Las historias detrás de los piedemontes colombianos

Un capítulo del libro Savia Amazonas – Orinoco, de Argos

La periodista María José París explica por qué son sumamente importantes estos ecosistemas y quiénes fueron los primeros expedicionarios en recorrerlos.
Guarango. (Parkia pendula) /Ana María Mejía
Guarango. (Parkia pendula) /Ana María Mejía

Héctor Rincón y Ana María Cano, experimentados reporteros, comandan un equipo que pretende compilar en cinco libros lo más fascinante de la botánica nacional. Son más de 30 viajeros entre comunicadores, fotógrafos y biólogos los encargados atrapar las historias ligadas a paisajes, árboles, plantas y frutos exóticos. Crónicas que incluyen la relación cultural entre los humanos y la naturaleza, historias que región por región describen el poder medicinal, decorativo, nutricional de las plantas y la variedad de paisajes en donde habita nuestra biodiversidad. María José París es una de ellas.

Los Piedemontes

En el lugar donde comienza a ascender la cordillera Oriental hay una franja que se encuentra entre los doscientos y los mil metros sobre el nivel del mar, tiene una extensión aproximada de novecientos kilómetros y es conocida como el piedemonte. Se trata de una zona de transición entre los Andes, las sabanas de la Orinoquia y las llanuras del Amazonas. Está dividido en dos. Uno es el piedemonte llanero, que comienza al norte en el río Arauca y termina al sur en la serranía de La Macarena, y abarca las franjas occidentales de los departamentos de Meta, Casanare y Arauca, pero también un sector oriental de Cundinamarca y Boyacá. El otro es el piedemonte amazónico, que se inicia en el río Pato, límite departamental noroccidental de Caquetá, y se extiende hasta el río San Miguel, en el suroccidente de Putumayo.

Como el piedemonte es una zona de transición, se convierte en el camino que toman los ríos que nacen en los Andes y que bañan las llanuras y las sabanas de la Orinoquia y la Amazonia. Los suelos de piedemonte son el resultado del depósito de materiales que han sido arrastrados por la corriente de los cuerpos de agua dulce y son considerados los mejores de la región. En Arauca, la precipitación puede ser inferior a los mil quinientos milímetros por año, pero el promedio anual entre los ríos Humea y Guataquía en el piedemonte del Meta puede ser de siete mil milímetros por año. En Villa Garzón, municipio del piedemonte de Putumayo, se registran hasta cuatro mil ochocientos cincuenta milímetros por año.

En términos generales, las zonas de mayor humedad son las que presentan más riqueza biológica. La precipitación que se registra a lo largo del piedemonte nos permite imaginar los porcentajes de biodiversidad que se pueden llegar a producir. Como su hábitat es más fértil y presenta niveles de mayor precipitación aun durante los meses de sequía, los bosques son más densos, y por ende hay mayor número y diversidad de fauna que en los llanos. Sin embargo, el ecosistema de bosque tropical que conformaba la vegetación original ha sido transformado por los distintos procesos de ocupación humana y expansión de la frontera agrícola, especialmente desde los años cincuenta del siglo pasado.

Desde tiempos prehispánicos, las poblaciones del altiplano cundiboyacense y del piedemonte llanero desarrollaron un sistema de intercambio comercial. En el piedemonte vivían los achaguas, a lo largo de los cursos de los ríos, y los guahibos, que se ubicaron en áreas interfluviales. Con el paso del tiempo estos pueblos se adaptaron a su entorno y desarrollaron una agricultura a pequeña escala de maíz y yuca, acompañada por tabaco, ají y maní para la alimentación, algodón para la confección de mantas, y yopo (Anadenanthera peregrina) y coca (Erythroxylum coca) para los rituales. Estos productos se destinaban mayormente al consumo interno, pero también los intercambiaban con las poblaciones del altiplano a través de caminos que comunicaban estas dos regiones.

Desde 1531 los españoles iniciaron expediciones para penetrar el llano en busca de oro, y como no encontraron este precioso mineral en su trayecto por la región, poco a poco perdieron interés en seguir selva adentro hacia zonas ulteriores. Sin embargo, al toparse una expedición española con las minas de oro de aluvión en la zona del Ariari, Juan de Avellaneda consiguió el permiso para fundar y poblar San Juan de los Llanos en 1555, hoy conocido como San Juan de Arama en el piedemonte del Meta. Luego los españoles fundaron tres ciudades más en el piedemonte llanero: Santiago de las Atalayas en 1588, que se consolidó como la capital del llano durante la Colonia, y que se localizaba cerca al actual municipio de Aguazul, en Casanare; San José de Pore en 1644 y Santa Rosa de Chire en 1672. Los expedicionarios españoles se limitaron a fundar las ciudades y pueblos que pertenecen a la subregión del piedemonte llanero, mientras que la colonización y fundación de ciudades en los llanos de la Orinoquia estuvo a cargo de las misiones para cristianizar a los indígenas. Los encargados fueron monjes dominicos, agustinos, recoletos, y en especial jesuitas, hasta que fueron expulsados por la Corona española.

A finales del siglo XVI, españoles residentes en San Juan de los Llanos y Pasto fundaron un centro minero al nororiente del río Caguán y lo llamaron Espíritu Santo del Caguán. En el siglo XVIII esta ciudad fue un puesto militar que defendía la gobernación de Neiva, y además fue el centro de colonización del piedemonte amazónico. También se llevaron a cabo misiones encargadas a los jesuitas y a los franciscanos, pero no fueron exitosas.

