Una mirada propia: el cine de los pueblos indígenas de Colombia

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GatoPardo

En las regiones del Amazonas, La Guajira y el Cauca, los pueblos indígenas llevan tiempo cuestionando los discursos con los que utilizan a sus comunidades como ornamentos para embellecer las historias de otros. Entonces comenzaron a profesionalizarse buscando contenidos propios que abordaran sus valores tradicionales. Hoy una serie de proyectos audiovisuales locales comienzan a rendir frutos: una resistencia cinematográfica.

Hay una foto tomada el 30 de agosto en una maloca –una vivienda tradicional de la Amazonía con vigas de madera y techos de hojas entretejidas– de la comunidad indígena Yussy Monilla Amena, en Leticia, en la frontera colombiana entre Brasil y Perú. Es un evento realizado como antesala a la Conferencia de la ONU sobre Biodiversidad (COP15), que tendrá lugar el próximo octubre en China, par hablar del cambio climático y el impacto en la biodiversidad.

En la maloca hay una mesa de mantel blanco con dibujos de un jaguar y una guacamaya roja, y detrás están sentados el presidente de Colombia, Iván Duque –junto a una diminuta bandera de su país–, el ministro de Ambiente, Carlos Correa, y la jefa de gabinete, María Paula Correa. Frente a la mesa, cuatro hombres indígenas de torso desnudo se acuclillan en bancas a ras del piso y, ante ellos, reposa una exuberante bandeja con frutas y plantas.

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La foto, publicada por el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible colombiano, provocó críticas en las redes sociales en las que varios usuarios resaltaron ese “uso decorativo” de los pueblos indígenas. “¿No hay lugar en la mesa para todos?”, tuiteó la periodista Diana Calderón.

La Asociación de Cabildos Indígenas del Trapecio Amazónico (ACITAM) señaló en un comunicado: “La ACITAM rechaza de forma contundente el espectáculo mediático liderado por el presidente Iván Duque, su gabinete y algunos compañeros indígenas de la comunidad […]. Los pueblos indígenas no somos objetos decorativos para embellecer gobiernos cuyos discursos y acciones atentan contra nuestros derechos”.

Dos días después, el 1 de septiembre, desde Tarapacá, una población en el departamento del Amazonas con poca conectividad a Internet y menos de cinco mil habitantes, una comunicadora y realizadora audiovisual, Nelly Kuiru, originaria del pueblo murui –uno de los veintiséis que habitan en esa región–, directora de la Escuela de Comunicación Indígena de la Amazonía Ka+ Jana Uai (La voz de nuestra imagen) cuenta a Gatopardo que hace veinte años tuvo la idea de formar a jóvenes indígenas en la producción radiofónica y audiovisual. Su trabajo, primero solitario y luego respaldado por las Autoridades Tradicionales Indígenas –entidades locales encargadas de fomentar proyectos de salud, educación y vivienda– se concretó en una escuela en 2015.

Una serie de proyectos de cine de pueblos indígenas colombianos, como el wayuu, comienzan a rendir frutos: una resistencia cinematográfica.
Indígenas del pueblo kamsá del Putumayo, durante el rodaje del documental Vida Ora bajo la dirección de Ana María Mavisoy.

“La Escuela surgió para que no suceda lo que pasó con la visita del presidente Duque: utilizar la imagen de los pueblos indígenas de manera folclórica; de la necesidad de manejar las herramientas para contar nuestras realidades e historias desde lenguajes narrativos propios”, dice Kuiru, que nació en La Chorrera, una población que a comienzos del siglo XX fue el centro administrativo de la Peruvian Amazon Company, la empresa cauchera del peruano Julio César Arana que, tras esclavizarlos, provocó un etnocidio de treinta mil indígenas, según el Centro Nacional de Memoria Histórica.

La escuela funciona de manera itinerante por el Amazonas –el departamento más grande del país que aún tiene zonas de muy difícil acceso– y algunos territorios brasileros, con un énfasis en lo que Nelly llama “comunicación propia”: el aprendizaje de la cultura tradicional que imparten los mayores de las comunidades a las que llegan. Así los jóvenes –los diez primeros comunicadores se graduaron apenas en 2019– aprenden a hacer entrevistas, a tomar una cámara, a editar y entonces cuentan historias.

Este agosto, por ejemplo, estrenaron El origen de la coca, un cortometraje animado de cinco minutos y medio que se puede ver en las redes sociales de Ka+ Jana Uai. Con ilustraciones donde priman los colores tierra y verde y a las que el equipo audiovisual aprendió a dar movimiento a través de tutoriales de YouTube, El origen de la coca está narrado por el sabedor (el mayor que transmite los conocimientos tradicionales y resguarda la identidad comunitaria) Leopoldo Silva, del pueblo murui-m+n+ka. El corto empieza con un abuelo que le habla a su esposa de cierta inquietud:

“Mujer, quiero saber cómo se manifiesta lo que está en mi pensamiento”, le dice, y a partir de ese momento el tiempo, en la voz del narrador, se desdibuja para contar que la esposa, que sabía algo que el abuelo no, queda embarazada para dar a luz un pequeño brote: “Esto es lo que tanto buscabas, le dice la abuela, esta es la verdadera planta de coca”.

