Las comunidades que conservan los bosques de Colombia


En Caquetá, uno de los departamentos más deforestados, han surgido iniciativas comunitarias que buscan proteger los bosques. / Johana Herrera – WWF-Colombia

Fuente : ElEspectador

Aunque la deforestación ha avanzado a un ritmo galopante en los últimos años, varias comunidades han sumado esfuerzos para frenarla. Huila, Putumayo y Caquetá son algunos de los territorios donde hay ejemplos de cómo proteger la naturaleza.

En 2018, el bosque deforestado en Colombia sumó 197.159 hectáreas, una extensión incluso más grande que la de Bogotá. Esta magnitud demuestra que, a pesar de la disminución del 10 % respecto a la cifra del año anterior, resaltada por el Ideam, la problemática sigue siendo un desafío para el país. En medio de este contexto, algunas comunidades locales emprenden procesos de conservación del bosque. El monitoreo de recursos naturales, la restauración de bosque y la creación de empresas ecosostenibles se han vuelto populares entre quienes luchan por proteger los territorios. Aunque esta labor no es fácil en muchas regiones del país —y en algunos casos está inmersa en conflictos históricos entre pueblos— existen varias historias que avanzan en las regiones. Les contamos sus testimonios.

De cazadores a protectores del oso andino

Cuando en 2004 las noticias locales publicaron que se había visto un oso andino, también conocido como oso de anteojos, en el pequeño pueblo El Pensil, en el departamento de Huila, algunos habitantes se llenaron de emoción al saber que esta impresionante especie estaba en su territorio. Incluso hay quienes recuerdan que un cazador que se encontró un oso frente a frente desistió de matarlo y prefirió aprovechar la oportunidad para contemplarlo. Desde entonces, varias personas de la comunidad le apostaron a su conservación y al ecoturismo como alternativas para el desarrollo económico en la región.

Con ayuda de instituciones como el Sena, algunas personas se capacitaron en desarrollo sostenible. Uno de ellos fue Edwin Fernando Valencia, quien hace parte de la organización Mashiramo, conformada por personas del territorio y dedicada a monitorear al oso para asegurar su protección. A ésta empezaron a unirse voluntarios, muchos de ellos antiguos serradores de árboles y cazadores, a quienes los invitaban a participar en los talleres y quedaban fascinados con la conservación de bosques y especies como el oso andino, por su papel clave al dispersar semillas en nacimientos de agua. Con el tiempo, el esfuerzo dio frutos y fue así como 22 osos fueron identificados en el sur del Huila y la cifra de ocho osos asesinados entre 2005 y 2007 bajó a un oso entre 2008 y 2019.

El trabajo de Mashiramo no solo ha contribuido a la conservación de esta especie. También ha logrado apoyar otras especies emblemáticas, como el águila crestada, en medio del monitoreo realizado por 23 personas de la organización. Es lo que suele suceder en los procesos con especies sombrillas como el oso andino, pues, explican los biólogos, su protección significa también la del territorio que habitan y la de otros animales que son sus presas.

Hoy, Mashiramo es reconocida como un modelo nacional de emprendimiento sostenible y su experiencia de monitoreo ha servido de ejemplo para otros procesos que se están desarrollando en el país. Por ahora, los cazadores se han alejado del monte, como recuerda Edwin, campesino certificado como guía de turismo.

La mujer que cambió la coca por la miel

A las seis de la mañana, Ester Luna se levanta para supervisar los 10 panales artificiales para abejas que construyó en su finca, ubicada en el municipio de Leguízamo, departamento de Putumayo. Esta mujer, que había dedicado parte de su vida al cultivo de la hoja de coca para subsistir, hoy encontró en la melipolicultura, es decir, la cría de abejas nativas sin aguijón para la producción y venta de miel, una nueva oportunidad para ganarse la vida.

“Antes cultivábamos coca y hacíamos ganadería para subsistir, pero con los programas que llegaron a nuestro municipio con el Acuerdo de Paz hicimos un pacto, dejamos la producción de coca y buscamos un proyecto que nos pudiera beneficiar a todos. El trato era cambiar un cultivo ilícito por uno legal y entre todos escogimos la melipolicultura”.

Aunque Ester y sus 12 compañeros solo llevan cuatro meses en el proceso, aprendiendo por medio de talleres de Campo Colombia en La Mesa (Cundinamarca), con el apoyo de WWF-Colombia y FAO, algunos ya han vendido sus primeras botellas de miel y esperan que este sea el inicio de una renta fija para sus fincas. De hecho, este es uno de los dos grandes propósitos de este proyecto apoyado por el Gobierno Nacional, WWF Colombia, FAO y Corpocolombia.