Los primeros grupos de colonos se establecieron en las tierras baldías del piedemonte amazónico a partir de 1865, año en que comenzó la explotación de la quina (Cinchona officinalis), planta medicinal de enorme importancia dado que su corteza producía el remedio más efectivo para curar la malaria. Aunque fue corta la duración de la explotación, esta actividad permitió que el piedemonte amazónico se articulara con el resto de la nación y con el mercado internacional.

En 1896 el obispo de Pasto encargó a los monjes capuchinos de Cataluña la misión en el piedemonte amazónico. Esta misión tuvo dos propósitos. Uno fue el de catequizar a los indígenas del borde oriental de la cordillera, y el otro, el de poblar la región con colonos del interior del país y aprovecharla para la explotación agrícola. Los capuchinos construyeron un camino de herradura desde Pasto hasta Sibundoy, pueblo que fundaron en 1899. Posteriormente fundaron Florencia, en 1902; Puerto Umbría, en 1912; Alvernia, en 1915;
Belén, en 1917; Guacamayas, en 1921 y Puerto Limón en 1922. En los comienzos del siglo xx el desequilibro entre el latifundio y el minifundio se agudizó en Colombia, especialmente en Cauca, Huila y Nariño. Muchas familias campesinas pasaron la cordillera hacia el oriente y se establecieron como agricultores en las selvas de Putumayo y Caquetá.

En 1941, Richard Evans Schultes, un joven botánico norteamericano, se ganó una beca del National Research Council para estudiar las propiedades del curare, un veneno que usaban los indígenas del Amazonas colombiano para inmovilizar presas de caza. Pero cuando Japón cortó los suministros de caucho provenientes del Sudeste asiático, el gobierno norteamericano le pidió a Schultes cambiar su investigación y dedicarse a estudiar las especies del género Hevea de las cuales se extraía látex para fabricar caucho.

Solo a finales de los años cuarenta Schultes pudo comenzar a estudiar lo que realmente le interesaba: la etnobotánica. En el piedemonte amazónico encontró “un intoxicante mágico que libera al alma de su confinamiento corporal para que viaje libremente fuera del cuerpo y regrese a él a voluntad”. Con esta descripción Schultes se refiere al yagé (Banisteriopsis caapi) en su libro Plantas de los dioses. Orígenes del uso de los alucinógenos, que publicó en 1979 junto con el químico Albert Hofmann. El yagé o Caapi es una liana larga del bosque que articula a los pueblos de la cultura del yagé: las comunidades siona, cofán, ingamo, kamsá y coreguaje. Para los pueblos de esta cultura, el yagé y la naturaleza son la fuente más importante para el aprendizaje de la medicina.

En los años cincuenta a través del Incora se impulsó la colonización del piedemonte araucano con colonos de Boyacá. Este proceso se tradujo en la transformación de grandes extensiones de selva y generó conflictos entre la población local y los colonos. Entre 1946 y 1953 llegaron al piedemonte llanero miles de campesinos de filiación liberal que estaban siendo perseguidos por el gobierno conservador. En los años sesenta comenzó la colonización desde Villavicencio hasta Puerto López. Esta historia se caracteriza por la tala de las selvas del piedemonte hasta el límite con las sabanas al oriente y con los territorios que van hacia la cordillera. Las selvas del sur del Casanare sufrieron el mismo destino y fueron reemplazadas por cultivos de palma africana desde los años setenta. Casi todo el pie-demonte llanero ha sido transformado; quedan unos relictos por el río Duda y en la vertiente de la cordillera.

Se han desarrollado iniciativas interesantes sobre a nueva vegetación de los territorios modificados. Por ejemplo, el Instituto de Investigaciones de la Orinoquia Colombiana financió un proyecto para determinar el valor nutricional de Dichapetalum spruceanum o cedrón, una planta que es considerada como “maleza” por los ganaderos y los agricultores del piedemonte de Casanare.

Con los análisis de la familia melastomatácea, el Instituto Humboldt publicó un indicador que mide los patrones de biodiversidad. Para el piedemonte de la Orinoquia se registraron: Arthrostemma ciliatum o cañagria, cuyo tallo al ser masticado calma la sed; Bellucia pentamera, conocido en la Orinoquia como guayabo de pava, níspero, pepito y pomo; Loreya, que es muy parecida a Bellucia pero con flores y frutos un poco más grandes; Tococa guianensis, o árbol chupaflor; Triolena hirsuta, también presente en el Amazonas y utilizada por los ticunas para matar perros locos y rabiosos.

Orlando Rangel registra la existencia de Virola o sangretoro, de la familia de las miristicáceas, un árbol que puede alcanzar los cuarenta metros. También hay especies de Nectandra y Ocotea, ambos géneros de las lauráceas y que hacen parte de la dieta del Andigena nigrirostris o tucán pechiazul. Se registra también la Pourouma cecropiifolia o uva caimarona, de las urticáceas, y la palma Socratea exorrhiza, de las arecáceas.

A partir de los años treinta investigadores colombianos comenzaron a realizar colecciones botánicas de la Amazonia, y en la década del cuarenta se fundó el Instituto de Ciencias Naturales de la Universidad Nacional, con su propio herbario, donde se empezaron a depositar colecciones botánicas de la Amazonia. En el Instituto Sinchi se encuentra el herbario Coah, el cual registra el noventa y cinco por ciento de las colecciones existentes del Amazonas.

Por: María José París

http://www.elespectador.com/noticias/medio-ambiente/historias-detras-de-los-piedemontes-colombianos-articulo-471719


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