La última cita : nueve años después, la justicia habló con voz de mujer

Publimayo

Por: *Alexander Africano

En febrero de 2017 en la vereda San Carlos, ocurrió el crimen de 𝐂𝐚𝐫𝐦𝐞𝐧 𝐄𝐥𝐢𝐬𝐚 𝐌𝐨𝐫𝐚𝐥𝐞𝐬 y estremeció a Mocoa y al Putumayo, todavía era frecuente que muchas violencias contra las mujeres fueran leídas como “𝘥𝘳𝘢𝘮𝘢𝘴 𝘱𝘢𝘴𝘪𝘰𝘯𝘢𝘭𝘦𝘴”, “𝘱𝘳𝘰𝘣𝘭𝘦𝘮𝘢𝘴 𝘥𝘦 𝘱𝘢𝘳𝘦𝘫𝘢” 𝘰 𝘴𝘪𝘮𝘱𝘭𝘦𝘴 𝘵𝘳𝘢𝘨𝘦𝘥𝘪𝘢𝘴 𝘱𝘳𝘪𝘷𝘢𝘥𝘢𝘴. 𝘈𝘶́𝘯 𝘱𝘦𝘴𝘢𝘣𝘢, 𝘤𝘰𝘯 𝘥𝘦𝘮𝘢𝘴𝘪𝘢𝘥𝘢 𝘧𝘶𝘦𝘳𝘻𝘢, 𝘦𝘴𝘢 𝘷𝘪𝘦𝘫𝘢 𝘤𝘰𝘴𝘵𝘶𝘮𝘣𝘳𝘦 𝘴𝘰𝘤𝘪𝘢𝘭 𝘥𝘦 𝘳𝘦𝘴𝘵𝘢𝘳𝘭𝘦 𝘨𝘳𝘢𝘷𝘦𝘥𝘢𝘥 𝘢𝘭 𝘤𝘰𝘯𝘵𝘳𝘰𝘭, 𝘢 𝘭𝘰𝘴 𝘤𝘦𝘭𝘰𝘴 𝘦𝘯𝘧𝘦𝘳𝘮𝘪𝘻𝘰𝘴, 𝘢 𝘭𝘢𝘴 𝘢𝘮𝘦𝘯𝘢𝘻𝘢𝘴, 𝘢 𝘭𝘰𝘴 𝘨𝘰𝘭𝘱𝘦𝘴 𝘦𝘴𝘤𝘰𝘯𝘥𝘪𝘥𝘰𝘴 𝘺 𝘢𝘭 𝘮𝘪𝘦𝘥𝘰 𝘴𝘪𝘭𝘦𝘯𝘤𝘪𝘰𝘴𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘵𝘢𝘯𝘵𝘢𝘴 𝘮𝘶𝘫𝘦𝘳𝘦𝘴 𝘤𝘢𝘳𝘨𝘢𝘣𝘢𝘯 𝘴𝘪𝘯 𝘲𝘶𝘦 𝘦𝘭 𝘦𝘯𝘵𝘰𝘳𝘯𝘰 𝘦𝘯𝘵𝘦𝘯𝘥𝘪𝘦𝘳𝘢 𝘥𝘦𝘭 𝘵𝘰𝘥𝘰 𝘦𝘭 𝘱𝘦𝘭𝘪𝘨𝘳𝘰. En esos días, aunque ya existían normas, doctrina y compromisos nacionales e internacionales para proteger a las mujeres, la realidad seguía siendo más cruel que los discursos: muchas aún estaban solas frente a su agresor.

