Bella y la selva

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En medio de una fuerte lluvia como solo existe en la selva, Bella estuvo buscando una vaca perdida. No la encontró. Foto: Edna Guerrero
En medio de una fuerte lluvia como solo existe en la selva, Bella estuvo buscando una vaca perdida. No la encontró. Foto: Edna Guerrero

Por : Edna Liliana Guerrero / DeLaUrbe

En un lugar de Puerto Leguízamo, Putumayo, una mujer siembra y reforesta en un sector donde la ganadería extensiva está poniendo en peligro la zona de amortiguación del Parque Nacional Natural La Paya.
A Bellanira Yara le gusta bañarse desnuda. Bañarse desnuda en medio de la selva. A veces, se va sola hasta el río desde la casa de su padre. Entonces se para en la orilla y sus pies se hunden en el barro como si una fuerza extraña se la quisiera tragar. Pero ella sigue adelante, suelta su cabellera negra y deja que el río se lleve el sudor.

Una mujer de ciudad, de tacones, sentada frente a su computador, tal vez con un cigarrillo en la boca. El destino de Bellanira pudo haber sido cualquiera. Pero algo no le funcionó cuando era una muchachita de 21 que quiso tomar un avión y dejar todo atrás, como algún día lo hizo su padre. Ahora es una mujer de más de 40 años que forjó su carácter despejando selva para sembrar maíz, recogiendo los huevos tibios de las gallinas y atravesando ríos donde las rayas esperan para atacar. Ella cree que se puede ahuyentar a un tigre con gritos y se ha defendido del aliento de la boa invocando a dios y dibujando cruces en el aire con su machete.

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Publimayo

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Mientras su padre y su hermano están de cacería, Bella tumba una palma de chontaduro para hacer chicha. Sobran para llevar a la casa. Foto: Edna Guerrero.

Cuando Pablo Yara, hijo de Pablo Yara y Teófila Bucurú, llegó a Puerto Leguízamo creyó que había encontrado otro mundo. Desde el Tolima, atravesó la cordillera oriental y la Amazonía le dio la bienvenida en Florencia. Ahí tomó un avión y viendo desde el cielo que atrás quedaban las caprichosas montañas, de sus ojos afloraron unas lágrimas y realmente creyó había cruzado los confines de la tierra. Su llegada confirmó sus miedos, pues todo lo distinguió girando en espiral. Eduardo, su hermano mayor, quien lo había increpado a hacer ese viaje, lo tranquilizó al decirle que solo se trataba de un mareo.

No había nada que perder; lo que había, ya estaba perdido. Así, cualquier camino, cualquier promesa, cualquier locura, era un llamado del destino, que Pablo siguió teniendo como único respaldo su juventud.

Atrás, hombres de rojo y azul manchando tierra y río de sangre en la época de la Violencia. Atrás, huir de los liberales en las noches, escondites secretos. Atrás, los cafétales. Atrás, casas de bareque y palma real, ollas de barro y platos de totumo. Atrás, bizcochos, bizcochuelos, pan de queso, quesillo, envueltos. Atrás, el Tolima.

¿Y María Domitila? Esa niña de 15 años que vio por primera vez usando un vestidito verde. La que conquistó entre los cafétales del Tolima y convirtió en su mujer. Aquella que tenía un hijo en su vientre cuando él se fue a Puerto Leguízamo, al que vio nacer y también morir sin el consuelo del padre. A ella, él le diría a su regreso:

– Mija, si usted me quiere, arrasa por donde yo voy a ir.

– ¿Y esto?

– Dejemos botado esto, vamos a ver qué futuro conseguimos por allá.

Puerto Leguízamo era entonces una aldea de unos mil habitantes viviendo a orillas del Putumayo, un río de aguas apacibles que se precipitan hasta el Amazonas. En este nuevo mundo la abundancia era tan desmedida como su explotación. En los lugares más recónditos había puertos improvisados con hombres desflorando la selva, tumbando cedro y arrancándole la piel al tigre y al tigrillo, al caimán negro y al cerrillo, a la nutria y al perro de agua. Estas eran las promesas de riqueza en los años 60.

Jóvenes, él y ella, abrieron el monte y levantaron la casa. Labraron la tierra, pescaron y cazaron como lo hicieron los primeros hombres. Vino el segundo hijo y también murió. El tercero era una niña y recibió del nombre de Bellanira, a quien terminaron por llamar Bella.

