La paz en Putumayo tiene rostro de mujer

El proyecto busca beneficiar a 3.000 mujeres de Putumayo y a sus familias (10.000 personas). / Óscar Pérez-El Espectador

Es martes en la noche en Mocoa (Putumayo) y las mujeres del departamento acuden a la que sería la cita más importante de su vida. En la sede de la Alianza Tejedoras de Vida, la organización enclavada en el centro de la ciudad, se observa a un matriarcado que desarrolla roles bien definidos. Hay quienes toman fotografías; otras coordinan la entrega de platos para la cena y la ubicación de las sillas para los asistentes; también están quienes se alistan para dirigirse al público. Nadie se queda sin asiento y sin alimento. Pero, sobre todo, nadie se queda sin escuchar la noticia: el respaldo por 6,8 millones de euros que les dio la Unión Europea, a través de la embajada alemana, a las mujeres del departamento.

Ellas se sientan al frente. Se les ve con vestidos impecables y les imprimen a su rostro una expresión solemne ante la llegada de la delegación extranjera que aprobó con apremio sus demandas. El dinero, sin duda, las alienta; motiva a quienes tienen proyectos estructurados e incluso hace volver a aquellas que en otros tiempos decidieron irse. Son $24.300 millones, una cifra que no alcanzan a dimensionar, no solo porque aseguran que nunca han recibido un peso del Estado, sino porque para muchas de ellas contar con tres comidas al día es toda una fortuna. En Putumayo la tercera parte de la población vive en situación de pobreza.

Al encuentro llegan mujeres víctimas de violencia sexual e intrafamiliar, mujeres excombatientes, mujeres afectadas por el conflicto armado, mujeres campesinas e indígenas, mujeres cultivadoras de coca…Son mujeres sobrevivientes: algunas reúnen varias o todas estas condiciones y, a pesar de ello, consideran que no debe haber camino distinto a la reconciliación. Por eso, mientras la escritora bielorrusa Svetlana Alexiévich, en un contexto en el que hacía referencia a la participación de las mujeres en el ejército ruso en la Segunda Guerra, tituló uno de sus libros “La guerra no tiene rostro de mujer”, al considerar que su historia nunca había sido contada, las lideresas del Putumayo plantean en sus pancartas una consigna en clave afirmativa, que mira hacia el futuro: “La paz tiene rostro de mujer”.

Allí, entre ellas, está Fátima Muriel, su presidenta. Una mujer con un turbante en su cabeza y una sonrisa amplia, que insiste en la importancia en que las mujeres tengan un empoderamiento económico, que tengan vocería política y la educación suficiente para que su cuerpo no vuelva a convertirse en un botín de guerra. “A las mujeres hay que ayudarles, están en su campo, son rurales, solo conocen el trabajo de la coca, del sol, desde las 5:00 a.m. trabajando, embarazadas, llenas de hijos. Ellas siguen viviendo de la coca, ellas creen aun que es muy difícil dejarla, porque la coca les ayuda a solucionar de inmediato los problemas en la familia. Tenemos que apoyarlas en proyectos alternativos. No solamente darles el dinero, sino seguirlas acompañando y capacitándolas para que se reconozcan como portadoras de un papel fundamental”.

Friedrich Kircher, de la organización Cáritas Alemana, que hace parte del comité operativo, explica que se beneficiarán 3.000 mujeres del departamento y sus familias (10.000 personas) a través de la promoción de economías locales sostenibles, legales y competitivas. “Lo particular de esa iniciativa es que se trata de una alianza entre la sociedad civil (Tejedoras de Vida) con los alcaldes de siete municipios, la gobernación del Putumayo, la embajada alemana, Cáritas alemana, pastoral social colombiana y la Unión Europea, que da el 80 % de los recursos. El otro 20 % lo dan las demás organizaciones. Lo que vamos a hacer es funcionar con un fondo de fomento que va a financiar en dos grandes líneas proyectos que desde la propia sociedad civil se van a presentar. El título del proyecto busca lo que se quiere lograr: empoderamiento político y económico territorial con enfoque en las mujeres rurales en el Putumayo”. Con estas iniciativas las mujeres podrán impulsar iniciativas para comercializar productos agrícolas, ofrecer servicios, incentivar el ecoturismo y el etnoturismo. Lo que sea, siempre y cuando quieran hacerlo y sea viable.