Fue en ese contexto donde la historia de 𝐂𝐚𝐫𝐦𝐞𝐧 𝐄𝐥𝐢𝐬𝐚 se volvió herida abierta para Putumayo. No era solo el asesinato de una mujer. Era también 𝗹𝗮 𝗲𝘃𝗶𝗱𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮 𝗱𝗲 𝘂𝗻𝗮 𝘃𝗶𝗼𝗹𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮 𝗮𝗻𝘂𝗻𝗰𝗶𝗮𝗱𝗮, 𝗱𝗲 𝘂𝗻𝗮 𝗰𝗮𝗱𝗲𝗻𝗮 𝗱𝗲 𝘀𝗲𝗻̃𝗮𝗹𝗲𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝗲𝘀𝘁𝘂𝘃𝗶𝗲𝗿𝗼𝗻 𝗮𝗵𝗶́, 𝗰𝗿𝗲𝗰𝗶𝗲𝗻𝗱𝗼 𝗲𝗻 𝘀𝗶𝗹𝗲𝗻𝗰𝗶𝗼, 𝗵𝗮𝘀𝘁𝗮 𝗹𝗹𝗲𝗴𝗮𝗿 𝗮𝗹 𝗽𝗲𝗼𝗿 𝗱𝗲𝘀𝗲𝗻𝗹𝗮𝗰𝗲. Y por eso, lo que ocurrió después no fue solamente un proceso penal: 𝐟𝐮𝐞 𝐮𝐧𝐚 𝐥𝐚𝐫𝐠𝐚 𝐞𝐬𝐩𝐞𝐫𝐚 𝐝𝐞 𝐯𝐞𝐫𝐝𝐚𝐝, 𝐝𝐞 𝐦𝐞𝐦𝐨𝐫𝐢𝐚 𝐲 𝐝𝐞 𝐣𝐮𝐬𝐭𝐢𝐜𝐢𝐚 𝐬𝐚𝐧𝐜𝐢𝐨𝐧𝐚𝐧𝐝𝐨 𝐜𝐨𝐧 𝐞𝐧𝐟𝐨𝐪𝐮𝐞 𝐝𝐞 𝐠𝐞́𝐧𝐞𝐫𝐨 𝐩𝐨𝐫 𝐞𝐥 𝐉𝐔𝐙𝐆𝐀𝐃𝐎 𝐏𝐑𝐈𝐌𝐄𝐑𝐎 𝐏𝐄𝐍𝐀𝐋 𝐃𝐄𝐋 𝐂𝐈𝐑𝐂𝐔𝐈𝐓𝐎 DE 𝐌𝐎𝐂𝐎𝐀 – 𝐏𝐔𝐓𝐔𝐌𝐀𝐘𝐎.

