La vida minimalista


Por : ALDO CIVICO

La grave contaminación del aire de la cual sigue sufriendo el Valle de Aburrá no debería ser visto solamente como un problema por resolver, sino también como una invitación a cuestionar nuestro estilo de vida, y a cambiar radicalmente nuestros hábitos. La calidad del aire es calidad de vida, y esto es responsabilidad de todos. De hecho, las enfermedades respiratorias y los tres mil muertos que provoca cada año el aire que respiramos son solamente el síntoma y las consecuencias visibles de prácticas diaria de producción y de consumo que contribuyen a esta situación. El pico y placa o la regulación rigurosa de las emisiones por parte de camiones, buses y fábricas, son medidas necesarias, pero claramente no suficientes. Lo que se necesita es que transformemos nuestra cultura de consumo. Ya nos llegó la hora de vivir de manera más sencilla.

En estos días hablé con un ejecutivo que recientemente regresó de una experiencia en la selva. Con miembros de su grupo primario, viajó unos días al Putumayo para experimentar una conexión profunda con la naturaleza y con las culturas ancestrales de Colombia. Me habló con emoción de las noches que pasaron durmiendo en una hamaca, de los días sin celular y otros aparatos electrónicos, de las largas horas compartidas dialogando con sus compañeros. En el medio de la selva, tampoco le hizo falta movilizarse en carro. “Yo, que siempre pongo problemas por la calidad de las almohadas en los hoteles, disfruté el dormir bajo las estrellas en una hamaca”, me dijo. Cuando le pregunté cuál fue, para él, el aprendizaje más importante de esta experiencia, me dijo que fue el darse cuenta de que la modernidad nos ha condicionado a que necesitamos tener muchas cosas para estar bien y vivir sabroso. “Pero eso es una distorsión”, resaltó, “porque yo experimenté la hermosura de vivir de manera sencilla”. Hay sabiduría en la simplicidad, y hay progreso humano real en el camino que nos lleva a vivir de manera cada vez más sencilla.

La búsqueda y la apreciación por la sencillez, por un estilo de vida minimalista, debería ser un propósito superior y compartido entre los ciudadanos conscientes. Esto no significa solamente el decidir movilizarse usando transporte público o comprar carros eléctricos, sino también, el comer de manera más conscientes, sabiendo, por ejemplo, que la producción de un kilo de carne requiere el consumo de hasta 20 mil litros de agua. Comer mucha carne contribuye a la contaminación del planeta. Fue este conocimiento, junto a otros criterios, lo que me llevó a dejar de comer carnes rojas, y en general a reducir el consumo de cualquier carne. Yvon Chouinard, el fundador de Patagonia, un ejemplo de capitalismo consciente, escribe en el libro que resume su filosofía empresarial, “en 1991, sabiendo lo que sabía sobre el estado del medio ambiente, comencé a comer menos en la cadena alimenticia y a reducir el consumo de bienes materiales”. Hoy, al igual que Chouinard, deberíamos convencernos cada vez más de que nuestros hábitos, gustos y deseos pueden tener un impacto negativo para el ecosistema que compartimos. La sostenibilidad de nuestro vivir dependerá de esta búsqueda.

Fuente : ElColombiano


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