. Y en una playa cogimos 6.600 y me las llevé en las botijas. Y si hubiera querido cien mil ahí estaban. A las noches particularmente hacíamos unas olladas de tortuguita sancochada muy bellas, porque así ellas tiernas es mucho regalo. Los indios toda la noche comían tortugas.

A lo que llegué al pueblo, busqué un paraje proporcionado y lo mandé rozar para sembrar la caña dulce.” Págs. 287-288.

“El camairón es un árbol muy grande y coposo, y da unos racimos de 2 cuartas de largo, con su escobilla parecida a la uva, sólo que los gajitos los tiene ralos. Es de color morado y cada racimo criará unos 80 granos más grandes al doble que la uva. Dentro de cada uno tiene una pepita algo grandecita. El grano es de color ceniciento oscuro, y tiene su hollejito como el de la uva. Dentro tiene su comida, morado oscuro, y su sabor es parecido al de la uva, y por esto la llamarán uva camairona. Es buena fruta y no daña.

Pero hay allí de mejores. Hay un árbol que da unas frutas como tomates en la hechura, tan bien parecido al tomate, que cualquiera que los viese jurara que es tomate. Ella cuando madura se pone de color meloso, y es más dulce que la miel. No tiene pepita ninguna, sólo unos granitos como el tomate, y su hollejo también rojo como él. Hay muchas granadillas. Ya traigo apuntado lo que son. Hay otra mata que da badeas, que es una fruta semejante al melón en todo, y las tripas de adentro son lo mejor que tienen su sabor agridulce parecido al de la granadilla. Su flor es como la Rosa de pasión, pero tiene 3 cuartas de redondo. Las pepitas que crían con las tripas son muy blandas, y todo se come junto. Y desechas estas tripas con agua, vino y azúcar es la bebida más regalada que yo he bebido. Algo se le parece la horchata que fabrican en Francia.

Hay otro árbol mediano parecido en un todo al chirimoyo, que ya traigo apuntado, y su fruta también es en un todo parecida a la chirimoya, sólo que es al doble de más gruesa. El árbol llama guanábano, y a la fruta guanábana. La chirimoya como dije es dulce, pero la guanábana es agridulce tan apetitoso, que jamás fastidia.” Págs. 291-292.  

“Estando con esto cayó de un árbol grande contra cuyo tronco habíamos de palma armado el rancho, una fruta grande como un melón, y se hizo pedazos. Estaba ella ya madura. Levantamos la cabeza, y estaba el árbol cargado de fruta. Y los indios contentos empezaron todos a decirme: Payre, attapayqui, attapayqui, que quiere decir: Padre, hay mucha, hay mucha. Yo al instante cogí un pedazo, y olía como melón. Fui a probar, y su sabor era como melón muy dulce. Al instante subieron arriba algunos indios, y cogieron bastante, que nos hartamos de fruta aquella noche, y por la mañana casi llenamos la canoa de fruta, que en el pueblo tuvimos fruta 8 días. Al árbol y a la fruta lo llaman zapote. Es del tamaño de un melón, perfectamente redondo por todas partes; tiene adentro 3 pepitas como una almendra verde. No tiene cáscara, sino hollejo; su sabor y olor es de melón, pero muy más dulce.

Hay tanta variedad de frutas en aquellos montes, que con la muchedumbre que diariamente me traían los indios, no me pude imponer de sus nombres; y como en España no hay fruta que les parezca ni en figura, ni en olor, ni en sabor, no me puedo yo explicar, sino con decir que hay muchas. Y entre ellas hay una singular, que la llaman marañón, tal vez porque sólo en los confines del río Marañón se halla. Ella es en color, hechura y sabor lo propio que una manzana. Mas en la parte superior de un lado tiene una pepita que parece la pepita de una almendra con su camisa color canela.” Págs. 292-293

