¿Por qué la paz no vende?

En las regiones existen múltiples iniciativas para construir paz por fuera de las luchas políticas y las ambiciones personales.
En las regiones existen múltiples iniciativas para construir paz por fuera de las luchas políticas y las ambiciones personales.

Decía el filósofo colombiano Estanislao Zuleta, en su ensayo El elogio de la dificultad, que nunca se manifiesta de manera tan clara la impotencia de la imaginación como cuando se trata de imaginar la felicidad. “Comenzamos a inventar paraísos, islas afortunadas, países de cucaña. Una vida sin riesgos, sin lucha, sin búsqueda de superación y sin muerte. Y por lo tanto también sin carencias y sin deseo: un océano de mermelada sagrada, una eternidad de aburrición. Metas afortunadamente inalcanzables, paraísos afortunadamente inexistentes”.

Lo mismo se puede decir a la hora de imaginar la paz. Hemos caído –los medios de comunicación, la sociedad, el Gobierno, la oposición– en el más peligroso facilismo para enfrentar el desafío más importante de nuestra historia. Muchos imaginan la paz como una firma entre el Gobierno y las Farc, como una votación mayoritaria por el SÍ en el plebiscito, como el desarme y el ingreso de los excombatientes guerrilleros a la vida civil y política. Otros, desde la otra esquina, la imaginan como la eliminación de un enemigo intolerable –llámese Farc, terrorismo, narcotráfico, etc–. Pero, aun cuando cualquiera de las dos opciones se haya logrado, no podremos decir que vivimos en un país en paz. ¿Por qué? Porque la paz no es un fin, sino un camino. Y en Colombia, un camino largo y difícil.

Como dice el publicista Carlos Duque, la paz está “santificada”. Cayó en la personificación de Juan Manuel Santos. “Una percepción común es que la paz de Santos no está inspirada en un propósito nacional, sino personal. Y no poder ‘desantificarla’ dificulta la integración política y la socialización del proceso. Tenemos un presidente que ha asumido quizás el reto más grande en nuestra historia. No es un reto meramente publicitario, o de comunicación estratégica, o de mercadeo político, o de imagen pública, sino un gran reto de liderazgo nacional. La falta de ese liderazgo dificulta mucho la venta y socialización del proceso”.

Vea aquí toda la información sobre el #EncuentroColombia2020: La Creatividad para Construir Paz

La incapacidad de ver la paz como un gran proyecto nacional, por encima de las diferencias políticas y las ambiciones personales, ha generado muchas confusiones. Al punto de que cualquier asunto que mencione la palabra paz se asocia automáticamente con el Ejecutivo.Las discusiones sobre paz se limitan a la pelea Uribe-Santos, como si de eso se tratara. Por ejemplo, dice Duque, en el camino hacia el plebiscito muchos partidos dicen que apoyan el SÍ pero no apoyan a Santos, otros dicen que apoyan el NO pero sí apoyan la paz. “Todos están alrededor de la paz, pero cada uno con su versión (…) Si pensamos esto en términos de una campaña publicitaria, pues debería haber una sola campaña, por rendimiento y eficiencia de la comunicación y del mercadeo. Una sola campaña obedeciendo a unas pautas comunes, porque la paz es una sola, pero va a haber cuatro o cinco campañas y eso genera confusión, nos distrae la realidad que tenemos por delante”.

Si el proceso con las Farc sigue su curso, el escenario que nos espera es desconocido y el reto está en ser realistas y responsables para vender la paz. Como dice Duque, eso no se soluciona con una foto, con un comercial o con una frase diciendo que “la paz es mejor que la guerra”. El gran reto es explicarle a la gente el significado de lo que se negocia en La Habana. Una explicación sincera, transparente, podría competir mucho mejor con la oposición que las frases vacías. “Se trata de arriesgarse a decir que la paz no es la firma y no es el SÍ, no es el crecimiento del PIB, sino un proceso largo, que implica sudor y lágrimas –como lo decía Santos hace varios años–, un camino que irá incluyendo soluciones a problemas de inequidad, injusticia, violencia, narcotráfico, entre otros, y que no se va a lograr de la noche a la mañana”.

Iniciativas creativas de paz

La falta de una pedagogía despolitizada, desinstitucionalizada, transparente, ha sido percibida con preocupación por muchos colombianos, sobre todo en las regiones. Por ejemplo, las mujeres que conforman la red Mujeres Tejedoras de Vida del Putumayo han comprobado que es muy difícil que los discursos de paz calen en sus pobladores. En las veredas más golpeadas por el conflicto la discusión se ve como una disputa entre Santos y Uribe. “Aquí falta mucha pedagogía, pero no la del discurso; hay gente que no sabe leer ni escribir, toca llegarles casa por casa y escucharlos, aquí no hay vereda que no haya pasado por el dolor de la guerra, de unos o de otros o de todos”, dice Fátima Muriel, líder de la red en Mocoa.

