El tejido del tsombiash: memoria viva del pueblo kamëntšá

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ElEspectador – Crónica sobre los esfuerzos del Instituto Caro y Cuervo por el rescate de lenguas indígenas que están en peligro de desaparición en Colombia.

En su labor como documentadora del idioma kamëntšá, en el marco del Programa de documentación de lenguas del Instituto Caro y Cuervo, María Antonia Narváez Agreda ha visitado distintos lugares del Valle de Sibundoy (Tabanok), en el Putumayo, para aprender más sobre la relación de su propia lengua con el tejido de una prenda que ha estado vinculada a la vida de los kamëntšá desde antes de su nacimiento. (Crónica sobre la lengua murui).

El tsombiash o cinturón de lana, utilizado por las mujeres para protegerse el vientre en su vida diaria, durante el embarazo y para fajar a los recién nacidos, guarda la historia de este pueblo por medio de las figuras tejidas que reciben el nombre de labores, símbolos romboidales a través de los cuales pueden leerse aspectos de la cotidianidad y la cosmovisión del pueblo, como señala la documentadora.

Ejemplos de tejidos basados en la sabiduría ancestral y elaborados por mujeres indígenas de la cultura indígena kamentsá.
Ejemplos de tejidos basados en la sabiduría ancestral y elaborados por mujeres indígenas de la cultura indígena kamentsá. Foto: Cortesía de Cortesía de María Antonia Narváez Agreda

En su labor como documentadora del idioma kamëntšá, en el marco del Programa de documentación de lenguas del Instituto Caro y Cuervo, María Antonia Narváez Agreda ha visitado distintos lugares del Valle de Sibundoy (Tabanok), en el Putumayo, para aprender más sobre la relación de su propia lengua con el tejido de una prenda que ha estado vinculada a la vida de los kamëntšá desde antes de su nacimiento. (Crónica sobre la lengua murui).


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El tsombiash o cinturón de lana, utilizado por las mujeres para protegerse el vientre en su vida diaria, durante el embarazo y para fajar a los recién nacidos, guarda la historia de este pueblo por medio de las figuras tejidas que reciben el nombre de labores, símbolos romboidales a través de los cuales pueden leerse aspectos de la cotidianidad y la cosmovisión del pueblo, como señala la documentadora

Para ahondar en el proceso de elaboración de esta prenda y documentar la relación de las mujeres con el arte del tejido, el equipo de documentadores kamëntšá, liderado por María Antonia, ha viajado a distintas veredas del municipio de Sibundoy para conversar con mujeres que mantienen vivo el idioma a través de esta práctica. Una de ellas fue batá (tía)Luz María Victoria Chicunque, quien contó cómo aprendió a tejer siendo una niña y los significados de las distintas labores, muchas de las cuales representan creencias del territorio, así como deidades naturales entre las que están el sol (shinÿ), la luna (juashcón), las estrellas (shinÿinÿantem) y seres icónicos de las festividades tradicionales, como el Zaragüay (Sarauay), un personaje que simboliza la pervivencia de la comunidad kamëntšá, sus saberes, la resistencia y la reivindicación frente a la colonización. Las labores también representan elementos de la vida diaria como el canasto (sbarëk), utilizado para recolectar semillas, alimentos y frutos de la chagra (jajañ), o la lombriz (lombreska), que protege y ayuda a aflojar la tierra.

Antiguamente, las madres enseñaban a urdir al lado de la tulpa (shinyak), un espacio sagrado para el encuentro familiar junto a un fogón de piedras donde enterraban palos para entrelazar los hilos. Ese fue el caso de Luz María Victoria: “Mi mamá me enseñó así, al lado de la tulpa. Solía decir que el fuego lo ilumina a uno para tejer bien los pensamientos y mirar bien las labores. Con esa iluminación, uno empieza a hacer más cosas, como si se inspirara”.

Sin embargo, en la actualidad son pocas las tejedoras que siguen usando la técnica tradicional junto al fuego. En su lugar, los tejidos se realizan en la guanga, un telar grande que sostiene el urdido y permite tejer ruanas, fajas y bolsos. No obstante, María Antonia afirma que los procesos de documentación “promueven las memorias colectivas que se han ido debilitando por los cambios sociales y culturales del territorio”.


