Hierbas ancestrales para sanar el pasado

Por : Leandro Gil Villaquirán*

Con apenas siete años tuvo que vivir el desplazamiento. Luego vinieron el exilio en Venezuela, la violencia sexual de su pareja y hasta el asesinato de sus hermanos. Un crudo testimonio que solo un corazón grande y valiente puede contrarrestar para recuperar la dignidad.

Rosa Elena Singindioy es de la comunidad kamsá, ubicada en el Valle del Sibundoy, Putumayo. / Uariv – Leandro Gil

Rosa Elena Singindioy vivía en su finca en Sibundoy (Putumayo) cuando la guerrilla llegó de sorpresa. Venían a asesinar a todo aquel que no saliera del territorio, por lo que ella, sus padres y sus nueve hermanos huyeron. Desde Pasto, sus padres la enviaron a Venezuela, con solo siete años de edad. Llegó a una casa de familia para cuidar otros niños y a trabajar como empleada doméstica. El pago lo recibían sus familiares en Colombia. Y este fue solo el principio de su calvario.

Con tristeza recuerda que soportó humillaciones y violencia. A sus nueve años ya había pasado de desplazada a exiliada, y en este drama creyó encontrar su salvación en un colombiano de 22 años que le prometió amor y protección. La violencia la acechaba en la casa, en la calle. La situación era tan insoportable que un día decidió internarse en la selva. “Fueron ocho meses en los que comí guama, mango y cacao para sobrevivir”. En ese momento decidió regresar al país con el colombiano que había conocido y se instalaron en la frontera.

Ahora tenía once años, pero ya había vivido demasiado. Rosa había sufrido dos abortos porque él, borracho, le pegaba. Pero, a pesar del maltrato, seguía siendo su tabla de salvación y tuvieron dos hijos. La guerra los alcanzó y terminaron en Corinto (Cauca). De allí los volvieron a desplazar los violentos. Para entonces, esta mujer de carácter noble y guerrera ya tenía 16 años. “Al papá de mis hijos lo amenazaron de muerte, quizás por algún negocio raro. Yo estaba cansada de tanto sufrimiento, así que me fui con mis hijos a Santander de Quilichao”.

En ese municipio, eje de la economía caucana, tuvo un par de años de tranquilidad, hasta que en 2001 los paramilitares tomaron el control del pueblo y asesinaron a su hermano y su hermana. Ella dejó un bebé de dos meses y una niña de cuatro años que Rosa adoptó como propios.

Una nueva esperanza

Paradójicamente, en este municipio encontró gente que conoció su caso y la apoyó para empezar de nuevo. “Un vecino me prestó dos millones de pesos, sin intereses, para poner una tienda. También me valí del arte que me enseñaron mis ancestros: la medicina tradicional”, recuerda. Al pasar los meses conoció un verdadero amor, Jhon Jairo Guzmán, un hombre al que la guerra del Cauca le arrebató a sus tres hermanos y que se convirtió en su ángel de la guarda.

Zoraida Estelia Castro, víctima y activista del norte del Cauca, también ha sido fundamental en el proceso de empoderamiento de Rosa. “Gracias a esta mujer tuve ayuda del Gobierno para consolidar el sueño de tener una tienda”, afirma.

Su proceso de reparación individual ha sido exitoso. Primero participó en un proyecto productivo de la Unidad para las Víctimas y otras entidades, con el que pasó de tener 50 pollos a 450. Además agrandó su negocio. “Estoy muy agradecida y feliz por la indemnización que la Unidad me dio”.

Supo aprovechar los recursos, pero también la capacitación financiera que recibió para el éxito de su proyecto. “He sido organizada: con lo que me dejaba la tienda comía y pagaba deudas. Me esforcé para que —como les digo a otras mujeres— lo que recibimos se multiplique. Hay que dar menos quejas y proponer más estrategias para salir adelante y superar lo que hemos vivido”.

Rosa Elena ahora es una emprendedora que ha logrado hacer un proceso de sanación. Ha recuperado la alegría y ayuda a las personas de su comunidad, a las más necesitadas del cabildo indígena nasa kiwe. Les entrega mercados mensuales, pero además ayuda en su recuperación. “Lo que yo viví no se lo deseo a nadie, por esto trato de apoyar al que necesite”.

Es curandera. Usa la medicina tradicional de los kamsá, del valle de Sibundoy, donde nació. “Con todo lo que me ha tocado sufrir les he cogido más amor a los conocimientos tradicionales que heredé de mis padres y mis abuelos”. Según cuenta, cura enfermedades digestivas, urinarias y hasta de trasmisión sexual. “Yo observo qué enfermedad es y según eso los remito al hospital o los atiendo en mi casa”, explica.

Su experiencia la ha hecho también sensible al sufrimiento ajeno y le permite brindar apoyo emocional a quienes se acercan. Ella sabe usar las palabras precisas para sanar heridas. “La falta de amor y de cariño destruye las familias. Además están la maldad y la hechicería, cosas que hay que trabajar mediante un refresco”, narra.

Un refresco es un baño con plantas nativas con el que ahuyenta espíritus y maleficios. Dice que a veces son tan fuertes que hace falta la oración cristiana. “Con la Biblia abierta y las manos sobre la persona poseída se expulsan los demonios”, señala esta mujer que asegura haber salvado vidas.

Aunque los momentos difíciles están marcados en su mente, ella se esfuerza por superar esa historia. “A veces me da miedo dar un paso adelante, pero sé que solo puedo temer a Dios”, dice, apelando a ese sincretismo en el que caben igual la medicina occidental, sus tradiciones ancestrales, un Dios cristiano y la Virgen de Guadalupe, patrona de su barrio. Al fin y al cabo, la protección siempre es bien recibida, tome la forma que tome.

* Periodista de la Unidad para las Víctimas.

Fuente  : ElTiempo


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