La grandeza de la institución del Nobel y la pequeñez de quienes lo ponen en tela de juicio

Guillermo Rivera
Guillermo Rivera

Por : Guillermo Rivera F.

Es muy probable que lo que a continuación escribiré este permeado por el sesgo de la gratitud y la admiración que le profeso al Presidente Juan Manuel Santos, sin embargo intentaré escribir estas letras desde la óptica más neutra posible.

Empiezo por decir algo que surge desde el más común de los sentidos: las miradas externas a cualquier situación suelen ser ponderadas, neutras, ven las dos caras de la moneda, analizan en frío, están desprovistas de prejuicios. Por eso los problemas de pareja suelen tramitarse ante un terapeuta que no es amigo de ninguno de los dos, o por eso las empresas contratan evaluadores externos para que se analicen las ventajas y desventajas de cualquier decisión, o incluso: a veces recurrimos al consejo de un amigo o un conocido para tomar na decisión; en fin, creo que nadie esta en desacuerdo en que la observación externa es un recurso al que todos acudimos para tomar una decisión importante.

Algo similar ocurre con el devenir de nuestro País cuando es observado desde afuera, quien lo observa no tiene ni la carga emocional, ni la carga política que es connatural a quien vive en el territorio colombiano. Nos observan en frío, pueden escuchar todas nuestras voces sin la prevención que surge de no tener pasado en esta tierra y por lo tanto de no tener dolores originados en ella. Desde afuera las cosas siempre se pueden ver mejor, dicen por ahí, y no les falta razón.

El apoyo que la inmensa mayoría de la comunidad internacional le ha dado al proceso de paz Colombiano no es una terquedad de unos cuantos jefes de Estado de países desarrollados de Norte America o Europa, al contrario, no comprometerían su prestigio sí dicho proceso estuviera por debajo de los estándares mundialmente aceptados en temas tan delicados como aquellos relacionados con los derechos humanos.

Igual ocurre con la decisión del Comité del Nobel de otorgarle dicho reconocimiento al Presidente Juan Manuel Santos. Lo que existe de por medio es la valoración de su esfuerzo por alcanzar un acuerdo que le ponga fin al conflicto Colombiano y no la absurda idea de los intereses comerciales noruegos en Colombia que al surgir de las voces opositoras nos conduce a pensar una de dos cosas: La más elemental que se reduce a la ausencia de grandeza cuando se trata de reconocerle méritos al adversario o a una más refinada que los obligaría a desarrollar un esfuerzo investigativo para relacionar los premios atrás otorgados con algún interés comercial de ese País. Sí se acoge ésta última no me alcanzo a imaginar a que conclusión llegarían buscando un interés oculto en el caso de Rigoberta Menchu o de Pérez Esquivel, para mencionar solo dos ejemplos. En fin, la institución del Nobel tiene una historia y un valor mundial tan grandes que en contraste la pretensión de ponerla en tela de juicio con la mezquina idea de un interés comercial solo deja en evidencia la pequeñez de quienes lo argumentan y lo replican.

Lo que es claro para la comunidad internacional en un momento en el que la xenofobia crece y en el que los fanatismos religiosos se traducen en atentados terroristas, es que Colombia resulta ser un ejemplo esperanzador, así muchos sectores al interior de nuestras fronteras se nieguen a aceptarlo y otros por cuenta de éstos no alcancen a comprenderlo.

Estamos cerca de observar que 5.800 hombres de la tropa Fariana y otros tantos de sus milicias empiecen el proceso de delación de armas. Son miles de Colombianos que dejarán de estar en armas, son miles de amenazas menos para los Colombianos desarmados. Creo que eso aún no se ha comprendido en toda su dimensión. Esa dimensión es la que el mundo le reconoce a Juan Manuel Santos.

Quizás muchos quisieran la aniquilación de las FARC, o al menos el sometimiento de sus hombres pero en uno y otro caso nos habríamos tomado más tiempo con las consecuencias propias de ese proceso que habría significado la perdida de vidas humanas de Colombianos pobres, en su mayoría. Pensar en aniquilar a alguien es contrario a la dignidad humana, ni siquiera la justicia penal es venganza, y aunque el sometimiento a la justicia es una opción, tiene un mayor valor ético un acuerdo político para propiciar la reconciliación y la verdad con un enfoque de desarrollo territorial que ayude a superar las iniquidades históricas.

Juan Manuel Santos habría podido gobernar pensando solamente en esas mayorías urbanas a quienes el conflicto armado dejo de tocarlas desde hace más de una década y a lo mejor se habría ahorrado muchos desvelos, pero opto por pensar en resolver el mas agudo de los problemas de esos Colombianos de los territorios más apartados de los centros urbanos más desarrollados, aquellos que electoralmente no tienen mayor peso en las decisiones nacionales y de aquellos sin cuya existencia las fuerzas del mercado podrían sobrevivir .
No hay gobiernos perfectos como no hay seres humanos perfectos, unos y otros se equivocan, pero para terminar un conflicto armado se requiere de un liderazgo valiente, persistente y capaz de mantener el rumbo en medio de la tormenta de las mayorías altisonantes. Esa valentía, esa persistencia y esa claridad frente al puerto de destino es lo que el mundo a nuestro alrededor, sin prejuicios, sin carga emocional, con cabeza fría, ha observado durante los últimos 6 años en el jefe del Estado Colombiano.

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