Por: Joan Mauricio Fajardo Coral
Colombia acaba de ratificar su liderazgo mundial en biodiversidad.

La nueva Lista de Chequeo de Mariposas del Instituto Humboldt confirmó la presencia de 3.877 especies de mariposas, de las cuales 218 son endémicas, es decir, no existen en ningún otro lugar del planeta. La cifra supera ampliamente a países megadiversos como Brasil y Perú, y los investigadores consideran que podría superar las 4.000 especies con futuras expediciones y nuevos registros. Pero el dato más revelador no es únicamente el número de especies, sino el lugar donde se concentran.
El Instituto Humboldt identificó al piedemonte Andino-Amazónico como una de las regiones con mayor riqueza de mariposas de Colombia y del planeta. Este corredor biológico, donde confluyen los Andes y la Amazonía, reúne las condiciones ecológicas que han permitido la evolución de cientos de especies únicas, muchas de ellas con distribuciones muy restringidas y altamente sensibles a cualquier alteración de su entorno. Allí, las mariposas no solo representan belleza natural: son polinizadoras, sostienen cadenas ecológicas y funcionan como bioindicadores de la salud de los ecosistemas.
Paradójicamente, ese mismo territorio reconocido hoy por su extraordinaria biodiversidad es escenario del avance del proyecto de exploración de cobre liderado por la empresa canadiense Cooper Giant Resources Corp, a través de Libero Cobre en Mocoa, departamento del Putumayo. La instalación de campamentos, la apertura de áreas de trabajo, la movilización permanente de personal y maquinaria, así como los programas de perforación exploratoria, comienzan a transformar un paisaje que la comunidad científica considera estratégico para la conservación de la biodiversidad colombiana.
Numerosos estudios científicos demuestran que las mariposas son uno de los grupos biológicos más sensibles a la fragmentación del bosque, los cambios en la cobertura vegetal, la modificación del microclima, el ruido y el incremento de la actividad humana. Incluso intervenciones aparentemente limitadas pueden alterar la disponibilidad de plantas hospederas y fuentes de alimento indispensables para completar su ciclo de vida, afectando especialmente a las especies endémicas.
El contraste resulta inevitable. Mientras Colombia celebra el descubrimiento y registro de nuevas especies en el piedemonte amazónico, ese mismo territorio comienza a experimentar una creciente presión por proyectos extractivos, bajo la excusa de la transición energética. La pregunta es tan simple como profunda: ¿puede el país darse el lujo de intervenir industrialmente uno de los ecosistemas donde aún se siguen descubriendo especies que no existen en ninguna otra parte del mundo?.
La verdadera riqueza del piedemonte amazónico no se mide únicamente por los minerales que pueda albergar su subsuelo, sino por el patrimonio biológico que conserva en sus bosques. Las 3.877 especies de mariposas registradas por el Instituto Humboldt, las 218 especies endémicas y la posibilidad de descubrir cientos más convierten este territorio en un laboratorio natural de valor mundial.
En un escenario de cambio climático y pérdida acelerada de biodiversidad, aplicar el principio de precaución no debería entenderse como un obstáculo para el desarrollo, sino como una responsabilidad frente a un patrimonio natural cuya pérdida sería irreversible.