El segundo objetivo es proteger de la deforestación y degradación al Parque Nacional Natural La Paya, la quinta área protegida más afectada en el país por la tala de bosques. Actualmente, algunos de los participantes del proyecto viven dentro y junto al parque, por lo que asegurar el desarrollo sostenible en la región, con alternativas que no exigen la deforestación y fomentan la polinización de los bosques, es una de las maneras para restituir ecológicamente el territorio y velar por la protección de esta área protegida, vital para mantener saludables las fuentes hídricas de las que tanto dependen.

Cuando campesinos e indígenas se unieron para conservar el agua

La desconfianza e indiferencia había marcado la relación entre la comunidad campesina y la población indígena inga en el municipio de Solano, departamento de Caquetá. Al menos así lo recuerda Helena Dussán, una de las mujeres campesinas de la zona: “Nos mirábamos como extraños, como si no fuéramos todos parte de un mismo pueblo. Para nosotros, ellos eran peligrosos y de poco fiar, y nosotros para ellos puede que también”.

Sin embargo, en 2017 ambas partes empezaron a participar en un proyecto convocado por la Fundación Natura y llamado Amazonia 2.0, para hacer monitoreo local de recursos naturales, y la situación empezó a cambiar. Ambos pueblos tuvieron que ponerse de acuerdo para definir qué recurso monitorearían. La voz fue unánime: el agua. Fue la prioridad tanto para indígenas como para campesinos, pues debido a la pérdida de bosque en el territorio —que ocupa el noveno lugar entre los municipios deforestados del país—, el líquido no daba abasto en días de sequía para sus pobladores, así que sabían de primera mano cuál era la necesidad de conservarlo.

“En la primera expedición para hacer el monitoreo encontramos que la parte alta de una quebrada, llamada La Niñera, estaba deforestada y llena de basuras. Por eso hicimos jornadas de limpieza y siembra de árboles en el nacimiento. En el proceso nos conocimos entre pueblos y hoy en día nos tratamos como si fuéramos familia”, recuerda Helena, quien está a cargo de medir el caudal de la quebrada para estudiar sus cambios.

El trabajo de ambos pueblos no solo ha mejorado la calidad y disponibilidad del agua en el sector. Además, ayuda a proteger la biodiversidad de la que indígenas y campesinos dependen para su sostenimiento y fomenta la conservación de varias especies endémicas de la región, entre ellas el mico caqueteño (Callicebus caquetensis), hoy en peligro de extinción por la pérdida y el deterioro de su hábitat.

Siguiendo los pasos desde Cartagena del Chairá

Édison Jurado llegó en 1999 al municipio de Cartagena del Chairá, en el departamento de Caquetá, donde fluía continuamente la corriente de agua que abastecía a su finca. Ahora, con solo dos días soleados el agua se vuelve un mito para los habitantes de la zona. Esta situación está relacionada en gran parte con el aumento de la deforestación, que en este municipio de la Amazonia colombiana es la tercera más alta del país, según datos del Ideam. “A veces nos toca salir a buscar agua con los animalitos, porque no llega a las fincas, y otras veces el agua que conseguimos no es apta para el consumo, pues se estanca y los peces que quedan atrapados mueren y se descomponen en ella”, explica Édison.

Aunque la comunidad campesina a la que él pertenece no ha empezado un proceso de monitoreo formal del bosque, las épocas de sequía los han motivado a restaurar las cuencas hídricas del sector para mejorar las condiciones del agua. “Cinco comunidades arrancaron ya con la siembra de árboles alrededor de las cuencas hídricas del sector y, aunque apenas empezamos, vemos que la calidad del agua está mejorando”.

Hace dos meses, la comunidad firmó acuerdos para realizar monitoreo forestal con el apoyo de WWF Colombia, como parte de la iniciativa pública Corazón Amazonia. Desarrollarán un proceso de conservación en 30.000 hectáreas de bosque en la región, que contribuya a la protección de las cuencas hídricas. Aunque el proceso está en construcción, Édison y su comunidad sienten una gran expectativa con este proyecto. “Creemos que podremos mejorar nuestra producción y a la vez nos ayudará a ser más conscientes para cuidar el bosque que tenemos”, concluye.