Mocoa, la ciudad de los 273 funerales

En Mocoa los forenses de Medicina Legal no dan abasto para hacer la necropsia y han entregado 46 cuerpos sin vida de los 273 hallados. FOTOS AFP y Andrés Cardona
En Mocoa los forenses de Medicina Legal no dan abasto para hacer la necropsia y han entregado 46 cuerpos sin vida de los 273 hallados. FOTOS AFP y Andrés Cardona

Las palabras del obispo Luis Alberto Maldonado, suenan como muchas en la tragedia de Mocoa. Suenan a resignación, pero en medio de la desesperanza, son las únicas que han llevado un poco de calma a las víctimas que la furia de la naturaleza dejó sin nada.

Su sermón está dirigido a un rebaño desorientado a quien invitó a reconstruir: “Oremos a Dios, porque en estos momentos debe ser la esperanza la que nos guíe”, expresó el obispo Maldonado.

En medio de la llovizna, con el barro hasta las rodillas, comenzó a leer un salmo. Su trabajo apenas comienza. La llegada de monseñor calmó los ánimos de las familias que golpeaban las rejas de la morgue. Muchos de ellos esperan saber algo de sus familiares.

“Raaápido, rápido, rápido que digan si Ingrid Camila Acosta está en la lista por favor, si ahí tienen su cuerpo, es mi hija”. Los gritos son de una mujer que rompe el silencio con sollozos. Otros familiares, por empatía, se desesperan y comienzan a gritar: “¡entréguenos los cuerpos!”.

Hasta ese momento, el cementerio La Ascensión de Mocoa estaba en silencio, cubierto por un cielo nublado. Por lo menos 50 familias escuchaban atentas los nombres que pronunciaba el agente del CTI de la Fiscalía por un megáfono: ¡Silva Peláez José Asunción!, se escuchó a través del aparato.

Preguntan por los cuerpos

Lejos de la morgue, mirando las flores del cementerio está Fabio Erazo, un reconocido líder campesino que perdió a su esposa y a sus dos hijas, una de ellas de 27 años con siete meses de embarazo.

“El cadáver de la niña es el número uno, fue la primera que rescataron y trajeron a la morgue. Yo estoy aquí desde el sábado y no me la han entregado, dicen que necesitan hacerle la necropsia, pero los cadáveres se están acumulando”. Su voz se va apagando. El discurso se detiene y simplemente toma una hoja de la Fiscalía donde aparece el número uno y el nombre de su hija. “Ahí está la prueba”, dice.

Pasadas las nueve de la mañana, la multitud se desespera. La custodia de cinco policías a la entrada del cementerio no es suficiente. Tres personas se infiltran, distraen a las autoridades y las familias entran a la morgue. Fue en ese momento cuando salió el agente del CTI con un megáfono. Así las necropsias estuvieran en proceso, la situación era insostenible. “¡Martínez Losada San Clemente!, ¡Martínez Losada San Clemente! ¡Caicedo José Francisco!”, gritaba el agente.

Al mediodía, el director de Medicina Legal, Carlos Valdés, se pronunció sobre el episodio tratando de calmar los ánimos. “Hemos realizado 174 necropsias. Hemos identificado 55 cuerpos, de los cuales el Instituto Nacional de Medicina legal ha entregado 46”. El director, consciente de la situación, pide disculpas y paciencia a las familias, de lo contrario los forenses de Medicina Legal podrían entregar los cuerpos equivocados.

“El problema no son las necropsias, sino que son muchos cuerpos. Los forenses no tienen la capacidad de hacerlo a tiempo. Mi hija está desde la primera hora del sábado. ¿Se imagina cómo está?”, pregunta, una vez más, Fabio Erazo.

Su semblante es inerte, reflexivo. Sin preguntárselo, comienza a decir: “Debe haber cuerpos llegando al río Amazonas, arrastrados desde Mocoa. Todo esto es como si la naturaleza se hubiera puesto de acuerdo para mostrarnos algo, un mensaje”.

“Mi hija es una santa”

Dos cuadras antes de llegar al Instituto Tecnológico del Putumayo (ITP), donde 500 personas están albergadas, se podía ver, a los lejos, un ataúd pequeño enfrente de una casa familiar. Pilar Montilla quiere hablar con alguien, contar lo que no logra comprender.

“Soy familiar de personas que sobrevivieron en el barrio de San Antonio. La avalancha arrastró 600 metros con raíces, piedras y lodo, a mi hermana Glaidy Adriana, a mi sobrina Geraldine y a mi cuñado Neraldo. Cuando los encontraron apareció una Biblia con una frase poderosa: ‘Adolescente, preparado para el nuevo futuro’. Es como lo que pasó con la niña en Armero, no sé cómo entenderlo. Creo que mi sobrina es una santa”.

