La violencia sexual sigue siendo un grave fantasma en el Putumayo

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IMAGEN-16529859-1ElTiempo – Las secuelas de una guerra que marcó de por vida al pueblo de Putumayo siguen latentes. Es el drama de un pueblo que por años se negó a denunciar por miedo. “Nos seguía el silencio a plomo, daba terror hablar. Éramos los blancos de los paramilitares y la guerrilla”, afirmó una habitante de la región.

La campaña ‘No Es Hora De Callar’, liderada por la periodista Jineth Bedoya y que tiene el apoyo de EL TIEMPO Casa Editorial, realizó en esta zona, el pasado sábado, el segundo retorno simbólico de sobrevivientes de violencia sexual en el país. El primero se efectuó el 22 de agosto de 2015 en El Salado, en los Montes de María.
Durante cuatro horas, más de 1.000 personas- entre mujeres sobrevivientes de violencia sexual y del conflicto, y hombres que se unieron a la campaña- recorrieron 10,5 kilómetros desde La Hormiga hasta la inspección de El Placer, municipio del Valle del Guamez, en el bajo Putumayo.

En las carreteras del departamento, que en el pasado fueron campos de batalla entre el paramilitarismo y la guerrilla, ahora se percibe un poco de paz, pero las casas y escuelas abandonadas reflejan el centenar de familias que huyeron por salvar sus vidas y que tal vez nunca regresen. Recorrer la zona es recordar a los hijos que ya no están, los padres que fueron asesinados y a las mujeres que fueron torturadas y violadas.

Las líderes de este recorrido fueron las mujeres, quienes pintaron sus rostros con flores, lágrimas y mensajes de paz. Las acompañaban pancartas con frases de aliento y de perdón por las múltiples violaciones a sus derechos. Al fondo se escuchaba el coro: “mujeres somos vida, amor, clamor y paz».

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La multitudinaria marcha fue encabezada por el cabildo indígena Awatatchaw como sinónimo de unión y protección. “El mensaje que enviamos es que nosotros sin mujeres no somos nada. Hoy por ellas, mañana puede ser por nosotros”, dijo Carlos Ramiro Cabeza, gobernador del cabildo.

Cabeza afirmó que su interés de participar en el retorno simbólico es reconocer la participación y la lucha que han dado las mujeres. “Ellas antes no tenían ni voz ni voto y no se reconocían sus derechos y ahora llegó el momento de que lleguen al poder”, agregó.

Jineth Bedoya agradeció a las mujeres de Putumayo por abrir las puertas de su corazón y les entregó un mensaje: “ustedes son ejemplo para el país. Estas mujeres estuvieron marcadas por la violencia, pero hoy nos están enseñando que su dignidad es más grande que sus victimarios y sus armas”.

“Reconozco como sobreviviente el valor y la lucha que han dado. De ese dolor nació ‘No Es Hora de Callar’, le decimos a Colombia que llegó el momento de la paz y que tenemos el corazón limpio para perdonar y transformar. Ese es el valor de las mujeres sobrevivientes”, agregó.

Por su parte Fátima Muriel, representante desde hace 10 años de la Alianza de Mujeres del Putumayo ‘Tejedoras de Vida’, señaló que la importancia de este evento fue dignificar el papel de la mujer y hacer un llamado al Gobierno y a las instituciones. «Aquí estamos de pie, no queremos la guerra«, afirmó.

‘Si a la paz, no a la guerra y a la muerte’

Como acto simbólico la Alianza de Mujeres del Putumayo ‘Tejedoras de Vida’ organizó tres estaciones en homenaje a diferentes mujeres víctimas de violencia sexual. La primera fue con las lideresas de El Tigre en memoria de Nancy Eliza Muñoz Torres, de 30 años, una activista de la región que fue dejada en medio de la carretera con señales de violación y de tortura.

“A Nancy la conocí desde el bachillerato, éramos muy buenas amigas y nos prometimos estar juntas por siempre y a mí me tocó recoger su cuerpo en medio de la calle. La dejaron irreconocible, la ayude a levantar y a bañar para que su familia no la viera así”, narró Martha Ruby Tejada, líder de la Alianza ‘Tejedoras de Vida’.

Homenaje a Nancy Eliza Muñoz Torres, de 30 años.  Foto: Juan Manuel Vargas / EL TIEMPO

Las mujeres sobrevivientes

La segunda parada fue con apoyo de las mujeres de La Dorada, municipio de San Miguel, en homenaje a Elisa Lara Álzate, otra víctima de 15 años. Y la tercera se hizo en la inspección policial de El Placer donde se compartió un sancocho comunitario donado por Bedoya, el alcalde de La Hormiga y varios amigos para más de 2 mil personas. Allí se empezaron a escuchar los comentarios de quienes viajaron desde Bogotá a acompañar el retorno: «realmente nadie sabe del sufrimiento que han tenido que pasar estas mujeres».

Para Martha Ruby, esta marcha la hizo recordar hechos dolorosos del pasado, pero reconoció que es una puerta más que se abre para decir que sí se puede. “Estas mujeres están dispuestas a perdonar. Es triste recordar, pero es nuestra historia y quedará imborrable en nuestra vida”, señaló.

Y hubo hechos que empezaron a zanjar esas diferencias para intentar cerrar las heridas. Muchas mujeres aún reclaman por qué la Fuerza Pública amparó hace 17 años el ingreso de los paramilitares y no les gusta ver a hombres armados. Pero el sábado ellos, los hombres del Ejército y la Policía, quisieron decirles que es hora de entender que muchas cosas han cambiado y que quienes hoy están en el Valle del Guamuez quieren ayudar a cambiar el país.