“Para escribir las letras dije a Agustinillo, si había algún tinte negro por allí. Él me dijo: Aguarda, Padre, yo te traeré. Él tiró para el monte, y yo me fui tras de él. Llega a un bejuco del grueso de una pierna, y cortó cosa de una cuarta y me dijo: Esto ahora sacará tinte negro. Reparé que como todo el monte estaba enmarañado de tantísimos bejucos, que entre ellos había uno aplastado, y de vara a vara, formaba a modo de culebras ensartadas unas con otras. Pregunté a Agustinillo, y me dijo: De este bejuco con otros fabrican el veneno los indios Quiollos, que ya traigo apuntados. Llegamos pues a casa, y con un hacha machacó el trozo de bejuco, él de color colorado. Púsolo en una olla con agua al fuego, y al primer hervor, se volvió toda el agua tinta, tan tenaz en lo negro, que un poco que me ensucié en una mano, al cabo de meses todavía estaba teñido. Ello fue una tinta bellísima.”Pág. 295

“Allí todos se alumbran con cera, que con algodón hacen sus cerillos. Hay mucha en el monte. Primeramente, hay una especie de avispas, como las de España. Éstas sólo anidan en una especie de árboles. Ellos lo taladran, y adentro forman su colmenita de cera blanca, que cada colmena tendrá 2 libras de cera. Pero ellas no ponen miel, sólo hijos. Hay otra especie de abejas más chicas que las de España; éstas dan miel y una grande colmena de cera negra, y la forman dentro de las concavidades de los árboles grandes. Cada colmena tendrá una arroba de cera, y 3 o 4 de miel muy buena. Otras abejitas hay muy chicas, menores que una mosca, con la pinta de avispa. Esta es la abeja apaté, que con la guayusa, comida su miel, fecundan las mujeres, como apunté hablando de las propiedades de la guayusa. Estas anidan bajo tierra, bajo las raíces de los árboles, y para su entrada forman una trompa a modo de clarín de cera blanca, que asoma cosa de cuatro dedos fuera de la tierra. Para sacar estas colmenas es preciso arrancar el árbol de raíz. Cada colmena tendrá 2 arrobas de cera blanca y es la mejor de cuantas hay.

Otras especies, y son como las abejas de España. Éstas forman su colmena colgada de las ramas de los árboles, y éstas son las que abundan más. Hacen de la figura de un huevo la colmena, pero grande, que hay colmena que pesa 2 quintales. Toda la corteza de afuera es un betún muy duro, más adentro hay dos dedos de brea. Más adentro empieza la colmena con sus aposenticos de cera negra; más adentro hay otra colmena de cera parda, y aquí viven las abejas. Más adentro hay otra colmena de cera más blanquizca, y ésta forma unas bolsitas cerradas, llenas de miel y en el corazón forman otra colmena de cera blanca, y aquí crían los hijos. La miel es muy buena, la cera también; y la brea la recogen los indios para remendar las canoas que se abren. Todavía hay 3 o 4 especies de abejas más, que anidan dentro de los troncos, sin dar cera ninguna, sí sólo miel, pero es mala porque queda infecta de los humores de los árboles. Y de ahí hay la cera de palma de que hablé en Santa Rosa.

Críanse también en el cogollo de las palmas unos gusanos del tamaño del dedo índice, parecidos al gusano de seda, salvo que son más grandes. Su color es de manteca, y se crían en una palma un par de libras. Estos gusanos fritos, son muy rica comida, tan delicada como los sesos de un carnero fritos, y su sabor es bellísimo.” Págs. 296-297 (Sabrán ustedes que aquí se está hablando del exquisito Mojojoy).            

