
Por: *Alexander Africano
Hay imágenes que estremecen. No por lo que muestran únicamente, sino por lo que revelan de nosotros mismos.
El video que circula en redes sociales sobre la brutal agresión a dos habitantes de calle en la madrugada del 20 de febrero, en plena zona comercial de Mocoa, no es solo una evidencia de violencia. 𝗘𝘀 𝗲𝗹 𝗲𝘀𝗽𝗲𝗷𝗼 𝗱𝗲 𝘂𝗻𝗮 𝘀𝗼𝗰𝗶𝗲𝗱𝗮𝗱 𝗰𝗮𝗻𝘀𝗮𝗱𝗮, 𝗳𝗿𝗮𝗰𝘁𝘂𝗿𝗮𝗱𝗮 𝘆 𝗽𝗲𝗹𝗶𝗴𝗿𝗼𝘀𝗮𝗺𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗰𝗲𝗿𝗰𝗮 𝗱𝗲 𝗰𝗿𝘂𝘇𝗮𝗿 𝘂𝗻𝗮 𝗹𝗶́𝗻𝗲𝗮 𝘀𝗶𝗻 𝗿𝗲𝘁𝗼𝗿𝗻𝗼.
Resulta profundamente paradójico y preocupante que este episodio se haya presentado apenas un día después de un desalojo de esta población y de las declaraciones públicas del secretario de gobierno, 𝐌𝐢𝐬𝐬𝐞𝐧 𝐎𝐫𝐝𝐨́𝐧̃𝐞𝐳, quien invitó a la comunidad a 𝗻𝗼 𝗱𝗮𝗿 𝗰𝗼𝗺𝗶𝗱𝗮, 𝗿𝗼𝗽𝗮 𝗻𝗶 𝗰𝗮𝗿𝘁𝗼𝗻𝗲𝘀 𝗮 𝗹𝗼𝘀 𝗵𝗮𝗯𝗶𝘁𝗮𝗻𝘁𝗲𝘀 𝗱𝗲 𝗰𝗮𝗹𝗹𝗲, 𝗮𝗿𝗴𝘂𝗺𝗲𝗻𝘁𝗮𝗻𝗱𝗼 𝗾𝘂𝗲 𝗻𝗼 𝘀𝗲 𝗱𝗲𝗯𝗶́𝗮 “𝗳𝗼𝗿𝘁𝗮𝗹𝗲𝗰𝗲𝗿 𝘀𝘂 𝘇𝗼𝗻𝗮 𝗱𝗲 𝗰𝗼𝗻𝗳𝗼𝗿𝘁”.
Más allá de la intención que pudo tener el funcionario, las palabras en escenarios de poder no son neutras. Tienen peso político. Tienen impacto social. Construyen narrativas. Y en sociedades tensas, las narrativas pueden convertirse en detonantes.