Los desafíos

La senda de las Tejedoras de Vida, una alianza de 65 organizaciones de mujeres rurales, en Putumayo (que ha basado sus rentas en economías extractivas, cultivos de coca y la agricultura) ha estado signada por experiencias sangrientas desde sus inicios, hace dos décadas, cuando empezaron a organizarse. En 1998, el padre Alcides Jiménez Chicangana, párroco de la iglesia de Nuestra Señora del Carmen del municipio de Puerto Caicedo, a 61 km de Mocoa, fue asesinado mientras abrazaba a uno de los árboles de zapote que están al interior del despacho parroquial. Él se había opuesto a los cultivos de coca, al impacto de las siembras en el medio ambiente y a la violencia derivada de los grupos que se disputaban sus cosechas. Jiménez había sentado un paradigma en la región, en el momento en que les dijo a las mujeres campesinas que debían exigir el respeto de sus derechos. En 1987, Fundó la Asociación de Mujeres de Puerto Caicedo (Asmun) y con ella buscó romper unos postulados que parecían inamovibles: que la mujer no debía tener voz; que su participación en la economía debía ser limitada; que debía dedicarse a los oficios del hogar, y que su cuerpo podía ser vulnerado en lo privado y lo público.

Hoy se recuerda la imagen del inmolado sacerdote a través de un monumento que está rodeado de flores y plantas nativas. Y frente a la iglesia una placa sintetiza el sentido de su causa: “No basta vivir en comunidad para ser parte de ella. Hay que sentir sus problemas y tomar parte activa en su solución”. En ese mismo lugar, hoy los habitantes se preguntan si detrás del crimen está Milton de Jesús Concel Redondo, o Joaquín Gómez, quien fuera dirigente del frente 32 de las Farc. Ellos evocan que el Ejército interceptó una conversación entre Gómez y un interlocutor desconocido en el que informaban a sus estaciones sobre el homicidio del sacerdote. Pero vuelven a traer a colación todas las hipótesis, en las que aparecen paramilitares y agentes del Estado. Al final del relato llegan a lo mismo: “No se sabe quién fue. Eso sigue siendo un misterio”, dice Mildred Ortiz, quien se destaca por haber construido un mariposario y la primera reserva natural de la sociedad civil en el departamento.

En ese mismo despacho parroquial se reúnen para hacer memoria sobre las mujeres asesinadas durante el conflicto, que según el Registro Único de Víctimas fue de 1.997 entre los años 2000 y 2015. Piden que estos hechos no vuelvan a ocurrir jamás. “No queremos que nos metan el cuento de la guerra. Somos mujeres de paz”, repite Nancy Sánchez, coordinadora de Tejedoras de Vida, quien también busca que las mujeres dejen a un lado los cultivos de coca. “El eje central de la guerra estaba en la droga. La presencia era muy fuerte en el valle del Guamuez, La Hormiga, San Miguel y Orito. Una de las causas es el abandono del Estado a esta zona, que permitió que los cultivos de coca fueran la opción real para que las mujeres pudieran sobrevivir”, explica.

En ese sentido, saben que cambiar los cultivos ilícitos es todo un desafío. Los proyectos productivos es una iniciativa que empieza a dar sus primeros pasos; quienes buscan comercializar productos se enfrentan a una infraestructura precaria: la que conduce a Huila y aquella conocida como el Trampolín de la Muerte, hacia Nariño. La Gobernación del departamento insiste en que son cerca de 175 kilómetros de vías terciarias las que se necesitan. “Tanto olvido en Putumayo tiene sus consecuencias.A pesar del recorte del 66 % en regalías que ha vivido este gobierno, la inversión en infraestructura y vial es de lo más preponderante”, explica Sorrel Aroca, mandataria de Putumayo.

A pesar de los obstáculos que implica la construcción de paz territorial, ellas aseguran que su ímpetu no será inferior al desafío que se les impone. El embajador de Alemania en Colombia, Michael Bock, indica que el objetivo principal consiste en contribuir al saneamiento de la sociedad. “Pasé por muchos lugares que habían sido afectados por la guerra. Vi que a pesar de todo lo malo que había pasado existía una fuerza de las mujeres para salir adelante. Pero no tenían fondos ni nada cómo realizar lo que quieren crear: una sociedad sana. Por eso, hemos decidido montar este proyecto”.

Desde las zonas más alejadas del departamento, decenas de mujeres permanecen en Mocoa para celebrar el primer paso del anuncio de una ayuda inusitada. “Por primera vez somos escuchadas. Nos llegó la hora y vamos a demostrar que somos capaces”, dice en su brindis Fátima, quien tiene la certidumbre de que en tres años empezará a ver los frutos del empoderamiento femenino en estos territorios.

Tomado de : ElEspectador


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