
- Desde Mocoa hasta las veredas del Caribe colombiano, la historia de Irley Chamorro es la de una mujer que aprendió, a pulso con la vida, el valor de la fortaleza y la perseverancia.
- Profesional de la Agencia de Desarrollo Rural y madre de dos hijos, Irley Chamorro ha construido su camino entre decisiones difíciles, silencios profundos y una convicción que la acompaña desde siempre: trabajar por el campo también es una forma de transformar vidas.
Serena, rigurosa y firme. Unos días frente al computador; otros, frente a la población en territorio. Entre informes, reuniones y recorridos por veredas donde el sol cae fuerte sobre la tierra, Irley Chamorro pasa sus días al servicio del campo.
Es profesional de apoyo a la supervisión en la Unidad Técnica Territorial No. 1 de la Agencia de Desarrollo Rural, una instancia que acompaña procesos productivos en los departamentos de Cesar, La Guajira y Magdalena. Desde allí participa en el seguimiento de iniciativas que buscan fortalecer el desarrollo rural y abrir oportunidades para las comunidades campesinas de la región.
Pero el camino que la llevó hasta ese lugar comenzó mucho antes, en Mocoa, Putumayo, donde creció siendo la mayor de cuatro hermanos. Desde niña entendió que sus acciones tenían peso. Su madre solía recordarle que todo lo que hiciera influiría en los más pequeños de la casa, que sería su referente. Aquella idea, repetida en el hogar, fue moldeando su carácter.
Su infancia transcurrió entre la vida familiar, los juegos con primos y vecinos del barrio, y los paseos por la zona rural que tanto disfrutaba. A veces acompañaba a su padre a pescar; otras simplemente observaba el paisaje del campo que con el tiempo terminaría siendo parte de su vocación.
El ejemplo de otra mujer
La historia de Irley también se explica en la historia de otra mujer: su madre. En una época en la que para muchas mujeres el destino parecía limitarse al hogar y a unos pocos años de escuela, ella decidió no renunciar a aprender. “Mi madre, a pesar de haber asumido desde muy joven la responsabilidad que conlleva un hogar, el cuidado de los hijos, la crianza, el trabajo, siempre buscó superarse, estudiar. Ella culminó sus estudios de complementaria, porque para la época, comentaba que las mujeres solo podían estudiar hasta cierto grado”, cuenta Irley con la mirada cargada de admiración.
Su madre fue un ejemplo silencioso: les demostró que las mujeres también pueden abrir camino, incluso cuando las circunstancias parecen decir lo contrario. Que la perseverancia también se aprende mirando.
El peso de las decisiones
Cuando terminó el colegio, Irley tuvo que tomar una decisión que implicaba dejar su ciudad. La carrera de administración agropecuaria no se ofrecía en Mocoa, así que viajó a Popayán para estudiarla. Separarse de su familia y enfrentarse a lo desconocido generaba temores, pero también despertaba una motivación profunda por aprender y abrirse camino.
Más adelante vendrían momentos complejos. Buscar oportunidades laborales implicó ausentarse del hogar y dejar a sus hijos pequeños al cuidado de otras personas. “Fue una etapa dura, sí, pensé en renunciar para dedicarme al cuidado del hogar”, asevera. Sin embargo, el apoyo de su familia y el deseo de contribuir a la formación de sus hijos le dieron la fuerza para continuar. Con el tiempo entendió que las decisiones difíciles también son parte del crecimiento.
Irley rebusca entre sus recuerdos y calla. Hay capítulos de la vida que prefiere guardar en silencio. Ha enfrentado situaciones que habrían hecho desistir a muchos. Las cuenta en confianza, deja ver su fuerza interna y respira. Tiene claro que el pasado no define el futuro. Como mujer fuerte y serena, prefiere mirar hacia adelante y concentrar su energía en lo que hoy considera verdaderamente importante: su familia, su trabajo y el servicio a las comunidades rurales.
Quizá por eso resume su historia en un principio sencillo: el que persevera alcanza.
Al servicio del campo colombiano
Con los años confirmó que la decisión de dedicarse al desarrollo agropecuario marcaría su destino. Desde la Agencia de Desarrollo Rural ha tenido la oportunidad de interactuar con comunidades del Caribe colombiano, conocer la diversidad cultural de sus territorios y acompañar procesos productivos que buscan abrir nuevas oportunidades para la vida rural.
Cuando mira su vida hacia atrás, reconoce dos grandes motivos de orgullo: el primero, sus hijos, Andrés y Sofía, a quienes describe como “valientes y resilientes”. Al preguntarle por el otro, sonríe y contesta sin pensar: “Haber elegido el desarrollo agropecuario y rural como medio de vida, en donde crecí como persona, en donde he laborado con la esperanza de contribuir en la construcción de un mejor mañana para las comunidades rurales”.
Y así transcurren sus días.
A veces frente a una pantalla revisando informes y proyectos. Otras veces bajo el sol de una vereda, escuchando a productores, caminando entre cultivos o conversando con comunidades que creen en la transformación del campo.
Serena, rigurosa y firme. Unos días frente al computador; otros, frente a la población en territorio. Entre papeles, caminos de tierra y voces campesinas, Irley Chamorro continúa haciendo lo que eligió hace años: trabajar, con convicción y paciencia, por el desarrollo rural de Colombia.
Por Daniela Cardenas, Comunicadora Social
Oficina de Comunicaciones UTT1