Manuel: Guardián de los saberes del monte que sana

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Fuente : UMA Kiwe Madre Tierra

Manuel Antonio Mueces es conocido por sanar con las plantas. Nació en Córdoba, Nariño, y a sus siete años llegó a la finca El Porvenir, a orillas del río Pepino en Mocoa, Putumayo. Allí, junto a su tía abuela aprendió que las hierbas podían curar. Su nombre era Esmailina Pinto Revelo y fue la primera en mostrarle los secretos de la medicina natural.

Siendo niño, Esmailina le pidió buscar unas flores rojas de un árbol. Con ellas preparó una infusión que dio a sus primas que estaban enfermas. “Ese arbolito se llama palo cruz”, le explicó, “sirve para cuando las mujeres menstruamos y nos duele el vientre”. Ese momento despertó en Manuel una inquietud que lo acompañaría toda la vida.

Manuel Mueces en el herbario del Jardín Botánico de Plantas Medicinales del Centro Experimental Amazónico con plantas de Iresine herbstii usada para la fiebre. Foto: Paola Jinneth Silva
Manuel Mueces en el herbario del Jardín Botánico de Plantas Medicinales del Centro Experimental Amazónico con plantas de Iresine herbstii usada para la fiebre. Foto: Paola Jinneth Silva

Más tarde, sin comprender del todo la violencia del conflicto armado, vio a hombres enfermos siendo atendidos con hierbas majadas sobre sus heridas, y cómo se hacían baños de plantas como mataratón y nacedero para aliviar la fiebre y el sarampión. “Yo quería aprender, pero mi abuelo me regañaba para protegerme”, recuerda. Años después, ese aprendizaje resultó vital: durante su servicio militar curó fiebres, hemorragias y hasta mordeduras de serpiente con plantas, guiado por lo que había observado de niño y de su intuición. 

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Su camino se amplió al conocer a Nancy, mujer indígena Kamëntsá, quien trascendió, pero con quien formó una familia de tres hijos. Su suegro, el Taita Mauricio, le abrió la puerta a un universo más amplio de saberes ancestrales del Putumayo que complementó con sus raíces indígenas Pasto. 

Flor de muerto, planta exótica, común en América pero integrada en el uso de sabedores para armonizar las personas cuando tienen mal aire como le llaman al frío o susto de un espíritu. Foto: Paola Jinneth Silva
Flor de muerto, planta exótica, común en América pero integrada en el uso de sabedores para armonizar las personas cuando tienen mal aire como le llaman al frío o susto de un espíritu. Foto: Paola Jinneth Silva
Hoja de la enredadera de Zaragoza usada para picaduras de insectos, serpientes y alacranes. Foto: Paola Jinneth Silva
Hoja de la enredadera de Zaragoza usada para picaduras de insectos, serpientes y alacranes. Foto: Paola Jinneth Silva
Plántulas de coquindo, semilla apetecida para la creación de perfumes. Foto: Paola Jinneth Silva
Plántulas de coquindo, semilla apetecida para la creación de perfumes. Foto: Paola Jinneth Silva

Con los años, la tierra de su infancia volvió a llamarlo. Manuel regresó a El Porvenir, la finca donde creció, hoy transformada en el Centro Experimental Amazónico (CEA), un bosque de 132 hectáreas, que resguarda El Jardín Botánico de Plantas Medicinales del Centro Experimental Amazónico. 

En este jardín, Manuel cuida un semillero con cerca de cien especies, las más utilizadas en la vida cotidiana. Junto a las del bosque, conforman un total de 725 especies. “Es una colección viva vinculada a Corpoamazonía. Mi trabajo es propagar, conservar y compartir este conocimiento, no solo a través de las plántulas, sino también mediante talleres y visitas a las comunidades”, dice. 525 están registradas en la Red Nacional de Jardines Botánicos.

