La singularidad de un Tinterillo

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Por Guido Revelo Calderón

Hace un poco más de 18 años invité al Putumayo a un buen amigo, columnista de El Tiempo, alpinista y andador,fotógrafo, pedagogo,ecologista, amante de la selva y los ríos, y para ese entonces nada dueño de la arrogancia que hoy parece haberle regalado el tiempo, Cronos, no el periódico. Sin duda un gran personaje. No he conocido de cerca a otra persona que se sepa de memoria “La vorágine” de José Eustasio Rivera, y 10 libros más; pero hablar de su memoria prodigiosa es, por ejemplo, escucharle recitar unas páginas, incluyendo en su fonética las pausas cortas de las comas y las más extensas de los puntos, o la pausa cortante antes de los dos puntos. Su nombre es Andrés Hurtado García, pero hoy no voy a extenderme con él porque el propósito es que conozcan a otro personaje singular, que fue buen amigo mío, putumayense por adopción. Su origen entiendo que era valluno, pero gran parte de su vida la pasó en el Putumayo y especialmente en Puerto Caicedo.

El propósito principal de Andrés y mío era conocer uno de los ríos más hermosos que tiene el Putumayo: el río San Juan. El río de los rápidos (chorros, le dice nuestra gente), el de aguas color verde esmeralda. Nos acompañó Alcides Jiménez, para entonces párroco de Puerto Caicedo, y la correría nos tomó cuatro días. Fuimos a dar hasta la desembocadura del río Conejo, cerca de la vereda Corazón Bajo. A nuestro regreso me dice Andrés:

No puedo regresar a Bogotá si no me llevas a ver, con mis propios ojos, la placa y el personaje del cual me hablaste por teléfono. Quiero saludarlo y preguntarle un par de cosas.

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Efectivamente nos dirigimos a la casa de dos pisos donde yo sabía que vivía Jorge Santamaría, a quien todo el pueblo conocía polarmente como “el cojo” Santamaría. El tinterillo del pueblo, hombre despierto, persona que con la misma habilidad e inteligencia con que desflecaba un entuerto, embolataba y le daba tres vueltasa un ingenuo parroquiano.

Toqué a la puerta, pero nadie salió. Grité al segundo piso y nuestro personaje salió al balcón. Efusivamente me saludó desde arriba y pidió tiempo para bajar. Nos invitó a seguir, pero dada la premura del regreso hasta Puerto Asís, Andrés me hizo declinar la invitación y le dijo:

-Don Jorge: no le acepto la invitación porque vengo a conocerlo solamente para hacerle dos preguntas, si usted me permite.

-Claro que sí, y hasta más-, le respondió el tinterillo.

– Siendo tan famoso y popular en estos lados, yo pregunté a varias personas por usted y todas lo conocían; pero me generó curiosidad algo en especial: siempre agregaban calificativos a la referencia suya, y para serle honesto, la mitad hablaban bien de usted, pero la otra mitad nada bien. ¿Cómo se explica eso?

-Ah! no doctor- le respondió Santamaría, – eso es fácil. Yo le sirvo a mucha gente y en mi oficio,ganarle a uno significa quitarle al otro. Al que le doy queda contento y al que le quito queda berraco conmigo por un tiempo.

Andrés se quedó pensando por un instante y estoy seguro que para sus adentros se decía: hummm…pues sí, en la práctica eso puede ser así. Le soltó la segunda pregunta, sobre la cual, por lo que le escuché con anterioridad, esperaba compleja explicación:

-Y Don Jorge¿por qué usted puso ese letrero en la fachada de su casa?

-Ah doctor, ¿se refiere a la placa de “Jorge Santamaría, Tinterillo Profesional” ?

-Sí, a esa-afirma Andrés, señalando la placa

-Muy sencillo doctor: esa es precisamente mi profesión: la de tinterillo. ¿Qué otra cosa podría ponerle?

Dos preguntas, dos respuestas, y nos despedimos cavilando.

Mocoa, Putumayo, 4 de septiembre, año de la pandemia del coronavirus

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