De ‘raspachín’ a productor radial

Nelson Pantoja. / Cortesía
Nelson Pantoja. / Cortesía

Este campesino putumayense nos relató apartes de su vida, a propósito de su participación en el proyecto de Centros de Creación de Contenidos Culturales en zonas de frontera.

Aquella madrugada de cielo negro donde sólo se escuchaba el murmullo de los árboles, parecía ser una jornada de trabajo normal para Nelson Pantoja, un experimentado ‘raspachín’ del Valle del Guamuez (Putumayo). En medio del sosiego, miraba los dedos de sus manos, aún adoloridos por la dura jornada de manipulación sistemática de hojas de coca del día anterior; entonces, escuchó unos silbidos estremecedores: de todos los lados, emergieron del monte hombres fuertemente armados que le apuntaron a la cabeza con sus fusiles, dispuestos a descargar ráfagas de plomo sobre su humanidad.

«Pensé que iba a morir», recuerda. En ese momento, sólo atinó a decir que no era un hombre de guerra, sino un labriego que se ganaba el sustento para su familia. «Les mostré mis dedos hinchados de tanto laborar y les señalé mi humilde rancho, hecho de guadua, ubicado a unos metros de allí». Se rieron al verlo asustado, y se fueron. Pantoja evidenció que ya ni en esa tierrita que había comprado con los ahorros de años trabajando como ‘raspachín’, tenía tranquilidad.

Pero hoy, cuando Nelson ya no se dedica a la coca sino a la producción radial, todo ha mejorado. «La radio fue mi tabla de salvación, siempre estaré agradecido con este noble oficio», afirma. Su madre, doña María de Jesús Tulcán, también está tranquila al saber que su hijo ya no corre tantos peligros.
«En mi caso, la vida de ‘raspachín’ fue muy triste, pues aunque me ganaba mi dinerito, sufría demasiado», afirma este hombre que nació en la vereda El Rosal, Valle del Guamuez. Su cara angulosa, de piel cobriza y ojos grandes, evidencian su raza campesina que tiene un espíritu que no se doblega ante nada: su vida es una colección de adversidades que en vez de haberlo derrotado, lo han hecho más fuerte.

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Pantoja trabaja desde hace un año en la emisora comunitaria Proyección Estéreo, de Valle del Guamuez, y fue uno de los 35 invitados por el Ministerio de Cultura a los talleres de producción radial, narrativas y tecnologías digitales que se hicieron en el marco del proyecto Centros de Creación de Contenidos Culturales en zonas de frontera, de la Dirección de Comunicaciones.

«Aunque no gano mucho, tengo un sueldito fijo que me da para vivir tranquilo», dice. Con ese dinero compra las remesas (alimentos) para Marbel Zamira, su hija de un año, quien vive a 6 kilómetros del casco urbano de La Hormiga. Se siente orgulloso de haber sido labriego y ‘raspachín’, pero no quiere volver a esas labores: «No me da pena venir de una humilde familia, pero ahora mi sueño es ser un gran periodista», asegura.

Dejar atrás los cultivos ilícitos y dedicarse a la radio, lo hace sentirse bien consigo mismo y con los demás: «Mis amigos y la gente del pueblo me felicita luego de escuchar mis programas». Nelson está en el noticiero de Proyección Estéreo, junto a su colega Miguel Lucero.

El infierno de la coca

Cuando era muy pequeño, su padre los abandonó a él, a doña María de Jesús y a sus hermanitos. Al cumplir 13 años, comprendió que debía ayudar a su mamá con los gastos, por eso abandonó la escuela y se dejó tentar por el dinero fácil cuando se enteró de que pagaban bien las jornadas a los recolectores de hojas de coca.

«Como yo quería una bicicleta, me metí de ‘raspachín’ siendo apenas un niño», explica. Y aprendió rápido del oficio: abría y cerraba los dedos con rapidez mientras movía sus brazos como un abanico para llenar el canasto que terciaba sobre sus hombros. Él le entregaba a su patrón las hojas con las que se fabrica la base de coca que luego se procesa para ser comercializada como cocaína.
Era un ‘raspachín’ de los mejores, al punto que se lo ‘peleaban’ en varias fincas.

Trabajo nunca le faltó. Así pudo ahorrar para su anhelada bicicleta, pero su madre le dijo que no se gastara la plata en «un poco de fierros». Siguió ahorrando y cinco años más tarde, reunió la cantidad necesaria para comprar varias motocicletas, pero doña María lo tenía claro: «Mejor compremos un terrenito», le decía. Él siguió su consejo y se convirtió en propietario.
Comenzó a sembrar plantas de coca y aprendió a procesar la hoja en base, que luego vendía a quienes fabricaban la cocaína. Eso le dejó ganancias con las cuales se hizo a varias motos e incluso, le quedaron $20 millones para invertir en el negocio de las pirámides, modalidad de captación ilícita de dinero que promete a cambio una rentabilidad enorme.

Entendió porqué la plata no da felicidad. «Consumí varios años de mi vida raspando hojas y trabajando como loco en la finca, hasta que me enfermé. Toqué fondo cuando permanecí varios días hospitalizado en Ipiales, con una hernia inguinal», anota. Aún hoy sus dedos evidencian los rastros del oficio del ‘raspachín’, arrugados debido a la fricción incesante de la piel con los tallos y hojas.

Nelson jura que trató de dedicarse a otros cultivos. Le dijeron que el arroz era rentable y compró el plante, contrató obreros y sembró lo que más tarde le dio pérdidas. Gastó más dinero en empleados, remesas e insumos, que en lo que pagaban por comercializar su producto.

Luego incursionó en la siembra de maíz. Le fue mejor, e invirtió en un gallinero. Pero la dicha duró dos años, entonces tuvo que comenzar a alimentarse de los huevos y de las gallinas. También sembró piña y desistió al poco tiempo. Lo peor vino cuando se enteró de que había perdido el dinero invertido en las pirámides: “Me quedé sin un peso”, recuerda.

Ante la crisis, su familia tuvo que irse de la finca, y en medio de la soledad, pensó en volver al negocio de la coca. Pero un día, mientras escuchaba Proyección Estéreo, su emisora favorita, se le ocurrió algo que cambió su vida: “Mi única compañía en ese entonces era la radio, así que decidí buscar trabajo allá”. Se acercó a la emisora a pedir una oportunidad y se le dieron. Fue colaborador durante algún tiempo y desde hace un año, trabaja en el Noticiero del Mediodía, que se emite de lunes a viernes.

Estas son las buenas noticias de Nelson Pantoja. Sigue madrugando, como en sus días de ‘raspachín’, y disfruta de los amaneceres al escuchar el canto de las guacharacas y curillas, pájaros de la región que le alegran las mañanas.

Su historia de vida, de la que no se avergüenza y más bien saca pecho, se convirtió en el relato sonoro De raspachín a locutor, que hace parte de las producciones resultantes de los talleres que la Dirección de Comunicaciones de MinCultura realizó con 35 integrantes de 8 emisoras comunitarias y 6 colectivos de comunicación del Putumayo. Estos comunicadores dinamizan el Centro de Creación de Contenidos Culturales en esta zona del país y se suman a los otros cuatro centros en Nariño, La Guajira, Norte de Santander y Cesar, que hacen parte del proyecto donde las fronteras cuentan.

Próximamente, se publicarán todos los relatos culturales producidos por estos comunicadores que, como Nelson Pantoja, tienen fascinantes historias que narrar de su territorio.

Por: Rafael Carlo Suárez

Fuente : http://www.elespectador.com/noticias/actualidad/de-raspachin-productor-radial-articulo-443526

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