“Yo decía entre mí: ¿Cómo puede estar bueno esta cáscara para tacos de escopeta? Llamé a Agustinillo para averiguar lo que decían los indios, que yo no entendía. El cual me dijo: Padre, esto es también cáscara de garapacho como este otro retazo. Yo porfiaba: ¿Cómo es posible?, porque esto es paño, y este otro que me traen es una cáscara de árbol. Él tomó la cáscara y la puso a remojar con agua. Así la tuvo 3 días; después la sacó y con un palo la empezó a majar, a así se le fue toda la broza y quedó lo que antes era cáscara un trozo de paño, mejor que el paño que se teje en España; porque es un tejido más tupido que el paño, tiene más canto, y es más dócil y fino. Es en lo dócil como un entremedio de seda y algodón, y es mucho más fuerte que el paño. De un lado es liso, y del otro tiene su poco de pelusa.” Pág. 298

“Es aquel clima muy caliente por extremo, y al mismo tiempo húmedo también por extremo. Jamás hay mudanza de tiempo. Doce horas hace de día y doce de noche. Hay también muchos temblores de tierra, pero no son muy fuertes. Hay muchas tempestades, truenos, rayos y relámpagos que aturden. Era a veces con tal extremo, que muchas noches me obligaba el miedo a salir de la cama y ponerme en el suelo, por no estar tan alto, temeroso de un rayo. Mas los indios no tienen miedo alguno, antes entonces tocan sus tambores y se ponen a bailar.” Pág. 299

“Después de estas plagas menores entra la plaga de tantísima culebra, que a cada paso se cruzan por el monte, y todas con veneno mortal. Y de ahí los tigres, leones, osos, dantas y otros que no se les sabe el nombre. Pero al mismo tiempo es paraje muy fértil. De loros y guacamayas de toda especie hay millones de millones. Me sucedió de un escopetazo a una bandada matar 23. Hay también pavas, paujíes, camaranas, talegueros y otros pájaros. Aquí hay muchos chirrieles. Monos muchísimos de todas especies. Muchísimos jabalíes y puerco espín. Hay armadillos, ratones como cabritos grandes, morrocoyes: y todo lo dicho es comida buena; y después la fertilidad del río en pescado y tortuga, que es muchísimo más de lo que puedo encarecer. De ahí la fertilidad de las frutas y todas bellas.

A poco tiempo de haberme allí establecido, vino el tiempo de cacao, de que está muy poblado el monte, y ya por las frutas y ya por tanto cacao como hay, por esto es que hay tantos monos y ardillas, porque esto es su comida, y así mismo tantos pájaros. Y cuanto al cacao hay de 3 especies: morado, blanco y acanelado. Los indios a este tiempo lo que hacen es: a las tardes se venían con las canoas llenas de mazorcas. Al puerto al instante acudían todos los grandes y chicos. Ellos parten las mazorcas, sacan el cacao, chupan la baba agridulce que tiene encima, y los granos del cacao lo tiran al río. Yo cuando vi tanto cacao y tal desperdicio, me entró una gran codicia, y este primer año lo que hice fue: Mandé que fueran todos los días todas las canoas con toda la gente, hombres y mujeres, a coger cacao. Cada tarde venían con las canoas cargadas; lo mandaba subir a casa, y allí chupaban la baba y quedaba el grano. En 5 días quedaba ya el cacao seco, y así recogí este año más de 200 arrobas. Pero ¿qué es 200 arrobas? Cada año se perderán allí más de cien mil arrobas, porque no hay quien lo vaya a coger, sino los monos y ardillas, y estos animales también chupan la baba y tiran el grano, y así al pie del árbol se hallan los montoncitos del cacao de lo que comieron.

Tienen allá los indios unas bolsas que tejen a modo de estera de la hoja de una palma, hecha con tal arte, que en apretarla de un cabo contra otra se encoge, y al mismo tiempo se ancha, tanto que tendrá media vara de ancho, y en estirarla se aprieta, que se pone tan delgada como la muñeca. De ésta usan para exprimir el jugo del cazabe y de la yuca para sacar harina, y con ella hacen arepas. Porque meten dentro de ella el cazabe o yuca remojado, y ya blanda, abriendo la bolsa hasta que se llena: tiene ella dos asas, una a cada cabo. Cuélganla por el asa de la boca, y después con un palo tiran recio de la otra asa, y la aprietan con tal violencia, que lo que está dentro larga todo el jugo, tanto que sólo queda la masa seca. Yo me valí de estas bolsas, y así más presto sacaba toda la baba y jugo del cacao.”Págs. 301-302.

