Delito de lesa animalidad

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Delito de lesa animalidad Guacamayas son ofrecidas en las plazas de mercado desde $300.000. /Fotos: Theo González Castaño
Delito de lesa animalidad Guacamayas son ofrecidas en las plazas de mercado desde $300.000. /Fotos: Theo González Castaño

Detrás de este negocio ilícito hay una mafia que ha sido denunciada por entidades públicas y asociaciones animalistas.

“Animalito que usted necesite, aquí se lo conseguimos”, dice Martha, de unos 30 años, con tono firme de voz. El ofrecimiento tiene lugar en la plaza del Restrepo, en la localidad de Antonio Nariño, al sur de Bogotá, donde además de avena, lechona y frutas, el tráfico de especies de animales silvestres —muchas veces en peligro de extinción— tiene un enorme movimiento.

“Aquí adelante tenemos perritos, gaticos y pájaros, pero yo le consigo tortugas, si quiere, o un mico. Eso sí, tenemos que mirar el precio, depende de la mascota”, agrega la vendedora, ahora en medio de los susurros, como si fuera consciente de la ilegalidad de su ofrecimiento, y agrega que todos los animales vienen vacunados y están muy bien cuidados. Sin embargo, el hacinamiento y el lamentable estado de las jaulas donde reposan las cientos de especies evidencian lo contrario. A primera vista es posible percibir desnutrición, infecciones y un estado anímico bajo en muchos de los ejemplares ofrecidos. Decenas de hámsters se agolpan en cubículos de vidrio, algunos patos y gansos no pueden moverse por el poco espacio de las jaulas metálicas e incluso se ven pequeños gatos y perros con la piel lacerada.

Ante la pregunta por las posibilidades de supervivencia de una tortuga en una casa en Bogotá, Martha dice que la han tenido ahí en la plaza por más de tres meses y no le ha pasado nada. “Pa’ que vea que sí sobreviven, le voy a vender una icotea chiquitica lo más de bonita y juguetona”.

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La icotea es especialmente asediada por cazadores en Semana Santa, cuando se acostumbra consumir su carne, lo que pone en peligro esta especie.

¡No son mascotas!

A pesar de la seguridad que transmite la traficante de especies silvestres de la plaza del Restrepo sobre el tema de la supervivencia, para Claudia Rodríguez, médica veterinaria de la Universidad de La Salle y especialista en etología, rama de la biología encargada del comportamiento natural de los animales y sus alteraciones, es un acto cruel comprar y mantener este tipo ejemplares como si fueran una mascota. “Las implicaciones para cualquier especie silvestre, sea un mico o una tortuga, comienzan desde el momento de la captura, pues sufren una alteración de su entorno, lo que produce en ellos procesos de shock nervioso”, puntualiza, y agrega que los animales recién capturados pierden su madre y la manada con la que conviven.

“Estos procesos resultan traumáticos para ellos. Los tigrillos son un claro ejemplo, pues son destetados desde cachorros por los traficantes y luego llevados a un cautiverio en aislamiento total, lo que los convierte en ejemplares ermitaños y en estado de agresividad constante”, dice la etóloga, sin dejar de mencionar otras especies que son objeto de tráfico permanente, como los pericos australianos, las guacamayas y los loros. “Especies como estas son altamente sociales, por lo que resulta una verdadera tortura que sean obligadas a vivir en soledad. Además sufren mutilaciones y maltrato por parte de los captores para crear dependencia y ataduras mentales”.

Rodríguez cree que el aislamiento es tan sólo una de las consecuencias del tráfico de especies silvestres. Para ella, la gente, en su ignorancia y su afán de tener una mascota exótica, no es consciente de que ejemplares así no han sido domesticados. Es decir, no están hechos para convivir con los seres humanos y pueden producir lo que se conoce como zoonosis (cualquier enfermedad transmitida por un animal).

“Las personas que trafican y compran especies silvestres, por lo general desconocen el hábitat o ambiente del cual provienen. Por ello les resulta imposible reconocer la temperatura adecuada para cada una de ellas; los procesos alimenticios y ciclos específicos para su correcto desarrollo. Además no entienden su lenguaje, no saben si están expresando dolor, un sentimiento o una necesidad”, dice la médica veterinaria, y explica que una especie como la tortuga icotea necesita hábitats de 30 grados centígrados o incluso de mayor temperatura. Por tal razón, adquirir una tortuga o cualquier reptil en Bogotá, una ciudad con un promedio de 14 grados centígrados, es conducirla a una muerte segura o impedirle su correcto crecimiento.

Plazas de tráfico

Así como en la plaza del Restrepo, también se pueden conseguir loros, pericos silvestres, guacamayas, serpientes e incluso tigrillos en las plazas del 20 de Julio, el Siete de Agosto, Paloquemao e incluso Corabastos, principales escenarios de tráfico, según datos de la Secretaría de Ambiente de Bogotá.