Esta organización, que agrupa a más de mil mujeres, ha encontrado maneras creativas para aportar a la solución de conflictos cotidianos.Escogieron a 65 mujeres con experiencias de resistencia y liderazgo y las formaron en un diplomado de mediadoras para la paz. Cada una es cabeza de una organización que replica acciones, más que discursos.

Para no quedarse esperando a que alguien llegara a hacer pedagogía, cada una de ellas se trazó acciones concretas para entender los acuerdos de paz. Por ejemplo, las mujeres afros crearon la marimba de la paz, que son reuniones en torno al instrumento, en las que cantan y escuchan los problemas, se armonizan y buscan soluciones al son de la música. Las mujeres indígenas de Puerto Leguízamo se autobautizaron araguanas, en honor al pez que cuida sus hijos metiéndoselos en la boca, de tal manera que se hacen matar antes de soltarlos. Y siguiendo con el símil de los animales, en otras regiones del departamento las mujeres crearon la comunidad del ciempiés, un grupo que va de vereda en vereda escuchando a las otras comunidades en una especie de comadreo.

Lea aquí una nota sobre cómo las mujeres líderes del Chocó hacen frente a la violencia y la pobreza. 

Otro grupo de indígenas se inventó la tulpa de la paz. La tulpa es una costumbre indígena de reunirse en torno a una pequeña fogata (apenas dejan los tizones prendidos) para contarse los sueños que han tenido la noche anterior; en este caso hablan de sus miedos, de sus temores, resuelven los conflictos y buscan la reconciliación en sus comunidades. Otras mujeres se reúnen en torno al tejido de colchas, cojines o cortinas, y entre puntada y puntada se van contando sus problemas y encuentran la forma de solucionarlos.
Pero la acción que más se ha multiplicado es la de los sancochos por la paz. Cada una pone un ingrediente, otra pone su casa y la olla. La convocatoria cobija a 30 o 40 mujeres que mientras cocinan van hablando sobre los acuerdos de paz.

Iniciativas como estas son muestra de que es posible construir paz de manera creativa, por fuera de las luchas políticas y los enrevesados discursos. Jenny Neme, integrante del equipo coordinador de Diálogo Intereclesial por la Paz (Dipaz), cree que a la dirigencia del país le falta mucha humildad para reconocer las experiencias exitosas de construcción de paz en los territorios. “Hay que rescatar las experiencias basadas en la gente, que por la misma ausencia de institucionalidad le ha tocado ser creativa, enfrentarse a la violencia solos, crear procesos de resistencia”.

Esta trabajadora social, que además dirige Justapaz, una organización de la Iglesia Menonita, considera que el error de los políticos y dirigentes es creer que la construcción de la paz se hace con libretos o que obedece a procesos técnicos. Para ella es una cuestión vocacional y se basa en el teórico y escritor John Paul Lederach, para llamar la atención en la necesidad de impulsar y tejer habilidades que hay en los escenarios locales (en lo familiar, en lo comunitario, en lo eclesial) e incluso elevarlas a políticas públicas.

Vea aquí una entrevista con John Paul Lederach: “La paz la construye cada colombiano”. 

“Construir paz es un camino difícil, no lo conocemos y nos cuesta desaprender ciertas prácticas. Hay incertidumbre y el miedo a lo desconocido no nos deja dimensionar lo poderoso y transformador que es terminar con la guerra”, dice Jenny. Por eso, termina siendo más rentable meterse en la guerra y más beneficiosa la polarización. “No tenemos costumbre de trabajar en colectivo, de manera colaborativa, eso es exigente y por eso lo evitamos”.

Pero ella se muestra muy esperanzadora al reconocer esfuerzos como el que las iglesias hacen en Istmina, Chocó, que pueden terminar siendo ejemplo a nivel nacional. Relata Jenny que en ese municipio la Iglesia católica y las iglesias evangélicas están reconstruyendo las relaciones rotas desde hace años en la comunidad y ya tienen una agenda de paz conjunta para el territorio. “Son acciones sencillas: el sacerdote católico delibera en el templo evangélico y el pastor evangélico lo hace en la iglesia católica. Parece muy simple, pero para ellos es muy significativo, son gestos de confianza”.

Jenny insiste en lo que Lederach ha llamado los diálogos improbables, porque en medio de la polarización resulta un gran desafío poder construir relaciones entre los que nunca las han tenido. Y da ejemplos concretos de lo que se está haciendo, pero podría ampliarse y extenderse, como el encuentro y la reconciliación entre víctimas y ofensores a instancias de las iglesias. “La tarea de encontrar la verdad, la justicia y las garantías de no repetición, no se puede encomendar únicamente a una comisión de la verdad, debe adoptarse como práctica cotidiana”.

Fuente : El Espectador

http://colombia2020.elespectador.com/pais/por-que-la-paz-no-vende


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