Salsa al parque : memoria sonora y construcción cultural en el Carnaval Folclórico Mestizo de Mocoa

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Por Aldo Manco

En Mocoa, la memoria no solo se escribe: también se baila, se escucha y se hereda. Cada 4 de enero, cuando el cuerpo colectivo de la ciudad se reúne en torno a la tarima de Salsa al Parque, lo que ocurre va mucho más allá de un concierto. Se trata de una experiencia cultural que condensa décadas de migraciones, aprendizajes musicales, sociabilidades urbanas y transformaciones del carnaval. La salsa, lejos de ser un ritmo importado sin raíces, se ha convertido en una de las expresiones más vivas de la identidad festiva mocoana.

La historia de Salsa al Parque no puede entenderse sin recurrir a la historia oral, a las voces que recuerdan cómo la música llegó, se quedó y se transformó. En la charla radial del programa “Charla con el profe Lolo”, emitido por Radio Waira, el diálogo con John Henry Caicedo Ortega, gestor cultural coordinador de salsa al parque y del “Club de Amigos de la salsa” y uno de los principales impulsores del evento, permite reconstruir esa trayectoria desde la experiencia vivida, la anécdota y la memoria compartida.

La presencia de la salsa en Mocoa se remonta a varias décadas atrás, cuando la ciudad —marcada por procesos de colonización interna— comenzó a recibir influencias musicales provenientes de otras regiones del país. Como recuerda John Caicedo, muchas de esas músicas llegaron a través de Cali, ciudad que desde mediados del siglo XX se consolidó como epicentro salsero en Colombia. Los vínculos familiares, los viajes y, sobre todo, la radio, fueron canales fundamentales de circulación cultural.


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Discotecas como “La Red”, en las décadas de 1970 y 1980, desempeñaron un papel clave. Allí sonaba la misma música que se escuchaba en Cali: salsa neoyorquina, puertorriqueña y cubana, reproducida en acetatos de 45 y 33 revoluciones. Para muchos jóvenes mocoanos, ese espacio fue una escuela informal de baile, escucha y socialización. La salsa no solo se bailaba: se aprendía, se comentaba y se incorporaba a la vida cotidiana.

Con el cierre de La Red y los cambios en las dinámicas urbanas, surgieron otros espacios como “el Abuelo Pachanguero” y posteriormente “El Antillano”, que aunque incorporaron formatos más “crossover”, mantuvieron viva la presencia del ritmo caribeño. Paralelamente, la radio local fue modificando sus programaciones, privilegiando otros géneros, lo que relegó la salsa a círculos más reducidos pero profundamente comprometidos.

Una parte fundamental de esta historia está ligada a la experiencia migratoria. Muchos jóvenes mocoanos, entre ellos John Caicedo, salieron a estudiar a ciudades como Cali o Bogotá durante los años ochenta. En Cali, la salsa no era solo música: era identidad barrial, lenguaje corporal y forma de estar en el mundo. Ese aprendizaje dejó una huella profunda.

Al regresar a Mocoa, algunos intentaron recrear esos espacios. Así nació, por ejemplo, la taberna “Borinquen”, un lugar dedicado exclusivamente a la salsa, que durante un tiempo reunió a melómanos, bailarines y oyentes atentos. Aunque no fue sostenible económicamente, sí dejó una marca generacional. De esos encuentros surgió un grupo de amigos que, durante varios años, se reunió de manera casi privada a escuchar salsa “que no sonaba en la radio”.


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Las quejas de quienes quedaban por fuera de esas reuniones fueron, paradójicamente, el detonante de una idea mayor: abrir la salsa al espacio público, democratizarla, sacarla de los recintos cerrados y llevarla a la calle. Así, tras varios años de maduración, nació Salsa al Parque, cuya primera edición se realizó el 4 de enero de 2015, integrándose al calendario del Carnaval Folclórico Mestizo de Mocoa.

El 4 de enero había sido históricamente un día en disputa dentro del carnaval. Durante años estuvo marcado por expresiones como “la Familia Castañeda”, personaje colectivo cargado de humor y sátira, impulsado por figuras emblemáticas como Luis Parménides Guerrero Caicedo, el eterno alcalde de fiestas. Sin embargo, con el tiempo, algunas de estas prácticas se debilitaron o desaparecieron.

Lejos de borrar esa memoria, Salsa al Parque la resignificó. Como se señala en la charla radial, el propio sueño de Parménides era transformar ese día en un espacio como “al parque”, abierto, popular y participativo. En ese sentido, la salsa no desplazó al carnaval: lo reconfiguró, dialogó con él y le dio continuidad desde otro lenguaje simbólico.

La salsa, como plantea la reflexión histórica, no es ajena a Mocoa. La ciudad, formada por migraciones del Cauca, Nariño y otras regiones, siempre ha sido un cruce de caminos culturales. En esa mezcla, la música ha funcionado como un puente identitario. La salsa, con su raíz africana, caribeña y urbana, encontró terreno fértil en una ciudad acostumbrada a reinventarse.

Desde una perspectiva cultural, Salsa al Parque es mucho más que un evento musical. Es un espacio de memoria colectiva, donde confluyen distintas generaciones: quienes bailaron en La Red, quienes aprendieron en Borinquen y quienes hoy descubren la salsa frente a una tarima pública. Como bien se señala en la charla, la música no solo se escucha: se “bebe por los oídos”.

Las referencias a canciones como Ana Caona, a artistas como Héctor Lavoe, Celia Cruz, Richie Ray o agrupaciones contemporáneas como Lluvia y sus Soneros, muestran cómo la salsa también transmite mensajes históricos, étnicos y políticos. En ese sentido, la salsa dialoga con la historia indígena, afro y mestiza del Putumayo, aunque muchas veces ese contenido pase desapercibido tras el goce del baile.

Otro rasgo fundamental de Salsa al Parque es su carácter comunitario. El evento se ha sostenido gracias a la articulación entre gestores culturales, instituciones públicas, empresas locales y patrocinadores que, en muchos casos, prefieren permanecer en el anonimato. La Empresa de Energía del Putumayo, la administración municipal, la Corporación del Carnaval y diversos actores privados han permitido que el evento siga siendo gratuito y abierto.

A lo largo de sus más de diez ediciones, Salsa al Parque ha consolidado un lugar propio dentro del carnaval, demostrando que la cultura popular no solo se hereda, sino que también se organiza, se gestiona y se defiende.

Salsa al Parque es hoy un patrimonio vivo del Carnaval Folclórico Mestizo de Mocoa. No porque haya sido declarado oficialmente, sino porque vive en la memoria, en el cuerpo y en la voz de su gente. Es el resultado de décadas de escucha, viajes, aprendizajes y afectos compartidos.

En una ciudad donde la historia muchas veces no queda escrita, la salsa ha cumplido una función esencial: narrar el pasado desde el ritmo, conectar generaciones y recordarnos que la identidad también se baila. Cada 4 de enero, cuando suenan los metales y el tumbao se apodera del parque, Mocoa vuelve a contarse a sí misma, esta vez en clave de salsa.


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