Guerra a bomba y fuego contra la coca

Un Black Hawk sobrevuela un laboratorio clandestino de cocaína que los ‘Jungla’ acaban de destruir en el Putumayo. SALUD HDEZ. MORA

Por : Salud Hernández – ElMundo.es

La periodista se empotra en un grupo de militares colombianos que recorre la zona cero de los cultivos arrasando con plantaciones

Son los erradicadores. Su objetivo es partir por la mitad el ‘narconegocio’

El Black Hawk sobrevuela a poca altura el área donde las coordenadas indican que debe encontrarse el cristalizadero. Dos decenas de ojos escrutan el manto de selva abigarrada en busca de un indicio. Después de varios giros sobre la copa de los árboles, un trozo de manguera negra que avistan los más avezados confirma que están en el punto exacto.

En instantes, la nave aterriza en un viejo cultivo de coca cercano, ya abandonado. Los Jungla saltan a tierra y caminan con cautela hacia el laboratorio con los fusiles apuntando a todas partes.

Hace meses, en otro operativo, debieron repeler la resistencia a tiros de los pistoleros que custodiaban el recinto. En esta ocasión, a medida que avanzan, concluyen que los trabajadores salieron huyendo en cuanto escucharon el ruido de las hélices. Siempre perfilan vías de escape para huir con la cocaína producida, su prioridad absoluta.

Hallan un caminito de tablones de madera, construido para evitar el barrizal, que desemboca en la primera gran estructura, recubierta por un grueso plástico negro: idéntico camuflaje utilizan en el resto de construcciones de tablones de madera que forman el complejo.

Entre penumbras, los Jungla reconocen la parte donde almacenan químicos. Dos recipientes, de 500 litros cada uno, con acetona; sacos de ácido sulfúrico, de permanganato de magnesio… Un puente cubierto une esa sala con la «cocina», el lugar donde cristalizan la base de coca para transformarla en clorhidrato de cocaína, el polvo blanco que esnifarán miles de ciudadanos alrededor del mundo.

Hornos microondas, pesas recién compradas para medir las cantidades exactas, moldes de hierro donde ajustan el kilo de droga, decenas de rollos de plástico y de celo para envolverla… Todo lo necesario para producir «unos 600 kilos mensuales», afirma el coronel John Téllez, al cargo de la misión, cantidad que estima dado el tamaño de las instalaciones.

Encuentran los dormitorios y un poco más lejos, la enorme planta generadora de energía, quizá el elemento más valioso por el coste y la dificultad de transportarlo sin llamar la atención.

Revisan todo y, en pocos minutos, dan la señal de retirada. Colocaron dos potentes cargas explosivas y deben alejarse para detonarlas. Un estruendo ensordecedor y el consiguiente hongo de humo negro dan por concluida la operación.

Corren hacia el Black Hawk. No hay tiempo que perder. En la frenética guerra contra la coca que ha emprendido el nuevo Gobierno requieren los helicópteros para distintas misiones. Y acaban de recibir la orden de apoyar a un grupo de policías dedicado a arrasar sembríos de coca con fumigantes.

Por radio informan de que una turba de labriegos impide su labor y la situación amenaza con tornarse violenta. Deberán transportar a un contingente del ESMAD(unidad antidisturbios de la Policía) que permanece en una base militar cercana, siempre lista para apoyar a los antinarcóticos, o sacar a los agentes del sitio.

Mientras nos alejamos, aún vemos la torre de humo sobresaliendo entre la inmensidad de la selva. Es otro laboratorio que le destruyen a la alianza conformada por Sinaloa, alias del ex guerrillero que comanda la disidencia del Frente 48 de las FARC, y el cártel La Constru, en una vasta región del departamento del Putumayo, fronteriza con Ecuador, al sur de Colombia.

«Calculo que han perdido unos 700 millones de pesos (200.000 euros) en instalaciones y en insumos», concluye el oficial. No ha sido el único revés. «Le aseguro que los encargados del laboratorio andan como locos buscando dónde cocinan la base. Tienen que cumplirles a los patrones y estarán preguntando qué cristalizadero puede hacerles el trabajo. A veces no es fácil porque hay pocos y no les sirve uno distante», dice a Crónica días después una fuente de la zona que conoce bien el negocio y habla bajo condición de anonimato. «Y estarán averiguando quién es el sapo (soplón)».

Tampoco es sencillo descubrir los cristalizaderos. La mafia los protege en extremo porque sacan toneladas de cocaína en cada uno de ellos, quedan en lugares de difícil acceso, y localizarlos implica semanas de trabajo de inteligencia. Son la última etapa de un proceso que comienza en los rústicos laboratorios de base de coca, adyacentes a los sembradíos y detectables desde el aire.

Los mismos Jungla que arrasaron el cristalizadero, el decimoquinto en lo que va de año, ya han quemado medio millar de los de base de coca en el mismo periodo. Los operativos se asemejan pero existen características propias, comenzando porque los de base los realizan a velocidad de vértigo y destruyen varios en una misma jornada.

Empiezan por delimitar un área intensiva en cultivos de matas de coca en la sede de Antinarcóticos de Villagarzón, Putumayo, a sabiendas de que darán con bastantes. Crónica los acompañó a realizar las interdicciones en Jordan Güisía y alrededores, localidad del municipio Valle del Gamuez, frontera con Ecuador, uno de los territorios de Colombia donde la coca lleva más de tres décadas dominando la economía local.

La noche previa reciben un exhaustivo briefing sobre los grupos criminales a los que pueden enfrentarse y otros riesgos como las minas antipersona que siembran los cárteles. Y detalles técnicos de la misión.

Una vez en el aire, divisan el objetivo y enseguida descienden. Al no haber enfrentamientos armados ni campesinos que opongan resistencia -vimos a unos correr cargando sacos de hojas a hombros-, acopian la gasolina, las hojas a medio procesar, los químicos, los riegan sobre la plataforma de madera con techo de plástico que compone el laboratorio, y prenden fuego. Mientras arde, ya están de nuevo apiñados en el aparato en ruta hacia la siguiente diana.

Arrasar laboratorios no es la única tarea que cumple la Policía Nacional para rebajar a la mitad el récord histórico (200.000 hectáreas de cultivos de coca y una producción anual de 1.379 toneladas en 2017) que el Gobierno anterior legó al de Iván Duque. Ante la escasez de fondos para contratar jornaleros, aportan miles de efectivos para arrancar a mano las matas y arrasar los sembrados con fumigantes, también a mano.

La magnitud de la empresa y de los riesgos que asumen la resumen las cifras: por cada equipo de 15 policías que ejercen de jornaleros, casi el doble vigila. Este año a uno le mataron; 20 resultaron heridos, algunos con graves mutilaciones; amén de los 39 que sufrieron leishmaniasis y nueve, paludismo, enfermedades comunes en las selvas del Putumayo.

«Puede parecer frustrante pensar en muchos compañeros que murieron o quedaron mutilados cumpliendo la misión y que después de tanto tiempo y sacrificio haya esa cantidad de coca», admite el coronel Téllez. «Pero hay que seguir esta lucha titánica con los mismos ideales».

Fuente : ElMundo.Es


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