Pero Ka+ Jana Uai no es el único proyecto de formación audiovisual indígena en Colombia. Al suroccidente del país, en el Cauca, la Universidad Autónoma Indígena Intercultural ofrece una carrera de comunicación en la que se enseña a los alumnos –partiendo de la cosmovisión de sus pueblos– a hacer radio, fotografía, tomar una cámara o escribir. Una de sus exalumnas, Mabel Quinto, que ahora es integrante del Tejido de Comunicación de la Asociación de Cabildos Indígenas del Norte del Cauca, realizó Memoria de las mujeres, lucha y resistencia en la consolidación del movimiento indígena, un documental polifónico en el que plasma aquello que aprendió: escuchar, dejar hablar a sus entrevistadas y construir memoria.

Al extremo norte, en el departamento de La Guajira, frontera con Venezuela, está la Red de Comunicaciones del Pueblo Wayuu, que también cuenta con una escuela dirigida por Miguel Iván Ramírez, líder y realizador audiovisual cuyo trabajo se ha centrado en mostrar los impactos ambientales y sociales que la minería de carbón ha traído a su comunidad.

Una serie de proyectos de cine ide üueblos ndígenas en Colombia, comienzan a rendir frutos: una resistencia cinematográfica indígena.
Indígenas del pueblo kamsá del Putumayo, durante el rodaje del documental Vida Ora bajo la dirección de Ana María Mavisoy.

En entrevista, Miguel se remonta a un par de décadas atrás y dice: “Periodistas, fotógrafos y realizadores audiovisuales, todos wayuu, tanto en Colombia como en Venezuela, venían haciendo trabajos independientes. Había organizaciones como la Fuerza de Mujeres Wayuu para las que, tras la aparición del paramilitarismo hacia 2001, fue importante aprovechar las herramientas de comunicación para contar lo que sucedía. Entonces decidimos juntarnos en la Red. Empezamos hace doce años. Realizamos el documental Caravana por Wounmaikat, un recorrido por lugares del territorio wayuu. Fuimos la primera organización que denunció la desnutrición en La Guajira y la cantidad de niños muertos por desnutrición”.

Al igual que sucede en el Amazonas, en la escuela wayuu –que ha graduado a 44 jóvenes en dos ciclos– se aprende a realizar contenidos radiales, audiovisuales, fotografía y escritura a partir de valores tradicionales como la defensa del territorio, el valor del idioma materno y la identidad espiritual.

“Hace tres años –continúa Miguel– decidimos hacer una pausa para entrar a una etapa de producción. Nuestra intención es impulsar la producción cinematográfica, que los jóvenes tengan la posibilidad de profundizar en narrativas, todo lo que implica pensar un guion, montaje, camarógrafo, fotógrafo, sonidista y que esto contribuya a que estéticamente lo que políticamente nosotros venimos inculcando se vea en un mensaje bien transmitido”.

Durante agosto se realizó la segunda versión del laboratorio de cine Wayuulab 2021, en el que directores wayuu recibieron apoyo y asesoría para producir una serie documental de siete capítulos, cada uno de menos de diez minutos, a la que titularon Frontera en la salud, sobre los obstáculos que indígenas y migrantes venezolanos deben sortear para acceder a la salud en tiempos de pandemia. “Mi escape”, el capítulo sexto, dirigido por Jesús Acosta Zabaleta, es, en apenas cinco minutos, punzante, conmovedor. Con un estilo sobrio y una cámara que registra sin intervenir, muestra a une chique –Maxi– que en la primera escena se pinta las uñas. “Vivo en La Pista”, dice, un asentamiento de migrantes venezolanos en la ciudad fronteriza de Maicao, en La Guajira, donde no hay electricidad ni agua potable. “Mi vida es ayudar a los niños cuando hay jornadas de vacunación”, dice Maxi, de cara angulosa y cejas finas. Y agrega: “Ayudar a las personas me ayuda a salir un poco de lo que yo hago los fines de semana. Se me olvidan muchas cosas de los fines de semana. Mis tíos decían que según la ley wayuu no tenía que haber una persona como yo”.

***

Del departamento del Cauca, del resguardo La María en el municipio de Piendamó, partió en noviembre de 2008 una enorme movilización indígena rumbo a Cali y Bogotá conocida como la Minga de Resistencia Indígena y Popular. Buscaban que el gobierno del entonces presidente Álvaro Uribe –y el país– atendiera su proclama por la defensa y el respeto de los derechos humanos, la tierra y el territorio, y, además, revertir la imagen distorsionada –y en ocasiones estigmatizante– con la que los grandes medios nacionales se referían a los pueblos indígenas.

Esa minga, el despliegue de la fuerza indígena, fue fundamental para la consolidación de un movimiento audiovisual propio, recuerda hoy la cineasta Rosaura Villanueva. Ella fue una de las creadoras de la Muestra de Cine y Video Daupará (“daupará” para el pueblo embera quiere decir “poder ver más allá”), que además tiene un servicio de streaming y un archivo de más de doscientas obras entre largos, cortos y videoclips producidos por 45 pueblos indígenas.

