A Colombia le quedan 812 árboles de cinco especies maderables

Foto: Archivo particular El cedro, del que quedan menos de 650 árboles en su estado natural, se ha utilizado en carpintería, mueblería fina, puertas, ventanas e instrumentos musicales.
Foto: Archivo particular
El cedro, del que quedan menos de 650 árboles en su estado natural, se ha utilizado en carpintería, mueblería fina, puertas, ventanas e instrumentos musicales.

Fueron numerosos, poblaron miles de hectáreas y hoy quedan menos de 900. Altos, gruesos y de madera fina, fueron por años la alacena de campesinos, industriales y carpinteros.

Cinco especies de árboles maderables: caoba, cedro, abarco, palo rosa y canelo de los andaquíes están reducidos a su mínima expresión en los bosques naturales y su existencia en los suelos colombianos peligra. En el caso más crítico,el del palo rosa, apenas subsisten 12 árboles en un pequeño bosque.

Así se ven los fragmentos de madera de abarco cortada. Se utiliza para elaboración de carrocerías.

No son exóticos ni las especies más raras, y mientras usted lee este artículo tal vez esté bajo un techo de abarco, puede que en algún momento haya utilizado aceite de palo rosa, tenga algunos muebles en caoba o haya adquirido otro mobiliario en cedro.

El Instituto Amazónico de Investigaciones –Sinchi– elaboró un detallado estudio sobre cuántos árboles de estos siguen en pie en sus ecosistemas originales, es decir, donde crecen naturalmente, se reproducen con facilidad y mantienen las condiciones ideales para perdurar en el tiempo.

“Puede que haya algunos en jardines botánicos, calles o fincas, pero ya son genéticamente débiles”, explica Dairon Cárdenas, investigador principal del estudio.

Luego de consultar con 20 herbarios, 30 corporaciones autónomas regionales, entrevistar 472 depósitos de madera y aserríos, y consultar a 10 expertos botánicos, el Sinchi estableció los lugares donde posiblemente sobrevivían estos árboles y fue a buscarlos.

En el caso del abarco, los investigadores indagaron en 10 áreas disponibles y solo hallaron 162 árboles. En Bahía Solano (Chocó), Remedios (Antioquia) y Ríosucio (Caldas) se encuentran pequeños bosques de 20, 34 y 30 individuos, respectivamente.

Para el cedro, tan popular en la mueblería fina y las molduras, exploraron en 8 fragmentos de bosque y encontraron solo 613 individuos, 290 con pocas posibilidades de reproducirse. La mayoría se localizó en la frontera amazónica con Brasil y en un relicto del Urabá antioqueño.

Las cifras también están en rojo para el árbol de caoba, una fina madera popular en ebanistería, artesanías y tableros. Quedan solo 47 en su ambiente natural en Juradó (Chocó), Coloso (Sucre) y Cuchilla de Minero (Santander). Los investigadores advierten que hay pocas posibilidades de que los individuos adultos regeneren la especie.

La caoba se destaca por la calidad de su madera. Según el estudio, sobreviven 47 árboles.

Sin embargo, los casos más acuciantes son los de palo rosa, famoso porque su aceite se ha utilizado en la preparación de perfumes y jabones, y el de canelo de los andaquíes, fuente rica de manganeso, hierro y calcio y que ha sido empleado como desinfectante y anestésico.

Del primero solo se hallaron 12 árboles en Puerto Arica (Amazonas) y del segundo, 25, que se distribuyen en Orito (Putumayo) y Albania (Caquetá). Estos dos árboles ya no se ven en el campo y los campesinos no los buscan para cortarlos. En efecto, el palo rosa no se comercializa. Su riesgo es que los árboles jóvenes no logren germinar en los suelos por la reducción de la especie.

En el caso del canelo de los andaquíes, su problema no está en que se haya sobrepasado su aprovechamiento en la tala, sino que no se le deje reproducir, porque las comunidades indígenas que viven cerca de los pocos palos que quedan toman las semillas y las venden, lo que impide que otros nazcan y crezcan en los bosques amazónicos.

Esta es la flor del canelo de los andaquíes. Sus semillas son vendidas por comunidades indígenas.

¿Por qué si hay tan pocos de estos árboles aún queda madera de este tipo en los depósitos? El equipo investigador pudo constatar que muchos registros electrónicos de plantaciones donde supuestamente eran cultivados de manera legal, nunca fueron inspeccionados por las autoridades. Así, muchos forestadores pudieron arrasar gran parte del bosque natural y presentar la acción como legal.

Bosques y paz

Bajo el riesgo de que en unos años sea imposible hallarlos, el Sinchi, las comunidades y las autoridades ambientales elaboraron un plan de conservación.