Hoy, nueve años después, esa justicia finalmente llegó. 𝐘 𝐧𝐨 𝐝𝐞𝐣𝐚 𝐝𝐞 𝐭𝐞𝐧𝐞𝐫 𝐮𝐧𝐚 𝐩𝐫𝐨𝐟𝐮𝐧𝐝𝐚 𝐜𝐚𝐫𝐠𝐚 𝐬𝐢𝐦𝐛𝐨́𝐥𝐢𝐜𝐚 𝐪𝐮𝐞 𝐡𝐚𝐲𝐚 𝐬𝐢𝐝𝐨 𝐨𝐭𝐫𝐚 𝐦𝐮𝐣𝐞𝐫, 𝐮𝐧𝐚 𝐏𝐮𝐭𝐮𝐦𝐚𝐲𝐞𝐧𝐬𝐞, 𝐮𝐧𝐚 𝐣𝐮𝐞𝐳𝐚 𝐝𝐞 𝐌𝐨𝐜𝐨𝐚, quien pronunciara la sentencia condenatoria 𝐜𝐨𝐧𝐭𝐫𝐚 𝐋𝐮𝐢𝐬 𝐅𝐞𝐫𝐧𝐚𝐧𝐝𝐨 𝐂𝐮𝐥𝐭𝐢𝐝 𝐋𝐨́𝐩𝐞𝐳 𝐩𝐨𝐫 𝐟𝐞𝐦𝐢𝐧𝐢𝐜𝐢𝐝𝐢𝐨 𝐚𝐠𝐫𝐚𝐯𝐚𝐝𝐨, reconociendo que no se trató de un hecho aislado, sino de la culminación de un ciclo de violencia física, psicológica, amenazas y dominación sobre Carmen Elisa Morales Toro. 𝐋𝐚 𝐝𝐞𝐜𝐢𝐬𝐢𝐨́𝐧 𝐟𝐢𝐣𝐨́ 𝐮𝐧𝐚 𝐩𝐞𝐧𝐚 𝐝𝐞 𝟓𝟏𝟐 𝐦𝐞𝐬𝐞𝐬 𝐝𝐞 𝐩𝐫𝐢𝐬𝐢𝐨́𝐧, 𝐞𝐪𝐮𝐢𝐯𝐚𝐥𝐞𝐧𝐭𝐞𝐬 𝐚 𝐦𝐚́𝐬 𝐝𝐞 𝟒𝟐 𝐚𝐧̃𝐨𝐬, 𝐬𝐢𝐧 𝐛𝐞𝐧𝐞𝐟𝐢𝐜𝐢𝐨𝐬, 𝐲 𝐚𝐝𝐞𝐦𝐚́𝐬 𝐨𝐫𝐝𝐞𝐧𝐨́ 𝐬𝐮 𝐜𝐚𝐩𝐭𝐮𝐫𝐚 𝐢𝐧𝐦𝐞𝐝𝐢𝐚𝐭𝐚 𝐲𝐚 𝐪𝐮𝐞 𝐬𝐞 𝐞𝐧𝐜𝐨𝐧𝐭𝐫𝐚𝐛𝐚 𝐥𝐢𝐛𝐫𝐞.

Publimayo

𝐂𝐚𝐫𝐦𝐞𝐧 𝐄𝐥𝐢𝐬𝐚 no sabía que aquel beso de despedida a sus dos hijos sería el último. Salió de su casa como cualquier día. Llevaba en el cuerpo la costumbre de resistir y en el alma ese amor inmenso de madre que convierte a los hijos en brújula. Era una mujer de 37 años, luchadora, activa, de esas que se levantan con la convicción de seguir, incluso cuando la vida aprieta. Había criado a sus hijos, había enfrentado dificultades, había aprendido a sobrevivir en un territorio donde a las mujeres muchas veces les toca ser fuertes por obligación antes que por elección.

En medio de esa vida conoció a quien parecía, al comienzo, una oportunidad. Un hombre con trabajo, con presencia, con aparente estabilidad. 𝐋𝐨 𝐪𝐮𝐞 𝐦𝐮𝐜𝐡𝐚𝐬 𝐩𝐞𝐫𝐬𝐨𝐧𝐚𝐬, 𝐝𝐞𝐬𝐝𝐞 𝐚𝐟𝐮𝐞𝐫𝐚, 𝐩𝐨𝐝𝐫𝐢́𝐚𝐧 𝐥𝐥𝐚𝐦𝐚𝐫 𝐮𝐧𝐚 𝐛𝐮𝐞𝐧𝐚 𝐩𝐚𝐫𝐞𝐣𝐚. Pero la violencia rara vez llega con el rostro descubierto. Casi siempre entra disfrazada y es ahí cuando todo cambia.

Al principio no fueron golpes. Fueron controles. Fueron revisiones al celular. Fueron conversaciones borradas. Fueron celos presentados como preocupación. Fueron restricciones vendidas como seriedad. 𝐘 𝐚𝐬𝐢́, 𝐩𝐨𝐜𝐨 𝐚 𝐩𝐨𝐜𝐨, 𝐥𝐚 𝐫𝐞𝐥𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐝𝐞𝐣𝐨́ 𝐝𝐞 𝐬𝐞𝐫 𝐫𝐞𝐟𝐮𝐠𝐢𝐨 𝐩𝐚𝐫𝐚 𝐜𝐨𝐧𝐯𝐞𝐫𝐭𝐢𝐫𝐬𝐞 𝐞𝐧 𝐞𝐧𝐜𝐢𝐞𝐫𝐫𝐨.

