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Flor Alicia: una campesina que cambio la coca por la pimienta

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SEmanaRural – Desde 1972, esta campesina vive en las mismas tres hectáreas a las que llegó a los diez años. Junto a su casa se levantó un campo de entrenamiento de los paramilitares y tuvo que construir un muro para resguardarse de las balas. Hoy cultiva 1000 plantas de una pimienta que muchos consideran la mejor de cuantas existen en el mundo. 

asta los diez años, Flor Alicia Gualpa vivió al filo de un precipicio a más de 3.000 metros de altura sobre el nivel del mar. Su hogar era una pizca de montaña, una casa sin luz ni agua, una tierra arisca donde sólo crecía la papa y soplaba un viento frío que no alcanzaba a secar la ropa del tendedero. “Era tan empinada, que cuando pisábamos mal nos derrumbábamos. Eran puros abismos. Por eso nos fuimos de Córdoba (Nariño)”, cuenta Flor, apoyada en un barandal de madera rústica desde donde observa a cuatro monos churucos saltar en las ramas de un árbol de zapote que no da buen fruto desde 2001, cuando lo bañaron con glifosato.

Flor Alicia vive desde 1972 en El Placer, una inspección del Valle de Guamuez, en el Bajo Putumayo, adonde llegó con su mamá huyendo del frío y los abismos: “Queríamos asentarnos en donde pudiéramos sembrar la yuca, el plátano, el arroz. Donde tuviéramos comida porque éramos totalmente pobres”. Al llegar, hallaron suelos fértiles y silvestres a la sombra de laureles, guarangos, amarilos, gomos, bilibiles y varios tipos de balsos. Con la fe puesta en esa tierra, que vendían muy barata, compraron tres hectáreas. Cortaron monte, criaron gallinas, sembraron yuca y maíz, plantaron árboles frutales, consiguieron su perro guardián y levantaron un rancho de madera que aún se sostiene como un esqueleto del pasado.

En la década de 1980, la gente empezó a sembrar una planta que resultó muy rentable: la coca. “Casi todos en la región la cultivamos porque daba plata para vivir con facilidad. Mejor dicho, daba plata pero no tranquilidad”, cuenta Flor Alicia, mientras el sol del atardecer brilla en su larga trenza negra salpicada de canas. A los 58 años, esta mujer de ojos almendrados, piel morena y manos fuertes ha vivido en medio de una guerra que la obligó a desplazarse tres veces, la volvió nerviosa y le dejó una cicatriz que no borra el tiempo y que narró ante el Juzgado Primero Civil del Circuito Especializado en Restitución de Tierras de Mocoa: El día 29 de enero del año 2004, un paramilitar entró en mi casa… Eso fue muy feo lo que me pasó. Yo pensaba en ir a decirle al comandante ‘Pipas’, de los paras, lo que me había pasado. Pero ese paraco … Me dice que donde yo diga algo, me desaparecía a mí y a mis hijos”. 

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Durante los años 90, el Frente 48 de las FARC controló el Valle de Guamuez, que para el final de la década era el segundo municipio con más hectáreas de coca sembradas del departamento: 16.500. Pero hacia 1997, la hegemonía de la guerrilla empezó a peligrar. En los muros del pueblo aparecían letreros como los siguientes:“Aquí estamos, comunistas miserables. A.U.C.” “Muerte a los auxiliadores de la guerrilla. Por la limpieza social. Atentamente: Los Paracos”. 

Dos años después, el domingo 7 de noviembre de 1999, día de mercado, un camión azul se estacionó en una calle de El Placer. Hacia las 9 de la mañana, 38 paramilitares armados con fusiles, pistolas y una ametralladora M60 bajarón de su interior. Cada uno llevaba dos granadas de mano y 500 cartuchos de reserva. En  medio del bullicio del comercio, los uniformados empezaron a hostigar a la población. “¡Tiéndanse! ¡Tiéndanse, hijueputas, que somos las autodefensas!”,gritaban. A quienes corrían, les disparaban. En un momento, un pastor evangélico salió de la iglesia y, como intentando exorcizar un demonio, increpaba a los paramilitares en el nombre del Señor. 

