El carnaval inga, según el pintor Carlos Jacanamijoy

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UNA TRADICIÓN CULTURAL QUE INFLUYÓ EN SU OBRA ARTÍSTICA

Por : Carlos Jacanamijoy / Especial para El Espectador

Este martes, en Santiago, Putumayo, se celebra Karlusturinda, la Fiesta en honor al Arco Iris, inicio de un nuevo ciclo de vida en el pueblo inga.

El artista Carlos Jacanamijoy saluda con flores a su padre, Antonio Jacanamijoy, durante el día del carnaval inga. / Foto cortesía de Fabián Alzate

Este martes es el carnaval, hoy como cada año me atacan los deseos de ir a ver a mi mamá y bailar con ella el carnaval, ¡Cómo han cambiado los tiempos!, porque hoy siento que cuando yo era niño miraba de lejos el carnaval, desde los salones de clase se escuchaba el carnaval, claro que algunos niños ingas faltaban a clase esos días y yo era un niño juicioso que no perdía clases, aunque tuviera unas ganas inmensas de ir a carnavalear. En esos años todavía los “blancos” veían con muy malos ojos el carnaval, tanto niños como grandes se burlaban del carnaval, eran esas fiestas aburridas de esos “indios”. Así como hablábamos a escondidas el inga en los recreos, teníamos que sentir el carnaval desde los salones de clase con un nudo en la garganta y con un vacío en el estómago. Sabiendo que los abuelitos y los padres estaban felices disfrutando el carnaval. Pues esos día de carnaval había clases, no como hoy que incluso hay un carnavalito el domingo antes del carnaval de grandes del martes.

El día martes de carnaval es para los ingas el más importante del año, es el fin de año. Como los ingas son viajeros, cada año siempre llegan desde donde estén a la plaza principal de Santiago Putumayo a celebrar con toda su familia, con sus mejores atavíos coloridos, los hombres con sus coronas chamánicas de plumas de aves de todos los colores, con sus cusmas blancas y negras y capisayos rojo, azul o blanco, las mujeres también adornan sus cabezas con coronas de chumbes, con el tupulle (una especie de blusa) y la pacha(una especie de falda) , fajadas con chumbes (fajas largas de abstracciones geométricas de colores que cuentan historias ancestrales).

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En la mañana del martes todos incluidos los niños llegan al parque principal de Santiago a saludarse  echándose flores en la cabeza como signo de perdón, bailando cada uno al ritmo del instrumento que hace sonar, flautas, dulzainas, bututus (cuerno de res) o caracoles marinos, tambores, maracas o sonajeros, y collares de cascabel. En este carnaval no se baila en parejas, todos y cada uno baila a su ritmo en un rincón o en el centro, y hay momentos en que la sincronía es tal que pareciera que el mundo se volviera un carnaval. No sé si es en ese instante pero he visto abuelitos llorar y reír al mismo tiempo y con mucha nostalgia y alegría a la vez. En ese contagio de fiesta quizás se estaban perdonando a ellos mismos, o quizás los acababan de perdonar o quizás acaban de perdonar a alguien, o como si acabaran de descubrir la magia de la vida, sencillamente eso los hacia llorar.  En la plaza se juega tirando chilacuanes (papayuelas) al aire, muñecos de hojas secas de maíz, rozándose con picardía en la piel de manos, pies y cara unos a otros matas de ortiga recién arrancadas para que te despiertes con su efecto.

Ya en la tarde se va primero a la casa del gobernador del cabildo, a comer y a beber chicha, y luego a visitar las pocas casas que quedan de indios del pueblo de Santiago, y luego hacia las veredas, donde caporales y compadres se invitan como en minga a comer gallina, cuy, mote de maíz y a brindar con chicha. En el carnaval se celebra la cosecha, la llegada, la partida y el perdón. Algún gringo contagiado de estos coloridos pueblos le puso a su disquera Putumayo Records, pudiendo haberle puesto cualquier otro nombre a su empresa de músicas de rincones insospechados del mundo que él había recorrido. Richard Evan Shultes otro enamorado de Colombia dijo que el valle de Sibundoy es por metro cuadrado el sitio que más plantas medicinales tiene del mundo. Un mote que le quisieron dar a este valle hermoso y que no prosperó afortunadamente fue dizque “La Suiza latinoamericana”.

El carnaval hoy incluso ya es patrimonio nacional pero sorprendentemente tienen este honor solo el carnaval de los kamzá, cuando el carnaval es de ingas y kamzás. Los indios Sibundoyes, como le dicen todos desde la ignorancia a los kamentzá e ingas del valle de sibundoy. -Aunque esto es otro tema de discusión- lo menciono aquí, pues no sé cómo designaron como patrimonio nacional solamente el carnaval kamentzá, dejando el carnaval inga por fuera. El origen del carnaval de los ingas es que proviene del Inti Raymi de los Incas del cuál provenimos los ingas colombianos, asentados en el alto, medio, bajo Putumayo y en parte de Nariño y Caquetá, y hablamos el mismo quechua de ellos, el mismo del cono sur. Los misioneros trasladaron de fecha el Inti Raymi solsticio de invierno (24 de junio, en el hemisferio sur) al martes antes del miércoles de ceniza para que arrepentidos y con guayabo de esas fiestas “diabólicas” fueran a recibir la santa cruz en la frente. En el valle de Sibundoy, convivimos ingas y kamentzás, y tenemos costumbres similares, lo que nos diferencia es la lengua. Nosotros hablamos el inga ellos el kamentzá.

El carnaval del perdón o atún puncha (gran día) como lo han llamado desde siempre los ingas, es uno de los pilares fundamentales de esta cultura en vías de extinción, uno de los 35 pueblos indígenas en vías de extinción física y cultural –según la corte constitucional, pero según los indígenas son alrededor de 64- producto del conflicto armado como principal amenaza y el abandono del estado en este país de tesoro multicultural con 102 grupos indígenas con sus 65 lenguas.  Hoy soy consciente y orgulloso de este verdadero tesoro, a diferencia de cuando era niño y escuchaba desde los cuatro muros de un salón de clases la algarabía y la alegría de mi carnaval allá afuera mientras adentro me dictaban clases en otro contexto, desde otra mirada, desde otros mundos, desde otros sueños y desde pensamientos otros la realidad y la vida.

Dirán algunos, -porque los hay-, por qué los de las minorías étnicas siempre monotemáticos, como si estuvieran resentidos. No. Más bien los invito a que de verdad seamos orgullosos de ese verdadero tesoro y desempolvemos nuestro pasado no en los anaqueles de una biblioteca ni en las instituciones ni en la distracción del ruido  externo sino buceemos adentro de nosotros mismos, en nuestra sangre mestiza y diversa, y lo amemos en el presente, no solamente cuando nos emocionamos humanizados untados de pasado en los museos del mundo cuando salimos al extranjero o cuando los extranjeros nos visitan y presentimos como sienten ellos algo similar en  nuestro emblemático Museo del Oro, y entonces se nos hincha el pecho de orgullo. No. Más bien los invito al carnaval, a que hagan parte de una experiencia que los hará sentir que ese pasado lejano que nos enseñaron cuando éramos niños de que era de otros nunca ha dejado de palpitar en cada uno de nosotros

Fuente : ElEspectador

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