𝐂𝐚𝐫𝐦𝐞𝐧 𝐄𝐥𝐢𝐬𝐚 empezó a cambiar. Quienes la conocían lo notaron. Ya no reía igual. Ya no hablaba igual. Ya no caminaba con la misma tranquilidad. Aprendió a justificar moretones, a inventar accidentes, a esconder el miedo. Su familia empezó a ver lo que pasaba. Sus hijos lo sintieron. Incluso personas del entorno advirtieron que aquello no iba bien. 𝐏𝐞𝐫𝐨 𝐥𝐚 𝐯𝐢𝐨𝐥𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚 𝐭𝐢𝐞𝐧𝐞 𝐮𝐧𝐚 𝐜𝐚𝐩𝐚𝐜𝐢𝐝𝐚𝐝 𝐝𝐞𝐯𝐚𝐬𝐭𝐚𝐝𝐨𝐫𝐚: 𝐚𝐢́𝐬𝐥𝐚 𝐚 𝐥𝐚 𝐯𝐢́𝐜𝐭𝐢𝐦𝐚, 𝐥𝐚 𝐥𝐥𝐞𝐧𝐚 𝐝𝐞 𝐭𝐞𝐦𝐨𝐫, 𝐥𝐚 𝐡𝐚𝐜𝐞 𝐚𝐝𝐦𝐢𝐧𝐢𝐬𝐭𝐫𝐚𝐫 𝐞𝐥 𝐝𝐨𝐥𝐨𝐫 𝐞𝐧 𝐬𝐢𝐥𝐞𝐧𝐜𝐢𝐨.

Publimayo

La sentencia reconstruyó precisamente ese contexto y dejó establecido que la relación entre la víctima y el procesado estaba marcada por episodios reiterados de maltrato físico, agresiones emocionales, amenazas, control y dominación. No fue una sospecha. No fue una exageración. Fue una realidad acreditada en juicio.

𝐂𝐚𝐫𝐦𝐞𝐧 𝐄𝐥𝐢𝐬𝐚 intentó salir. Y eso también hay que decirlo con toda claridad. No era una mujer resignada. Era una mujer buscando una salida en medio de una situación cada vez más asfixiante. Se fue. Tomó distancia. Volvió a Puerto Asís. Quienes la vieron en ese tiempo cuentan que empezaba a recuperar la sonrisa, que volvía a parecer ella. Como si se hubiera arrancado de encima una sombra.

𝐏𝐞𝐫𝐨 𝐡𝐚𝐲 𝐚𝐠𝐫𝐞𝐬𝐨𝐫𝐞𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐧𝐨 𝐬𝐨𝐩𝐨𝐫𝐭𝐚𝐧 𝐩𝐞𝐫𝐝𝐞𝐫 𝐞𝐥 𝐜𝐨𝐧𝐭𝐫𝐨𝐥‧ 𝐍𝐨 𝐚𝐜𝐞𝐩𝐭𝐚𝐧 𝐥𝐚 𝐫𝐮𝐩𝐭𝐮𝐫𝐚 𝐜𝐨𝐦𝐨 𝐮𝐧𝐚 𝐝𝐞𝐜𝐢𝐬𝐢𝐨́𝐧 𝐥𝐢𝐛𝐫𝐞 𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐦𝐮𝐣𝐞𝐫‧ 𝐋𝐚 𝐬𝐢𝐞𝐧𝐭𝐞𝐧 𝐜𝐨𝐦𝐨 𝐮𝐧𝐚 𝐝𝐞𝐫𝐫𝐨𝐭𝐚 𝐩𝐞𝐫𝐬𝐨𝐧𝐚𝐥. Y en ese momento, cuando ya no pueden dominar con palabras, empiezan a escalar.

