Para males de cuerpo y alma

Chaparro (Curatella americana).
Chaparro (Curatella americana).

Por: Fernando Quiroz

Como un mundo dentro del mundo que aún está por descubrir. Como la casa de la mayor cantidad de aves y de anfibios del globo. Como la cuna de la reserva de agua potable del planeta. Como un océano verde. Como el paraíso de la biodiversidad.

Cada quien ve como quiera —desde la admiración profunda, desde la curiosidad científica y también desde la esperanza— esta región imponente, hermosa y rica que forman los ríos Amazonas y Orinoco.

Y muchos, por supuesto, la ven como una enorme farmacia. Aunque decir enorme sea poca cosa y haya que buscar otros adjetivos: inmensa, descomunal. Un laboratorio en el cual las culturas aborígenes llevan siglos —milenios quizás— investigando y observando las hojas, tallos, flores y raíces de las plantas nativas. Una enorme farmacia a la cual, no obstante la sabiduría de culturas ancestrales como las que habitan el valle del Sibundoy en el Putumayo —especializada como ninguna en el mundo en una ciencia que consiste en descubrir y aplicar las bondades medicinales de las plantas— aún le quedan muchos rincones por explorar: muchos más que los que han sido explorados.

Así, habría que decir que esta región que ocupa prácticamente la mitad del mapa de Colombia es una enorme farmacia de la cual solo se han abierto unas cuantas gavetas.

Lo cierto es que con lo poco conocido se bastan quienes la habitan para curar sus males. Y muchos de los que han llegado hasta allí con su prepotencia y sus diplomas de universidades lejanas han quedado con la boca abierta ante tanta maravilla de la naturaleza y tanta sabiduría de quienes allí nacieron, allí tienen sus raíces y allí viven. Otros, animados por el deseo noble de multiplicar aquellas bondades y hacer partícipes de sus beneficios a millones de habitantes del planeta que ignoran lo que allí existe, han trabajado para nutrir a la industria farmacéutica con sus principios activos y sus fórmulas secretas.

Cada vez más compuestos químicos de los que ofrecen en las pequeñas boticas de pueblo y en las grandes cadenas de farmacias están inspirados en las virtudes de la flora de la Amazonia y la Orinoquia, cuando no resultan directamente desarrollados a partir de ese conocimiento al que se le dio la espalda durante siglos.

Pero quizás lo más llamativo —lo más hermoso, sí— de la relación entre los habitantes de esta región con las plantas de las cuales se valen para curar sus enfermedades, es que las consideran parte integral de su mundo: de ese cosmos en el cual creen estar en igualdad de condiciones.

Rica como ninguna región del mundo en plantas medicinales, muchas de las cuales están aún por investigar a fondo, en las tierras amazónicas y orinoquenses nacen, en formas vegetales, remedios para todos los males conocidos.

Por eso, no extraña que muchas de las especies medicinales de la Amazonia y la Orinoquia sean consideradas plantas sagradas. Y tratadas como tales. Ahí están, por ejemplo, el yagé, la virola —conocida en ambas regiones como sangretoro— el puinave (homónimo de un grupo indígena del Guainía); la burundanga o escopolamina, un alcaloide que se extrae de la planta conocida como borrachero o floripondio; e incluso el tabaco, entre muchas otras especies que tienen propiedades alucinógenas, que no están al alcance de la gente del común —entre otras razones porque utilizadas sin el debido conocimiento suelen acarrear grandes peligros, hasta la muerte misma— y cuyo empleo supone siempre un ritual que ha pasado de generación en generación y por el cual la comunidad demuestra gran respeto.

Quizás porque en su manera de ver la vida el cuerpo y el espíritu están fundidos y lo que suceda con uno afecta al otro, para bien o para mal, es habitual que en las comunidades que habitan esta región los encargados de curar el cuerpo también sean considerados guías espirituales: son los payés o chamanes que dirigen los rituales para entrar en contacto con las deidades y con los antepasados —hay quienes llaman al yagé el vino del alma, el hilo que une al bebedor con los muertos—, y que mediante la ayuda de las plantas sagradas pueden establecer el verdadero origen de las dolencias de quienes son tratados y determinar el tratamiento adecuado, que por lo general incluye ceremonias para invocar la ayuda del más allá.

De las muchas especies alucinógenas, el yagé parece ocupar un lugar preponderante en algunas comunidades por sus propiedades tranquilizantes, su efecto eufórico y su carácter de planta mágica, telepática e hipnótica, que no solo se emplea en los rituales religiosos y en la cura de enfermedades: también se valen de él los chamanes para escoger el lugar de la construcción de las malocas y hasta para determinar el momento oportuno de los viajes.

