Diferencia entre un Candidato y un Elegido

(Obra en dos actos)

Imagen : Internet

Acto  I

El Candidato

Es aquel que madruga, atiende todas las llamadas telefónicas por inoportunas que sean; al salir se despide de mano con todos sus vecinos, saluda con amabilidad a los desconocidos que se atraviesan en su paso, se dirige a la esquina de la cuadra y allí se toma un jugo de naranja de manos de la humilde señora que espera con sus ganancias sostener su familia. Aprovecha para dar una vuelta de plaza y saludar a los emboladores, vendedores de chance, de jugos y de confites que se agrupan y lo siguen hasta la otra cuadra, en donde saluda con abrazo a la señora que vende arepas con queso.

Al iniciar su recorrido de campaña, sale a pie y constantemente levanta la mano para saludar a cuanto transeúnte observa. Después visita escuelas, puestos de salud, casetas comunales, calles por pavimentar, parques para reparar y escenarios deportivos para recuperar; de todo esto han tomado atenta nota sus asistentes, engrosando su agenda con extensos memoriales y de paso reparten tarjetas con la dirección y teléfonos del candidato. En todo este recorrido han tomado agua de limonada en la calle, al igual que chontaduro y mazorcas.

El almuerzo está programado en la galería, donde le candidato con toda su comitiva saborean su plato favorito sin ninguna prevención; hay alboroto, vivas, saludos, aplausos vitoreando al candidato, lanzando frases como “este es el candidato del pueblo, ahora sí le tocó a la gente!

Al lado del candidato se han sentado el presidente de la junta de acción comunal, el director de la escuela, la promotora de salud, el inspector de policía, quienes esgrimen sus peticiones tales como el puestico para el hijo, la cuñada, el primo y hasta el tío, a lo cual el candidato responde: “tranquilo mijo, que cuando tengamos el poder, todo esto quedará resuelto.” De allí se levanta para seguir su camino, dejando atrás todo un grupo de humildes ciudadanos que gritan : “…que vuelva por aquí, doctor!

Acto  II

El Elegido

Para el día de su posesión sólo pueden asistir quienes fueron invitados mediante tarjeta que será exigida al entrar al recinto, adornado éste con los mejores arreglos donados por prestantes damas y señores que nunca se vieron en la campaña.

Una guardia de seguridad se apresta para hacer calle de honor a la entrada, lista a controlar cualquier desorden.

Ya la plaza está llena de las diferentes delegaciones, con pasacalles, afiches y pancartas expresando su saludo de apoyo incondicional.

De pronto suenan pitos del personal de escoltas del doctor, quienes van adelante para despejar cualquier obstáculo. Ahora ya no va a pie sino en carro  y con vidrios de seguridad, detrás vienen varios vehículos que se van ubicando a lado y lado; “allí va el doctor” gritan algunos desde la multitud, pero al final aparece un carro blindado con vidrios polarizados y a la mayor velocidad posible irrumpe por en medio del cinturón de seguridad y se dirige directamente al recinto donde lo esperan sólo los invitados. “Pasó el doctor” , dicen algunos que llevan cinco horas esperando.

Al final, la multitud empieza a dispersarse con sus rostros extenuados por el sol y resecas sus gargantas, mientras adentro hay abrazos, entre whisky y champaña.

Al otro día, el doctor cambia sus números telefónicos. Comienza su jornada diaria con  desayunos y almuerzos de trabajo para perfeccionar el empalme, vienen luego las juntas directivas, consejos de gobierno, consejos de seguridad, reuniones de gremios, comités y cocteles en la noche, perdiendo así todo contacto con la comunidad, que esperaba en el doctor la solución a sus problemas.

Ahora un asistente los recibe para decirles que el doctor está ocupado, que le dejen el mensaje, que su hoja de vida está en trámite, que vuelva más tardecito, que llame mañana temprano, etc.

Es decir, el doctor, como ya no es candidato, no pudo volver a hablar con sus amigos…

(cae el telón – Pocos, muy pocos aplausos… )

Original tomado de Revista Mi Comuna, Crónicas de ver y pasar

Adaptación de Guido Revelo

 

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