Por eso hoy resulta tan importante nombrar lo que en otros lugares ya se ha empezado a 𝐚𝐝𝐯𝐞𝐫𝐭𝐢𝐫 𝐜𝐨𝐧 𝐜𝐥𝐚𝐫𝐢𝐝𝐚𝐝: 𝐥𝐚 𝐥𝐥𝐚𝐦𝐚𝐝𝐚 “𝐮́𝐥𝐭𝐢𝐦𝐚 𝐜𝐢𝐭𝐚” 𝐧𝐨 𝐬𝐢𝐞𝐦𝐩𝐫𝐞 𝐞𝐬 𝐮𝐧 𝐜𝐢𝐞𝐫𝐫𝐞 𝐦𝐚𝐝𝐮𝐫𝐨; 𝐦𝐮𝐜𝐡𝐚𝐬 𝐯𝐞𝐜𝐞𝐬 𝐞𝐬 𝐮𝐧 𝐞𝐬𝐜𝐞𝐧𝐚𝐫𝐢𝐨 𝐝𝐞 𝐚𝐥𝐭𝐢́𝐬𝐢𝐦𝐨 𝐫𝐢𝐞𝐬𝐠𝐨. El agresor llama, suplica, promete cambiar, pide hablar, insiste en cerrar bien. Pero lo que en realidad está en juego no es una conversación: es el control.

Publimayo

Eso fue lo que ocurrió.

La justicia acreditó que, pese a la ruptura y al traslado de 𝐂𝐚𝐫𝐦𝐞𝐧 𝐄𝐥𝐢𝐬𝐚 a otro municipio, el agresor continuó buscándola insistentemente y propició un encuentro en la vereda San Carlos, en zona rural de Mocoa, bajo el pretexto de hablar e ir a pescar. Ella aceptó. No porque fuera ingenua. No porque no viera señales. Sino porque las relaciones violentas son complejas, porque el miedo también decide, porque muchas mujeres aceptan esas citas para intentar terminar sin más conflicto, para bajar el riesgo, para evitar una represalia, o simplemente porque todavía existe una mínima esperanza de que todo acabe sin más daño.

𝐂𝐚𝐫𝐦𝐞𝐧 𝐄𝐥𝐢𝐬𝐚 llegó. Esperó. Lo vio aparecer. Caminaron juntos hacia el río. Y quince minutos después, él regresó solo, nervioso, con una actitud inusual, se montó en su motocicleta y se fue del lugar.

𝐂𝐚𝐫𝐦𝐞𝐧 𝐄𝐥𝐢𝐬𝐚 quedó atrás.

Herida.

Luchando por vivir.

Todavía hoy duele imaginar ese momento. Duele pensar en esa mujer tendida en el camino, intentando resistir, aferrándose a la vida mientras el miedo seguía haciendo de las suyas. Porque incluso en el hospital, en medio de la urgencia, la sentencia recoge que 𝐂𝐚𝐫𝐦𝐞𝐧 𝐄𝐥𝐢𝐬𝐚 manifestó saber quién la había lesionado, pero no quería decir el nombre, y se mostró angustiada por sus hijos, pidiendo que los cuidaran. Esa escena lo dice todo: el terror no se había ido ni siquiera cuando ella estaba entre la vida y la muerte.

Cinco días después, 𝐂𝐚𝐫𝐦𝐞𝐧 𝐄𝐥𝐢𝐬𝐚 murió en la ciudad de Pasto como consecuencia directa de múltiples heridas causadas con arma cortopunzante en cuello, tórax y abdomen, lesiones que comprometieron órganos vitales. La necropsia y la prueba forense hablaron además de un nivel de violencia desproporcionado, de un “overkill”, es decir, de un sobreataque que revela sevicia y una agresión extrema. No fue una reacción momentánea. Fue la culminación brutal de una lógica de posesión y dominio.

