De amores y política

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Jaime Erazo Buenos Aíres. Argentina

Como en las conquistas amorosas, las conquistas políticas están llenas de promesas. El enamorado y el político promete el cielo y la tierra, el primero a su amada y el segundo a sus potenciales votantes. Ambos concuerdan en el deseo de conquistar o convencer al sujeto de su interés, el uno a su amada, el otro al votante, deseo que se va tornando apasionado y obsesivo a medida que pasa el tiempo y la espera de la decisión que se traduce en un simple SI acompañado de las palabras “yo también te amo” o “voto por para…”.

Como en el amor, la política también despierta pasiones que van desde el odio hasta la ciega admiración.

Quienes odian en el amor, por diferentes circunstancias hablan pestes de sus malqueridas, son comunes expresiones como “es una cualquiera”, “se cree la vaca que más toros tiene”, “no vale la pena”, “es una traidora”, “es una interesada”, “se cree un regalo de Dios para los hombres”. Quienes odian al político, también por diferentes circunstancias, con palabras subidas de tono difaman, acusan, señalan, invalidan, son comunes expresiones como “ese es un ladrón”, “no maneja ni a la mujer peor va a gobernar el municipio o departamento, “quien se ha creído si ese tipo si es hijo del fulano o del zutano que era godo recontra godo o cachiporro a morir”, “yo lo conozco bien…es un HP”, “pobre diablo”, “ese que va a poder”, “en la escuela era el más tapado de todos”, “es un mentiroso y tramposo”, “no si ese le debe a cada santo una vela”, “que recuerde cuando era gerente cómo dejo a esa institución”, “ni me lo nombren”, en fin, es un sartal de diatribas interminables propias del amor en los tiempos del cólera.

Quienes admiran ciegamente a su amada lanzan expresiones cargadas de afecto que demuestran el grado de su arrobamiento emocional: “esa mujer me mata”, “me tiene cogido”, “daría lo que fuera por un besito suyo”, “mamacita”, “me la imagino abrazándome y besándome“, esta buenísima”, “la amo a morir”, “la quiero”, entre muchas otras. Quienes admiran ciegamente al político también tienen expresiones tales como “es el único que puede cambiar la situación”, “ese si sabe”, “ese es el pollo”, “no nos digamos mentiras es el mejor candidato”, “los candidatos que hay no le dan ni a las patas”, “yo estoy agradecido del hombre”, “ese si es buena gente”, “es honrado y trabajador”, en fin, no hay palabras para alabar, cepillar y dar aventador al sujeto de su admiración.

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Como en la conquista amorosa, para conquistar a los votantes en la política también se trata de mostrar lo mejor. En ambas la presentación es fundamental, por ejemplo, se visita a la amada bien bañado, afeitado, perfumado y vestido, como dicen, para enamorar hay que descrestar, por eso son muy cuidadosos en su manera de hablar y de gesticular, sus palabras deben ser tiernas, afectuosas y sobre todo de reconocimiento y ponderación de las dotes y virtudes del ser amado. A los potenciales votantes hay que visitarlos con el atuendo que se ajuste a sus quereres, por ejemplo, si va a visitar a un grupo de campesinos se va con botas, poncho y otras prendas que normalmente le acompañan; si se va a visitar a un grupo de evangélicos se va con camisa de manga larga, corbata, pantalón bien desajado y biblia en mano; si va a visitar un grupo de mujeres, al estilo de la conquista amorosa, pero además, tierno, coqueto y amoroso; si va ante un grupo de vendedores ambulantes, debe vestirse de la manera más informal posible; si va ante un grupo de docentes debe ir elegante, peso sobrio y sencillo, ojala con gafas para dar la sensación de ser del académico gremio; si se visita a un grupo de obreros no hay que olvidarse de las botas y el casco; si se visita a un grupo de indígenas, depende si son de Sibundoy, Mocoa o el Valle del Guamuéz. El camuflaje o mimetización es una de las virtudes que el político ha aprendido del camaleón.

De discurso, ni digamos, si a la amada se conquista con palabras que la hagan vibrar y enternecer su alma y su corazón hasta el punto de no poder controlar sus esfínteres, a los potenciales votantes también se comienza por endulzarles el oído diciéndoles o hablándoles sobre lo que quieren escuchar hasta el punto de descomponer su compostura y portarse como un gamín insultando y desafiando a los cuatro vientos o como una verdulera profiriendo vivas y feas palabrotas en contra de sus contrincantes políticos.

Como en el amor, en política también hay aliados y aliadas que hacen el cuarto o “alcahuetean” como despectivamente califican los padres a quienes intervienen ayudando a enamorar a sus bellas y preciosas hijas. En el caso de la amada son familiares, amigos o amigas que quieren ver a la amada convirtiendo sus sueños en realidad junto al “príncipe” o al hombre de sus sueños. En el caso de los políticos, ese numeroso grupo de seguidores que quieren ver a su candidato convertido en alcalde o gobernador (no toco a los concejales y a los diputados porque sus seguidores se comportan de manera parecida pero diferente a la vez), en su palacio rodeado de empleados y empleadas, unos fervientes servidores públicos y otros hipócritas servilistas enquistados en el corazón de la administración pública, ordenando y repartiendo favores a quienes le apoyaron o castigando y persiguiendo implacablemente a los que prefirieron ser trasquilados antes que obtener lana.

Como en el amor, en política también se presentan hechos de traición que dejan a más de uno cuestionado, con la boca abierta. Si en el amor se dan casos de no creer, en la política también. Por diferentes motivos, de la noche a la mañana, respetados políticos de uno u otro partido amanecen pintados de otro color, como se dice popularmente “torcidos” o “chontiados”, parece como si los hubieran embrujado pues dicen y hacen cosas que dejan mucho que pensar. Son ejemplo del mal ejemplo, pues el prestigio y autoridad ganados durante mucho tiempo, como en el amor, en un santiamén queda seriamente en entredicho. Como en el amor, para justificarse dicen que los tiempos han cambiado, que con la modernidad y la sociedad de consumo todo es desechable, intercambiable y negociable.

Como se puede deducir, en el amor, como en la política, hay razón pero también sin razón, es decir, unas veces opera la razón pero otras veces simplemente la emoción del corazón.

Jaime Erazo
Buenos Aires, 30 de julio de 2011
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