Ese día, doce personas fueron asesinadas, entre ellas cuatro mujeres, una de las cuales estaba en embarazo. La incursión de los paramilitares supuso el fin del poder de las Farc. Desde entonces, el Bloque Sur Putumayo de las AUC se volvió  la autoridad en El Placer.  Ese mismo día, Flor Alicia empacó lo que pudo y salió de su finca con sus dos hijos y su madre para sumarse al cordón de personas desplazadas que aquel día se encaminaron hacia la vereda La Siberia. “Mi desplazamiento se dio —cuenta Flor Alicia— porque los paramilitares decían que iban a matar a todos los que estábamos por aquí. Entonces yo me llené de nervios”.

En  medio del bullicio del comercio, los uniformados empezaron a hostigar a la población. “¡Tiéndanse! ¡Tiéndanse, hijueputas, que somos las autodefensas!”, gritaban. A quienes corrían, les disparaban. 

Un mes después, cuando regresó a su finca, encontró los alambrados rotos, la puerta de su casa abierta y todo estropeado. Aún así, decidió quedarse. Desde un suelo tapizado de una planta llamada maní forrajero, del que se alimentan sus gallinas, señala la finca vecina. Allí, en un lote despejado donde unos cerdos chillan hacinados en un corral de madera, los paramilitares entrenaban todos los días. Cuando terminaban sus ejercicios, solían cruzar la cerca y bañarse donde Flor Alicia. “Era muy molesto”, cuenta deshaciendo en sus manos un mechón de hierba seca.

Flor Alicia se desplazó en tres ocasiones: 1999, 2003 y 2006. Por mucho tiempo, su hogar fue un lugar de paso, pues sabía que ningún regreso era definitivo. En esos años, tuvo que construir un muro que aún cubre el rancho de madera sin ventanas. Es una pared solitaria, como el único costado de una casa inacabada. Lo construyó para resguardarse de las balas cuando la guerrilla y los paras se enfrentaban. Encomendarse a la Santísima Virgen y lanzarse al piso, apretar los párpados y cubrirse los oídos se volvió parte de una rutina de pesadilla. 

Pero la peor tragedia vino desde el cielo. Entre los años 2000 y 2002, esta región del Putumayo fue fumigada con glifosato en un ambicioso proyecto puesto en marcha con Estados Unidos: el ‘Plan para la paz, la prosperidad y el fortalecimiento del Estado’. Según datos de la Fundación Hemeraunas 130 mil hectáreas de coca fueron fumigadas en Putumayo. Entre ellas, las tres de Flor Alicia.

“A mí me fumigaron totalmente. Pasaron dos días y en cada jornada nos rociaron tres veces. Eso sí fue la tragedia. No quería crecer  la comida —dice Flor Alicia como profetizando el fin del mundo.—Los árboles de aserrar se secaron, el potrero también. Caía un humo por todas partes. Las gallinas torcían el pescuezo y caían muertas. El agua del río Guamuez fue envenenada”.

“Así quedó todo. Negro”, dice recogiendo un manojo de tierra seca. Después de 19 años de la fumigación, asegura Flor Alicia, muchos árboles siguen enfermos. Los plátanos no acaban de crecer, los zapotes florecen picados y las papayas no dan buenos frutos. “Cuando nos bañábamos en el río, nos salían unas ronchas muy raras”, cuenta. 

El mismo año de la fumigación The Washington Post publicó un reportaje titulado Sobre las fumigaciones en Putumayo en el que afirmaba que “Los propios funcionarios y residentes dicen que la fumigación ha sido devastadora. En entrevistas, decenas de agricultores contaron que el rocío, lanzado por las avionetas escoltadas por helicópteros armados, ha matado cientos de acres de cultivos alimentarios, decenas de ganado y cientos de peces que llegaron a las orillas del río Guamuez”.

El arraigo a su tierra no la dejó desprenderse de ella. Hoy Flor Alicia vive en una casa que le dio la Unidad de Restitución de Tierras. Convive con los fantasmas del pasado: el muro que construyó, el viejo rancho, los árboles de tantos años. No tiene luz ni le hace falta, dice, pues se acostumbró a las velas y a su radio de pilas. Su única compañía es un perro que no la desampara y que escolta a los visitantes sin el menor gesto de amistad. Una oreja gacha, la otra erguida, el pelo color caramelo, mediano tirando a pequeño, Flor Alicia lo bautizó con el nombre más sencillo y, a la vez, el más simbólico: ‘Amigo’. 