Pueden existir muchas dudas sobre sus propiedades sobrenaturales, pero lo que sí es cierto es que la bebida que con esta planta se prepara resulta muy amarga y por lo general produce vómito y diarrea. Para muchos, se trata simplemente de ayudar a limpiar el cuerpo y el espíritu de malas energías.

Efectos similares tiene la virola, que suele consumirse inhalando el polvillo al que se reducen trozos de su corteza, considerado como un poderoso psicotrópico y que se emplea también para curar infecciones y emponzoñar con veneno los dardos de las cerbatanas.

Tan mal visto hoy en día, el tabaco ha sido muy apreciado desde tiempos lejanos entre comunidades como las de los yukunas y los tanimukas, en el sur de la Amazonia, y especialmente entre los tukanos, en el Vaupés, que lo utilizan en curaciones, pero sobre todo antes de emprender ciertos tratamientos, para acceder a la inspiración y preparar al paciente.

También sagrado, el chiricaspi es muy apreciado como febrífugo por los indígenas kofanes y sionas del Putumayo, así como para contrarrestar el efecto de las mordeduras de serpiente. Pero se sabe que ingerido en exceso puede hacer perder por completo la coordinación muscular y producir picazón en todo el cuerpo.

De muy alta toxicidad es también el cucharacaspi, pero los médicos makunas, que habitan las riberas del río Popeyaká, utilizan su látex para acelerar la curación de las heridas. Y saben los indígenas cubeos, que habitan riberas de ríos del Amazonas, Vaupés y Vichada, que familias como la de las aristoloquias suelen producir poderosos efectos tóxicos, pero también medicinales, y entre otros fines las usan para tratar a los epilépticos.

Conocido en otras regiones como floripondio o burundanga, el borrachero llama mucho la atención de los caminantes por sus flores blancas, rosadas o amarillas. Pero saben quienes han dormido una siesta a la sombra de sus ramas que esta planta narcótica puede provocar desde dolores de cabeza hasta desequilibrios mentales. Utilizada como se debe, los inganos del Putumayo y del sur de Caquetá saben que ayuda a calmar las neuralgias, a curar la tos ferina y el asma y a paliar algunos males del útero y de la uretra.

Emparentada con la burundanga, los médicos tradicionales kamsás e ingas han establecido que la culebra borrachera —generoso productor de alcaloides, en especial escopolamina— es la más potente de las plantas narcóticas. Si bien se utiliza para bajar la fiebre y calmar escalofríos persistentes, en algunas comunidades del Putumayo se ha empleado con éxito para tratar tumores; y los chamanes recurren a ella sobre todo para adquirir poderes que les permitan moverse con facilidad en los campos de la adivinación y la profecía.

Sin duda, una de las plantas que más llamó la atención de los primeros misioneros españoles que llegaron a las regiones del río Putumayo fue el yoco —muy empleado por los coreguajes y los kofanes—, y lo mencionan con frecuencia en sus informes. Es cierto que los indígenas lo emplean como antiparasitario y purgante, pero su uso principal consiste en inhibir el apetito y menguar la fatiga en los largos viajes de cacería en medio de la selva. Sin embargo, esta especie no llegó a ser tan apreciada en la península ibérica como la guayusa, de la cual se establecieron plantaciones suficientes para cubrir la amplia demanda de los españoles, que con ella curaban la sífilis, tal como lo aprendieron de los médicos tradicionales de Sibundoy y Mocoa. Y a pesar de haber sido reseñado en estudios publicados a finales del siglo xix en París, menos fama tuvo el gualanday, cuyas bondades en el tratamiento de las enfermedades venéreas han sido calificadas como sorprendentes.

Tostadas y pulverizadas, las hojas de la dapakoda detienen la diarrea; y se sabe que sus flores remojadas en chicha —como se emplean desde tiempos ancestrales en las ceremonias de iniciación masculina conocidas como yuruparí— ofrecen muy apreciadas propiedades afrodisiacas.

El achón o sembé, que en algunas regiones se conoce con los simpáticos nombres de malagusta o malagueto, y que abunda en los alrededores de San José del Guaviare, fue muy socorrido en el tratamiento del cólera. En la actualidad se emplea para calmar los cólicos.

Para las llagas se recomienda el aceite que se extrae de la copaiba o palo de aceite. En caso de hemorragias uterinas las matronas de la región suelen acudir a la akereba —que significa “flor que abre bastante” y que se conoce como palo de cruz o monterillo—, y entre los diabéticos es común el consumo de la infusión que se prepara con las hojas secas del bello y empinado yarumo plateado.

