Noche de Gatas


Por : Félix Quevedo Sáenz
Adaptación Guido Revelo Calderón

Guido Revelo y Félix Quevedo Sáenz

-Le toca mi sargento- dijo Hernando-, pasándole los dados a un hombre corpulento, con quien sostenía un mano a mano en un juego de parqués.

El frasco vacío delata que alguna vez contuvo Veterina, ahora lleno de bencina, servía de candil e iluminaba el rancho del indio Miguel y su mujer. Hacía poco tiempo habían llegado con Hernando, su inseparable amigo de cacería, y luego de cueriar y lonjiar una danta la organizaron sobre la pasera hecha de cañabravas, encima del fogón donde aún fantaseaban algunas brasas.

Nuestros hombres se encontraban en la frontera con el Ecuador, sobre el río San Miguel, donde horas antes tomaron un baño, se tomaron un aguardiente con chuchuguaza y puestas sus pantalonetas se sentaron a  continuar con una partida que estaba aplazada desde la noche anterior. Los perros habían ladrado gran parte de la noche y en más de una ocasión se los vio en la que parecía una tarea de escarbar y escudriñar las sombras y aguzar el oído; asesaban entonces sus angustias los perros, que luego de rascarse se echaban y volvían a dormitar.

-Chucha perros pa´ joder !, no gustarme nada- dijo el indio-,que acuclillado al lado del fogón, se extasiaba mirando el río que reflejaba un solo y fino hilo de plata en medio de la oscuridad.

Dos días llevaban los amigos en búsqueda del tigre mariposo, que rondaba por los caños y los ríos cercanos. La noche anterior lo oyeron rugir, como también lo oyeron los perros que inmediatamente templaron las manilas con las cuales estaban amarrados,y  no dejaron de ladrar ocasional e impacientemente.

-Ya te vamos a saludar –sentenció el sargento Bohórquez- , no te vayas muy lejos que mañana vamos a madrugar ; hablaba con el tigre. Mi sargento Bohórquez , como todo el mundo lo llamaba, y Miguel, soltaron la risa y hubo motivo para brindar:

-¡otro aguardiente con chuchuguaza !.

-Con este verano tan berraco él no está tan lejos. El espera que animales bajen al río a calmar sed y nosotros…allí le soltamos los perros y tiro no falla –acotó el indio.

El sargento Bohórquez era personaje reconocido en el Putumayo y Amazonas como matador de tigres y leones colorados. En su haber decía tener más de treinta de estos ejemplares y su historia se tornaba de mayores dimensiones si cuando la contaba se dejaba acompañar de aguardiente Florentino con chuchuguaza. Era una delicia tomarlo y también escucharlo. Su arsenal consistía en escopetas de dos cañones, una jauría de doce perros, especialistas todos. Los había para rastrear y cazar borugas, dantas, capiguaras, cerrillos… pero tenía tres perros que consideraba fuera de serie: tres perros  tigreros mimados por su dueño. Eran perros que una vez detectado el rastro no lo soltaban hasta coronar la presa.

Del sargento Bohórquezse cree que había nacido en Neiva, otros decían que en Nariño, pero lo que es seguro es que cuando estalló la guerra con el Perú estaba selva adentro en el Putumayo, cazando. Tan pronto se enteró del inicio del conflicto, voluntariamente se presentó al ejército y se ofreció como guía de las fuerzas colombianas.Se dice que en alguna escaramuza con los peruanos recibió un tiro en la cadera y desde allí cojeaba de una pierna.

– ¿Bueno mi sargento, vamos a jugar o no? -, preguntó Miguel.

Él, que poco sonreía, esta vez lo hizo, no solo con los labios también con los ojos; enderezó su cuerpo para levantar el puño con los dados, lanzó, y justo en ese instante sintió un intenso dolor en su pierna. La levantó y Maloca, la gata del indio Miguel salió corriendo y maullando de debajo de la mesa. El sargento se agachó lo suficiente como para alcanzar a mirar que allí estaba otra gata, pero esta vez se trataba de la culebra “pelo de gata”, uno de los ofidios más venenosos de la selva tropical. Enroscada se armaba para una segunda embestida.

