Una pedrada memorable


Por : John Montilla

“Los palos y las piedras pueden romper nuestros huesos,  pero las palabras pueden romper corazones.”   Robert Fulghum

Hace muchos años sin querer le pegué una pedrada a alguien a quien conozco, nunca he podido olvidar el mal recuerdo, y como no se lo puedo decir al agredido, porque quizá no lo comprendería, tampoco creo que él lo recuerde, entonces voy a expiar mi culpa contándole al mundo el pequeño suceso de antaño. No sin antes hacer un breve recuento del posible origen del episodio.

¿A quién no le ha gustado jugar con piedras? De niños solíamos ir al río que nos quedaba cerca, y escogíamos piedras planas y jugábamos a hacerlas rebotar contra el agua. La clave estaba en tirar la piedra con fuerza a ras del agua para formar “ranitas”. El gusto del juego consistía en lograr la mayor cantidad de rebotes.

Otras veces jugábamos a elaborar estructuras de piedra; la idea era poder lograr la mayor altura posible al irlas apilando una sobre otra. –Hoy es una moda dañina para el medio ambiente, porque se altera de manera imperceptible los ecosistemas- En aquellos tiempos no lo sabíamos.  Lo cierto es que después de formar las estructuras, pasábamos a derribarlas a pedradas desde una distancia prudente.

Y no se puede dejar de mencionar el clásico juego de jugar a quebrar botellas de vidrio. Cuanta botella encontrábamos la poníamos en algún sitio visible, y luego corra a tirar piedras; punto para quien la rompa de primero. Cuando no eran botellas, poníamos alguna lata, o tarro o lo que fuera. El propósito de esas travesuras era demostrar quien tenía la mejor puntería.

En este punto recuerdo que cuando jugábamos a apuntarle y derribar algo a pedradas si alguien fallaba, se solía mencionar la frase: «Hay que mandarlo a comprar puntería donde el Mayor Clavijo.» Nunca supe el origen de la expresión, ni tampoco supe quién fue y donde vivía el Mayor Clavijo. Siempre pensé que lo de mayor, era porque quizá era un anciano de quien se hablaba; hasta que no hace mucho alguien me contó un fragmento de la historia del señor:

“El Mayor Clavijo, fue un oficial del Batallón Agustín Codazzi, acantonado en Mocoa, se había graduado en la Escuela de Ingenieros, y luego de su retiro se instaló en esta localidad, y al parecer montó un almacén donde se podía conseguir cualquier cosa que se necesitara.” Un amigo me aseguró : “La frase era porque el viejo vendía de todo, incluso hasta puntería.”

La prueba de que quizá jamás pasé a comprar por la tienda del Mayor Clavijo, me remite al inicio de esta historia, pues de haber tenido buena puntería nunca le hubiera roto la cabeza a un amigo de una pedrada.

El caso, si la memoria no me traiciona sucedió así: Una remota tarde vi que un chico estaba intentando quebrar unas botellas sólo, y entonces decidí sin que él se diera cuenta y desde una distancia más lejana, intentar ganarle. pero con tan mala suerte para él que estaba dándome las espaldas, que no se percató de mi presencia. Con el sigilo del caso, tome una piedra de tamaño mediano entre mis manos,  con la mirada puesta en el objetivo, esperé el momento preciso, y luego en un movimiento rápido la lancé y la bendita piedra salió disparada con una precisión matemática sobre su cabeza, creo que le atiné en la coronilla, alcance a mirar que el chico se fue hacía adelante, casi se cae de bruces, y al instante alcance a escuchar el grito y luego el llanto y los lamentos del desdichado.

Pero no me quedé ahí para ver en que paraba el asunto, pues el muchacho armó tremendo alboroto y la  gente se alertó, pero yo ya me había escabullido de allí, antes de que llegara alguien a reclamarme el daño, me jugaba un castigo en casa , como pude y a escondidas por cuanto recoveco encontré llegué a casa de manera sigilosa y ante el tremendo complejo de culpa y del revuelo que se armó en la vecindad, corrí a meterme debajo de la cama junto con unas revistas para disimular por si me encontraban allí escondido.- De niño tenía la costumbre de ponerme a leer donde nadie me molestara- Expectante permanecí varios minutos, escuchando a los de mi casa que decían, que, al hijo de tal, le rompieron la cabeza de una pedrada, que había sangrado mucho y que tenía tremendo chichón y que no sabían quien era el culpable.

Ignoro cuanto tiempo estuve allí agazapado, sólo sé que nunca olvidé ese lamentable suceso; aún hoy me suena el golpe como si le hubiera atinado a una lata, y tantos años después, recién asomo mi rostro de debajo de la cama y ya no sacó las amarillentas páginas de mis viejas revistas, sino una hoja electrónica de un documento “word” para confesar mi culpa; y aunque sé que la persona victima de mi imprudencia infantil, jamás leerá estas líneas, de corazón le pido me perdone por el dolor y lágrimas de aquella, ya lejana y desatinada tarde.

John Montilla. Texto y fotomontaje. Imágenes tomadas de internet.
(21N- 2019)
jmontideas.blogspot.com


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