Carlos Jacanamijoy: “Europa se torna aburridora”


Después de vivir en Madrid, Barcelona y Londres, entre otras ciudades, decidió quedarse para siempre en Colombia, pues “aquí todavía hay mucho por hacer”.

Vendió su primer trabajo a los 12 años, un dibujo que le compraron en una semana cultural del colegio. / Mauricio Alvarado

No es de risa fácil. Tiene el rostro adusto y la mirada esquiva. Es un tipo cordial, pero al mismo tiempo distante. Carlos Jacanamijoy parece ser tímido. Parece estar inconforme. Parece un ser un hombre gris. Es una percepción rápida porque sus obras reflejan otra cosa. Cuando pinta libera sobre el lienzo una poderosa descarga de color. Se extrovierte con el rojo, se desinhibe con el azul, se libera con el amarillo, se enloquece con el naranja. El pincel lo usa como un aparato con el que refleja sobre el lienzo todas las complejidades que lleva dentro.

Del niño indígena que nació en Santiago de Putumayo (1964) y que soñaba con ser blanco para que no se burlaran de él en la calle no queda nada. Hoy es más bien un hombre orgulloso de sus raíces, pero algo cansado de que se repita hasta la saciedad que es el indígena que en contra de todos los pronósticos se convirtió en un artista universal. Aunque eso es cierto, no es lo único. “Cuando la gente habla de un pintor, no se racializa, pero cuando se habla de un pintor negro o indígena, aún la sociedad se sigue sorprendiendo, nos siguen considerando exóticos”.

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A Bogotá llegó por primera vez hace 35 años, buscando el interior, “porque es lo que hace la gente de la periferia, de la provincia: buscar el interior”. Estudió bellas artes en la Universidad de la Sabana (1983 y 1984), se graduó en artes plásticas en la Universidad Nacional (1990), estudió filosofía y letras en la Universidad de La Salle y, por su trabajo y su búsqueda, vivió en Nueva York, Madrid, Londres y París. En ninguno de esos lugares encontró ese interior. Lo halló en las selvas vírgenes del Putumayo y encontró en la nostalgia la excusa perfecta para radicarse para siempre en Colombia. “Cuando vuelvo al país me convenzo más de que aquí hay muchas cosas por hacer, no solo desde el punto de vista de las artes, también desde el punto de vista de las matemáticas, la astronomía, la física. En Europa parece que ya todo estuviera hecho y eso torna las cosas algo aburridas. Por eso, pese a todo, siento que a este país lo amo”. Pese a todo, dice, y cómo no, sí, aunque ame a Colombia considera que la sociedad sigue siendo “racista, clasista y discriminadora”.

Que el príncipe Carlos, el expresidente Andrés Pastrana, Adolfo Llinás o Maradona tengan una obra suya en casa es lo de menos. Para Carlos Jacanamijoy, eso en realidad es un poderoso proceso de intervención. “Eso es muy representativo porque, cuando pasa, significa que el cuadro irrumpió en un espacio impensado. Entonces la pintura se convierte en un elemento transformador desde el punto de vista social, antropológico, político y hasta religioso. Eso es mágico”.

Es tan mágico como el recuerdo del día en el que se graduó en la Universidad Nacional. Como no había plata para comprar corbatas ni vestidos, les pidió a sus familiares que asistieran a la ceremonia ataviados para el carnaval inga. Al auditorio León de Greiff entraron con unos penachos gigantes y coloridos en la cabeza. Los Jacanamijoy se convirtieron en el centro de atención. “Mis compañeros no podían creer que se estaban graduando con un indio de carne y hueso. Fue apoteósico”.

El Carlos Jacanamijoy que hoy vive en el barrio La Macarena, en el centro de Bogotá, es la antítesis de sus cuadros. Es un hombre poco expresivo, con movimientos medidos y pausados. Sus cuadros, en cambio, reflejan el movimiento, el poder y la belleza de la naturaleza.

Han pasado 24 años desde que una exposición del Banco de la República lo puso en el escenario internacional. Calcula que su obra está conformada por al menos dos mil cuadros. “Cuando se hace una irrupción y se rompe un esquema con un punto de vista diferente, la sociedad cambia. Lo que los artistas hacemos es eso: cambiar la sociedad, darle un par de bofetadas al mundo en el que vivimos”.

Hoy las bofetadas, sin embargo, se están volviendo una constante innecesaria. Basta con darle una mirada a las redes sociales para calcular el impacto de los golpes. De la polarización. “Las redes sociales les dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban solo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio nobel. Es la invasión de los idiotas”, decía sobre el uso de las redes sociales el escritor y filósofo italiano Umberto Eco.

Jacanamijoy es menos beligerante con el lenguaje, pero es crítico. “Hablar de paz se ha vuelto violento y las palabras se vuelven bombas de tiempo. Cuando se habla hay que hacerlo con mucho cuidado porque estamos en un terreno minado (…) y parece que a los artistas casi nos quieren obligar a manifestarnos sobre algo”.

Ser artista, dice, es un hecho político. “No somos ruedas sueltas en el engranaje social”, sin embargo, no hay ganas de destinar lienzo, pintura o ideas para referirse a X o Y político. Ellos pasarán. “Con mi arte prefiero visibilizar la inconsciencia humana. Por ejemplo, lo que está pasando en Chiribiquete es muy doloroso, porque están talando las raíces de la tierra (…). Mi discurso con la pintura es menos retórico. Quiero mostrar vida, paz, equidad, armonía, equilibrio, y para eso acudo a la fuerza de la naturaleza y sus dictados sin palabras”.

El estudio en el que trabaja fue diseñado por el arquitecto Simón Vélez. Es un lugar hecho para un hombre blanco occidental o para un hombre indígena visceral. Jacanamijoy los representa a ambos. El lugar es amplio, luminoso, acogedor. Hay sillas talladas con figuras de animales, penachos como los que lució el día del grado en la Nacional, un piano, una chimenea.

“Una vez Gabo me preguntó: ‘¿Jaca, ¿quién te descubrió?’. Me quedé mirándolo mientras pensaba la respuesta, pero antes de que yo dijera algo, Gabito dijo: ‘Tranquilo, yo te entiendo, a nosotros nos tocó muy fácil porque el arte nos apasiona. Así uno coma mierda y sufra, uno goza’”.

Fuente : ElEspectador


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