El día que don Victoriano se decidió a votar para ganar socialmente

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Jaime Erazo <br>Buenos Aíres. Argentina

Cuentan que en cierto territorio vivía un hombre llamado “Victoriano” a quien le gustaban las apuestas de todo tipo. Asistía a cuanto evento hubiera en su pequeña ciudad y cuando apostaba su entusiasmo no tenía comparación pues avivaba fervorosamente a sus competidores favoritos.

Como todo tipo excepcional, “Victoriano” tenía una disposición innata para elegir al animal, a la persona, al número o al equipo ganador. Se las olía todas, como dicen: las cogía al vuelo. Su fama era tal que propios y extraños lo llamaban Victoriano “El Victorioso” y cuando de saludarlo se trataba lo hacían con la V de la victoria en las dos manos. En los eventos daba gusto ver a don Victoriano “El Victorioso” apostando…no tenía pierde, de verdad que era un seguro ganador.

Pero había algo que a don Victoriano “El Victorioso” poco le gustaba: la política. Al menos en los primeros años de su vida pues tenía sus reparos que lo hacían desistir, sobre todo por los comentarios negativos que escuchaba cuando niño sobre promesas incumplidas a familiares, amigos y conocidos. La política no le interesaba para nada, por eso cuando lo visitaban para invitarlo a votar se negaba diciendo que el de la política no vivía, que vivía de su trabajo y que ningún político le daba para comer o para vestir. Mientras tanto, su vida transcurría de gallera en gallera, de juego en juego y de evento en evento avivando y apostando a sus favoritos.

Tuvieron que pasar muchos años para que don Victoriano “El Victorioso” pudiera comprender la importancia de la política para la vida de su comunidad. Lo logró cuando en su barrio lo eligieron como Presidente de la Junta de Acción Comunal: ahí fue donde comprendió lo de las elecciones y el principio de que en democracia las mayorías deciden; también comprendió que era eso de la democracia representativa pues el mismo fue elegido por las mayorías del barrio para que los presida y para que los represente ante las autoridades, las instituciones y la sociedad; comprendió que el asunto de presidir o representar a la comunidad no era tan fácil como se pensaba y que por lo tanto había que prepararse para desempeñar exitosamente un cargo, así como también, para soportar estoicamente los señalamientos y las acusaciones de sus vecinos; comprendió que debía rodearse de otros miembros de la comunidad, capaces para sacar adelante los proyectos que se habían propuesto para mejorar las condiciones de vida de los habitantes de su barrio; comprendió que quería decir su padre cuando le decía a su mama que se iba a alguna oficina pública a hacer una diligencia; comprendió que para gestionar a favor de su comunidad necesitaba dedicarle gran parte del tiempo que debía al trabajo para obtener el sustento para su familia y que ese tiempo nadie se lo pagaba o reconocía; comprendió con mucho dolor lo que era la hipocresía y el desagradecimiento; comprendió que tenía que poner su cuota de sacrificio y que no hay nada más satisfactorio que servirle a la comunidad; comprendió que si se arreglaban las calles de su barrio o se tendían las redes eléctricas o la tubería para el acueducto y alcantarillado era para beneficiarlos a todos y no a uno o a dos privilegiados o favoritos. En fin, en dos años de servicio abnegado a la comunidad que fue lo que no comprendió don Victoriano “El Victorioso”. El barrio y el trabajo social se convirtieron en la universidad que lo formó y lo graduó como un verdadero líder de la comunidad.

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Por época de elecciones comenzaron a llegar a su casa unos señores y señoras candidatos y candidatas a ocupar los cargos para gobernar el pueblo y la comarca, iban acompañados de nutridas comitivas cuyos distintivos principales eran sus camisetas de colores rojo, azul, amarilla, verde y algunos con camisetas de variados colores, como la de los arlequines. Como a don Victoriano “El Victorioso” le gustaban los colores de un solo tono, a los que portaban camisetas de varios colores poco les hacía caso porque decía que no se sabía al fin que eran.

Cuando los políticos llegaban a su casa, con mucha amabilidad y respeto los hacía seguir y escuchaba con atención sus propuestas o programas a desarrollar a favor de la comunidad en el supuesto caso de ser elegidos como gobernantes de su pueblo o de su comarca. De vez en cuando levantaba la mano para solicitar que le permitieran hacer algunas preguntas, eso sí, rechazaba o se oponía enérgicamente a aquellos o aquellas que comenzaban a hablar mal de los otros candidatos diciendo que eran unos tales o cuales, ahí sí, sin pedir permiso levantaba la voz y decía que eso no le gustaba, que si alguien tenía algo en contra de una actuación indebida de los otros candidatos se habían equivocado de lugar pues para eso estaban los tribunales donde podían denunciarlos para que los investiguen y los castiguen si hubiere lugar, que su casa no era ni plaza de mercado, ni cafetería o fuente de soda, ni sitio de corrillos para chismes y comentarios perversos, que a él y a su comunidad lo que le interesaba era conocer las propuestas de cada uno para decidirse por quien votar ─para ese tiempo ya no cabían los miembros de la comunidad en la sala y los que estaban afuera se agolpaban estirando el cuello y poniendo el oído para escuchar lo que adentro se decía─, pues lo que estaba en juego era una apuesta importante para la comunidad, para la sociedad, que no era lo mismo que apostar en la gallera, en el billar, la chaza o el cucunubá, que ésta era una apuesta seria en la que estaba en juego el bienestar de la comunidad. Ante este pronunciamiento los vecinos aplaudían y asentían con sus cabezas diciendo – ¡Así es don Victoriano! ¡Viva don Victoriano!─.

Después de escuchar todas las propuestas, don Victoriano “El Victorioso” y la comunidad entera decidieron votar por la que a su entender les pareció la más apropiada para resolver sus problemas y atender sus necesidades. Dijeron entonces: ¡vamos a votar por la propuesta de los de la camiseta roja porque vale lo que vale nuestro voto, vamos a votar para ganar socialmente!

Los miembros del barrio sabían que don Victoriano no se equivocaba, que así como hay personas que donde ponen el ojo ponen la bala, donde don Victoriano “El Victorioso” ponía su apuesta no fallaba, la ganancia era segura, por eso la gente del barrio comenzó a gritar con entusiasmo…¡Dale! ¡Dale! ¡Dale rojo dale!

Como por arte de magia, el grito victorioso se escuchó en todo el pueblo y la comarca. Llegaron las elecciones y así fue, efectivamente ganó el color ROJO. Ahora don Victoriano “El Victorioso” se prepara con los demás directivos de su comunidad para que sus proyectos comunitarios sean incluidos en el Plan de Desarrollo de su pueblo y de su comarca. Tanto el cómo los miembros de la comunidad entendieron que votar es una forma de actuar para intervenir la realidad y transformarla, que votar es una manera de apostar para ganar socialmente.

Jaime Armando Erazo Villota
Buenos Aires, 9 de octubre de 2011
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