La Ceiba que simboliza a Puerto Leguízamo es prestada

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Por Guido Revelo Calderón

La mayoría de los pueblos poseen símbolos, íconos, lugares u objetos que los identifican  por diferentes razones. En el Putumayo, territorio de selva y agua, ello no podía faltar. Por muchos años, antes de que las carreteras entraran a estos pueblos, un gran árbol con forma de sombrilla se constituía no sólo en símbolo sino en gigante centinela que a manera de faro señalaba la proximidad a una población. Así ocurrió con Puerto Asís, Puerto Ospina, Puerto El Carmen (Ecuador), El Estrecho (Perú) y así ocurre actualmente con Puerto Leguízamo.

image005Voy a referirme a nuestro árbol que se erige frente a Puerto Leguízamo.  Me voy a tomar unas líneas para compartirles algunas características de este árbol tan especial.

Su longevidad puede estar por arriba de los 50 años, es decir que nuestro árbol empezaba su vida cuando nuestro municipio iba en mitad de su existencia y su tamaño, el de nuestro árbol, seguramente no pasaba del metro de altura. En la medida que fue creciendo se convirtió en albergue de muchas especies vegetales (parásitas, orquídeas) y animales (insectos, micos y pájaros). Su crecimiento gradual de hasta 2 metros por año lo llevó a la madurez cuando alcanzó una altura de más de 50 metros que lo convierte en el árbol más alto de nuestra selva, observable a muchos kilómetros de distancia. Una planta de plátano puesta a su lado toma la dimensión de un irrisorio ramillete de gramalote y sus bambas o contrafuertes (técnicamente raíces superficiales tabulares y refuerzos basales)  son suficientemente anchas y espaciosas como para dar cabida a un grupo familiar de 4 o 5 personas. Su capacidad para absorber y almacenar más de 30 toneladas de CO2 (dióxido de carbono, que no es otra cosa que gases de desecho expelidos por humanos, motores, etc)  la convierte en una verdadera máquina de vida al transformarlos en oxígeno puro.

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A pesar de ser un ejemplar cuya madera no está considerada entre las más finas y apetecidas, la naturaleza en su sapiencia entendió que no podría ser de otra manera para que la especie sobreviva: de no ser así, por su tamaño no estaría en pie una sola ceiba a causa de la intervención humana. Hay algo más extraordinario: sus flores una vez convertidas en frutos ( putu en quechua) envuelven las semillas en una lana sedosa de color blanco, muy apetecida en el mercado mundial con el nombre de kapok. Sus características especiales de suavidad, sutileza, aislante térmico y antialérgica hacen de ella un producto utilizado para los salvavidas de algunos aviones y embarcaciones, pues se ha comprobado que se requiere un peso de 25 veces su tamaño para hundirse en el agua; por mucho, más liviana que el corcho. Ni qué decir de su utilidad en el relleno de almohadas y colchones que alcanzan un altísimo valor en el mercado mundial.

El uso de su madera pasa por la industria de fósforos hasta el aeromodelismo. La Ceiba se conoce con más de 30 nombres en el mundo, como:  Palosanto, Lano Brujo  (Col.), Huimba, Lupuna (Perú), Uchuputu (Ecuador), Samauna (Br), Árbol de Algodón, Cabello de Ángel (Mex), entre otros.

De la ceiba obtenían nuestros indígenas putumayenses el algodón que sirvió para ceñirlo al final de la flecha de caza que le daba la aerodinámica requerida para su direccionamiento y de igual manera fue de mucha utilidad para colocarlo en la boca de la cerbatana pues permitía hacer un buen cierre al soplar el dardo y no se presentaran fugas de aire.

Ceiba que se erigía en la finca de los misioneros al otro lado de la quebrada Singuiyá en P Asís. Foto Archivo antiguo Vicariato Apostólico de Sibundoy.
Ceiba que se erigía en la finca de los misioneros al otro lado de la quebrada Singuiyá en P Asís. Foto Archivo antiguo Vicariato Apostólico de Sibundoy.

Como nuestro árbol se encuentra extendido a lo largo del continente americano, desde México hasta Argentina, también ha jugado un papel muy importante en la mitología de todos aquellos pueblos donde hace presencia.