𝐋𝐨 𝐪𝐮𝐞 𝐩𝐚𝐬𝐨́ 𝐞𝐧 𝐥𝐚 𝐦𝐞𝐝𝐢𝐚 𝐧𝐨𝐜𝐡𝐞 𝐝𝐞𝐥 𝐯𝐢𝐞𝐫𝐧𝐞𝐬
En las imágenes se observa a un grupo de al menos doce 𝗲𝗻𝗰𝗮𝗽𝘂𝗰𝗵𝗮𝗱𝗼𝘀 𝗺𝗼𝘃𝗶𝗹𝗶𝘇𝗮́𝗻𝗱𝗼𝘀𝗲 𝗲𝗻 𝗺𝗼𝘁𝗼𝗰𝗶𝗰𝗹𝗲𝘁𝗮𝘀, 𝗿𝗲𝗰𝗼𝗿𝗿𝗶𝗲𝗻𝗱𝗼 𝗹𝗮 𝗰𝗶𝘂𝗱𝗮𝗱 𝗰𝗼𝗺𝗼 𝘀𝗶 𝗲𝗷𝗲𝗰𝘂𝘁𝗮𝗿𝗮𝗻 𝘂𝗻𝗮 𝗰𝗮𝗰𝗲𝗿𝗶́𝗮. 𝗡𝗼 𝗯𝘂𝘀𝗰𝗮𝗯𝗮𝗻 𝗱𝗶𝗮́𝗹𝗼𝗴𝗼. No buscaban ayuda institucional. 𝗕𝘂𝘀𝗰𝗮𝗯𝗮𝗻 𝗴𝗼𝗹𝗽𝗲𝗮𝗿, 𝘀𝗼𝗺𝗲𝘁𝗲𝗿, 𝗵𝘂𝗺𝗶𝗹𝗹𝗮𝗿. En uno de los momentos más perturbadores, 𝗶𝗻𝘁𝗲𝗻𝘁𝗮𝗻 𝗽𝗿𝗲𝗻𝗱𝗲𝗿 𝗳𝘂𝗲𝗴𝗼 𝗮 𝘂𝗻 𝗵𝗮𝗯𝗶𝘁𝗮𝗻𝘁𝗲 𝗱𝗲 𝗰𝗮𝗹𝗹𝗲. 𝗜𝗻𝘁𝗲𝗻𝘁𝗮𝗻 𝗾𝘂𝗲𝗺𝗮𝗿𝗹𝗼. Ese acto, por sí solo, constituye una violación flagrante de los derechos humanos y una señal inequívoca de degradación social.
Esa brutalidad sin sentido es, también, la muestra más cruda del cansancio colectivo. 𝗠𝗼𝗰𝗼𝗮, 𝗺𝗶 𝗰𝗶𝘂𝗱𝗮𝗱, 𝘀𝗲 𝘀𝗶𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗮𝘁𝗿𝗮𝗽𝗮𝗱𝗮 𝗲𝗻𝘁𝗿𝗲 𝗹𝗮 𝗳𝗮𝘁𝗶𝗴𝗮 𝗱𝗲 𝘀𝘂𝘀 𝗰𝗼𝗺𝗲𝗿𝗰𝗶𝗮𝗻𝘁𝗲𝘀, 𝗹𝗮𝘀 𝗳𝗮𝗺𝗶𝗹𝗶𝗮𝘀 𝗲𝘅𝗵𝗮𝘂𝘀𝘁𝗮𝘀 𝘆 𝘂𝗻𝗮 𝗰𝗶𝘂𝗱𝗮𝗱𝗮𝗻𝗶́𝗮 𝗾𝘂𝗲 𝗽𝗲𝗿𝗰𝗶𝗯𝗲 𝗾𝘂𝗲 𝗲𝗹 𝗽𝗿𝗼𝗯𝗹𝗲𝗺𝗮 𝗰𝗿𝗲𝗰𝗲 𝘀𝗶𝗻 𝗰𝗼𝗻𝘁𝗿𝗼𝗹. Cada día llegan más habitantes de calle, provenientes de distintos rincones del país. La presión social aumenta. La incomodidad crece. 𝗟𝗮 𝘀𝗲𝗻𝘀𝗮𝗰𝗶𝗼́𝗻 𝗱𝗲 𝗮𝗯𝗮𝗻𝗱𝗼𝗻𝗼 𝗶𝗻𝘀𝘁𝗶𝘁𝘂𝗰𝗶𝗼𝗻𝗮𝗹 𝘀𝗲 𝗽𝗿𝗼𝗳𝘂𝗻𝗱𝗶𝘇𝗮.