Durante años, la familia cargó el duelo y la espera. Nueve años es demasiado tiempo para que una madre, unos hijos, unos hermanos y una comunidad tengan que seguir preguntando si la verdad algún día será reconocida con toda su fuerza. Nueve años es mucho para una justicia que, en estos casos, debería llegar con más prontitud. Pero llegó.

Y llegó diciendo algo que 𝐞𝐥 𝐩𝐚𝐢́𝐬 𝐞𝐧𝐭𝐞𝐫𝐨 𝐝𝐞𝐛𝐞𝐫𝐢́𝐚 𝐞𝐬𝐜𝐮𝐜𝐡𝐚𝐫: 𝐪𝐮𝐞 𝐥𝐨𝐬 𝐟𝐞𝐦𝐢𝐧𝐢𝐜𝐢𝐝𝐢𝐨𝐬 𝐧𝐨 𝐬𝐮𝐞𝐥𝐞𝐧 𝐬𝐞𝐫 𝐡𝐞𝐜𝐡𝐨𝐬 𝐬𝐨𝐫𝐩𝐫𝐞𝐬𝐢𝐯𝐨𝐬; 𝐦𝐮𝐜𝐡𝐚𝐬 𝐯𝐞𝐜𝐞𝐬 𝐬𝐨𝐧 𝐞𝐥 𝐩𝐮𝐧𝐭𝐨 𝐟𝐢𝐧𝐚𝐥 𝐝𝐞 𝐮𝐧𝐚 𝐞𝐬𝐜𝐚𝐥𝐚𝐝𝐚 𝐝𝐞 𝐯𝐢𝐨𝐥𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚 𝐪𝐮𝐞 𝐩𝐮𝐝𝐨 𝐲 𝐝𝐞𝐛𝐢𝐨́ 𝐬𝐞𝐫 𝐚𝐝𝐯𝐞𝐫𝐭𝐢𝐝𝐚.

La sentencia fue enfática al reconocer el contexto previo de violencia de género, el control, las amenazas, el aislamiento y la dominación ejercida sobre la víctima. Es decir, la justicia no solo castigó el resultado final. También nombró la historia previa de agresión que lo hizo posible.

Eso tiene un inmenso valor. Porque 𝐝𝐮𝐫𝐚𝐧𝐭𝐞 𝐚𝐧̃𝐨𝐬 𝐦𝐮𝐜𝐡𝐚𝐬 𝐦𝐮𝐣𝐞𝐫𝐞𝐬 𝐟𝐮𝐞𝐫𝐨𝐧 𝐚𝐬𝐞𝐬𝐢𝐧𝐚𝐝𝐚𝐬 𝐝𝐨𝐬 𝐯𝐞𝐜𝐞𝐬: 𝐩𝐫𝐢𝐦𝐞𝐫𝐨 𝐩𝐨𝐫 𝐬𝐮 𝐚𝐠𝐫𝐞𝐬𝐨𝐫 𝐲 𝐥𝐮𝐞𝐠𝐨 𝐩𝐨𝐫 𝐮𝐧𝐚 𝐥𝐞𝐜𝐭𝐮𝐫𝐚 𝐬𝐨𝐜𝐢𝐚𝐥 𝐲 𝐣𝐮𝐝𝐢𝐜𝐢𝐚𝐥 𝐢𝐧𝐜𝐚𝐩𝐚𝐳 𝐝𝐞 𝐜𝐨𝐦𝐩𝐫𝐞𝐧𝐝𝐞𝐫 𝐥𝐚𝐬 𝐝𝐢𝐧𝐚́𝐦𝐢𝐜𝐚𝐬 𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐯𝐢𝐨𝐥𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚 𝐦𝐚𝐜𝐡𝐢𝐬𝐭𝐚. Aquí, en cambio, hubo una decisión judicial con enfoque de género. Y eso no es un detalle menor. Es una forma de reparación institucional. Es una manera de decir que el sufrimiento de 𝐂𝐚𝐫𝐦𝐞𝐧 𝐄𝐥𝐢𝐬𝐚 no será leído como una simple tragedia doméstica, sino como lo que fue: un feminicidio agravado.