En los estudios que a principios del siglo pasado hiciera el CILEAC (Centro de Investigaciones Lingüísticas y Etnográficas de la Amazonia Colombiana) de los capuchinos catalanes con sede en Sibundoy, recoge en un documento  lo que para los sacerdotes era un extraño comportamiento de los indígenas sionas de las cercanías de Puerto Asís con respecto a los árboles de ceiba: una mezcla de respeto y temor pues ellos hablaban de unos espíritus que habitaban y cuidaban celosamente el árbol y los nativos evitaban recibir su sombra o estar cerca a el. Uno de aquellos registros de la época comenta que alguna vez los sacerdotes decidieron construir una posada para que allí pudieran dormir los indígenas que llegaban a visitar sus niños  que entonces estudiaban como internos. La posada se construyó, pero los indígenas se resistieron todo el tiempo a hospedarse allí, pues estaba ubicada al otro lado de la quebrada Singuiyá, al pie de un enorme árbol de ceiba. Dicen esos escritos antiguos que les escuchaban hablar a los indígenas de algo que ellos (los misioneros) no entendían bien : comentaban de un uattí (espíritu) llamado uchuputu Supai que cuidaba ese árbol. Hoy en día, para quien quiera saber sobre esto no es sino consultar a Mr. Google.  En síntesis podemos decir que la mitología de los sionas, secoyas y kichuas entre otras etnias, consideraban que un espíritu llamado precisamente Uchuputu Supai habita este árbol y de allí sus temores.

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Registro documental CILEAC titulado “DIOS Y LOS ESPIRITUS-Los indios sionas”. Archivo antiguo Vicariato Apostólico de Sibundoy

Volvamos ahora si a nuestra ceiba de Puerto Leguízamo que literalmente, ironías de la vida, no es tan de Puerto Leguízamo.  Pero cómo es este galimatías? Muy sencillo: simboliza a Puerto Leguízamo pero hoy no le pertenece geográficamente. Es cierto, nuestro árbol insignia nació y creció en una isla que se ubicaba en la mitad del río Putumayo frente a Puerto Leguízamo. Gradualmente en el tiempo, quien se preocupaba por ella fueron los colombianos, y finalmente una familia leguizameña cuyo patriarca se llamó Martiniano  González Rincón la compró cuando aún era isla y la bautizó Isla Cartagena. Este acto fue la protocolización de pertenencia colombiana y la constituyó no sólo en su finca sino en un acto de soberanía patriotera hasta cuando los caprichos indecibles de la naturaleza (con ayuda seguramente del mercurio usado por irresponsables que está matando nuestro río) determinó hacer cierre del brazuelo que la convertía en isla y hoy quedó anexada completamente a nuestro buen vecino, la República del Perú.

De tal manera que por ironías del destino (y de la naturaleza) , el símbolo más emblemático, admirado y querido por los leguizameños se ubica hoy en territorio peruano; el Perú nos presta este invaluable  paisaje, una muestra irrebatible de que la cultura, en verdad,  no reconoce fronteras geográficas !

Esas son las particularidades pero al mismo tiempo las paradojas de la cultura: el país con el que sostuvimos una guerra y dio origen a la fundación de Puerto Leguízamo es hoy el país amistoso que nos presta un árbol para admirarlo, quererlo, consentirlo como nuestro y por esas cosas de la vida, cuando el río Putumayo crece, vuelve a ser mucho más nuestro  porque su brazuelo se vuelve a abrir y convierte nuevamente su terreno en una isla, la Isla Cartagena que entonces pertenece a Colombia. Un gran amigo leguizameño a quien cariñosamente llamo “Viejo Tone”  –Gustavo Carvajal-, fue la primera persona que me llevó de la mano a una puesta del sol y me enseñó a contemplarlo. La invitación en estos casos es para reflexionar y meditar bajo la tutela del gran árbol como fondo, y llega uno entonces a la inequívoca conclusión que no solo la ceiba de Puerto Leguízamo es prestada: todo lo que tenemos en esta vida tiene la misma calidad de préstamo, como prestada es nuestra vida misma.

Mocoa, Putumayo, Febrero de 2017


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