Mocoa, tres años de dolor y miseria.


Por : Horacio Villarreal

Han pasado ya tres años de la fatídica noche del 31 de marzo, de 2017, en la que la naturaleza su máximo poder destructor.

Más de 330 muertos, unos 70 desaparecidos, 1.209 familias que perdieron su vivienda, en su mayoría desplazados del conflicto armado que aún se vive en el Bajo Putumayo, que en su afán de buscar refugio ocuparon las riveras de las quebradas Taruca, Taruquita, Sangoyaco y Mulato en el municipio de Mocoa, a capital del Putumayo.

Grave error que los llevo a su sentencia de muerte, pero más grave aún la ineptitud de quienes desde hace muchos años atrás debieron brindar apoyo y orientación para que esas familias, no se ubicaran en esa riveras peligrosas, hablo del gobiernos nacional, departamental y municipal, de varios periodos atrás.

La solidaridad internacional, se hizo sentir con un aporte de más de 29 mil millones de pesos, que fueron manejados por la Unidad Nacional de Gestión del Riesgo y Desastres – UNGRD, de los cuales la comunidad poco conoce y tiene dudas de su manejo.

El pueblo colombiano, se volcó con toneladas de comida y ropa, que hubo hasta de sobra.

Hasta el momento se han construido 300 viviendas, que según sus beneficiados, tienen problemas de alcantarillado, las otras 909 son una promesa que no se sabe cuándo vayan a cumplir, los damnificados siguen pagando arriendos costosos, a lo que apoyan con un subsidio de 250 mil pesos mensuales, que se pagan cada tres meses, pero están colgados en por lo menos dos pagos trimestrales.

Los muros de contención en la parte alta de los mencionados ríos, no ha iniciado, obras de mitigación de carácter urgente, para evitar otra tragedia similar.

Lo que vale la pena destacar es la resiliencia de la gente, para levantarse del lodo, enterrar sus muertos y seguir luchando por los que quedaron, viudas y menores huérfanos a la deriva de su suerte en un ambiente sin oportunidades.

La llegada del presidente, Duque, a hecho que se pierdan las ilusiones y a eso súmele el famoso COVID 19, que nos tiene encerrados mirando desde las ventanas ese horizonte gris, pero seguimos con la fe viva y la esperanza, que algún día no muy lejano las condiciones puedan cambiar porque el Putumayo, es un paraíso que no debemos abandonar.