Muy apreciado en la cocina y también por las mujeres que trituran las semillas para utilizarlo como protector solar, el achiote es empleado por la comunidad miraña en el Amazonas para desinflamar las amígdalas y para aliviar el hígado. No obstante, su uso principal corre por cuenta de los tratamientos dermatológicos.

Las hemorroides parecen llegar a su fin con el empleo de un extracto preparado con las hojas de la planta llamada ojo de venado —a la que también han asignado beneficios en el tratamiento del mal de Parkinson—; y se dice que la tensión arterial elevada vuelve a sus cifras normales al beber una infusión que allí se prepara con las hojas del chaparro, cuyo tallo se usa también para ayudar a los enfermos de artritis.

Y se sabe, por cuenta de los quichuas y los huitotos, que la savia de la sangre de drago ayuda a conseguir la oportuna cicatrización de las heridas, y que los hongos de la piel desaparecen con el empleo del trompeto, un pequeño árbol que también se conoce como sarno precisamente por sus propiedades para eliminar la sarna de los perros. Se usan las ramas del escobo o escobilla no solo para repeler pulgas y para elaborar escobas —de ahí su nombre— sino también, maceradas en agua, para enjuagar el pelo.

No hay duda: se encuentra cura para todos los males entre las decenas de miles de plantas que crecen en la Amazonia y en la Orinoquia. Incluso para algunos de pronóstico reservado, como el cáncer, pues hay especialistas que recomiendan el bejuco de anzuelo o uña de gato para complementar ciertos tratamientos de radioterapia y de quimioterapia.

Y probablemente no exista la muy buscada fuente de la eterna juventud. Pero se dice que el guaraná, que tanto se recomienda para limpiar las arterias de colesterol y para proteger los bronquios, logra el milagro de retardar el envejecimiento.

En letra cursiva

Entre esa grandísima variedad de especies medicinales que hay en las regiones de Amazonas y Orinoco, existen familias botánicas representativas que se caracterizan por la presencia de compuestos orgánicos con principios activos y con más de una especie utilizada en la medicina tradicional. Es el caso de las solanáceas, a las que pertenecen el borrachero o floripondio(Brugmansia suaveolens), el tabaco (Nicotiana tabacum), el chiricaspi (Brunfelsia chiricaspi), el lulo (Solanum quitoense) y la culebra borrachera (Brugmansia aurea). También las lamiáceas, es decir las aromáticas, una de las familias botánicas con mayor número de especies utilizadas para calmar los nervios, entre las que se cuentan la albahaca (Ocimum campechianum), el romero(Rosmarinus officinalis), la hierbabuena (Mentha x piperita), la mejorana (Origanum majorana), el poleo (Clinopodium brownei) y el toronjil (Melissa officinalis). Con menor número de ejemplos, pero con especies de gran valor para la medicina tradicional, están algunas urticáceas como el yarumo plateado (Cecropia telenitida) y la ortiga o pringamoza (Urtica urens). Y ciertas apocináceas, como la dapakoda (Mandevilla steyermarkii) y el cucharacaspi (Malouetia naias); arecáceas como el chontaduro (Bactris gasipaes) y el asaí o manaco (Euterpe precatoria). Fabáceas como el palo de cruz o monterillo (Brownea ariza), la copaiba o aceite (Copaifera pubiflora) y el ojo de venado (Mucuna sloanei); mirtáceas como la guayaba (Psidium guajava), la pomarrosa (Syzygium malaccense), y el arazá (Eugenia stipitata). Y también cabe nombrar  las papaveráceas, como el trompeto o sarno (Bocconia frutescens) y la amapola (Papaver somniferum).

En este amplio territorio también es común encontrar géneros o especies ampliamente utilizados en la medicina tradicional y altamente reconocidos en el área de los fármacos, como la caléndula(Calendula officinalis), de las asteráceas; la valeriana (Valeriana officinalis), de las caprifoliáceas; el chaparro o curata (Curatella americana), de las dileniáceas, y la guayusa (Ilex guayusa), de las aquifoliáceas.

Con un alto potencial farmacológico, pero arriesgadamente tóxico, se halla aquí el género Aristolochia, de las aristoloquiáceas, tales como el mato (Aristolochia nummularifolia), que es utilizado en la región de la Orinoquia, la oreja de tigre (Aristolochia sprucei), utilizada en el Putumayo, y el guaco (Aristolochia goudotii), usado con fines medicinales en el Meta. Y al igual que la Aristolochia, son muchas las especies de gran potencial medicinal pero, en algunos casos muchos de ellos estudiados,  con graves consecuencias de efectos secundarios.

