Liberalismo, progresismo y selva : una historia política desde el Putumayo

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Por : Aldo Manco

Por décadas, el Putumayo ha sido contado desde afuera: como frontera, como retaguardia de la guerra, como despensa de coca o como reserva ambiental. Rara vez como lo que también ha sido: un laboratorio político donde las viejas banderas del liberalismo colombiano encontraron, en la Amazonia, nuevas causas, nuevos lenguajes y nuevos protagonistas. La reciente invitación del exministro y exembajador Guillermo Rivera Flórez a los liberales de Mocoa para respaldar a Miguel Ángel Rubio a la Cámara de Representantes y al proyecto progresista de Gustavo Petro e Iván Cepeda no es un episodio aislado de coyuntura electoral. Es, más bien, una escena reveladora de una larga historia.

Rivera habló como quien vuelve a casa. No como un político en campaña —insistió en que no aspiraba al Congreso— sino como un liberal que, sin renunciar a su identidad partidista, se reconoce hoy en el campo del progresismo. “Nunca he dejado de pensar como liberal”, dijo, y la frase sonó menos a consigna que a declaración de principios. Para entenderla hay que retroceder.

El liberalismo colombiano nació en el siglo XIX enfrentando la esclavitud, defendiendo a los artesanos y cuestionando los privilegios coloniales que sobrevivían bajo nuevas formas republicanas. Mientras en Bogotá se debatían constituciones y guerras civiles, la Amazonia seguía siendo un margen difuso del Estado. El Putumayo, incorporado tardíamente a la vida nacional, no conoció de inmediato ni las escuelas ni los juzgados ni las carreteras que prometían los discursos liberales.


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Pero las ideas viajan más rápido que las instituciones. Con los colonos que bajaron por los ríos, con los maestros rurales, con los comerciantes y los misioneros laicos, llegaron también nociones de ciudadanía, propiedad y derechos. Allí germinó un liberalismo plebeyo, menos doctrinario y más práctico: tierra para trabajarla, caminos para sacar el producto, escuela para los hijos.

Guillermo Rivera evocó, en su intervención en Mocoa, una genealogía precisa: Alfonso López Pumarejo y su “Revolución en Marcha”, Jorge Eliécer Gaitán y la agenda social frustrada por la violencia, Luis Carlos Galán y el Nuevo Liberalismo. No fue un recuento nostálgico, sino una forma de trazar una línea continua entre la reforma agraria de 1936, la denuncia de las élites excluyentes y las luchas contemporáneas por los derechos de las víctimas.

En el Putumayo, esa herencia tuvo nombres propios. Líderes campesinos que empezaron en partidos heredados por tradición familiar y terminaron buscando espacios donde sus causas —tierra, vías, precios justos, dignidad— tuvieran más eco. Rivera recordó a Fidencio, conservador de cuna, verde por tránsito y progresista por convicción final. La anécdota vale como metáfora: más que los rótulos, importaron siempre las causas.

En ese cruce entre liberalismo histórico y progresismo contemporáneo aparece Miguel Ángel Rubio. Rivera lo conoció en 2001, cuando iniciaba su primera campaña a la Cámara. Venía de La Concepción, una vereda ribereña al sur de Puerto Asís. Había sido líder campesino, concejal, alcalde. Trabajaba de día y estudiaba de noche para graduarse como abogado. No necesitó, dijo Rivera, un cargo público para defender causas populares.


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El retrato que hizo de Rubio fue deliberadamente austero. En un departamento donde la ostentación política se volvió paisaje —campañas llenas de camisetas, gorras y promesas infladas—, destacó una vida sin lujos inexplicables, sin enriquecimientos súbitos. “Eso tiene que importar”, dijo. Y en el fondo estaba diciendo algo más incómodo: que la moral pública no es un adorno retórico, sino un criterio político.

Rubio encarna una figura clásica del liberalismo regional: el dirigente que asciende por mérito, no por herencia; por persistencia, no por padrinazgos; por coherencia, no por saltos oportunistas.

Rivera dedicó buena parte de su discurso a explicar qué entiende por progresismo. No como moda importada ni como etiqueta de redes sociales, sino como una forma de entender el desarrollo: priorizar derechos para corregir desigualdades.

En ese marco situó las reformas del gobierno de Gustavo Petro: laboral, pensional, agraria, salarial. Recordó la eliminación de recargos nocturnos en 2003 bajo el gobierno Uribe; la promesa de una pensión mínima para adultos mayores sin ingresos; la entrega de tierras a campesinos en cifras inéditas; los aumentos históricos del salario mínimo sin el desastre inflacionario anunciado por economistas ortodoxos.

Más allá de la defensa gubernamental, había allí una tesis liberal clásica: sin derechos materiales, la libertad es un espejismo.

Para Rivera, la elección legislativa es incluso más decisiva que la presidencial. No por cálculo táctico, sino por experiencia: las reformas sociales naufragan sin mayorías parlamentarias. El Putumayo, históricamente marginado en la distribución de recursos, lo sabe mejor que nadie.

La desigualdad territorial fue otro de sus ejes. Colombia reparte ingresos según densidad poblacional. Departamentos amazónicos, poco poblados por fortuna ecológica, reciben menos recursos. Pero su selva —dijo— es patrimonio universal y necesita desarrollo legislativo que la proteja. Allí el progresismo se cruza con la historia ambiental: no más crecimiento a costa del bosque.

El cierre fue una pieza de oratoria con vocación historiográfica. Rivera definió tres generaciones liberales:

• Siglo XIX: contra la esclavitud.

• Siglo XX: por la reforma agraria.

• Siglo XXI: por los derechos de las víctimas y la paz.

Y concluyó: esas ideas “se inscriben en el progresismo”. No era una renuncia al liberalismo, sino una relectura.

En el auditorio de la Asociación de Educadores de Mocoa no solo se hablaba de votos. Se hablaba de memoria política. De un departamento que ha puesto muertos y selva para sostener la nación, pero ha recibido poco a cambio. De una militancia liberal que ve cómo su partido nacional toma rumbos que no reconocen como propios.

Rivera los invitó a quedarse donde están las viejas ideas liberales: igualdad, reforma, derechos. A votar por Rubio. A acompañar a Sandra Chindoy al Senado. A respaldar a Ariel Ávila. A construir mayorías progresistas.

En tono casi íntimo, recordó una foto: cuando Rubio lo reemplazó en la Cámara tras una licencia por salud. “El 20 de julio volverá a posesionarse”, dijo. “Y yo volveré a aplaudir”.

Lo que ocurrió en Mocoa fue un acto político, sí. Pero también fue una clase de historia aplicada. Una demostración de que el liberalismo no es una reliquia, sino una tradición viva que muta, se desplaza y se reencarna.

Para los historiadores de la Amazonia, la escena ofrece una pista: la política regional no puede leerse solo como clientelismo o violencia. También como continuidad ideológica. Para los políticos amazónicos, una advertencia: sin ética pública y sin causas claras, no hay relato que resista.

Quizás, como diría Daniel Coronell, el dato incómodo no sea que los liberales estén hoy con Petro, sino que el liberalismo —en su versión más antigua— siempre estuvo más cerca de ellos de lo que muchos quieren admitir.

Y en el Putumayo, donde la historia siempre llega tarde, esa discusión acaba de empezar.


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