En su infancia no existió el ensueño rosa sino un universo verde. No cabalgó en un poni volador sino en un caballo de verdad; no cuidó a un bebé de plástico sino que limpió la cola de sus hermanos; no cocinó en ollitas de fantasía, a los ocho ya preparaba la comida para todos los trabajadores de la finca. Además pilaba el maíz y el arroz para vender en el pueblo.

En sus primeros años, se quedaba amarrada del pie en la cama; pero más tarde, cuando caminaba y aprendía, su padre la llevaba a sembrar yuca, maíz, plátano o se la echaba al hombro cuando iba de cacería. Bella se quedaba tardes enteras cavando para perseguir armadillos.

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Si Leguízamo fuera un mar de árboles, desde arriba se podría mirar los pastizales como islas de color verde claro y verde amarillo con uno que otro árbol escuálido incapaz de ofrecer sombra y, sobre todo, con muchas vacas. En 2008, Corpoamazonia publicó la Agenda ambiental para el departamento de Putumayo, en la que se indicó que según el DANE, en 2005 había una población de 24.263 cabezas de ganado ocupando 24.404 hectáreas de pasto. Es decir, que las vacas ocupaban el 2% del municipio. Ese 2% equivale a la superficie de Popayán.

En el eje de la única carretera que comunica a Puerto Leguízamo con otro municipio, la Tagua, hay unos cincuenta ganaderos que han arrasado con la selva para poder alimentar a sus vacas, pues incorporar tecnologías es impensable por su alto costo o porque simplemente, no les interesa. Las vacas que se están comiendo la selva sirven más por su carne que por su leche. Según el Ministerio de Agricultura, en Colombia, la cantidad promedio de litros de leche producidos por una vaca al día es de 8,3 litros. El promedio en Puerto Leguízamo es de 2.7 litros diarios.

En los días de verano Bella atraviesa estos pastizales para llegar hasta la casa de su padre. Entonces ve a la recua sedienta andando por las esteras onduladas que encuentran su límite en un horizonte de árboles. Ella cabalga con los pies bien apretados en los estribos, las manos agarradas de las riendas, el cabello aprisionado en una gorra y la mirada fija en el recuerdo de su padre joven caminando cauteloso con la escopeta lista para dispararle a una danta que está tomando agua. El recuerdo frente a la imagen de lo que ahora es un peladero de tierra roja. Simplemente, un espejismo.

En tres horas de camino a caballo Bella ve el mismo paisaje. Abre cercas ajenas y las vuelve a cerrar. Después atraviesa un monte espeso, húmedo y difícil para finalmente llegar a las tierras de su padre.

La casa no tiene puerta. Es un rancho de madera gris sostenido por unas quince vigas y hecho más que nada como un refugio, porque nadie vive aquí. Hay un fogón de leña y tres cuartos; uno vacío, otro con una cosecha de maíz y el más grande, con una cama.

Su padre no está. Debe estar de cacería, debe traer sed, debe traer hambre. Entonces ella empieza su labor de hormiguita. Hay que hacer chicha. A lo lejos, una palma está cargada con chontaduros. Hay que tumbarla. El golpe del machete contra ese tronco de unos 15 metros suena como hierro. La fuerza de la caída. Y lo que ahora hay en el suelo: unos chontaduros y cinco nidos alargados, como mochilas.

Ahora hace fuego y trae agua del río, pela las yucas y lava la losa, barre un poco…

La tarde ha caído, el chontaduro ha sido cocinado, molido y disuelto en agua, y las yucas ya están blandas. Entonces con el sol pegándoles en la espalda aparecen en el horizonte las figuras de dos hombres. Son Pablo Yara y Bernardo, su hijo menor, seguidos por tres perros. Llegan, saludan y dejan en el piso las yucas, los plátanos y dos animales ensangrentados, una boruga y un guara. Son roedores tan grandes como las liebres, pero tienen las orejas y la cola cortas. El pelambre es diferente; el del guara es negro y opaco; en cambio el de la boruga es pardo, brillante y con manchitas redondas y alineadas.

Bella pone a calentar agua para pelarlos.

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Limones, yucas y los frutos de la cacería. Pablo Yara y su hijo Bernardo trajeron un guara y una boruga. El guara tiene pelambre negro , mientras el de la boruga es marrón con manchitas  blancas. Foto: Edna Guerrero.

