
“Soy hija de la tierra”, dice Soraida Chindoy, descendiente de una madre partera tradicional Inga y de su padre Salvador, uno de los pocos hombres que aún camina el territorio sintiendo a flor de piel la tierra. “Las plantas hablan a través de nuestra cultura como pueblo Inga: han sido alimento, fibras para nuestra vestimenta, semillas para nuestros collares, nuestra música, nuestros perfumes, protección y medicina. Son todo”.
Su vida transcurre entre la ciudad de Mocoa y su tierra natal, Condagua, a orillas del río Caquetá. En lengua inga, ese territorio es conocido como Iaku Wuasi, “la casa del agua”, ya que se conecta con el macizo colombiano y es el vientre de origen de esta subcuenca del río Amazonas. Además, es uno de los corredores biológicos mejor conservados para el paso de fauna del Pacífico y los Andes hacia la Amazonía y viceversa.
“Aquí está todo lo que necesito. Las plantas me guían, me enseñan y me conectan con nuestra cultura”, afirma. Este conocimiento cura, y también tiene sabor: “queremos que la gente entienda la importancia de nuestra biodiversidad a través de nuestros platos típicos. La cocina es un camino para enamorar y cuidar nuestra tierra”, explica Soraida.
El sirindango (renealmia alpinia) es una de las plantas aliadas. “El tallo nos sirve para varas, las hojas para dar sabor y envolver el pescado, la raíz para infusiones, las semillas para teñir fibras, hacer collares y cortar la leche para el queso. Cuando está madura, la usamos para sopas como la rallana. Es la carne del indígena. Es una planta muy deliciosa”, expresa Miriam, la hermana de Soraida, quien la acompaña en su proyecto de compartir sabores y saberes con sus platos tradicionales.


Su fragancia recuerda al jengibre, y su pulpa representa una fuente nutricional importante de potasio, magnesio e hierro, con un alto contenido de proteínas y fibra dietética. Cuando sus semillas rojas se tornan oscuras, llega el momento de la cosecha: se extrae la pulpa, cuyo sabor peculiar evoca al del pollo, mientras que las semillas se aprovechan en la elaboración de artesanías y sus cáscaras para tinturas.
La hoja del sirindango es la protagonista.

Chefs de Medellín, Bogotá, Cali y Cartagena visitaron el Putumayo en septiembre de 2025. Esta iniciativa del proyecto de investigación del restaurante “Amazónico” visitó a las hermanas Chindoy para compartir y hacer maito, plato tradicional de pescado que se prepara con el sirindango.
Antes de la visita, Soraida cortó las hojas, limpió los frutos rojos para la decoración y encendió, junto a su familia, el fuego. Luego se adornó con collares de semillas de san pedros, chochos, ojos de buey, sirindango y cascabel, que ella misma elaboró con semillas del bosque; tiñó su piel con achiote y mambéó para acompañar la palabra.
Así compartieron una jornada en la que limpiaron peces, los adobaron con especias, aprendieron a envolverlos en hojas de sirindango y a cocinarlos al carbón. Fue un proceso donde el aroma de la hoja y del humo creó la alquimia que da al pescado su sabor perfumado. Ese es el maito, y no se come solo: se acompaña con tacacho, un macerado de chiro o plátano con un ahogado de cebolla y trozos de cerdo. Además, se complementa con un buen ají de la chagra, celebrando así las posibilidades que la cultura y las plantas ofrecen para alimentar el espíritu. “Las plantas son la vida, todo lo que tiene una planta tiene uso, y ese conocimiento es lo que le da valor a nuestra cultura indígena, es lo que hace que seamos: saber el uso de una planta para el alimento, la medicina, las semillas para nuestros artes, perfumes, utensilios, fibras, canastos, todo está en nuestro territorio, pero eso está en riesgo”, afirmó Soraida.
“Visitamos al pueblo inga que a través de la cocina preservan una cultura viva, la cocina es un lugar de transmisión de esa memoria y puede aportar al turismo gastronómico y comunitario para no buscar otros caminos que destruyan nuestra esencia”, dijo Mauricio, fundador del proyecto investigativo Restaurante Amazónico, referente de en comida tradicional.
“Si uno da a conocer las aplicaciones gastronómicas de esta biodiversidad: plantas, frutas y verduras no es necesario abrir caminos como la minería, sino crear mercados para que las frutas de esta región nos lleguen a las ciudades y haya más demanda y a la vez cuidado de los bosques comestibles” dice Carlos Alberto Mejia, docente de la Javeriana de Cali y chef invitado.

“Una alternativa para no dañar el territorio es el etnoturismo, y desde ahí valorar que somos guardianes de estos territorios que han dejado como legado nuestros abuelos. La minería ha entrado afectando nuestra cultura y los platos son una forma de resistencia”, dijo Soraida. Empresas mineras con frecuencia les prometen que “el desarrollo está en la minería, que tendrán empleos, saldrán de la pobreza y serán gente con estudio”.
La empresa canadiense Giant Copper Resources mantiene cuatro títulos mineros en la región y un historial de 65 solicitudes (entre pendientes, rechazadas y archivadas, según la Agencia Nacional de Minería) para explorar cobre, oro, molibdeno y otros minerales.
Dos de estos títulos se superponen con el territorio ancestral de la comunidad, con quiénes han firmado una consulta previa. Proceso que ha generado divisiones internas y tensiones
familiares, en una zona donde la defensa del territorio tiene un profundo sentido espiritual.

Soraida cree que las plantas además de guíar, proteger y aconsejar, también alegran, reúnen y armonizan a través de la comida tradicional. “Estamos dando a conocer la importancia de nuestros platos con productos que vienen de nuestras chagras y que sigamos cuidándolo porque es sagrado para todos”.
Soraida desde la cocina, Jorge desde su herbario y Manuel desde su jardín coinciden en una verdad simple y profunda: las plantas son la vida. En una región donde el bosque es la mayor universidad, invertir, reconocer y honrar a quienes sostienen este conocimiento con las plantas es urgente. Porque lo que no se conoce, no se defiende, y lo que no se defiende, se pierde.