Pilar está convencida de que su hija puede hacer milagros, y en estos momentos de angustia por perder enseres, tiene una sola certeza: su familia está viva gracias a Dios.

La suerte de Pilar es difícil de entender. No muy lejos de la casa de su familia vivía Mareli Sevillano, una mujer joven, con acento chocoano. “Perdí a mi madre, a mi hija, a toda mi familia. Quedé atrapada en la casa de dos pisos, por fortuna logré salir cuando la avalancha se dividió en dos. Pasé por las piedras, por encima de todo y terminé aquí, en el albergue”. Mareli perdió todo.

Le dicen albergue, pero todavía no tiene suficientes colchonetas, las mujeres embarazadas duermen sentadas en pupitres, el baño está tan sucio que las familias se han visto obligadas a construir letrinas en los jardines del ITP.

“Tengo un niño de un año que gracias a Dios quedó vivo, pero ahora llora mucho. El Gobierno se ha demorado, no nos han llegado colchonetas y tenemos 10 familiares desaparecidos. No sabemos absolutamente nada de lo que va a pasar de ahora en adelante. Por lo menos si encuentran a un familiar, en dos horas mi vida y mis planes ya serían otros”.

La Unidad Nacional de Gestión del Riesgo (Ungrd), por ahora, tiene en sus manos tareas difíciles, como dotar a Mocoa de agua potable y restablecer el servicio de luz. Hasta ayer, el 80% de Mocoa estaba sin servicio de energía. El último reporte señalaba que 273 personas murieron por la tragedia. Además de identificar los cuerpos, el Estado se comprometió a entregar 7.000 litros de agua diarios a través de una planta de agua potable. Aunque todavía no son suficientes, ya están en manos de las familias 2.000 mercados, 6.000 colchonetas y 2.000 kits de cocina, según cifras de Presidencia.

El otro desplazamiento

Al lado de Mareli duerme Cornelio Sevillano, un chocoano que sostiene la mirada apacible. A los 79 años está enfrentando un segundo desplazamiento. “Hace tres años llegué a Mocoa desplazado de Unguía. Me sacaron las Farc, casi me matan y no sé cómo pero por obra y gracia de Dios pude venirme hasta acá. En los últimos meses ya no pude trabajar y me quedé en la casa. Dios no me quiso llevar pero ahora no sé a dónde irme”.

Jairo Sevillano interrumpe la historia de su padre para contar los detalles: “La casa estaba hecha en madera y ladrillo, todo el lodo se llevó la parte de madera y mi hermana quedó desaparecida, se llama María Eugenia Sevillano, ayúdenos por favor”. Su padre baja la mirada y le dice en un tono casi inaudible: “Ya los del socorro dicen que no queda nada, que los cuerpos están llegando a Puerto Asís, arrastrados por la avalancha”.

Una pregunta latente que tienen las 500 personas que el Ejército ha registrado en el albergue es qué va pasar después, dónde van a vivir. En los barrios periféricos, los hogares quedaron destruidos, piedras y lodo tapan lo que antes eran canchas de fútbol, casas y tiendas. Fabio Muñoz está esperando que la Cruz Roja le entregue el desayuno. Son las 9:30 de la mañana y en la fila hay 20 personas por delante.

“Hace dos años, la quebrada La Coneja estaba cerca de desbordarse y nadie puso cuidado. Hace 50 años mi abuelo dijo que sucedió algo parecido, entonces no sé dónde nos va a tocar vivir. ¿Usted sabe lo que cuesta un lote, una nevera, una cama?”.

Pablo Cuchala, un voluntario indígena que recorre todos los días albergue, se lamenta de la escena que tiene que ver: “Corpoamazonía hizo una modelación de la zona, advirtiendo el riesgo. Sin embargo, la Alcaldía no hizo caso. Nuestros ancestros Ingas nunca se ubicaron en esas zonas porque sabían que era riesgoso. Ahora lo que nos interesa es que la reconstrucción sea ordenada, con un Plan de Ordenamiento Territorial (POT). No podemos vivir de tragedia en tragedia”.

Dos días después de la calamidad, a Mocoa se le agota la vida. La ciudad se desvanece entre funerales, levantamiento de cadáveres y una pregunta incierta que abraza a cientos de familias: ¿Dónde estarán mis seres queridos?”.

http://www.elcolombiano.com/colombia/la-ciudad-de-los-273-funerales-entre-esperanza-y-dolor-DL6269360

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