Tranquilo y sereno el sargento se desacomodó de la silla de raíz de ceiba donde se encontraba sentado, cogió el machete y partió en dos la culebra que lo acabada de morder. Con el mismo machete se cortó en cruz sobre la señal que los colmillos le habían dejado en la pierna, y su ocasional amigo Miguel succionó con la boca el veneno inoculado y procedía a escupir una saliva sanguinolenta sobre el endurecido piso de tierra. Así lo hizo durante tres veces. Mientras esto sucedía, la india compañera de Miguel había salido a toda carrera y ya volvía con los cogollos de tres arbustos diferentes. En un santiamén su inseparable amigo Hernando se echó el motor fuera de borda a sus costas y lo dejó montado sobre la canoa de madera.

El sargento se recostó sobre el sillón de ceiba, se remojó la boca con un generoso buche de petróleo y luego un buen trago de aguardiente. Rechazó la oferta de salir de inmediato al poblado más cercano y los convenció en la idea de esperar la madrugada del día siguiente. Sus amigos, Hernando y Miguel, conocían no solo de su valentía sino de su terquedad. No había que insistir, nada que hacer ! Sabían de su piel “segundiada” por múltiples mordidas de serpientes, y una más, estaban seguros, no iban a ponerlo a correr a esas horas de la noche. Esperarían el amanecer.

A las pocas horas le empezó un terrible dolor de cabeza, y decía que ya no sentía la pierna. En dos oportunidades que pudo hacer del cuerpo lo hizo en abundante diarrea hemorrágica acompañada de profundos dolores. El indio Miguel le hacía rezos y la india le pasaba agüitas , que de nada le servían.

La noche se tornó negra y espesa, pero al final, despuntando el amanecer, se vio la bendita luna. Una manta puesta sobre los hombros del sargento y hubieron de cargarlo hasta la canoa. Ya llegando al caserío de San Miguel preguntó el herido:

-¿Hernando qué hora es?

-Son las nueve y media –respondió su amigo.

Hernando lo agarró por los brazos, transcurriólo que parecía una hora pero realmente eran minutos, el sargento exhaló un profundo suspiro que más parecía un gemido de tigre herido, dobló la cabeza, y murió dormido.

FELIX ISMAEL QUEVEDO SAENZ
Médico Veterinario, Puerto Asís, Putumayo, Colombia
Diciembre 2018.


Post scriptum: hace unos años el Dr. Félix Quevedo, admirado amigo, me pasó uno de sus escritos, que no es otra cosa que el registro de su memoria personal, sus experiencias y vivencias en el Putumayo. Félix Quevedo es médico veterinario nacido en Monguí, Boyacá, en septiembre de 1925; se graduó en la Universidad de la República de Uruguay ,en Montevideo,  en enero de 1955. Hace años me contó que siendo joven se fue a trabajar de profesor al Chocó para poder hacer algunos ahorros que le permitieron viajar al sur del continente a estudiar lo que quería. Una vez allí, su presupuesto de estudiante lo ajustaba los fines de semana asistiendo médicamente los caballos que corrían en el hipódromo a cuyas competencias asistían cada domingo ilustres cantantes y directores de orquestas de la época, oportunidad que tuvo para conocer personalmente a Alfredo De Angelis, Francisco Canaro, Anibal Troilo y otros famosos del tango y la milonga. Esto me hizo entender su gran afición por este género musical.  Una vez en Colombia, hacia el año 1966 fue enviado por ocho días a una comisión por el Banco Ganadero a la entonces Intendencia del Putumayo. Se quedó para siempre en Puerto Asís, mi tierra, y ahora también la suya. El mejor homenaje a la confianza de haber depositado su memoria en mis manos es la presente publicación.


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