Pero la historia no debería agotarse en la condena.

Si algo nos deja 𝐞𝐬𝐭𝐞 𝐜𝐚𝐬𝐨 𝐞𝐬 𝐮𝐧𝐚 𝐚𝐝𝐯𝐞𝐫𝐭𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚 𝐮𝐫𝐠𝐞𝐧𝐭𝐞 𝐩𝐚𝐫𝐚 𝐥𝐚 𝐬𝐨𝐜𝐢𝐞𝐝𝐚𝐝, 𝐩𝐚𝐫𝐚 𝐥𝐚𝐬 𝐚𝐮𝐭𝐨𝐫𝐢𝐝𝐚𝐝𝐞𝐬, 𝐩𝐚𝐫𝐚 𝐥𝐚𝐬 𝐟𝐚𝐦𝐢𝐥𝐢𝐚𝐬 𝐲 𝐩𝐚𝐫𝐚 𝐥𝐚𝐬 𝐦𝐮𝐣𝐞𝐫𝐞𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐡𝐨𝐲 𝐩𝐮𝐞𝐝𝐞𝐧 𝐞𝐬𝐭𝐚𝐫 𝐯𝐢𝐯𝐢𝐞𝐧𝐝𝐨 𝐚𝐥𝐠𝐨 𝐩𝐚𝐫𝐞𝐜𝐢𝐝𝐨‧ 𝐋𝐚 “𝐮́𝐥𝐭𝐢𝐦𝐚 𝐜𝐢𝐭𝐚” 𝐧𝐨 𝐬𝐢𝐞𝐦𝐩𝐫𝐞 𝐞𝐬 𝐮𝐧𝐚 𝐝𝐞𝐬𝐩𝐞𝐝𝐢𝐝𝐚 𝐢𝐧𝐨𝐟𝐞𝐧𝐬𝐢𝐯𝐚‧ 𝐀 𝐯𝐞𝐜𝐞𝐬 𝐞𝐬 𝐮𝐧 𝐩𝐮𝐧𝐭𝐨 𝐜𝐫𝐢́𝐭𝐢𝐜𝐨 𝐝𝐞 𝐫𝐢𝐞𝐬𝐠𝐨 𝐟𝐞𝐦𝐢𝐧𝐢𝐜𝐢𝐝𝐚. Ocurre cuando coinciden la ruptura reciente, la pérdida de control del agresor, el aislamiento del encuentro, la manipulación emocional, la insistencia desesperada y el antecedente de violencia. Ese cóctel no es romántico: es peligroso.

Por eso prevenir no puede reducirse a decirle a una mujer “no vaya”. 𝐏𝐫𝐞𝐯𝐞𝐧𝐢𝐫 𝐭𝐚𝐦𝐛𝐢𝐞́𝐧 𝐢𝐦𝐩𝐥𝐢𝐜𝐚 𝐪𝐮𝐞 𝐞𝐱𝐢𝐬𝐭𝐚𝐧 𝐫𝐞𝐝𝐞𝐬 𝐝𝐞 𝐚𝐩𝐨𝐲𝐨 𝐚𝐜𝐭𝐢𝐯𝐚𝐬, 𝐢𝐧𝐬𝐭𝐢𝐭𝐮𝐜𝐢𝐨𝐧𝐞𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐫𝐞𝐚𝐜𝐜𝐢𝐨𝐧𝐞𝐧, 𝐫𝐮𝐭𝐚𝐬 𝐝𝐞 𝐩𝐫𝐨𝐭𝐞𝐜𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐞𝐟𝐞𝐜𝐭𝐢𝐯𝐚𝐬, 𝐬𝐞𝐠𝐮𝐢𝐦𝐢𝐞𝐧𝐭𝐨 𝐚 𝐥𝐨𝐬 𝐜𝐚𝐬𝐨𝐬 𝐝𝐞 𝐚𝐥𝐭𝐨 𝐫𝐢𝐞𝐬𝐠𝐨 𝐲 𝐮𝐧𝐚 𝐩𝐞𝐝𝐚𝐠𝐨𝐠𝐢́𝐚 𝐬𝐨𝐜𝐢𝐚𝐥 𝐜𝐚𝐩𝐚𝐳 𝐝𝐞 𝐧𝐨𝐦𝐛𝐫𝐚𝐫 𝐞𝐥 𝐩𝐞𝐥𝐢𝐠𝐫𝐨 𝐚𝐧𝐭𝐞𝐬 𝐝𝐞 𝐪𝐮𝐞 𝐬𝐞𝐚 𝐭𝐚𝐫𝐝𝐞. Porque cuando el Estado y la sociedad llegan solo después del crimen, ya no están protegiendo: apenas están contando los daños.