Las plantas más constantes

Familia

Nombre científico

Nombre vulgar

Usos

Celastráceas Maytenus laevis Chuchuhuasa, chuchuhuasi Medicinal antimalárico y afrodisiaco
Euforbiáceas Croton lechleri Sangre de drago, sangro Medicinal analgésico
Eritroxiláceas Erythroxylum coca Coca Medicinal, alimento fortificante
Malpigiáceas Banisteriopsis caapi Ayahuasca, yagé, caapi Medicinal, psicoactivo y afrodisiaco
Myristicáceas Virola surinamensis Sangretoro,
cuamara blanca
Medicinal, maderable
Rubiáceas Uncaria guianensis Uña de gato,
bejuco de anzuelo
Medicinal y afrodisiaco
Sapindáceas Paullinia yoco Yoco Medicinal y psicoactiva
Solanáceas Brugmansia suaveolens Borrachero, floripondio Medicinal, psicoactiva
Solanáceas Nicotiana tabacum Tabaco Medicinal analgésico

LA COCA, DE UN VERDE BRILLANTE

Vuelta maldita —y perseguida— en algunos países, entre ellos Colombia, por la intromisión de la delincuencia y la impotencia operativa de las autoridades, la coca es un cultivo sagrado de muchas comunidades indígenas del Amazonas – Orinoco. Un ritual. Una necesidad. Un lenitivo contra el hambre. Un producto de pancoger.

Una de las primeras versiones sobre cómo se llegó al consumo de la coca como primera necesidad, la trae el investigador Anthony Henman, quien describió en 1981 el mito de su origen: “Un grupo de indígenas de tierras altas había intentado establecer una colonia en las yungas, las cálidas y húmedas laderas de los Andes bolivianos que conducen a la cuenca del Amazonas. Habiendo enfurecido a los dioses por la quema de la capa selvática original, sus casas y cultivos fueron barridos por lluvias torrenciales. Los indios se vieron obligados a refugiarse en unas cuevas cercanas. Cuando por fin volvieron a salir, luego de muchos días de tiempo tormentoso, no encontraron a su alrededor más que desolación. Debilitados por el hambre y la desesperación, hallaron un arbusto desconocido con hojas de un verde brillante; arrancaron las hojas y las llevaron a la boca para calmar el hambre. El remedio así descubierto parecía tan eficaz que el cultivo de este arbusto suministraría el motivo principal para toda la posterior ocupación de las yungas por los aymará”.

UN ALMA QUE ILUMINA

El payé es una suerte de chamán que suele establecer contacto con las fuerzas sobrenaturales. En su mayoría, los payés tienen amplio conocimiento de las propiedades medicinales de las plantas, y son los encargados de determinar los tratamientos para la cura de las enfermedades. El antropólogo Gerardo Reichel-Dolmatoff describió con las siguientes palabras las cualidades de un payé: “profundo interés en mitos y tradiciones tribales, una buena memoria para recitar largas secuencias de nombres y eventos, buena voz de cantor, y la capacidad de poder, durante horas, recitar encantaciones, en noches de vela precedidas por ayunos y abstención sexual. Ante todo, el alma del payé debe iluminar; su alma tiene que brillar con fuerte luz interior, que hace visible todo lo que está en la oscuridad, todo lo oculto del conocimiento ordinario y de la razón”.

JARABES Y MEZCLADORES

La fama de la quina se debe sin duda a su efectividad para combatir la malaria, considerada en algún momento como la enfermedad de mayor magnitud en el mundo. Apreciada como una de las plantas medicinales más importantes de la historia, su poder radica en las varias decenas de alcaloides que se encuentran en su corteza, y de manera especial la quinina.

Utilizada desde hace varios siglos con fines médicos, se sabe que la quina también ayuda a combatir la fiebre y la tos, y es buena amiga del corazón, pues se dice que corrige la taquicardia y previene el paro cardíaco. Los usos industriales de la quina no son pocos, pues se emplea en la fabricación de bronceadores, champús e insecticidas, entre otros productos, y hasta llegó a convertirse en un popular mezclador de la ginebra.

DEJE LOS NERVIOS

Los médicos tradicionales del valle del Sibundoy, en el Alto Putumayo, donde se dice que está una de las culturas más avanzadas en el estudio de las propiedades medicinales de las plantas, han determinado una buena cantidad de especies que ayudan a calmar los nervios. Están entre ellas la caléndula, la malva olorosa, el toronjil, la hierbabuena, la albahaca, la mejorana, el romero, el poleo, la amapola, el limoncillo, la ruda, la ortiga, la valeriana, el cedrón y la verbena.  

http://www.saviabotanica.com/component/k2/item/161-chaparro

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