Las más jóvenes en el campo de Flor Alicia se encuentra tras la puerta trasera de su casa. Allí tiene sus cerca de mil plantas de pimienta que se elevan abrazadas a los delgados troncos, a los que se llama tutores. Hace cinco años, decidió sembrar esta especia, de la que no sabía nada. Yo ni siquiera la había probado  —confiesa sonriendo—. Ahora me la como así no más, en pepa: con huevos, con papa, en las salsas”.  

Ella misma preparó el terreno donde hace años tuvo unas pocas reses.  La pimienta, dice, es una planta muy delicada que hay que consentir. Cada planta produce unos tres kilos de pimienta seca cada año. Como Flor Alicia varios cultivadores dejaron los cultivos de coca para cultivar pimienta. Juntos conforman Asapiv (Asociación Agropimentera del Valle de Guamuez), que compra y vende la pimienta que se produce en la región.  

Pimienta roja, pimienta negra, pimienta blanca, pimienta verde: todas se producen en este rincón de la cuenca amazónica. Expertos en culinaria han alabado la pimienta del Putumayo. Uno de ellos,  el frances Romain Laly, asegura que varios chefs europeos la cataron y concluyeron que su sabor es aún mejor que la de Tellichery, en la India, donde se produce la mejor pimienta del mundo. Mientras tanto, algunos restaurantes nacionales, como Crepes & Waffles, dejaron de traer el producto del exterior y ahora lo compran a los campesinos de Putumayo. “Estos campesinos, profundamente sensibles, están cultivando una pimienta muy aromática, con notas cítricas, infinitamente mejor a la que estábamos importando. Tenemos una deuda con ellos, que son los guardianes del territorio, de la cultura, del alimento”, dice el director de sostenibilidad de la marca. 

Flor Alicia no sabe a dónde llega su pimienta, que está certificada con sello de buenas prácticas agrícolas, y cuyo proceso de cultivo explica con cariño“A la matica toca amarrarla. Luego podar, después darle otra podada cuando esté más altica. Hay que mantenerla siempre limpia, quitarle la maleza y cuidar que no le salgan hongos. Al año y medio empieza a dar: un kilito, dos kilitos…”.

Hoy la pimienta es el principal sustento de Flor Alicia, quien se rehúsa a volver a la coca, aunque sabe que mucha gente, en otras veredas, ha vuelto a sembrarla. A El Placer ha vuelto el comercio, los bares y las discotecas. Cuando eso ocurre, para los habitantes significa que el negocio de la coca regresó. 

“A mí me fumigaron totalmente. Pasaron dos días y en cada jornada nos rociaron tres veces. Eso sí fue la tragediaNo quería crecer la comida. Los árboles de aserrar se secaron, el potrero también. Caía un humo por todas partes. Las gallinas torcían el pescuezo y caían muertas. El agua del río Guamuez fue envenenada”, dice Flor Alicia.

El sol está a punto de apagarse sobre el Valle del Guamuez. Un último mono exhibe su larga cola que se recorta contra el horizonte. Flora Alicia ofrece pan, agua de panela recién enfriada, arroz, limonada. Se deshace en atenciones a quienes solo han venido a entrevistarla. A la luz de una vela, pide que el precio de la pimienta aumente, pues hoy le compran el kilo de la corriente a $9500 y a $15.000 el de pimienta verde. 

Pero lo que más le preocupa es que vuelvan las fumigaciones. Hace unos días, escuchó en su radio, que descansa en la entrada de la cocina, que el Gobierno volverá a usar el glifosato. Recostada sobre una silla plástica, dando la espalda a la ventana, se soba la frente y dice, seria:  “Yo creo que ahí sí nos fregamos del todo. Imagínese que me caiga ese veneno sobre la pimienta. Mejor dicho, donde vuelvan a venir esas avionetas a rociarme, me acaban”. 

Hay días en que el Ejército pasa por su casa. Al llegar, siempre le preguntan lo mismo:

  —¿Y a usted nadie la acompaña? ¿No le da miedo vivir aquí sola?

 —No, yo tengo un batallón que me cuida —responde Flor Alicia.

—¿Un batallón?  

—Sí, Dios la Santísima Virgen y un Ejército de Ángeles que nunca me desampara

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