
Periodico UNAL – Con hasta 3 m de largo y 200 kilos de peso, el pirarucú, pez de agua dulce que habita la cuenca Amazónica, está en riesgo por la pesca indiscriminada. Mediante estudios genéticos de su forma y anatomía, reincorporados de las FARC-EP, apoyados por investigadores de la UNAL, lo preservan en cautiverio.
El río Putumayo, que forma parte de la cuenca Amazónica, se distingue como frontera natural y columna vertebral de municipios como Puerto Leguízamo, Puerto Guzmán y Orito. Allí habita un guardián silencioso del equilibrio ecológico de este afluente: el pez pirarucú, una especie rica en proteína que desde 1975 está catalogado en “estado de vulnerabilidad” debido a la pesca intensiva —aún en medio de la prohibición temporal de esta práctica—, según la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres (Cites), acuerdo internacional que monitorea el comercio de especies en el mundo.
Este pez debe salir a la superficie para tomar aire a través de una vejiga natatoria que actúa como pulmón, lo que le permite sobrevivir en aguas con poco oxígeno. Su población natural se ha reducido, lo que se evidencia en la disminución de su comercio y consumo, incluso cuando su presencia ya se extiende más allá de la Amazonia.
La explotación petrolera y los vertimientos indiscriminados de crudo sobre el río Amazonas han afectado más de 170km² del área del Putumayo (Instituto Sinchi, 2022), poniendo en jaque la preservación de esta especie.
Nuevo conocimiento para la conservación
Ante este panorama, el zootecnista Dagoberto Martínez, candidato a Doctor en Ciencias Agrarias de la UNAL Sede Palmira, y el biólogo Luis Felipe Arteaga, estudiante de la Maestría en Estudios Amazónicos de la Sede Amazonia, impulsaron un proyecto en Puerto Guzmán (Putumayo) con un doble propósito: fortalecer el conocimiento científico de la especie y consolidar los procesos de reincorporación comunitaria de 75 reincorporados de las FARC.
En el municipio de Puerto Guzmán, al nororiente del departamento del Putumayo, miembros de la Cooperativa Multiactiva Comunitaria del Común (Coomucom) dejaron las armas y decidieron ingresar al proceso de reincorporación luego del Acuerdo de Paz firmado en 2016, para dedicarse a manejar estanques de unos 1.400m destinados a la cría del pirarucú.
Entre tanto los investigadores analizaron 96 ejemplares de pirarucú de Puerto Leguízamo, Tarapacá y Leticia, midiendo sus formas y rasgos corporales, como escamas y proporciones del cuerpo, y con técnicas moleculares estudiaron su diversidad genética para distinguir machos de hembras, factores esenciales para facilitar la reproducción de esta especie en este proyecto productivo y de conservación.
Sus análisis genéticos demostraron que los pirarucú estudiados no pertenecen al grupo comúnmente presente en este río (Arapaima gigas), sino que se trataría de una nueva especie no clasificada hasta ahora en el país, por eso es necesario ampliar el muestreo y continuar con los análisis genéticos para confirmar si los ejemplares corresponden a una especie distinta.
“Conocer la diversidad genética ayuda a que los sistemas de producción sean más eficientes, pero lo más importante es acompañar a la comunidad e incluir a las personas en procesos de conservación de la especie y en el desarrollo de las comunidades”, señala el docente Martínez.
Además, hallaron que no solo existe migración lateral —de una laguna a otra—, sino también migración longitudinal, que ocurre a lo largo del cauce, lo que indica que las poblaciones de pirarucú se desplazan activamente entre distintos tramos del río, manteniendo el flujo genético y la conectividad ecológica.
De corredor de conflicto a corredor de ciencia
La cuenca del río Putumayo, utilizada históricamente como corredor estratégico del conflicto armado por las FARC-EP y otros grupos alzados en armas para el control territorial y el abastecimiento logístico (víveres, combustible, armamento), fue testigo del desplazamiento y la fragmentación de las comunidades que habitaban sus orillas.
Hoy esos mismos territorios se transforman gracias a los avances en las investigaciones sobre el pirarucú, que desde 2020 han permitido formular un proyecto de paz que combina ciencia, comunidad y resiliencia.
Allí, los integrantes del proyecto les implantaron chips a 4 ejemplares reproductores de pirarucú, que esperan alcancen su madurez para el desove —liberación de óvulos y esperma—, proceso del cual se pueden obtener 3.500 crías en promedio por ciclo reproductivo.
Los cuidadores mantienen las condiciones del agua entre 28 y 30 °C para garantizar el bienestar de los peces, reducir su mortalidad (los choques térmicos son su principal amenaza) y avanzar en la reproducción controlada, convirtiendo al pirarucú en una alternativa real de alimento y sustento económico, al tiempo que contribuyen a la conservación de la especie y de los ríos en la cuenca.
“Para nosotros es una satisfacción y un orgullo trabajar en la reproducción y el cuidado de especies nativas que hoy se están acabando. El pirarucú es muy especial porque nos permite conservarlo en los afluentes de los ríos, pero también tener acceso a su consumo y cultivo, cuidando el agua y la vida en este territorio”, señala Rafael Santofimio, reincorporado y líder de Coomucom.
El pirarucú no solo representa una apuesta ambiental, sino que además abre una ventana económica para las comunidades. Al respecto, el Ministerio de Agricultura y Desarrollo Rural lo ha catalogado como la segunda especie con mayor potencial de exportación en Colombia, pues un alevino, un pez joven, de 20cm tiene un costo promedio de $50.000.
Así, esta especie se convierte en una alternativa integral que asegura el alimento de las familias, genera ingresos sostenibles y fortalece la organización comunitaria, mientras se promueve la conservación de un pez emblemático. Ahora, el gran reto es completar su ciclo reproductivo en cautiverio, luego de identificar el sexo de cada ejemplar mediante pruebas de biología molecular, por medio del ADN extraído a los animales.
“En la acuicultura es fundamental caracterizar los sitios donde se está reproduciendo el pez en cautiverio para completar el ciclo reproductivo y así avanzar hacia una cría controlada que alivie la presión sobre las poblaciones silvestres”, señala el biólogo Arteaga.
“Este trabajo no es solo con el pez sino también con el río, porque el Putumayo es la vía y la vida de las comunidades que lo habitan: es sustento de alimento, ruta de transporte, espacio cultural y eje de memoria. Por eso conservar al pirarucú también significa proteger la salud de este sistema fluvial que sostiene a pueblos enteros”, concluyen los investigadores.