Todo el camino marcharon junto a las mujeres con camisetas blancas y se encargaron de la logística para la hidratación con las bebidas que donaron Femsa y la Fundación Bavaria y que llegaron hasta el corazón del Putumayo gracias a la Aviación del Ejército.

Otras instituciones como PNUD, el Fondo de Justicia Transicional, OIM, Usaid, la productora El Roble, la alcaldía de La Hormiga y la Policía Nacional también se sumaron con aportes en especie para realizar el retorno a El Pacer. Sin embargo, no ocurrió lo mismo con la gobernación del Putumayo. «Durante más de un mes busqué a la gobernadora Sorrel Aroca para que se sumara de alguna manera y nunca respondió, pero 8 horas antes del evento si pudo llamar a decir que podía conseguir esa noche tres millones de pesos. No los aceptamos, y aún sí, cuando ya estábamos arribando a El Placer llegó con una comitiva de la Gobernación, corrió hasta la cabeza de la marcha y se prendió de la pancarta que cargamos las mujeres durante los diez kilómetros, solo para la foto», señaló Jineth Bedoya.

La periodista agregó que esto tiene que servir como experiencia a los gobernantes para que asuman en verdad su compromiso con las mujeres víctimas en Colombia. «Ella al final del día reconoció que se equivocó y me pidió perdón, pero no es perdón lo que buscamos son acciones y apoyo para las sobrevivientes», concluyó Bedoya.
El próximo Retorno Simbólico será el último sábado de abril, en Bahía Portete, Guajira, donde la incursión de los paramilitares dejó decenas de mujeres violentadas sexualmente hace 12 años.

La noche del 9 de enero de 1999 cerca de 150 paramilitares del Bloque Sur de Putumayo de las AUC, coordinados por Carlos Castaño, asesinaron a 28 personas y 14 desaparecieron, destruyeron viviendas y vehículos en la vereda El Tigre, según informe del centro nacional de Memoria Histórica. Sin embargo, los pobladores calculan que fueron más de 3.000 muertos y que fueron enterrados en fosas comunes.

Años más tarde, habitantes de El Placer fueron testigos y víctimas de la crueldad ejercida por el frente 48 de las Farc y el Bloque Sur Putumayo de las AUC en busca de tener el control del negocio de la coca y de los territorios.

El Tigre y El Placer son los municipios más golpeados por la violencia. Entre el 2001 y 2006 la guerra también se intensificó en zonas urbanas de la Hormiga, la Dorada, Puerto Caicedo y Puerto Asís “en medio de un control territorial permanente, ejerciendo un dominio social, económico y político en esta región”, recoge Memoria Histórica.

Nelly Fabiola Getial, de 66 años, presenció el dolor y el terror de la masacre en El Tigre. “Era medianoche y estábamos durmiendo con mi hijo de 11 años. Nos sacaron, nos golpearon, nos quitaron los papeles y me pusieron en la espalda un lanzagranadas. Yo sufrí a morir esa noche, no creí que fuera a vivir”, contó entre lágrimas. Getial afirma que su otro hijo, para ese entonces de 24 años, se escapó arrastrado como una culebra entre el monte y que se salvó de ser reclutado.

Luego de las amenazas de los paramilitares para que abandonaran sus tierras, Nelly y su familia se desplazaron a La Hormiga, pero por falta de dinero regresó un año después a El Tigre. “Con miedo y temor regresé a mi ranchito. En las calles rondaban hombres con brazaletes que decían AUC y en las calles decía ‘bienvenidas las autodefensas’”, recordó.

Otra de las participantes del retorno simbólico fue Cecilia Campaña, de 44 años. Ella vive en el barrio El Progreso, Valle del Guamuez, y afirmó que ahora todo está calmado, pero que en la época de la violencia era muy poca la tranquilidad y que siempre estaba el miedo a hablar. “Era una vida desastrosa y desagradable. Fue doloroso ver como a diario mataban a nuestros vecinos y a nuestros seres queridos”

A Cecilia le mataron a su esposo en 1984 y su hija desapareció en 1999 cuando salía del colegio, cree ella por grupos de paramilitares.

Por su parte Martha Cecilia Rodríguez, de 48 años y líder de la vereda El Venado (Valle del Guamuez), relató que su hijo fue tres veces humillado y torturado por los paramilitares y ahora se encuentra en un centro de rehabilitación por los traumas que le dejó la violencia. “Lo desvistieron junto con otros 16 muchachos, los amenazaban con cortarlos con una motosierra y los tildaban de ser guerrilleros cuando eran estudiantes”.

Durante el 2003 y 2004, en medio de la guerra, Martha Cecilia y su familia fueron sacados en dos ocasiones de su casa por paramilitares, quienes los acusaban de ser colaboradores de la guerrilla. “A niños, jóvenes, adultos mayores y hasta a señoras embarazadas, nos empujaban y nos decían ‘es que van porque van’, por más que les suplicáramos que éramos campesinos no nos escuchaban. Nos revolcaban nuestras casas y se llevaban lo mejor que teníamos. Cuando llegábamos todo estaba en ruinas, no nos dejaban nada. Lo que pasó acá fue una cosa horrible”.

Martha Cecilia pide que se socialicen los acuerdos de paz entre Gobierno y las Farc en su región: “Nosotros somos los afectados, cómo hablan de una paz cuando acá hay tantas necesidades y no tememos claro cuál será nuestra participación”.

Estas mujeres sobrevivientes, 16 años después de la masacre, sueñan con la paz y que el miedo no vuelva a tocar sus puertas.

ANGY ALVARADO RODRÍGUEZ
Twitter: @angyalvarador
Enviada Especial EL TIEMPO
Putumayo

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