Que no se pierdan los colores ancestrales

image001Siempre me estoy preguntando si se le puede volver a presentar una oportunidad a una artista putumayense ignorada, para recibir un pago de $50 millones de pesos por un conjunto de obras a las que se dedicó a pintar de una manera espontánea y recreativa pero a las que les puso el alma, y que llamó la atención de un crítico de arte ?

A decir verdad supe por entendidos en el tema que su pintura no se destacaba precisamente por las formas , las líneas o la textura, la iluminación o la temática, sino por la singular técnica a partir de la cual obtenía los colores para pintar sus cuadros.

Vine a saber de esto hace un par de años cuando recibí la llamada telefónica de un buen amigo y paisano cuya intención era presentarme a un personaje de la etnia inga,  indígena habitante de una zona geográfica del Putumayo que conocemos como “bota caucana”. La conversación con el señor Becerra giraba sobre temas diversos pero llegado el punto, sintetizo lo que me llamó la atención :

Hace unos años llegó a la zona un médico procedente de Bucaramanga. Un buen  señor que cuando lo enteraron que a una de sus hermanas le gustaba pintar se interesó por el caso. Ella lo hacía por puro placer en sus ratos libres y no tuvo inconveniente en regalarle algunos cuadros, de aquellos que guardaba en el chifonier de su alcoba. Ya la conversación entre galeno y pintora había pasado por preguntarle por su afición y demás cosas que pueden despertar el interés de alguien que en lo más remoto de la selva putumayense se dedica a la pintura. A la artista le pareció un buen detalle para con quien habían obtenido sus servicios médicos siempre que los necesitaron.

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Tiempo más adelante, desde Bucaramanga el médico lo llamó a su celular y le pidió que se acercara a una oficina de aeromensajería de Villagarzón para que reclamara un “regalito” que le había enviado. Su sorpresa fue grande ! No podía creer que tenía un giro por $5 millones de pesos, cantidad que el médico solicitaba se la compartiera a su hermana pintora como compensación voluntaria por sus cuadros.

En la conversación telefónica le preguntaron –pues quería hacer las veces de representante de su hermana- si existía algún interés en dar a conocer sus pinturas al país, sueño de cualquier artista.  A las pocas semanas llegó al Putumayo un crítico de arte quien les negoció una serie de cuadros por $50 millones de pesos. Recibía inicialmente $20 millones y los restantes $30 millones unas semanas más adelante. Crítico, representante y artista quedaron satisfechos con el acuerdo.

Pues bien, no habían pasado un par de días cuando el hermano-representante , para su fortuna o su infortunio, se encontró en las calles de Mocoa con una amiga cuyo nombre se reservó pero nos dio características: era indígena, profesional, y trabajaba con una institución gubernamental. A ella le confió los detalles de su negociación. Recibió como respuesta no sólo una reprimenda sino toda una plática sobre valores en identidad cultural, respeto por la tradición indígena, necesidad de guardar con celo el conocimiento ancestral, etc, que lo llevaron directamente a buscar al crítico de arte, que para su buena o mala suerte aún no había viajado. Sin ampliarse en explicaciones le manifestó su interés en deshacer el negocio. El foráneo no tuvo inconveniente en desbaratar los guacales donde ya las obras reposaban y proceder a hacer devoluciones mutuas de dinero y pinturas y quedar como al inicio: buenos amigos. Y así fue. Cada uno tomó su camino: el crítico de arte para Bogotá a su galería, el hermano-representante para su finca y la artista para su casa.

¿Pero qué fue lo que tanto había llamado la atención del médico y el crítico en la pintura lograda por nuestra desconocida artista putumayense ? La abuelita de la artista, en vida había enseñado a la niña una técnica especial en la obtención de los colores para sus pinturas a partir de especies vegetales y minerales que se encuentran en la naturaleza de la geografía yunguillense. Yunguillo es un Resguardo indígena en las montañas andinas a unas dos horas –una en carro y otra caminando- de la capital Mocoa. La niña por su parte logró perfeccionar los métodos para lograr colores más vivos y perennes y estas condiciones eran las que hacían de su pintura algo especial.

Ya ha pasado un buen tiempo desde aquello y doy por sentado que la doctora sigue su vida cotidiana, recibiendo su salario mensual de empleada pública, sin mayores preocupaciones; la artista seguirá ignorada para el mundo del arte, recluida en su casa y remojando pinceles cuando los apuros del día a día se lo permitan y su hermano-representante con una historia muy bonita y bien elaborada en su cabeza para contarla a sus nietos algún día. Inevitable terminar con el interrogante si los putumayenses, a lo mejor, nos privamos del arte que por su sencillez, humildad y generosidad sin duda la acercan más al pintor francés Jean Baptiste Corot que a nuestro afamado maestro, y hasta ahora sin par, Carlos Jacanamijoy.

Guido Revelo Calderón
Mocoa, Enero de 2016

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