Frente al rancho se ve un monte espeso. Es el Parque Nacional Natural La Paya, digamos, una pequeña parte de una extensión de 422 mil hectáreas, tan grande como el departamento de Risaralda. La mañana es fresca, pero no por mucho tiempo. Bella, su padre y su hermano Bernardo se preparan para salir del rancho, meterse en ese monte espeso y sembrar. No hay que olvidar los granos de maíz y las pepitas de tomate; la chicha de chontaduro y el machete.

Los tres caminan por la selva y van pisando un colchón de hojarasca húmeda. Se mueven abriendo las cortinas de bejucos desordenados, enroscados, gruesos, delgados. Van uno tras otro. Conocen de memoria el camino que deben seguir.

En ese universo de plantas, Pablo puede distinguir cuales le sirven para sus curaciones y cuales no. Fueron los indígenas, de difícil español, los que le enseñaron. Audoro Bajardo, el primero que conoció, le explicó que el Yagé tiene un espíritu, como todas las plantas, y que sirve para varias cosas, buenas o malas. El Yagé protege a Pablo cuando entra a la selva y en sueños le muestra por dónde encontrar animales de cacería.

Chirima fue el segundo. En las faenas de caza, Pablo no dormía tranquilo a su lado por sus historias de indio caníbal. Le contó que entre las delicias de la carne blanca, el talón del hombre y los senos de la mujer son exquisitos. Chirima fue el maestro de cacería, pues no necesitaba ropa, no escopeta, no peinilla, no flecha. Pablo sospecha que su secreto era convertirse en tigre.

***

 Y bueno, aquí están para empezar. Han pasado un poco más de cuatro décadas y Pablo Yara, padre de Bella, Pablo, Eduardo, Ramiro, Consuelo, Virgelina, Lurena, Maryluz, Betty y Bernardo, anhela tener el vigor que tuvo en el pasado. Mira a Bernardo y se mira a sí mismo cuando apenas llegó a estas tierras al encuentro con el futuro; la misma cara, los mismos brazos, la timidez. Mira a Bella y se mira a sí mismo; los mismos ojos, la misma fuerza.Después de caminar 15 minutos a través del Parque Nacional Natural La Paya, llegan. Están lejos de los pastizales estériles y en frente de una hectárea de troncos tirados y ceniza. Hay una herida negra que ellos le hicieron a la selva con fuego porque creen que esto es propicio para sembrar. El colchón de hojarasca y la cortina de bejucos no se ven en este pedazo de monte quemado donde comienzan a brotar la caña, la yuca y la piña.

Empiezan a sembrar como él les enseñó, como a él le enseñó su padre. Abriendo la tierra con un palo y enterrando dos o tres maíces.

De pronto, Cariñosa la perra más pequeña, olfatea algo y los demás la siguen. El eco de los ladridos se escucha en la profundidad del monte y entonces todos levantan la mirada. Bella toma el machete y decide ir.

Mientras se interna, deja señales de su paso quebrando tallos o dando machetazos en los troncos. Corre y se detiene a escuchar. Corre y debe tener cuidado de no ser ella la presa de otra fiera. Los ladridos se alejan y después vuelven. Ya viene. Los perros lo tienen acorralado. Sea lo que sea, ya está atrapado. Bella para, cierra los ojos, escucha y cambia de dirección.

De repente, Bernardo aparece entre el follaje; corre, salta, sus pies vuelan. No hay obstáculos para él. Parece un rayo de luz blanca, parece un águila. Su figura musculosa conmueve por un instante el universo de ranas, arañas, hormigas y ciempiés. Rompe la atmósfera húmeda con el aliento y desaparece.

El sonido de un disparo retumba. Bella corre más rápido.

Rápido, muy rápido palpitan todos los corazones, especialmente uno.

Roer era lo que mejor hacía. Tal vez, a la semilla que tenía en sus extremidades delanteras la soltó cuando sintió el ejército canino. El guara, siendo animal, obedeció a su instinto y se escabulló, o al menos lo intentó. Tal vez tropezó, se enredó o dudó. Su primer error fue adentrarse y devolverse pues sin saber estaba acercándose a la criatura que se fijó en su cuello y disparó. Tal vez brincó a causa del impacto, pero siguió corriendo y encontró una falsa madriguera, segundo error. Con el cuello atravesado por un balín, se metió en la corteza de un árbol caído, anaranjado, abrazado por enredaderas. Ahí, literalmente, no tuvo salida.