Una serie de proyectos de cine de pueblos indígenas colombianos, como el wayuu, comienzan a rendir frutos: una resistencia cinematográfica.
Indígenas del pueblo kamsá del Putumayo, durante el rodaje del documental Vida Ora bajo la dirección de Ana María Mavisoy.

La Muestra se realiza cada año, de manera intermitente entre Bogotá y territorios indígenas y, además de exhibición de obras, realiza foros y conversaciones. Para Villanueva, el primer acercamiento de los pueblos indígenas a los medios fue como un vehículo de denuncia documental, pero la gama se ha ampliado a formatos de ficción y animaciones, como El origen de la coca de la escuela Ka+ Jana Uai.

“La mayoría de los pueblos trata el tema de la ley de origen, la cosmogonía, su forma de ver el mundo y la relación con la espiritualidad. La cosmogonía entra a través de una conversación con un médico tradicional o porque se busca un consejo, o por la interpretación de los sueños”, dice Villanueva.

Otra característica que descubre en las producciones locales es el diálogo entre generaciones, la participación de jóvenes y mayores. “Hay actividades de rueda de palabras, de hablar alrededor del fuego, de mambear la palabra [el ritual de consumir la hoja de coca al tiempo que se toman decisiones en comunidad], de convocar a los mayores como protagonistas. Muchos han aprendido a manejar las herramientas y a vincularse desde su conocimiento y consejo porque casi todo lo que se hace en las comunidades es algo que se aprueba en conjunto, incluso se consulta con los espíritus por dónde debe conducirse una historia”. La audiovisual indígena es también una forma de dar un aliento nuevo a las distintas lenguas, de que no desaparezcan.

Rosaura además es productora de El buen vivir, la primera serie de televisión indígena hecha en Colombia, que ya va por su tercera temporada, y que en 2019 ganó una mención en la categoría de Mejor Producción de Inclusión Social de los Premios India Catalina, los más importantes de la industria audiovisual colombiana. En sus tres temporadas El buen vivir ha contado treinta historias, realizadas por igual número de pueblos, sobre la curación con espíritus, el cuidado de la tierra, el gobierno propio y el agua. “Yo creo, dice Villanueva, que en Colombia hay historias y narraciones de las que todavía no hemos oído y esas son las de los pueblos indígenas”.

También encontramos Mu Drua (2012), documental dirigido por Mileidy Orozco Domicó, joven indígena del pueblo embera eyabida en el departamento de Antioquia. De niña, Mileidy tuvo que dejar su territorio a causa de la violencia y mudarse a Medellín junto a su madre, que, como ella, es tejedora y lideresa social. Mu Drua, una pieza realizada en tercer semestre de Comunicación Audiovisual y Multimedial en la Universidad de Antioquia, es un regreso, físico y simbólico, a las raíces y es también la búsqueda de su identidad.

“Esa necesidad nació en mi adolescencia cuando empecé a inquietarme por los orígenes de mi pueblo. Cuando llegué a la universidad, lo único que tenía claro era que quería aprovechar lo que me estaban enseñando para hacer trabajo en las comunidades”, dice Mileidy desde el departamento de Putumayo, donde lleva a cabo un proceso de formación audiovisual con el pueblo kamsá.

Una serie de proyectos de cine de pueblos indígenas colombianos, como el wayuu, comienzan a rendir frutos: una resistencia cinematográfica.
Indígenas del pueblo kamsá del Putumayo, durante el rodaje del documental Vida Ora bajo la dirección de Ana María Mavisoy.

“A mi comunidad la tenía muy alejada y solamente en la adolescencia me vino la inquietud por conocerla. Algo bonito que me pasó es que, cuando regresé a mi comunidad, mi familia empezó a hablar en lenguas. Yo solamente escuchaba y dejé que se fuera reactivando la memoria de mi lengua materna. Aquí en Putumayo el aprendizaje es distinto: escucho una palabra y pregunto qué significa, pero cuando estaba en el círculo de mi comunidad yo no preguntaba qué era, sino que de alguna manera la memoria generacional que tenía me iba dando la intuición”.

Con menos de treinta años, Mileidy ha forjado una carrera en la producción audiovisual y, cuando se le pregunta qué de lo aprendido con su pueblo, de esa memoria de la que habla, imprime en su obra, responde:

“Creo que el ritmo, no todas las cosas pasan veloces, y acogerme a uno de los principios de nuestros pueblos que es la observación, ser detallada con lo que está sucediendo, darle voz a la naturaleza, que no todo se centra en la humanidad, sino en esa integración de las cosas en torno al agua, la montaña, las plantas. Creo que también tomé del tejido una disposición de colores y materiales porque, mientras se teje va saliendo una simbología. De alguna manera es asimilar los procesos creativos: yo tengo algo preconcebido, pero finalmente eso que sale en el momento del rodaje va transformando no solo la historia sino a mí. Lo audiovisual es algo que encuentra otras capas y fluye hacia algún lado. A veces no es hacia el lado que uno quisiera, pero hacia algún lado llega”.

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