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Ingas: cultura que sobrevive al cemento

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La gobernadora de los ingas en la capital de Norte de Santander no sabe leer ni escribir, pero no lo ha necesitado en toda su vida, la que se ha pasado haciendo artesanías y remedios a base de yerbas y plantas medicinales. (Fotos Schneyder Mendoza / La Opinión)

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Del casi millón de habitantes que tiene Cúcuta y su área metropolitana, 300 son ingas, indígenas provenientes del Putumayo. La líder es la gobernadora del cabildo. No tiene escoltas, asesor de imagen o un jefe de prensa que le organice su agenda con los medios.

María Quinchoa, cabeza de la etnia en la capital de Norte de Santander, me atiende en su casa, en la periferia de la ciudad. Se sienta en el patio en donde hay patos y gallinas, y mientras sigue enhebrando, con dificultad, piedritas en un pedazo de nylon, me pregunta con desconfianza quién soy y qué necesito.

Ella es del Alto Putumayo, tiene 61 años y habla en un tono de voz que es necesario esforzarse para escucharla. No sabe leer ni escribir, pero no lo ha necesitado en toda su vida, la que se ha pasado haciendo artesanías y remedios a base de yerbas y plantas medicinales, oficios aprendidos por tradición, y al que se dedican todos sus paisanos.

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María calcula que son 70 familias y tiene cuentas de 280 personas que se reparten en varios barrios de las ciudadelas de Atalaya y La Libertad: Toledo Plata, Buenos Aires, Antonia, Santos, Belisario, San Martín, Aguas Calientes, entre otros.

Una de sus mayores preocupaciones, es la educación de los jóvenes, la mayoría de los cuales cursan solo los primeros grados. Su retiro de las aulas obedece a que, con frecuencia, se ponen a trabajar, haciendo artesanías como sus padres, lo que da dado pie a lo que es su otra angustia: el consumo de alcohol entre los adolescentes indígenas.

Quizás sea una costumbre que, aunque nociva y reprochable, se ha vuelto algo normal en nuestro entorno ‘civilizado’, pero para los ingas es algo antinatural. ¿Pero cómo adaptarse a una sociedad que cambia y aun así trata de no perder su identidad ancestral?

En este plano aparece Manuel Tandoi. Vive en una habitación en la misma casa de doña María, y al igual que ella usa collares de colores y varias piedras. A él lo consigo en la biblioteca pública Julio Pérez Ferrero, a donde acude los martes en la mañana para enseñar tradición oral y su lengua materna a los jóvenes ingas.

De él sale un aroma a yerbas, y habla pausado. Es hijo del taita Domingo, quien vivió 132 años, y él a su vez es taita por herencia, aunque dice que también se nace con ese don. Recuerda que la primera vez que salió a la ‘civilización’ fue el 27 de junio de 1978, cuando fue llevado a Bogotá, viaje que, según recuerda, lo dejó enfermo por cuatro días.

Lo que hace en la biblioteca tiene un nombre formal, “Fortalecimiento de la expresión oral inga”, al que asisten entre 13 y 15 personas.

Manuel hace las veces de Sinche, o sea de médico y de sabio que guía al gobernador del cabildo. Al igual que doña María, lo único que quiere para su comunidad es preparación académica sin que se pierda la identidad cultural.

Mientras tanto, quizás vean a esta gobernadora y a su consejero, casa por casa vendiendo sus artesanías y remedios naturales, atendiendo a su tradición de vivir de ello.

Una tradición de abandono

Una de las comunidades indígenas propias de Norte de Santander, es la Motilón Barí. Actualmente hay más de 3.000 que se dividen principalmente en los municipios de El Carmen, Convención, Teorama, Tibú y El Tarra.

A pesar de que en el plan de desarrollo departamental se contemplan más de 2.000 millones de pesos en inversiones para esas comunidades, el paso del papel a la realidad es muy diferente.

Uno de los problemas que advierten es el desembolso de los dineros. Aunque los proyectos estén en marcha, otros han tenido dificultad en llegar a su destino en el tiempo apropiado. Así lo admite, por ejemplo, Jairo Sacheira, coordinador de Asuntos Indígenas del departamento.

Pero los problemas de los motilones van más allá. Orlando Acucuara, líder de Asocbarí, asegura que a pesar de la presencia del estado, no han sido efectivos los programas de salud, educación y vivienda.

La tuberculosis y el mal de chagas son dos enfermedades crónicas que han azotado fuertemente a estas comunidades en los años recientes. “Hemos pedido al Instituto Departamental de Salud que hagan visitas al menos 2 o 3 veces al año”, cuenta el líder de la asociación indígena.

También reportan desnutrición en varios niños, pues a pesar de la presencia de programas del ICBF, la falta de seguimiento ha derivado en este problema. Algo similar ha ocurrido con los sistemas de acueductos, que ya reportan daños, pues una vez fueron instalados, estos no han recibido mantenimiento.

Acucuara también asegura que el plan de vivienda que se está realizando, se sostiene con recursos del resguardo, mas no con aportes del municipio ni de la gobernación.

Sacheira cuenta que han gestionado recursos de la nación y del Incoder para comprar 246 predios (aproximadamente 12.000 hectáreas), para la ampliación y saneamiento de los resguardos indígenas, como parte del rescate del territorio ancestral.

JHONNY RODRÍGUEZ QUINTERO | 15 DE SEPTEMBRE DE 2013
jhonny.rodriguez@laopinion.com.co
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