Avalancha de sucesos – Crónica


image002Por: John Montilla

Las primeras palabras que escuché sobre el evento fueron éstas: “La gente anda como loca corriendo porque dicen que se viene una avalancha”, salí a la calle y en efecto vi que había bastante gente afuera, casi todos en un gran estado de nerviosismo y ansiedad. Me acerqué a un vecino quien me aseguró que lo acababan de llamar y que le dijeron que había un represamiento de un río y que era eminente una catastrófica avalancha; el problema era que él no sabía cuál de todos los ríos que circundan a Mocoa era el que podía ocasionar el desastre. Este hecho era el que tenía a la gente en el dilema de no saber para donde salir corriendo.

No era cuestión de alarmar, pero sí de estar alerta; una abuela sabia me dijo que lo primero que hizo fue abrir el grifo del lavamanos, y como vio que el agua salía clara no encontró razón para alarmarse. Por mi parte al pasar junto al puente del río Sangoyaco, con cierta precaución le eché una rápida mirada a las aguas; vi que éstas bajaban algo turbias pero el flujo de la corriente era normal; lo cual era un buen síntoma de que no había posible represamiento. No está de más anotar que hace algunos años hubo el mismo rumor de avalancha, y en aquella ocasión apenas bajaba un hilo de agua en el mencionado río, prueba de que algo no andaba bien, por tanto esa vez, si hubo una razón para que la gente evacuara las zonas aledañas al cauce.

Como iba camino a una exposición de arte y pintura infantil, pude percatarme de que había mucha gente desalojando el Barrio San Agustín. La alarma iba creciendo y cada vez era mucha más la gente que se movía apresuradamente, y ya el tráfico vehicular comenzaba a hacerse mucho mas agitado. Con esa incertidumbre llegué al lugar de destino y le comenté de forma discreta a la organizadora del evento cultural: “Hay un rumor de avalancha y la gente anda muy nerviosa”, ella me miro de forma seria, lo tomó con tranquilidad, sin embargo no dijo ni una palabra, yo mentalmente ya me imaginaba lo que podía a suceder.

Cuando la sala de exposición estaba prácticamente llena, y justo cuando los invitados especiales estaban haciendo sus discursos de apertura del evento, empezó a crecer el incesante trepidar y pitos de motocicletas y carros que pasaban completamente llenos de pasajeros y con tremendo alboroto, esto hizo que la palabra avalancha se regara en voz baja, pero de forma efectiva y en un santiamén la sala quedo prácticamente desocupada, ante esto una voz prudente se alzo para decir “ los papás no se olviden de agarrar a sus hijos”. Unos músicos extranjeros que iban a ambientar el evento también entraron en pánico y no sabían para donde ir, alguien les dijo que corrieran para donde se dirigiera la mayoría de la gente.

Ya en la calle el caos vehicular era inmanejable y peligroso, los motociclistas hacían retumbar sus aparatos; los pitos de motos y carros ante el trancón que se armó en pleno parque principal le agregaban dramatismo a la situación. Alguien me refiere que el embotellamiento que se dio al encontrarse los vehículos en direcciones contrarias era caótico y no había quien ayudara a controlar la situación, ya que mientras unos iban huyendo de la ciudad otros se adentraban en ella para ir en busca de sus seres queridos.

Los nervios hacían estragos: Una señora presa de pánico había dejado tirada su motocicleta en la vía y le había pedido a una amiga que iba en carro que la llevara a recoger a su hija que estaba en una fiesta en el otro extremo de la ciudad. Me cuentan de una señora que resbalo y cayó en plena calle y que un motociclista le pasó por encima y que algunos ciudadanos que aún mantenían la calma corrieron a auxiliarla. Igual suerte no corrió otra señora que se desmayó en plena Avenida Colombia y que nadie se digno a socorrerla pues todo el mundo andaba en carreras. La dueña de un restaurante me dice que prácticamente echó a la calle a sus clientes sin siquiera cobrarles la cuenta y que apresuradamente cerro su negocio para ir en busca de su familia.

image003Por la calle pude observar a muchos niños y señoras llorando; una humilde y aterrada mujer suplicaba entre lágrimas por un taxi, cosa prácticamente imposible en ese pandemónium que se había creado; Un testigo que estuvo en el hospital a la hora del desorden cuenta que vio como más de un enfermo salió despavorido del hospital mientras ellos mismos se sacaban las agujas y se desconectaban de sus medicamentos, pues según él, más de una enfermera salió corriendo rumbo al Instituto Tecnológico del Putumayo; lugar que dicen se llenó de muchos asustados conciudadanos que buscaron ese lugar como posible refugio ante el inminente desastre. Por su parte alguien que vive junto a un parqueadero me cuenta que se armó tremendo alboroto cuando los dueños fueron a sacar a sus vehículos y que ese estrepito le asustó a los hijos, y que ella pese a vivir cerca a un río, mejor cerró la puerta de su casa y se puso a orar junto a sus niños.

Una de mis estudiantes me cuenta que salió con su familia con rumbo a la salida a Pitalito y que en el camino vio a mucha gente llorando y a unas señoras desmayadas. Un vendedor de chorizos y pinchos de pollo me dice que el miraba como la gente se apresuraba en todas las direcciones y que fue testigo de dos accidentes de motocicletas, y que los implicados en el afán de huir, conciliaron así: “Mañana arreglamos”. Me cuentan que los hoteles del centro de la ciudad se llenaron de inesperados e intranquilos huéspedes. Alguien cercano a la familia me dice que la avalancha le costó 30 mil pesos de una noche de hotel.

Un familiar que venía de Puerto Asís refiere que justo cuando pasaba por Villagarzón se dispararon las alarmas y que muchas personas también corrían frenéticas hacia las partes altas del pueblo; para completar el cuadro los mensajes de texto y las redes sociales terminaron por llenar de pánico a casi todo el departamento. Por fortuna o por desgracia en pleno apogeo del pánico colectivo se destapó tremendo aguacero que tuvo la virtud de paliar un poco el desorden, ya que enfrío los ánimos de los más enardecidos y terminó por crispar más los nervios de los más asustados.

Afortunadamente todo se trató de una falsa alarma, y el asunto no paso a mayores. En este punto recuerdo que alguna vez me contaron que hace más de un par de décadas sucedió algo similar en la ciudad de Neiva cuando unos borrachos en un carro armaron tremendo alboroto al gritar por las calles que la represa de Betania había colapsado, y al igual que acá se había generado tremendo pánico colectivo, lo que trajo como resultado que a partir de ese hecho se valorizaran las tierras más altas, prueba de ello, dicen, es que hoy son los sectores más caros y exclusivos de esa ciudad.

¿Qué le quedará de ganancia a Mocoa después de este singular suceso? …Primero que todo, seguir el consejo de las abuelas: “Hay que tener agüita de valeriana en casa”, y lo segundo, no sabemos. Por lo pronto, nos queda claro que el examen que nos hicieron, para saber cuan preparados estamos para afrontar una contingencia de esta magnitud, NO lo pasamos.

John Montilla
Esp. Procesos lecto-escritores

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