Afuera, los perros ladran como locos, muerden el árbol y arrancan lo que pueden. La más pequeña es la más osada y ya está adentro desde donde raspa, chilla, retrocede. Bernardo toma un machete y logra abrir un hueco en el centro del tronco, pero no sirve porque el guara está en el extremo. Bella corta ramas, les quita las hojas e intenta chuzar a la presa, pero no consigue nada. Entonces su hermano afila una rama de bambú.

Adentro, en el túnel oscuro empiezan a filtrarse unos rayos de luz. Los cuatro ojos ahí, brillan. Ha parado el estallido de los golpes, pero no los ladridos. De pronto, una lanza oscurece todo. El guara chilla como un pollo. Ahora está doblemente atravesado. Vuelven los golpes de machete que abren una gran herida en la corteza. Los perros están desesperados. El animal todavía se mueve, lucha, intenta correr, pero está en el mismo lugar. Bella lo agarra de las patas y lo jala.

Todo finaliza con un solo golpe en la cabeza. Los perros lamen la sangre, gruñen y después pelean.

Satisfechos, Bella y Bernardo vuelven donde se quedó su padre, donde la tierra está esperando el grano de maíz.

Mientras la presa queda colgada en uno de los troncos secos y los perros escarban un nido de tierra para tomar una siesta, vuelven al comienzo, a tomar sus varas y a amarrarse en la cintura un tarro con granos de maíz.

La siembra entonces se convierte en una danza, en un pequeño vals armonizado por pájaros y bichos de la selva. Los tres, en silencio, pisando cenizas negras. Y, un paso a la derecha, un hueco en la tierra y dos o tres maíces; un paso al frente, un hueco en la tierra y dos o tres maíces; un paso a la izquierda y dos o tres maíces. Y, uno, dos, tres bajo un sol agresivo, bajo una lluvia de gotitas, bajo una lluvia de gotas gordas.

Parece que ellos no son los únicos dentro de La Paya. En lo más profundo del monte se escuchan unas motosierras furiosas.

***

Pablo Yara tiene raíces de los indígenas Pijao, del Tolima. Su hermano Eduardo fue el primero que llegó a Puerto Leguízamo atraído por la explotación de cedro. Foto: Edna Guerrero.

– Baaaaaa   baaaaa

– Cucucu   cucucuuuuu

– iiiiuuuuu   iuuu   iiiiuuuu

Los pájaros vuelan hasta sus nidos antes de que el sol destelle sus últimos rayos. Hay sangre fresca en el piso de la cocina y el guara es un pedazo de carne frita encima de la montaña de arroz y yuca.

Después de cocinar, limpiar y descansar un poco, Bella camina desde la casa de su padre hasta el río para bañarse. Camina hasta la orilla y sus pies se hunden en el barro como si una fuerza extraña se la quisiera tragar. Pero ella sigue adelante, suelta su cabellera negra, se desnuda y deja que el río se lleve el sudor que humedeció su ropa mientras corría, mientras sembraba, mientras cocinaba.

Después vuelve a la casa y cuenta que cuando se estaba bañando, sintió a su lado una sombra alta, alta y que ella gritó: ¡Paadre Bendiiito!, cerró los ojos y se persignó.

La noche no encuentra artificios de luz ni en el rancho ni alrededor. No hay ojos, no hay bocas, no hay colores. Hay siluetas, sombras silenciosas descubiertas por uno que otro relámpago, y en el fondo, la selva canta con voz de chicharras.

Entonces, su padre, invadido hasta el cuello por sus relatos, dice desde la hamaca:

– Les voy a contar una historia.

Su historia sucedió hace tiempo, en Ataco, Tolima, en un rancho abandonado, cerca de un riachuelo. Pablo Yara, un temerario joven, fue desafiado a ir de cacería y pasar la noche a un lugar de donde muchos que se creyeron valientes huyeron despavoridos al encontrarse con las almas de los muertos que iba dejando la violencia desatada por liberales y conservadores. Él aceptó y entonces sus amigos le consiguieron balines, escopeta, hamaca y se fueron.

Durante las siguientes horas, Pablo, inmóvil y con la escopeta bien apretada en las manos, vio como los árboles escupían micos cuando un huracán los derribaba y los volvía a levantar; escuchó una serenata emocionante que venía de la nada y estuvo a punto de dispararle a la voz vieja de un arriero invisible.

Cuando pensó que eso era todo, se acostó en la hamaca. Pero algo golpeó el palo donde estaba guindada.

