Un personaje sobresaliente

Por : Guido Revelo

Su cuerpo desajustado, deformes y chuecas sus piernas, los pies retorcidos, baja estatura, estrabismo evidente, una naturaleza nada generosa con su figura, un caminar lerdo y dificultoso en zigzag que parece de nunca llegar al destino, así conocí a mi personaje.

En el Auditorio Madre Caridad Brader – Puerto Asís

Por tratarse de casos excepcionales, nuestras escuelas y colegios, – que son construidos para la llamada “gente normal” -, no han tenido en cuenta que a personas como Oscar Bermúdez Moreano se les vuelve un verdadero suplicio subir a un segundo piso, utilizar un baño, subir un andén e inclusive redactar un escrito en el pupitre inadecuado para una persona zurda como el. En estas condiciones le tocó desenvolverse a Oscar cuando tomó la determinación, firme e inquebrantable, de estudiar en la universidad.

Con sus zapatos raídos, único par que poseyó durante muchos años, una camisa a cuadros que sólo la cambiaba cuando realmente disponía  del tiempo para lavarla y del clima adecuado para secarle la única otra que poseía, y un palo costillo que alguien, toscamente, le había elaborado, el cual le servía de bordón y en el que se apoyaba para hacer el recorrido entre la parroquia Guadalupe donde le dieron hospedaje los tres primeros semestres y el centro escolar donde estudiaba. Salía a las cuatro de la mañana para poder estar allí a las seis, seis y media de la mañana. La Parroquia entró en remodelación y para los siguientes semestres encontró una residencia más cercana (Residencias Muñoz, habitación 106, todo el tiempo reservada para el por $8,000 diarios de alquiler) al Colegio Ciudad de Asís, donde recibía sus clases presenciales durante veinte días cada semestre.

Cuando se permitía desayunar, no tenía cómo almorzar, y así fue durante varios semestres hasta que profesores (¿profesores? hummm, sería más preciso decir corazones) como Nicolás Baena, Juan Diego Tamayo, Olga Lucía Arbeláez y espíritus bondadosos como el del Padre Campo Elías de La Cruz, enterados de esa situación, le aportaban ocasionalmente una solución a su desayuno, a su almuerzo o a su cena. Esta situación no la vinimos a conocer sino hasta hace poco tiempo, cuando Oscar resolvió divulgar los nombres de las contadas personas de quienes obtuvo algún apoyo. Y la ocasión se presentó en una reunión reciente de egresados ante un auditorio de más de trescientos estudiantes que presenciaron lo que muchos vimos cinco años atrás: ver subir a un hombre por unas gradas que con gran dificultad lo llevaban a una tarima, hombre de quien a primera vista cualquiera pensaría que la naturaleza se ha ensañado.

Su discurso inició aclarando que a diferencia de cinco o más años atrás, ahora llevaba zapatos, camisa y pantalón nuevos, y lo acompañaba un bordón metálico de bonito pavonado. En la medida que avanzaba en su intervención y en sus agradecimientos, la gente lo interrumpía de vez en cuando para regalarle un aplauso sentido. De pronto, para los más de trescientos asistentes, sus palabras empezaron a tener un efecto ya no de la compasión o la indiferencia inicial sino de admiración. Admiración por una persona que en la medida que avanzaba en el relato de su vida iba dejando al descubierto, sin ser pretencioso, lo que llevaba por dentro; le iban saliendo las virtudes de ese “yo interior” que todos tenemos pero pocos cultivamos: bondad, generosidad, magnanimidad, determinación y amor por la vida y por el servicio a sus semejantes.  Admiración por un profesional que había superado todas las pruebas que la vida le había impuesto, que de cuando en vez arrancaba del auditorio una sonrisa, inclusive una risa, con la fina ironía de la que hacía uso burlándose de su propia fealdad y lo entendíamos claramente como un mensaje para el que lo quisiera tomar, en que lo fundamental era el espíritu, la esencia y no las formas exteriores del ser humano.

Ya para entonces, frente al auditorio no se miraba a la persona a quien natura le había negado belleza en sus formas  sino al ser humano en su estado más sublime y bello donde se daban cita el súmmum de las calidades y virtudes humanas y que pese a las dificultades, adversidades y los momentos dolorosos que a cualquiera otra  “persona normal”  la hubiera llevado a  desistir, a Oscar lo impulsaron para salir adelante.

Al concluir su intervención -que me resultaba imposible interrumpirla por no ajustarse a los tiempos establecidos, pues yo oficiaba de presentador y tenía directrices precisas-, el estudiantado y las personas allí reunidas se pararon a aplaudir a Oscar, pero  no aplaudían solamente al hombre virtuoso, decidido y resiliente, sino al hombre capaz,  probo, generoso, y en el mejor de los sentidos “atrevido”, que en una decisión temeraria se había propuesto presentarse como candidato al Consejo Municipal del Valle del Guamuez y había resultado elegido.

Oscar Bermúdez Moreano y Guido Revelo

El ahora licenciado en Etnoeducación fue graduado por la Universidad Pontificia Bolivariana en el marco de un convenio con el Instituto Misionero de Antropología que funciona desde hace dieciséis años en Puerto Asís. El Licenciado valleguamuense Bermúdez ahora desarrolla las labores para las cuales la comunidad del Valle del Guamuez lo eligió y en nuestros oídos aún retumba el reto que al aire soltó en el encuentro de egresados:

“…si yo, con esta figura que Dios me dio, con esta cojera que día a día me acompaña, con estos ojos que con mucha dificultad cuando toman un libro se dedican más a descifrar que a leer, y con estas manos que mas que agarrar, empuñan, pude hacer lo que hice… ¿qué no podrían hacer ustedes a quienes nada les falta? “.

Sí, Oscar!  Admirable  lección…

Mocoa, Putumayo, Julio de 2017

 

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