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La documentadora también asegura que su labor le ha permitido tener un mayor acercamiento a las mujeres de su comunidad y reconocer la importancia del tejido para la conservación de la lengua: “Ellas me han invitado a tejer colectivamente, y recalcan siempre que aprender a tejer requiere paciencia. Para tejer un tsombiash no basta con unas horas. Pueden ser días o semanas. Primero hay que tejer sin labor y luego se empiezan a hacer los dibujos. Mientras se teje, también se cuentan historias: el cómo, el porqué y el para qué de lo que se está tejiendo. Y ese conocimiento es profundo, simbólico y muy hermoso”.

Margarita Chindoy Chindoy, Luis Felipe Dejoy Narváez y María Antonia Narváez Agreda.
Margarita Chindoy Chindoy, Luis Felipe Dejoy Narváez y María Antonia Narváez Agreda. Foto: Cortesía de María Antonia Narváez Agreda

Al igual que Luz María Victoria, que empezó a tejer siendo niña, batá Marianita Chindoy Chindoy se acercó a esta actividad desde joven gracias a su madre, de quien aprendió distintas historias que hoy plasma en sus tejidos, como la historia del arcoíris, un relato sobre dos hermanas que, cada vez que sus padres salían a la chagra a cultivar, se quedaban solas en su casa. Antes de cada salida, los adultos les aconsejaban a las hijas que mantuvieran las puertas cerradas y no dejaran entrar a nadie desconocido. Sin embargo, un día, mientras sus padres estaban lejos, un joven muy atractivo se acercó con la intención de entrar a la casa. Las muchachas miraron por las rendijas y la mayor, sorprendida por su belleza, quiso abrir la puerta. La hermana menor le insistió que no lo hiciera, pero la primera no le hizo caso y dejó pasar al visitante. Apenas entró, la mayor lo atendió con esmero, le ofreció chicha, mote y comida. Sin embargo, la hermana menor se dio cuenta de que, mientras el joven simulaba comer, los alimentos caían al suelo. No estaba masticando ni tragando, porque no era una persona. Alarmada, salió corriendo a buscar a sus padres y, cuando ellos supieron lo que había pasado, corrieron de regreso, pero ya era tarde. El visitante, que era un espíritu, se había llevado a la muchacha mayor y a lo lejos alcanzaron a verlos. Cuando caía la tarde, en el cielo aparecieron dos arcoíris: el más grande era el joven; el más pequeño, la muchacha raptada. Esta historia, que hace parte de la tradición oral de los kamëntšá, pervive gracias al tsombiash y al trabajo de documentación de María Antonia.

Conocer las experiencias de otras mujeres también ha evidenciado un cambio de perspectiva sobre el oficio del tejido, que en el pasado no era tan valorado por asociarse a la pereza y al ocio. En la vereda de Tamabioy, batá María Clementina Agreda de Aguillón contó que, para sus padres, lo realmente importante era trabajar la tierra, sembrar alimentos y cuidar el jajañ, por lo que aprendió a tejer de manera empírica y autodidacta. Hoy, su labor como tejedora le ha permitido obtener un sustento económico y compartir sus experiencias con las nuevas generaciones. Ese es también el caso de batá Natividad Chindoy Chindoy, en la vereda Llano Grande, quien combina la enseñanza del tejido con su trabajo con la primera infancia, resaltando la importancia del uso de esta prenda desde el vientre materno y fortaleciendo la identidad a través de BENACH, una galería de arte y café liderada por su hija, que ofrece una muestra permanente de arte y distintos emprendimientos locales. Por su parte, batá Yolanda Chindoy Mutumbajoy, otra de las mujeres que ha participado en estos procesos de salvaguarda, ha vinculado sus conocimientos sobre el tejido con su papel de partera, difundiendo la importancia del tsombiash y el cuidado del vientre. Asimismo, batá Martha Laura Jamioy, desde la vereda El Ejido, combina sus experiencias como maestra tejedora con la preservación de esta práctica, clave en la pervivencia de la lengua kamëntšá.

A través de estas visitas, María Antonia reconoce que el tejido ha sido solo un pretexto para motivar la curiosidad por conocer el territorio y adentrarse en un conocimiento que se mantiene vivo en la memoria y experiencias de las tejedoras, que hoy están siendo registradas audiovisualmente: “Para ellas es muy significativo este trabajo, porque no es común que un joven indígena visite a los mayores para conocer estos saberes o recopilar historias que, incluso dentro de la misma familia, a veces no se escuchan. Siento que este trabajo ha logrado visibilizar saberes que no han sido escuchados y que ahora, a través de estas recopilaciones, se están transmitiendo a otros espacios y también dentro de la comunidad misma”, concluye.

* Periodista del departamento de Comunicación del Instituto Caro y Cuervo.


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