𝐂𝐚𝐫𝐦𝐞𝐧 𝐄𝐥𝐢𝐬𝐚 ya no volvió. Eso nadie lo cambia.

Pero nueve años después, una valiente Jueza dijo con claridad lo que el miedo, la manipulación y la violencia habían intentado borrar. Y al hacerlo, no solo condenó a un hombre. 𝐓𝐚𝐦𝐛𝐢𝐞́𝐧 𝐝𝐞𝐣𝐨́ 𝐮𝐧𝐚 𝐥𝐞𝐜𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐩𝐚𝐫𝐚 𝐭𝐨𝐝𝐨𝐬: 𝐞𝐥 𝐟𝐞𝐦𝐢𝐧𝐢𝐜𝐢𝐝𝐢𝐨 𝐧𝐨 𝐜𝐨𝐦𝐢𝐞𝐧𝐳𝐚 𝐜𝐨𝐧 𝐥𝐚 𝐦𝐮𝐞𝐫𝐭𝐞‧ 𝐂𝐨𝐦𝐢𝐞𝐧𝐳𝐚 𝐦𝐮𝐜𝐡𝐨 𝐚𝐧𝐭𝐞𝐬, 𝐜𝐮𝐚𝐧𝐝𝐨 𝐞𝐥 𝐜𝐨𝐧𝐭𝐫𝐨𝐥 𝐬𝐞 𝐜𝐨𝐧𝐟𝐮𝐧𝐝𝐞 𝐜𝐨𝐧 𝐚𝐦𝐨𝐫, 𝐜𝐮𝐚𝐧𝐝𝐨 𝐥𝐚 𝐚𝐦𝐞𝐧𝐚𝐳𝐚 𝐬𝐞 𝐝𝐢𝐬𝐟𝐫𝐚𝐳𝐚 𝐝𝐞 𝐫𝐞𝐜𝐨𝐧𝐜𝐢𝐥𝐢𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐲 𝐜𝐮𝐚𝐧𝐝𝐨 𝐮𝐧𝐚 𝐦𝐮𝐣𝐞𝐫 𝐜𝐫𝐞𝐞 𝐪𝐮𝐞 𝐞𝐬𝐚 𝐮́𝐥𝐭𝐢𝐦𝐚 𝐜𝐢𝐭𝐚 𝐬𝐞𝐫𝐚́ 𝐬𝐨𝐥𝐨 𝐮𝐧𝐚 𝐜𝐨𝐧𝐯𝐞𝐫𝐬𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧.

𝐂𝐚𝐫𝐦𝐞𝐧 𝐄𝐥𝐢𝐬𝐚 no está. Pero su historia sigue hablando. Y mientras siga hablando, Putumayo no debería volver a mirar hacia otro lado.

*Consejero de Paz Putumayo – Defensor de DDHH


Publimayo