“Es de advertir que estos indios que no están conquistados, cada nación es grande, pero ellos viven divididos en diversos ríos y quebradas, y entre sí se conocen y comunican, y siempre se establecen en parte donde ninguna otra nación sepa de ellos, porque tienen entre sí sus peleas unas naciones con otras, por lo cual siempre viven a escondidas de sus contrarios, y que sólo los que son de su nación sepan donde viven. Y así cuando digo nación, vengo a decir una casa en donde vive una parte de la nación. Estos pues que viven así, esta parte de nación, viven todos en una casa, muchas familias. Es una casa larga y tiene dos portales, uno en cada esquina. Uno a la derecha y otro a la parte opuesta. En medio de la casa tiene un cuarto donde tienen ellos sus armas y comidas, y todo lo demás de la casa está con las hamacas colgadas para dormir.” Pág. 314. Tomo I.       

“… registré la roza que habían  hecho para pasto del ganado, y hallé que apenas tenía allí el ganado qué comer, por lo cual se iba internado en el monte a buscar pasto, exponiéndose a que algún tigre u otra fiera hiciera presa en él; y mirándolo juntamente flaco y desmedrado díjeles a los indios: De aquí a pocos días me traerán de Caquetá otra porción de ganado, el cual os repartiré a vosotros, para que cada familia tengas su ganado, el cual poco a poco irá multiplicando, y con ello, con el tiempo de aquí a pocos años, todos tendréis buena carne que comer. Por lo cual es menester que se prevenga lo más pronto de pasto, para que no perezca.” Pág. 89. Tomo III.

“Y siempre que dijera yo misa, había de asistir con la escopeta en la mano del lado del altar; porque muchas muertes que han hecho los indios de varios Padres conversores, los habían acometido cuando decían misa.” Pág. 92

“…habiendo ya llegado el resto del ganado, empezando ya a haber bastante pasto en la nueva rocería, se traspasó a ella todo el ganado, así vacuno como ovejuno, y entonces apliqué la gente a agrandar la roza antigua al parejo de la nueva, y con ello conseguí pasto bastante para todo, porque cuando se acababa el pasto de una roza, ya en la otra había procreado bastante, y así cada cuatro meses se mudaba todo el ganado de una roza a otra, y nunca faltaba, antes siempre  se multiplicó.” Pág. 92.

“… les dije: que yo había de mandar a Quito un poco de cera blanca que ellos llaman, majarama, y es de la que cito en el Tomo Primero, capítulo VII, y así les dije que en topando de ella me la trajeran. Así lo hicieron, y en cosa de un mes agregué seis arrobas de cera blanca y muy buena. Y la primera ocasión que tuve, la remití a La concepción a Fr. José Carvo con carta para don Ramón de la Barrera, el Síndico de Pasto, para que me remitiera dos arrobas a Quito…” Pág. 93

“Para el día de la fiesta labré tres arrobas de cera blanca que los indios me buscaron de velas grandes para el altar, y de más medianitas para la gente. Me previne de varias frutas, y las curtí con miel de abejas. Ya de antemano tenía yo guardadas seis botijas de vino de la baba del cacao muy bueno. Ya yo tenía entonces cuatro docenas de gallinas, y diariamente se ordeñaban cuarenta vacas, y había hecho más de un quintal de queso.” Pág. 95

“En el pueblo usaban tocar una tortuga, que yo llamaba dulzaina, por lo parecido del sonido que da. Este instrumento se forma de esta suerte. Toman una tortuga, del tamaño de la mano, y sin romperle ni dividirle las conchas, le sacan toda la carne, y con las mismas telas que le sacan del cuello y piernas le tapan las aberturas, clavándolas con resina, y sólo le dejan la abertura de la cabeza. Aquí le ensartan un cañutito con tres agujeritos con que hacen los puntos. Soplan en la boca del cañuto, y sale o despide un sonido muy parecido al que despide la dulzaina.” Págs. 95-96.     

