Colombia Rio Abajo


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Semana.com

Sobre el río Putumayo la presencia del Estado es mínima y en algunos casos nula. Semana.com visitó la frontera con Perú y arribó a siete poblados, todos sobrevivientes al abandono.

El río Putumayo ya no da tantos frutos como antes. Las continuas sequías han castigado la pesca y hasta el transporte se ha hecho más complejo para los miles que viven en la orilla. En la frontera poco o nada se conoce de relaciones entre países; peruanos, ecuatorianos y colombianos confluyen en el río y en el bosque, arterias de las poblaciones que a lado y lado se han hecho una sola familia que convive con el olvido. De Tres Fronteras, Perú, (Colombia al norte, Perú al sur y Ecuador al oeste) hasta Puerto Leguízamo, Putumayo, hay poco Estado.

El bosque tropical amazónico cobija la frontera. Con los buques artillados de la Armada nadie se mete, pero a las embarcaciones pequeñas -según contaron algunos pobladores a Semana.com- desde hace un buen tiempo les empezaron a cobrar vacunas por sólo dejarlas pasar por el río.

La Armada Nacional de Colombia es optimista con el tema del conflicto en la frontera con Perú, pero mientras más se acerca a Ecuador, crece la tensión. La principal preocupación son las minas antipersonal. Un solo desmovilizado de las FARC confesó haber sembrado unas 6.000 minas en todo Putumayo, con especial ensañamiento en Piñuña Blanca, un asentamiento del lado colombiano.

Según el capitán de Fragata Carlos Rodríguez, sólo en cercanías a la frontera con Ecuador, la Armada desbloqueó 256 minas y destruyó 17 campos minados en 2012. También identificaron que algunos “bandidos”, como les llaman los militares, están minando los cultivos que se encuentran en proceso de erradicación.

El Estado llegó con su fuerza a controlar el tema del cultivo de coca. En el 2012 se erradicaron 560 hectáreas de coca y se neutralizaron varios líderes pertenecientes al frente 48 de las FARC. Otra de las problemáticas es el comercio ilegal de madera en la zona declarada como parque nacional natural La Paya, que tiene 422.000 hectáreas. El transporte de insumos para la fabricación de cocaína también es uno de los dolores de cabeza de la Armada.

A pesar de la tensión, en ninguno de los siete caseríos que visitó Semana.com hubo confrontaciones o eventos de riesgo, y la respuesta de los pobladores siempre fue positiva en el tema de seguridad. Pero en otros temas tan básicos como la salud y la educación, el resultado fue desastroso.

El olvido se ve reflejado en limitaciones como, por ejemplo, registrar un recién nacido o asistir a un enfermo de gravedad. En la frontera muchos crecen sin ser ciudadanos ante la Registraduría y algunos mueren esperando asistencia médica o un tratamiento. Los niños son educados por personas escogidas por la misma comunidad en períodos de dos o tres meses de clase y, el resto, deben trabajar la tierra. En algunas poblaciones las propiedades no están tituladas, hay centenares de casas sin dueño legal.

El transporte depende siempre del genio del río. Algunas personas deben navegar en lancha rápida (cuando hay y cuando se tiene dinero para la gasolina) entre tres y cuatro horas para llegar a Puerto Leguízamo. La Colombia río abajo sobrevive contra la dureza de innumerables necesidades, cada una de ellas difícil y a veces imposible de satisfacer.

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