‘Talentos Batuta’: por la excelencia

Este programa busca que niños y jóvenes tengan formación universitaria completa.

Gabriela Echavarría, de Quibdó, intérprete de flauta.
Foto: Foto:Juan David Padilla

Kevin Calderón quería ser médico. Nacido en Cúcuta, pasó más de 15 años en Maracaibo (Venezuela), a donde se trasladó su familia.

Cuando la situación del país vecino se deterioró, se trasladaron a Villa del Rosario, en Norte de Santander, y su mamá lo inscribió allí en la escuela de Batuta de esa localidad.

“Me decidí por la viola porque quería un instrumento que no fuera común y porque se acomodaba a mi tamaño”, dice este joven de 1,76 metros y quien afirma que no fue médico, pero que cura con la música.

Calderón fue parte del grupo de 24 alumnos de escuelas de Batuta que estuvieron en Bogotá, al que también asistieron jóvenes de Puerto Asís, Putumayo; Quibdó, Chocó, y Villa del Rosario, Norte de Santander, quienes participaron en una residencia artística del programa Talentos Batuta, el cual busca que niños y jóvenes de las escuelas puedan cumplir sus sueños de ser músicos profesionales.

Para María Claudia Parias, presidenta ejecutiva de la Fundación Batuta, el objetivo de estas residencias es “hacerles un acompañamiento musical integral” y buscar que puedan llegar a profesionales.

Parias añade que el trabajo de estas escuelas, en sus 26 años de historia, ha sido contundente, pues no solo ha dado herramientas de aprendizaje, sino que ha permitido “romper con ese ciclo de pobreza e inequidad”.

Más de 450.000 niños se han beneficiado del programa en estas tres décadas, cambiando incluso el entorno familiar.

Para Calderón, que se inició en el violín y luego pasó a la viola, su experiencia en Bogotá, cuenta, le abrió un mundo de posibilidades y fue muy enriquecedora. “Mi tallerista, Sandra Arango, me dejó impresionado y me mostró como es una persona con dedicación”.

Desde Quibdó llegaron Gabriela y Alessandro Echavarría, de 16 años, que empezaron su formación musical en la capital chocoana, pero en el 2010 se fueron a vivir a Quinchía, Risaralda, durante siete años.

En Batuta, él es percusionista y su hermana, flautista. “La música ocupa la mayor parte de mi vida”, dice el joven Alessandro.

Saben que tienen una gran ventaja sobre muchos de sus compañeros, pues cuando se fueron de Quibdó se llevaron sus ritmos del Pacífico y en Quinchía aprendieron más sobre los sonidos andinos.

“Estoy seguro de que quiero ser músico”, comenta Alessandro, mientras Gabriela, flautista, dice que de este instrumento le gusta su registro.

Parias agrega que este es un plan que quiere albergar a 100 estudiantes, con residencias de 25 cada año. “En esta ocasión sabemos que quedaron unidos para siempre, a pesar de ser de regiones tan alejadas, y también que cada uno se fue mucho más afianzado en la música”, dice.

Según cifras de Batuta, el 54 por ciento de los estudiantes que salieron de la entidad no accedieron a estudios superiores, técnicos, tecnológicos o universitarios, mientras que el 45 por ciento sí continuó en alguno de ellos. De estos últimos, el 36 por ciento siguió sus estudios musicales a nivel superior.

Fuente : ElTiempo


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