Volver al sonido de los ancestros

Con música tradicional campesina e indígena, tres colombianos y una extranjera recorren el país para llevar un mensaje de esperanza. Su misión: descubrir el paisaje sonoro que se esconde entre las montañas.

Con la idea de buscar alternativas a la vida que les ofrecía la ciudad, así como dar una mirada a sus raíces, dos bogotanos, un villavicense y una estadounidense emprendieron hace cuatro meses un viaje por diferentes zonas del país. Su camino se hace visible cuando salen a cantar y a tocar en las plazas de los pueblos que recorren.

“Ahora que en mi vida todo ha muerto/ busco de las aves el camino/ quiero ser yo libre como el viento/ quedar junto a la tierra pacha mama/ Los caminos de mi vida van perdidos/ en la inmensidad de mi destino/ hoy sólo quiero paz y comprensión/ en el trinar de mi charango indio”, reza uno de los cantos que interpreta esta agrupación llamaba Musu Yawar, que significa sangre nueva, en lengua Inga, que hablan indígenas del Putumayo. Sus cantos buscan rescatar la tradición de las comunidades ancestrales del país.

Esta iniciativa nació hace año y medio en Villavicencio, donde Marco Espinilla, maestro de música del Sena, creó un espacio musical y cultural para recoger tradiciones de la comunidad indígena Inga. Él junto a cuatro indígenas del Valle Sibundoy (Putumayo) y algunos de sus estudiantes, emprendieron encuentros musicales en centros educativos y plazas.

Tiempo después el maestro falleció. Sin embargo, algunos de los integrantes mantuvieron la iniciativa a la que se sumaron nuevos talentos como Lia Leibman, bióloga estadounidense de 24 años, que conoció al grupo mientras viajaba en un bus hacia Villa de Leyva (Boyacá). Relata que en Los Ángeles (California), de donde es oriunda, cantaba con sus amigos música tradicional del campo, pero nunca en las plazas. Ahora, con sus compañeros colombianos, su viaje cogió un norte y espera poder, no solo aprender de la tradición ancestral, sino conocer formas alternativas de vida. “Mi propósito fue salir de Estados Unidos para ver cómo puedo vivir diferente a partir de las experiencias de otros y aplicar lo bueno a mi vida”, enfatizó Leibman, quien interpreta cantos campesinos de su país en plazas de Colombia.

La cantante estadounidense Lia Leibman/ Foto: Yorley Ruiz M. 

Un caso similar fue el Caleb Mesu Aldana, quien toca la percusión. Antes de ingresar al grupo se desempeñaba como artista plástico en su natal Villavicencio. “Esta es una oportunidad para enseñarle al país que hay personas resistiendo a la destrucción del medio ambiente y a la violencia con formas de vida alternativas”.

Daniel Diosa, quien interpreta los instrumentos de viento (quena y zampoña), y Manuel Manrique, quien toca el cordófono y el charango, son oriundos de Bogotá y están en el grupo desde sus inicios. Después de la muerte de su docente decidieron sacar adelante el proyecto, que se ha convertido en un viaje por el país. Han estado en La Guajira, Cundinamarca y en plazas y universidades de Bogotá. “Nuestros días son intensos, toquemos o no. Actualmente estamos con una comunidad Muisca, cerca de Ráquira. En el día aprendemos a reconocer plantas tradicionales y medicinales, así como expresiones culturales. Es un viaje para rescatar nuestra identidad como colombianos”, indicó Diosa.

Ellos definen el viaje como una búsqueda espiritual, tanto que cada uno expresa una conexión especial con su instrumento, desde el cual buscan hacer de su música una fuente de sustento para comprar lo necesario. En el caso de Manrique, al tocar el charango se remite al aleteo de un colibrí; Diosa, por su parte, indica que al interpretar los instrumentos de viento se siente vivo y consciente de la respiración, sintiendo en cada soplo la libertad de un ave; para Aldana, el bum bum del tambor se asemeja al del corazón, reconociendo que el cuerpo de cada ser humano es música en sí mismo, y, por último, Leibman indica que al cantar siente empatía con quien la escucha.

Así pues, más que una búsqueda espiritual personal, lo que pretenden es transformar a los espectadores desde la letra que hace referencia, no a unos indígenas sometidos, sino a los nuevos, a esos que están entre pieles mestizas y corbatas, entre faldas y jeans, como una invitación a volver a las raíces. “Amar a Colombia es volver a la tierra, no es ponerse una camiseta, es amar al otro, proteger nuestros páramos, llevar un mensaje de esperanza y escuchar a nuestros ancestros”, enfatiza Manrique.

Fuente :ElEspectador


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