Yo tengo un duende que me cuida

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ElCronista – Todos los días siento su presencia, me ha ofrecido hasta una tinaja de oro, pero me dice que es peligroso aceptarla porque traería consecuencias mayores a mi salud, y prefiero su compañía que la riqueza.

Por Oscar Viña Pardo.


El río Putumayo es el escenario propicio para que Flor Cuéllar, una de las líderes políticas del resguardo de Las Samaritanas de la comunidad Muruí, en Puerto Leguízamo, hable desde su cosmogonía, de su territorio. Vamos para uno de los sitios emblemáticos de esa población, la ceiba, un árbol que necesita más de 18 personas entrelazadas para poder abrazarlo en su totalidad. 


Ceiba Leguízamo – Putumayo

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Desde la cabecera municipal, el recorrido se me hace corto. La imponencia de sus aguas nos permite contemplar un municipio con un gran potencial ecoturístico que no está siendo aprovechado, quizás porque pueden más las noticias malas que las buenas. 

Es la amazonia la selva que protege este árbol sagrado. Al llegar al lugar, un campesino nos recibe. Su casa es un rancho con lo básico, pero vive feliz. Es hombre de pocas palabras, pero nos da el permiso para visitar ese lugar sagrado donde reconocemos la energía vital de la vegetación. Es un rey en medio de tanta selva porque así lo sentimos y los animales que lo habitan permanecen en armonía. Quizás somos nosotros los que llegamos a interrumpir su trabajo de vigía en la tierra. 

Nos adentramos desde el río hasta donde están las raíces del árbol. No queda lejos, pero los mosquitos empiezan a hacer de las suyas. Miro mis brazos descubiertos y hay pedazos donde no veo mi carne, pero no importa, la energía del árbol de llama y quiero abrazar un pedazo de él, quiero sentir su protección. 

Flor empieza a comentarnos las luchas de su comunidad en diferentes procesos con sus pares y para sus pares. El tema de violencias de género es de nunca acabar no solamente en los Muruí, ocurre en muchas poblaciones de Colombia y las vivimos a diario. Y esa es su tarea, trabajar por la igualdad esperando en unos 10 a 15 años tener nuevas formas de construir desde lo social en donde las mujeres tengan una participación activa, sin discriminación, dice Cuéllar. 

Me llama la atención cuando desnuda su alma y nos habla de su amigo Ángel, un duende que la acompaña desde hace más de 10 años; un niño con rizos de oro que viste siempre de blanco; habla pasito, quizás el sonido de la selva no me permite tener mayor claridad de todo lo que comenta, en especial el unísono de las chicharras que invaden los espacios, inclusive en parte del río. 

No llevo cámara con micrófonos, pero quiero que me hable más del duende, de la presencia de seres mágicos que no percibimos quienes venimos desde las grandes ciudades porque hemos perdido ese toque que da el sentir y vivir en armonía con la naturaleza. Cuando regresábamos me dijo que habló pasito porque no quiere que le roben el duende que la cuida, y aunque lo han intentado, no les ha permitido a sus pares que se lo lleven como protector.

La ceiba tiene su encanto. Los duendes se pasean como Pedro por su casa. Esos seres pequeños los hay buenos como burleteros, dice Flor. Todo depende de nuestro accionar en la vida, Ángel me ha dicho que si quiere le puede regalar oro, pero que ese presente puede traer consecuencias en su salud. 

Flor no es una mujer ambiciosa, así lo ha demostrado en los proyectos sociales para su comunidad en donde es vocera. Nunca pide nada para ella, piensa siempre en su gente, en especial las mujeres samaritanas que viven a casi cuatro horas a píe desde el casco urbano, porque no entra carro, ni moto, solo caballos o a pie, y casi siempre es a pie. 

Ahora está en un nuevo proyecto que empezaron a construir desde el Fondo Colombia en Paz el año anterior: las tejas que le faltan a la casa cultural, un trapiche y una sierra. Elementos que fueron concertados con la abuela y demás mujeres y que esperan sean entregadas en mayo de este año.

Vamos saliendo del árbol al que contemplamos durante unos 20 minutos. Los zancudos empiezan a hacer fiestas en mi cuerpo y solo queda volver a contemplarlo desde el casco urbano de Leguizamo. Ángel se despide de ella, le encantó que lo visitara en su territorio, ese que por fin visitó porque iba acompañada, porque siempre le daba miedito ir sola a visitar a su duende protector.

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