El crecimiento de la indigencia requiere de urgente política pública

Jaime Erazo
Jaime Erazo

Por: Jaime Armando Erazo Villota

Hasta hace unos 30 años, los indigentes eran escasos en los pueblos del Putumayo, si acaso había uno o máximo dos. Por ejemplo, en Mocoa era muy conocido el “Enano Pepa” que vivía en la esquina de la casa de don Benjamín Perafán y gozaba de la compasión y buena voluntad de todos los mocoanos, aunque en algunas ocasiones era objeto de burlas y chanzas desobligantes por parte de niños insensibles y maleducados de aquellos tiempos.Se podía afirmar que cada pueblo tenía su indigente.

Los pueblos han cambiado

Han pasado muchos años y nuestros pequeños asentamientos fueron adquiriendo algunas características de las grandes ciudades, por ejemplo, si antes el traslado de un lugar a otro se hacia a pié y poco después en bicicleta, ahora se hace en motocicleta o en carro; si antes se podía andar desprevenido por las calles ahora si no se esta alerta lo atropella algún vehículo; si antes no había semáforos, ahora ya los hay, etc., etc.De igual manera, con el tiempo los indigentes también fueron creciendo en número y en la variedad de sus modalidades.

Clases de indigentes

El clásico indigente, el que no tenía hogar, el que vivía en la calle con sus ropas sucias y mal olientes, el que se alimentaba de la comida que le regalaran las damas de buen corazón, el pobre y necesitado, ha sido relegado y ampliamente superado por falsos indigentes o avispados que, valiéndose de diferentes medios (sillas de rueda, carteles, megáfonos, exposición de heridas o traumatismos físicos, etc.), aparecen por las calles pidiendo ayuda o limosna para suplir una y mil necesidades.

El indigente drogadicto, también han crecido en número considerable y deambulan por los barrios, calles, mercados, restaurantes, cantinas y establecimientos públicos pidiendo dinero, un bocado de comida o ropa. Son muy pocos los que realizan alguna actividad como la de votar residuos sólidos, desyerbar y otros mandados a cambio de una pequeña compensación económica o ayuda en ropa o alimentos.

El indigente anciano, que lleva el sello de la indiferencia familiar. Son los ancianos y las ancianas que fueron aborrecidos por unos hijos malagradecidos y por sus indiferentes e insensibles familiares. Los primeros desconocieron toda la entrega, el amor, los cuidados y los sacrificios brindados por sus padres a lo largo de su vida: durante el embarazo, su nacimiento, su infancia y adolescencia, incluso en su adultez. Para los segundos, los lazos de consanguinidad y de afecto no cuentan frente a la largueza o a la estrechez de aspectos económicos. Los viejos se convirtieron para ellos en un estorbo, en un fastidio y en una vergüenza.

El indigente de ocasión, son los que aparecen y se renuevan todos los días en los semáforos de las pequeñas ciudades pidiendo unas cuantas monedas a cambio de la demostración de alguna de sus habilidades malabaristas. Antes se les conocía como “hippies” ahora como “muchileros” que llegan al departamento y a sus pequeñas ciudades atraídos por sus hermosos paisajes y recursos naturales, como también, por el calor humano de sus gentes y de laabundante, calidad y bajo precio de psicoactivos parasu consumo. El Putumayo se ha convertido para ellos en un paraíso porque no trabajan, obtienen alimentos y dinero que generosamente les dan sus habitantes, consumen psicoactivos, hacen el amor ydescansan a sus anchas en cualquier lugar.

Corolario

El departamento y los municipios requieren de la formulación de políticas públicas que permitan atender a este numeroso y creciente sector de la población.

 

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