La posverdad de Mocoa

La situación diez días después de la avalancha es preocupante. Si bien hubo una respuesta inmediata de parte de los rescatistas y del gobierno nacional, las condiciones de desabastecimiento parecen complicarse y las soluciones van a un ritmo demasiado lento.

Al principio la información fue inconsistente; el gobierno pareció frenar la solidaridad al solicitar que se hicieran donaciones solo en dinero, lo que limitó iniciativas particulares. Además, los recientes escándalos de corrupción, hacen que la mayoría de la gente desconfíe de entregar dinero, en especial a través de las autoridades. Todo esto hizo que los primeros recursos fueran relativamente pocos y claramente insuficientes.

Dos o tres días después de la catástrofe, las necesidades fueron brotando, así como el estupor frente a la magnitud de los daños y eso movió la solidaridad con más fuerza, haciendo que se decidieran a enviar alimentos, suministros, ropa y otros artículos de primera necesidad por varias vías. También aparecieron las grandes empresas que facilitaron el envío o enviaron directamente sus productos. Inclusive apareció gente más involucrada decidida a viajar para llevar directamente sus donaciones.

El gobierno, y eso hay que abonárselo, hizo presencia de manera inmediata, pero más con promesas para el futuro que con soluciones inmediatas. El presidente Santos, condolido frente a las víctimas, llegó a afirmar que Mocoa quedaría mejor que antes; un anuncio difícil de creer con antecedentes como el de Gramalote.

Presidente, ministros y primera dama, han ido varias veces, todos con cara de compungidos, pero las ayudas reales han sido escazas, no alcanzan a satisfacer las necesidades más inmediatas de todos los damnificados que siguen implorando agua, alimentos, medicinas, colchonetas, cobijas y vestidos. No se sabe si es que las donaciones no alcanzan para tanta gente o no llegan a donde deben llegar.

He mantenido contacto directo con una amiga damnificada, que con su familia perdió todo y es por ella que me he enterado de que la situación es inclusive de hambre. Me asegura que la gobernación del Putumayo y la alcaldía Mocoa se han convertido en peajes para la repartición de la comida y que la gente se siente abandonada, hasta el desespero.

El ministro de defensa, nombrado gerente para la reconstrucción de Mocoa, todavía no da muestras de asumir, tal vez porque no puede irse para el Putumayo, dejando todo lo demás. Pero sería fundamental que lo hiciera de inmediato, de lo contrario la situación se puede complicar.

Los medios de comunicación entrevistan día a día a damnificados que se quejan sobre la llegada de las ayudas, pero a continuación en otras entrevistas, con funcionarios del nivel local y nacional, se relatan cosas distintas, partes de tranquilidad sobre el flujo de las ayudas. Uno se queda sin saber realmente qué está pasando y cuál es la verdad.

Quedan muchas preguntas sobre la situación en Mocoa. ¿Se está haciendo un censo serio de la población víctima de esta tragedia? ¿Se tiene una red de distribución de alimentos y otras ayudas que garantice que efectivamente se estén repartiendo por igual y sin cobrar o pedir peaje? ¿Cuántas personas están dependiendo totalmente de la asistencia porque no tienen ingresos o no tienen trabajo? En fin, ya es hora de que el panorama asistencial se normalice y se pase a una etapa de mayor efectividad en las soluciones.

En fin, como se usa ahora con el tan mentado concepto de posverdad para denominar lo que parece evidente, pero es más el resultado de un relato acomodado de los hechos, se podría pensar que en Mocoa hay mucho de posverdad. Lo que podría convertirse en la imperdonable utilización de una tragedia para generar expectativas que podrían desembocar en una gran frustración colectiva.

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