En El Tigre, 20 años después de la masacre, quieren perdonar pero no saben a quién


La Asociación Mujeres Violetas conmemorará dos décadas de la matanza de por lo menos 29 personas a manos de los paramilitares en el departamento de Putumayo. Dicen estar dispuestos a reconciliase con los verdugos, pero piden que se esclarezca el papel de la Fuerza Pública en los hechos.

Por _ Nicolás Sánchez A. / @ANicolasSanchez

Los paramilitares hicieron grafitis en varios lugares de El Tigre en medio de la masacre./ Archivo El Espectador.

“No queremos que eso se quede impune. Queremos que haya justicia, que se cuente la verdad, que algún día esas personas que hicieron ese daño tan grande pidan perdón”, clama Ligia Díaz, una de las integrantes de la Asociación de Mujeres Violetas. Se refiere a la masacre que los paramilitares del Bloque Sur Putumayo, de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), perpetraron en el caserío El Tigre, ubicado en Valle del Guamuez, el 9 de enero de 1999.

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El sábado, por convocatoria de las 62 mujeres que integran la Asociación, se reunirá la comunidad de El Tigre para conmemorar los 20 años de la masacre. Lo harán el 9 de febrero debido a que los primeros días de enero la región vivía el Carnaval de Blancos y Negros, lo cual podía diezmar la convocatoria del evento. Tanto Díaz como Rubi Tejada, presidenta de la organización, aseguran que a pesar de todo el dolor que han experimentado están dispuesta a perdonar, pero siguen sin saber a quién.

La masacre ocurrió tres días después de que finalizara el Carnaval de Blancos y Negros, en 1999. Como lo documentó el Centro Nacional de Memoria Histórica, panfletos amenazantes habían llegado a final de 1998, pero debido al paso del tiempo los habitantes del caserío vivían en medio de la tranquilidad. Sin embargo, el sábado 9, a las 11 de la noche, entraron al caserío unas camionetas Toyota 4.5.  Según Díaz y Rubi Tejada, presidenta de la Asociación, los vehículos pertenecían a la empresa Trans Hong Kong.

Los paramilitares empezaron a sacar a las personas de sus casas e incendiaron viviendas. “Se empezó a escuchar que tocaban puertas y le decían a la gente ‘bueno, gran hijuetantas’, con palabras soeces, a sacar a la gente de las casas, trataban mal a todo el mundo. Sacaron la gente incluyendo niños y mujeres, no respetaban eso”, cuenta Díaz.

Luego de reunir a los habitantes del caserío en la plaza central, empezó la matanza. De manera aleatoria empezaron a elegir hombres para subirlos a las camionetas en las que llegaron los paramilitares. Los señalaban de ser auxiliadores de las Farc. A un grupo lo llevaron a la salida de El Tigre, los ejecutaron y dejaron siete cuerpos formando un círculo. Al otro lo trasladaron hasta el puente del río Guamuez. Los empezaron a bajar de los vehículos, con armas blancas les hacían un corte desde el tórax hasta el pecho y los arrojaban al río.

Mujer inspeccionando un cadáver

Se recuperaron 29 cuerpos, de los cuales 9 fueron sacados del río. Sin embargo, entre los habitantes de El Tigre no cabe duda de que la cifra de víctimas mortales es mayor. “Solamente el río es testigo de todas esas personas que se nos llevó”, enfatiza Díaz. Cuenta que por esa época había personas de visita en el pueblo, debido a que era temporada de vacaciones, y al caserío llegaba gente que se dedicaba a raspar coca. “Después de la masacre vinieron muchas personas a buscar a sus familiares, pero no tamos la precaución de anotar sus nombres”, reconoce Díaz.

Se conoce que los perpetradores de la matanza fueron integrantes del Bloque Sur Putumayo de las AUC. El comandante de esa estructura al momento de la masacre era Rafael Antonio Londoño conocido como ‘Rafa Putumayo’. Ese hecho marcó, junto con la masacre de El Placer del mismo año, la entrada de los paramilitares a Putumayo. Durante años, los armados extorsionaron a los comerciantes de El Tigre, según versiones de excombatientes ante Justicia y Paz.

En el caserío persisten los cuestionamientos a la Fuerza Pública por su actuación durante la masacre. Los habitantes de El Tigre cuentan que esa noche la Brigada 24 del Ejército instaló un retén a la altura de un punto conocido como Santana. Inmovilizaron, durante varias horas, a todos los vehículos que pretendían ingresar a la zona. A pesar de que esos hechos están documentados en Relatorías del Tribunal Superior de Bogotá, en informes como el del Centro Nacional de Memoria Histórica y en los relatos de las víctimas, nunca han conocido quién ordenó la instalación de ese retén. “El Ejército de Santana fue cómplice de esta masacre” recalca Díaz.

Tienen la esperanza de que el Sistema Integral de Justicia Transicional (creado en el acuerdo de paz entre el Estado y las Farc) resuelva sus interrogantes. “Esperamos que llegue la Comisión de la Verdad hasta acá y que seamos escuchados”, resalta Díaz. Quieren saber por qué perpetraron la matanza. Las esperanzas de justicia también recaen sobre la Justicia Especial para la Paz, con el obstáculo que algunos de los perpetradores ya han muerto. Por ejemplo, Rafael Antonio Londoño fue asesinado en el 2004.

En diferentes documentos se estima que los desaparecidos serían unos 14, por lo cual la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas también tendría trabajo por adelantar. «Una de las zonas sobre las cuales esperamos estar es en Putumayo, para avanzar con las familias en procesos de búsqueda que ayuden a saber qué ocurrió con sus seres queridos», respondió Luz Marina Monzón, directora de esa entidad, al ser consultada sobre el tema.

Mujeres organizadas para la reconciliación

Desde el 2008, las víctimas del Valle del Guamuéz vieron la necesidad de organizarse, para eso crearon Víctimas Visibles. La organización, compuesta por 52 personas, se propuso visibilizar la tragedia que ocurrió en El Tigre y buscar medidas de reparación.

Lo lograron. El caserío fue objeto de reparación colectiva, proceso en medio del cual se construyó un parque y se le entregaron implementos deportivos, musicales y para el puesto de salud a la comunidad. Además, las víctimas tuvieron acceso a la atención psicosocial. “A la gente le daba mucho miedo hablar, ahora nos animamos. La parte psicosocial ha sido reconfortable”, enfatiza Díaz.

Sin embargo, faltaba una parte del relato. Como ha quedado documentado, la noche de la masacre hubo violencia sexual contra algunas mujeres. “Son experiencias muy personales”, cuenta Tejada.Por esas violencias que ellas tuvieron que vivir decidieron unirse y hacer su propia organización. En la Asociación Mujeres Violetas se escuchan y tratan de sanar sus heridas.

“No nos organizamos por rencor o por venganza, sino para halarle a la reconciliación”, resalta Tejada. El sábado 9 de febrero lanzarán la Asociación en medio de la conmemoración. No le guardan odio a sus victimarios. Exigen justicia y verdad. En palabras de Díaz: “Este pueblo se merece que le pidan perdón. Nosotros estamos dispuestos a perdonar porque somos personas que venimos trabajando la reconciliación”.

Fuente : ElEspectador


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