– Tun, tun, tun, sonó. Me asomé y ¡jaaa!, un venadooote. Sin mentirles, era como de aquí hasta ese palo que está allá; tenía cachos bieeen enroscaos y me miraba con los ojos encandelillaaaaos. ¡Uy dios mío!, dije, este es muuucho animal. Yo nunca había visto eso. Bravo era, se paró biiien de frente pa’l lado de yo y comenzó a escarbar tierra como un toro que está bravo. Le apunté y le di. ¡Puuum! Pero escarbaba más fuerte, entonces zafé la peinilla, me tiré al suelo y me le fui. Cuando se me vino encima, ¡fuáquete!, le mandé el machetazo, pero le di al aire. Se fue corriendo, a un cerco que habían hecho pa’ atajar marranos y trass, traqueó ese cuerderío. Cogió una llanada y se me perdió de vista. Yo, siempre malicioso, me quedé analizando el alambre a ver si había partido los estantillos y no, el cerco estaba normal. Ese no era ningún venado, pensé. Dejó la hojarasca encharcada de sangre. La probé y era simple.

– Hasta la sangre del diablo probó mi papá, dice Bella desde la oscuridad.

Cuando pensó que eso era todo, se acostó por segunda vez en la hamaca. Entonces sintió un rasss, rasss. Era una boruga, de carne y hueso, y Pablo la mató, la cogió de las patas y la colgó. Al rato, otro rasss, rasss de otra boruga, de carne y hueso. Pablo la mató, la cogió de las patas y la colgó. A las siete de la mañana llegaron los muchachos, vieron las borugas.

– De ahora en adelante se llamará Pablo sin miedo, le dijeron.

– Pues así me pusieron esos gran pendejos. Yo me llamo Pablo Yara y prefiero andar solo que con un miedoso.

Entonces una lluvia se desgrana y suena como maíz cayendo en el techo. Es tan violenta que aplaca las voces. Todos se van a dormir.

***

Pablo riega semillas de maíz sobre las cenizas de selva quemada. Las yucas ya están germinando. Foto: Edna Guerrero.

El regreso a caballo atravesando los pastizales verdeclaro. Las vacas sedientas. Abrir y cerrar cercas ajenas. Entonces la mujer llega a su casa con carne de cacería y esposo e hija la reciben.

Estas son las tierras del primer Yara que llegó a Leguízamo: Eduardo, el hermano mayor de Pablo, el tío de Bella, quien murió sin dejar ni mujer ni descendencia. Ella las compró cuando estaba con su primer marido.

Aquí levantó la casa con el segundo hombre de su vida. Está bien pintada de color naranja y tiene un techo brillante de zinc. Tiene patas y no tiene puertas. En el primer piso queda el fogón de leña recién construido; el comedor de madera; el lavadero de cemento para lavar la ropa y la loza; el baño y la ducha embaldosados. En el segundo, cuatro habitaciones y una pequeña sala donde el televisor sirve de decoración junto a unas flores de plástico, una calavera de danta, una de mono lanudo y un caparazón sin armadillo. No hay electricidad y por esta razón, no vale la pena tener nevera, lavadora, plancha, licuadora, computador. Así, si se quiere conservar la carne, se ahúma y si se necesitan verduras frescas, se cosechan de la huerta.

Ahora, que llegó, encuentra a su hija Michelle y sus tareas de preescolar, a su esposo y las noticias de su trabajo en la panadería; a su madrina y las quejas sobre el desorden de la casa; además, unos pollitos desollados por sus mamás gallinas y siete mil árboles recién sembrados que se están ahogando en la maleza. De paso, debe revisar cómo van la yuca, el plátano, el maíz, el ají, el tomate, el cilantro, la zanahoria…
– Cuando ya estaba más jecha, a los 17, el papá de mis hijos comenzó a echarme el ojo. Yo no sabía nada de novios ni nada de esas cosas, pues uno campesino. Él me hablaba, me mandaba razones y yo pues nada de eso. Duramos cinco años así, hasta que luchó y luchó y caí en la trampa.Ella revisa, pregunta, regaña, grita y entonces se cree indispensable en el funcionamiento de esa casa. Le gusta todo esto y lo hace con energía. Le gusta todo esto, ahora. Pero no antes, cuando era una adolescente de 16 años y quiso cambiar las cosas y le pareció mejor estudiar que sembrar.