𝐏𝐞𝐫𝐨 𝐞𝐥 𝐜𝐚𝐧𝐬𝐚𝐧𝐜𝐢𝐨 𝐧𝐨 𝐩𝐮𝐞𝐝𝐞 𝐜𝐨𝐧𝐯𝐞𝐫𝐭𝐢𝐫𝐬𝐞 𝐞𝐧 𝐥𝐢𝐜𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚 𝐩𝐚𝐫𝐚 𝐥𝐚 𝐛𝐚𝐫𝐛𝐚𝐫𝐢𝐞
No podemos formalizar la violencia contra los habitantes de calle. No podemos aceptar que 𝗷𝗼́𝘃𝗲𝗻𝗲𝘀, 𝗼𝗿𝗴𝗮𝗻𝗶𝘇𝗮𝗱𝗼𝘀 𝗲𝗻 𝗴𝗿𝘂𝗽𝗼𝘀 𝗻𝗼𝗰𝘁𝘂𝗿𝗻𝗼𝘀, 𝗮𝘀𝘂𝗺𝗮𝗻 𝗳𝘂𝗻𝗰𝗶𝗼𝗻𝗲𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝗹𝗲 𝗰𝗼𝗿𝗿𝗲𝘀𝗽𝗼𝗻𝗱𝗲𝗻 𝗲𝘅𝗰𝗹𝘂𝘀𝗶𝘃𝗮𝗺𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗮𝗹 𝗘𝘀𝘁𝗮𝗱𝗼. Lo que se vio en ese video no es justicia. Es un abismo.
𝐄𝐥 𝐬𝐢𝐥𝐞𝐧𝐜𝐢𝐨 𝐝𝐞𝐥 𝐚𝐥𝐜𝐚𝐥𝐝𝐞 𝐫𝐞𝐬𝐮𝐥𝐭𝐚 𝐞𝐧𝐬𝐨𝐫𝐝𝐞𝐜𝐞𝐝𝐨𝐫
No basta con administrar la cotidianidad cuando la ciudad enfrenta una crisis social visible. 𝗘𝗹 𝗹𝗶𝗱𝗲𝗿𝗮𝘇𝗴𝗼 𝘀𝗲 𝗺𝗶𝗱𝗲 𝗽𝗿𝗲𝗰𝗶𝘀𝗮𝗺𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗲𝗻 𝗲𝘀𝘁𝗼𝘀 𝗺𝗼𝗺𝗲𝗻𝘁𝗼𝘀. 𝗟𝗮 𝗮𝘂𝘀𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮 𝗱𝗲 𝘂𝗻𝗮 𝗽𝗼𝘀𝘁𝘂𝗿𝗮 𝗰𝗹𝗮𝗿𝗮, 𝗱𝗲 𝘂𝗻𝗮 𝗰𝗼𝗻𝗱𝗲𝗻𝗮 𝗰𝗼𝗻𝘁𝘂𝗻𝗱𝗲𝗻𝘁𝗲 𝘆, 𝘀𝗼𝗯𝗿𝗲 𝘁𝗼𝗱𝗼, 𝗱𝗲 𝘀𝗼𝗹𝘂𝗰𝗶𝗼𝗻𝗲𝘀 𝗰𝗼𝗻𝗰𝗿𝗲𝘁𝗮𝘀, deja un vacío que termina siendo ocupado por el miedo, la rabia y la acción ilegal de ciudadanos que creen, equivocadamente, que están resolviendo el problema.
La autoridad no puede ser un espectador pasivo mientras se configura una forma primitiva de “limpieza social”.
Porque esto no es un hecho aislado. 𝗬𝗮 𝗲𝗹 𝗮𝗻̃𝗼 𝗮𝗻𝘁𝗲𝗿𝗶𝗼𝗿 𝘀𝗲 𝗵𝗮𝗯𝗶́𝗮 𝗽𝗿𝗲𝘀𝗲𝗻𝘁𝗮𝗱𝗼 𝘂𝗻 𝗮𝘁𝗮𝗾𝘂𝗲 𝘀𝗶𝗺𝗶𝗹𝗮𝗿 𝗰𝗼𝗻𝘁𝗿𝗮 𝗵𝗮𝗯𝗶𝘁𝗮𝗻𝘁𝗲𝘀 𝗱𝗲 𝗰𝗮𝗹𝗹𝗲, 𝘁𝗮𝗺𝗯𝗶𝗲́𝗻 𝗽𝗲𝗿𝗽𝗲𝘁𝗿𝗮𝗱𝗼 𝗽𝗼𝗿 𝗲𝗻𝗰𝗮𝗽𝘂𝗰𝗵𝗮𝗱𝗼𝘀, causando graves lesiones. Cuando estos episodios se repiten, dejan de ser anomalías y comienzan a convertirse en síntomas de un deterioro más profundo: la pérdida de confianza en la capacidad del Estado para ordenar, proteger y conducir.