Una de las acciones que proponen es urgente: que haya una veda nacional a la tala de estos árboles. Aunque algunas corporaciones regionales han impuesto restricciones en este sentido en sus jurisdicciones, la ruta de preservación sugiere que la medida, teniendo en cuenta estas críticas cifras, cubra todo el territorio nacional.

Entre las tareas pendientes también están investigar si quedan en pie algunos más en zonas del Sistema Nacional de Áreas Protegidas y que se otorguen reducciones en el predial a los campesinos que busquen proteger el hábitat de estas especies.

También, los investigadores sugieren que se les identifique genéticamente y se les marque con chips para evitar que sean camuflados en mercancía legal.

Y es que las cifras de la ilegalidad son críticas. Según el Ministerio de Ambiente, el 42 por ciento de la madera que se comercializa en el país es ilegal, el metro cúbico de la legal (300 dólares) cuesta casi el doble de la que no lo es (175 dólares) y la tasa de deforestación es de 120.000 hectáreas al año.

Aunque el panorama no es alentador, los investigadores ven en el plan de las cinco especies una oportunidad para el posconflicto. “Una selva dañada no le sirve a nadie ni ahora ni después. Debemos cambiar la perspectiva para aprovechar nuestros bosques”, explica Luz Marina Mantilla, directora del Sinchi.

Los caminos para volver los árboles aliados para la paz son varios: que las comunidades se conviertan en conservacionistas de sus bosques y que se creen incentivos por la tarea que cumplen; que las familias se empleen en la administración y el cultivo de semillas, y que vivan de su venta, o que -incluso- sean la mano derecha de los investigadores y los primeros en monitorear dónde quedan los pocos arbustos sobrevivientes.

“Podemos seguir con esta tendencia y las estadísticas; tal vez, en unos años, sean más dramáticas. Por eso necesitamos tener bancos de germoplasma para poder reproducir las especies”, explica Cárdenas, del Sinchi, quien agrega que esta es otra de las acciones a las que se podrían dedicar los pobladores de las zonas.

En ese escenario donde los guerrilleros ya no empuñen las armas y dejen de salvaguardarse en las selvas, los bosques quedarían expuestos a otros usos del suelo por primera vez en varias décadas.

Eso podría disparar la transformación de paisajes y, por ende, la pérdida de fauna, flora y suelo que hacen únicas las selvas húmedas tropicales del Amazonas y el Pacífico.

Según Miguel Pacheco, experto forestal del Fondo Mundial para la Naturaleza en Colombia (WWF, por sus siglas en inglés), hay dos posibles proyecciones. En una prospectiva positiva, en la cual se impulse el aprovechamiento forestal sostenible, se necesita consolidar asociaciones de pequeños forestadores y generar subsidios para la actividad.

“En esos lugares ha predominado la economía ilegal, donde se obtienen ganancias rápidas. Hay que formar a los que se van a dedicar a esta actividad, porque el retorno forestal toma varios años”, expone Pacheco.

El país es bosque en un 51 por ciento de sus territorios y la fuerza laboral que podría emplearse para aprovecharlo es significativa según el experto, quien también insiste en que hoy hay una fuerte demanda de solo 6 especies maderables, incluida el cedro, lo que se puede corregir al diversificar la oferta.

Además, el Ministerio de Agricultura calcula que el país tiene 17 millones de hectáreas ‘vírgenes’ para el sector forestal.

De acuerdo con datos de la Corporación Autónoma Regional de Risaralda (Carder), que ha liderado el Pacto Intersectorial por la Madera Legal, si 1’200.000 metros cúbicos de madera que se comercializan en el país al año provinieran de depósitos legales, esta producción representaría cerca de 1 billón de pesos.

“La gente que vive en y de los bosques, por eso espera obtener un uso de ellos. Al finalizar el proceso de paz, tenemos que tener una mirada desde la protección, pero también desde la producción”, afirma Juan Manuel Álvarez, director de la Carder.

El segundo escenario sería más negativo. La llegada de actores con interés en explotar los bosques no tendría ninguna planeación ni consideración ambiental y, según Pacheco, de WWF, se podrían mantener las tendencias de deforestación y sobreexplotación que hoy tienen en vilo unos 900 árboles de las cinco especies más amenazadas del país.

LAURA BETANCUR ALARCÓN
@Laurabeta – @ElTiempoVerde
Escríbanos a laubet@eltiempo.com
Redactora de Medioambiente

http://www.eltiempo.com/estilo-de-vida/ciencia/especies-de-arboles-que-quedan-en-colombia/16270035


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