“Yo le pedí que mandase gente al llamado pueblo del Mamo, y que fabricando allí una grande balsa, me trajeron de allí dos mil matas de plátanos, puesto que veía que en mi pueblo lo necesitaba, porque no había doscientas matas. Y que me remitiese también otras dos mil cañas dulces, porque la mía poca que había plantado se la habían comido los indios, y juntamente dos mil vástagos de yucas y dos saparos de maíz y otros dos de semilla de arroz, que yo en lo interim mandaría hacer una buena roza para sembrarlo todo, y de ellos con el tiempo poder abastecer a todos los indios de mi pueblo para que nunca les faltase comida.” Págs. 100-101-

“Ya que trajeron la greda, mandé fabricar cincuenta botijas para las mantecas, y al principio del mes de marzo, que es cuando las tortugas salen en abundancia a las playas a poner sus huevos,” Pág.108.

“A los siete días acudieron a la playa a poner sus huevos santísimas tortugas, que aquella noche pondrían más de un millón de huevos. Fue con tal extremo, que al otro día en todo el día con todos los 25 indios no pudimos acabar de sacar todos los nidos.” Pág.108.

“Ya que llegamos estaba aquella grande playa tan llena de nidos de tortuga, que en ocho días acabamos de llenar las botijas de manteca, y después se aplicaron todos a la cosecha del cacao, y como yo entonces iba con ellos, al cabo de un mes nos volvimos al pueblo con más de doscientas arrobas de pescado asado y ahumado. Ya que llegamos se subió todo a mi rancho, y se abrieron las colmenas y se sacaron tres botijas de miel, y dos arrobas de cera blanca, y ocho de cera negra y amarilla.

Yo junté la cera blanca toda, y hallé que tenía más de ocho quintales. Yo la fundí y reduje a panes de seis arrobas, y de ellos fabriqué cuatro.” Pág.110.

“Tuve de dos saparos de maíz en grano de sembradura sesenta saparos de maíz, y de dos saparos de arroz en grano de sembradura, tuve cuarenta saparos de arroz en grano vestido.” Pág111.

“A este tiempo llegó a mi pueblo la canoa que venía del Pará de Portugal con el socorro anual. Me dieron seis hachas y seis machetes, cuatro docenas de cuchillos flamencos, trescientas agujas y otros tantos anzuelos, tres libras de pólvora y seis de munición, diez libras de sal, un frasco de vino y treinta varas de tocuyo y un taleguito de harina apilada que pasaba tres libras.” Pág. 115.

..

“Las noticias de lo que yo había hecho en mi pueblo llegaron a noticia de los indios murciélagos, que viven cuatro días de río abajo, más debajo de mi pueblo.” … “como hablan estos indios murciélagos la misma lengua de los encabellados, trabaron conversación, y mis indios les contaron lo bien que camilo pasaban,” Pág. 118.


[i]                             Mejía  Gutiérrez.  O.C.  Pág.  58

[ii]                            Mejía  Gutiérrez.  O.C.  Pág.  59

[iii]                           Pineda- Camacho, Roberto.  Alzate Ángel, Beatriz.  LOS MEANDROS DE LA HISTORIA EN AMAZONIA. Talleres Abya-Yala. Cayambre – Ecuador. Julio de 1990. Pág. 305

[iv]                           Pineda- Camacho, Roberto.  Alzate Ángel, Beatriz.  LOS MEANDROS DE LA HISTORIA EN AMAZONIA. Talleres Abya-Yala. Cayambre – Ecuador. Julio de 1990. Pág. 305

[v]                            Mejía  Gutiérrez.  O.C.  Pág.  68

[vi]                           Mejía  Gutiérrez.  O.C.  Pág.  61

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