Y es aquí donde emerge una verdad incómoda: el problema de los habitantes de calle no se resuelve con indiferencia, ni con discursos que estigmatizan, ni con violencia clandestina. Se resuelve con política pública seria, con intervención integral, con presencia institucional real.
𝐒𝐞 𝐫𝐞𝐪𝐮𝐢𝐞𝐫𝐞 𝐥𝐢𝐝𝐞𝐫𝐚𝐳𝐠𝐨‧ 𝐒𝐞 𝐫𝐞𝐪𝐮𝐢𝐞𝐫𝐞 𝐝𝐞𝐜𝐢𝐬𝐢𝐨́𝐧‧ 𝐒𝐞 𝐫𝐞𝐪𝐮𝐢𝐞𝐫𝐞 𝐡𝐮𝐦𝐚𝐧𝐢𝐝𝐚𝐝
Alcalde, su responsabilidad es enorme. 𝐍𝐨 𝐩𝐮𝐞𝐝𝐞 𝐠𝐮𝐚𝐫𝐝𝐚𝐫 𝐬𝐢𝐥𝐞𝐧𝐜𝐢𝐨. La ciudad necesita una hoja de ruta clara: programas de atención integral, articulación con el gobierno nacional, intervención psicosocial, control institucional efectivo y, sobre todo, un mensaje inequívoco de que en Mocoa la vida humana es inviolable. Porque cuando una sociedad empieza a justificar la violencia contra los más vulnerables, no está resolviendo un problema. Está incubando uno mucho más grande.
𝗠𝗼𝗰𝗼𝗮 𝗻𝗼 𝗽𝘂𝗲𝗱𝗲 𝗰𝗼𝗻𝘃𝗲𝗿𝘁𝗶𝗿𝘀𝗲 𝗲𝗻 𝘂𝗻𝗮 𝗰𝗶𝘂𝗱𝗮𝗱 𝗱𝗼𝗻𝗱𝗲 𝗲𝗹 𝗺𝗶𝗲𝗱𝗼 𝗴𝗼𝗯𝗶𝗲𝗿𝗻𝗲 𝘆 𝗹𝗮 𝘃𝗶𝗼𝗹𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮 𝘀𝗲 𝗻𝗼𝗿𝗺𝗮𝗹𝗶𝗰𝗲. 𝗘𝘀𝘁𝗲 𝗲𝘀 𝗲𝗹 𝗺𝗼𝗺𝗲𝗻𝘁𝗼 𝗱𝗲 𝗿𝗼𝗺𝗽𝗲𝗿 𝗲𝗹 𝘀𝗶𝗹𝗲𝗻𝗰𝗶𝗼. 𝗗𝗲 𝘀𝗲𝗻𝘁𝗮𝗿𝗻𝗼𝘀 𝗰𝗼𝗺𝗼 𝗰𝗼𝗺𝘂𝗻𝗶𝗱𝗮𝗱. De construir soluciones desde la empatía, desde la responsabilidad y desde la dignidad. Antes de que la próxima imagen sea aún más irreparable. 𝐏𝐨𝐫𝐪𝐮𝐞 𝐮𝐧𝐚 𝐜𝐢𝐮𝐝𝐚𝐝 𝐪𝐮𝐞 𝐩𝐢𝐞𝐫𝐝𝐞 𝐬𝐮 𝐡𝐮𝐦𝐚𝐧𝐢𝐝𝐚𝐝, 𝐥𝐨 𝐩𝐢𝐞𝐫𝐝𝐞 𝐭𝐨𝐝𝐨.
*Consejero de Paz Departamental Putumayo – Defensor de DDHH