Sentada en una silla de plástico y con las botas empantanadas, ella recuerda que un día se fue para el pueblo y ya no quiso volver. Una madrina la ayudó para que entrara a la escuela, cada mes le daba 30 mil pesos y además, ropa, crema, cepillo de dientes, todo.

A los 21 años, Bellanira Yara había terminado la primaria y estaba dispuesta a empezar la secundaria. Entonces su madrina le compró un vuelo a Montería.

– Me voy para otras tierras a estudiar, pensé. Estaba contenta. Entonces él se dio cuenta y le dijo al hermano: “dígale a Bella que quiero verla porque estoy enfermo, grave”. Me llegó la razón a las seis de la mañana: “él quiere verla porque está enfermo, grave”, y yo me fui como tonta, lo que nunca hacía. Le llevé manzanas, galletas, un poco de cosas.

El hombre estaba recostado con un pie alzado y con cara de enfermo, de enfermo grave y desde adentro le dijo:

– Venga, entre tranquila que no va a pasar nada. Me dijeron que se va.

– Sí, mi madrina me manda a estudiar.

– Cuando le pasé lo que le llevaba, me agarró y me dijo: “Yo no la voy a dejar ir, ni crea”. Mandó al hermanito a que cerrara la puerta y había un perro grande. “Si usted se va, le suelto el perro”. Había un perro grandísimo. Empezó hablar lo que nunca habíamos hablado. Me dijo que me quería, que yo ya era su mujer, que no me dejaba ir. Después me dejó en una residencia y él mismo habló con mi madrina. Ella casi le echa agua hirviendo. Se enojó mi madrina.

Pero a los cuatro días la madrina mandó a llamar a Bella para regalarle cosas que iba a necesitar una mujer con marido. Y Bella con su hombre recorrió el mismo camino que había dejado atrás: La finca de su padre y hacer potreros, sembrar pastos, raspar la tierra.

Muchos años después, Bella y su marido se dijeron adiós y ella abandonó el rancho que levantaron y la huerta que sembraron. Se fue al pueblo para que sus cuatro hijos fueran a la escuela y también al colegio. Ahora, la mayor estudia Ingeniería Ambiental y quiere ayudar a sus hermanos.

Hace dos años y medio que Bella volvió aquí, ya no como una muchachita resignada sino como una mujer decidida. Escogió el nuevo lugar para levantar su casa, bien pintada y de dos pisos, jardín, árboles frutales y palmas de chontaduro; abrió monte para los cultivos de yuca y plátano; hizo la huerta para el tomate, el cilantro, la calabaza y la zanahoria; destapó un potrero para las vacas y escogió el lugar donde iba a criar las gallinas.

En sus terrenos ha sembrado palmas de chontaduro, cedro, cacao y otras especies de árboles; ha conservado por cuenta propia 20 hectáreas de bosque y está haciendo todo lo contrario a lo que han hecho los vecinos a su alrededor, extender pastizales para las vacas. Esto es importante porque su finca, al igual que la de su padre y sus hermanos, se encuentra al suroriente del Parque Nacional Natural La Paya, en una de las partes más afectadas por la deforestación y la ganadería.

Ha recibido capacitaciones sobre agricultura de la WWF y los funcionarios del Parque Nacional le ofrecieron apoyo con tal de que ella continúe con su sistema de producción sostenible. Bella ha rechazado las ofertas de compra que le han hecho algunos ganaderos, ella sabe que si acepta, los cultivos que han prosperado y las 20 hectáreas de bosque desaparecerían.

El trabajo es duro. Gonzalo, su segundo esposo, la acompaña y le ayuda en lo que puede, pero él es panadero y su especialidad es la harina y no la tierra.

Michelle, hija suya y de Gonzalo va a la escuela, juega con muñecas, recolecta semillas para sembrar y a veces le narra un cuento a su madre, como en la noche en la que ella regresó de la finca del abuelo.

– El lobo miró a caperucita, entonces ella botó la canasta y salió corriendo.

Bella está durmiendo. Ha caído como una piedra.

Edna Liliana Guerrero – ednaguerrero.c@gmail.com

 *Esta crónica hace parte de cuatro relatos sobre el Parque Nacional Natural La Paya, que a su vez conforman el trabajo de grado de la estudiante de periodismo Edna Guerrero. La autora denomina este conjunto de crónica así: “Historias de una virgen violada: un dragón, una bella y los setenta y cinco expulsados”. 

http://delaurbe.udea.edu.co/2014/04/17/bella-y-la-selva/

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