Manuel Mueces con una plántula de Amarilis o cebolleta que es usada para purgas.  Foto: Paola Jinneth Silva.
Manuel Mueces con una plántula de Amarilis o cebolleta que es usada para purgas.  Foto: Paola Jinneth Silva.
Semillero de esquejes del bejuco sagrado de Yagé. Foto: Paola Jinneth Silva
Semillero de esquejes del bejuco sagrado de Yagé. Foto: Paola Jinneth Silva

Manuel explica cómo se comunica con las plantas a través de su saber como yerbatero: “ellas hablan a través del paciente y antes de recolectarlas les digo -con respeto- que con ellas voy a curar una persona y ellas me escuchan y yo siento el tratamiento que le hice a la persona con esa planta que recogí”, afirma.

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Pero el extracto de las plantas no es lo único que puede curar. Manuel también usa la voz del bosque. Ellas dan los sonidos, la música para armonizar a través de las semillas y plantas como la waira. “Nosotros utilizamos todo: las raíces, las cortezas, las hojas, el tronco, las semillas, con el debido respeto”. 

“Para mí las plantas son todo. Todos los días siembro, todos los días consumo plantas, todos los días hablo con las plantas. O sea, si algún día dejo de existir, ojalá me pongan algunas plantas que me cuiden, porque las plantas son mis protectoras”.

Contra la minería y el olvido

“La gente no sabe que está rodeada de monte que le puede salvar la vida”. reflexiona Manuel Mueces en el bosque del Centro Experimental Amazónico. Foto: Paola Jinneth Silva
“La gente no sabe que está rodeada de monte que le puede salvar la vida”. reflexiona Manuel Mueces en el bosque del Centro Experimental Amazónico. Foto: Paola Jinneth Silva

A Manuel le preocupa que las personas tengan las plantas frente a sus ojos y no sepan para qué sirven. Entonces las cortan, las fumigan o las arrancan.  “Aquí en Putumayo, por la deforestación, las fumigaciones o herbicidas, muchas fincas han perdido plantas medicinales y volvieron a ponerles fé cuando estuvo el Covid (COVID-19)”. Manuel sueña con algún día tener un equipo humano que lo acompañe a hacer recorridos y reconocer plantas en las montañas.

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Siente que, aunque están rodeados de plantas que muchos ya no miran, el discurso económico está seduciendo a la gente con otros fines. “Ellos, las empresas mineras, están llamando a la comunidad a trabajar y les pagan bien, pero así van olvidando el territorio donde nacieron, donde convivieron con sus padres y abuelos. Se están olvidando de su esencia, porque psicológicamente el nuevo trabajo los lleva a eso. Yo lo llamo un desplazamiento de conocimientos, de aquellos saberes que teníamos en nuestro territorio”, explica Manuel. No se trata solo de perder las plantas, sino también el pensamiento, el saber y la relación profunda que la comunidad mantenía con ellas.

Con preocupación, Manuel advierte cómo muchas plantas están en riesgo de extinguirse: “la quina ya no se consigue acá. Y el canelo de los andaquíes, endémico de la Amazonía, está en riesgo de desaparecer”.

Tras más de 45 años de aprendizaje, Manuel sueña con dejar un legado. A través de su marca “Sana que Sana”, elabora ungüentos, repelentes y tónicos, y quiere crear un centro de medicina natural donde el saber ancestral dialogue con la ciencia.

También planea publicar los testimonios de quienes se han curado con sus remedios. “Mi meta es que este conocimiento quede escrito y accesible para las futuras generaciones”, dice.

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Manuel desde su jardín, Jorge desde su herbario Y Soraida desde la cocina coinciden en una verdad simple y profunda: las plantas son la vida. En una región donde el bosque es la mayor universidad, invertir, reconocer y honrar a quienes sostienen este conocimiento con las plantas es urgente. Porque lo que no se conoce, no se defiende, y lo que no se defiende, se pierde.

Conoce la serie El Ruido de las Plantas aquí: https://www.umakiwemadretierra.com/ruidodelasplantas


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