Cientos de casos como el de las tortugas icoteas del Restrepo se repiten a diario en Bogotá. A pesar de que la Ley 84 de 1989, que enmarca la protección animal, busca evitar el tráfico de animales silvestres en Colombia, pues considera “cruel toda privación de aire, luz, alimento, movimiento, espacio suficiente, abrigo, higiene o aseo, tratándose de animal cautivo, confinado, doméstico o no, que le cause daño grave o muerte” y el artículo 328 del Código Penal establece penas entre los 48 y 108 meses de cárcel y multas hasta de 35.000 salarios mínimos legales mensuales vigentes para quienes incurran en este delito, la venta y el maltrato de miles de animales exóticos no cesa.

Precisamente en Corabastos fue rescatado en mayo de 2014 un tigrillo de monte perteneciente a un comerciante que aseguró que le fue entregado por una persona de Putumayo como parte de pago de una deuda. Luego de hacer seguimiento al implicado en el delito, a través de las bodegas de este lugar de abastecimiento, y dar con su paradero en una residencia cercana, la Unidad Nacional de Fiscalías para perseguir Delitos contra Recursos Naturales y el Medio Ambiente, en colaboración con la Policía Ambiental, recuperó el ejemplar, que le fue entregado al Centro de Recepción y Rehabilitación de Fauna y Flora Silvestre.

Más de 60.000 reinsertados

Desde 1996 la Secretaría de Ambiente creó el centro de acogida con los objetivos de recuperar y velar por el bienestar de los animales que han sido sacados de sus hábitats y fortalecer los procesos de rehabilitación que los conduzcan a una reinserción en sus ecosistemas naturales.

Este centro, de hectárea y media, ubicado en el barrio El Gaco de la localidad de Engativá —que limita con el parque La Florida y el humedal Jaboque—, ha permitido desde el año 2007 hasta hoy la recuperación de más de 60.000 especímenes silvestres. Según Yudy Cárdenas, bióloga especialista en derecho y gestión ambiental y directora del centro, “el trabajo que hemos realizado con especies silvestres que han sido afectadas por el tráfico ilegal ha generado un impacto importante y positivo al reducir en los últimos años esta actividad. Sin embargo, el problema surge al ingresar a las plazas y comprobar que el delito continúa”.

Cárdenas lleva siete años en el centro y asegura que los animales que llegan no vuelven a recuperar sus características innatas y de ello sólo hay un culpable: el hombre. “Aquellas personas que los trafican o que los compran les impiden a estos animales desarrollarse normalmente. Alguien, por ignorancia, por gusto o por dinero, arrancó al animal de su hábitat y lo trajo a la ciudad a sufrir”.

“Aquí llegan las especies que decomisan en las plazas de mercado, las terminales de transporte o el aeropuerto, la Policía Ambiental, la Unidad de Delitos Ambientales de la Fiscalía o funcionarios de la Secretaría de Ambiente, pero cabe resaltar que también acuden personas que por su propia voluntad entregan especies silvestres. Al recibirlas les hacemos un diagnóstico, luego buscamos recuperarlas física y emocionalmente en un período de 90 días en los que permanecen bajo constante observación”, afirma Cárdenas, y explica así el proceso que viven los animales del centro: “Son puestos en espacios con miembros de su misma especie. Finalmente buscamos reintroducirlos en hábitats semejantes a aquellos de los que fueron extraídos, donde puedan cumplir labores educativas con el público”.

El Centro de Recepción y Rehabilitación cuenta con 19 funcionarios, entre biólogos, zootecnistas, médicos veterinarios, operarios y cocineros.

Un pacto sin cumplir

El 31 de noviembre de 2008 se firmó un compromiso para que en las plazas de mercado no se venda fauna ni flora silvestre. Además se graduaron 60 formadores de ambiente de la Policía Metropolitana y se instalaron puntos de información en las plazas, para generar conciencia entre la gente acerca de prevenir la venta de especies silvestres.

Sin embargo, en visita realizada a las plazas en octubre pasado no se encontró ningún punto de información y la venta lamentablemente ha continuado. Al respecto, el capitán Nelson Laverde, de la Policía Ambiental, encargado del tema de tráfico de animales y flora silvestre, asegura que se realizan los operativos y los controles necesarios contra esta venta ilegal. “Hacemos todo lo posible por evitar el tráfico, pero muchas veces la gente continúa haciéndolo de manera clandestina. Es como la venta de drogas. Se hacen los operativos, pero se continúa con el expendio. Es el caso del tráfico de especies silvestres en algunas plazas”.

Mientras tanto, este continuará siendo un delito silencioso que pone en riesgo la vida de cientos de animales indefensos.

Por: Theo González Castaño
En Twitter: @Theo_Gonzalez

 

* Este artículo fue publicado en la revista Directo Bogotá de la Facultad de Comunicación y Lenguaje de la Universidad Javeriana.

http://www.elespectador.com/noticias/bogota/delito-de-lesa-animalidad-articulo-551947

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