Gobernar al Putumayo no es un “juego de niños”

Agustín Ordoñez G.
Agustín Ordoñez G.

Por : Agustín Ordoñez

Gobernar al Putumayo, una frase que podría resultar corta y sencilla, si se oye o se mira desprevenidamente, pero que encierra una alta complejidad si se analiza con un poco de detenimiento y en su completa dimensión. Y si la ubicamos en su contexto, Gobernar al Putumayo encarna dos concepciones y realidades también bastante complejas: Gobierno y Putumayo. Quizá sea necesario que las analicemos un poco de manera separada para tratar de comprender lo que verdaderamente significan y representan juntas.

EL GOBIERNO, está relacionado con el ejercicio de la autoridad en una unidad político administrativa, que puede ser la nación, un departamento o un municipio. Dicha autoridad emana del prestigio o mérito de la persona por su calidad o su competencia. El gobierno tiene por objeto dirigir las instituciones y regular la sociedad política en una jurisdicción territorial. Su objetivo fundamental es el ciudadano, la gente, de la que proviene la autoridad y el poder. En el caso del Putumayo, su gente implica la presencia de diferencias étnicas y culturales marcadas, por la procedencia y ascendencia de la mayor parte de pobladores y por la presencia de las comunidades indígenas propias de la región. Todas estas personas esperan y le exigen al gobierno que enfrente y le dé respuestas claras a sus problemas, necesidades y expectativas, que son muchas y de distinta índole.

Los cargos más importantes de gobierno, a nivel local, regional y nacional, son los que se asignan por elección popular y exigen condiciones y calidades por parte de las personas que aspiran a ejercerlos, como el conocimiento, la capacidad y la experiencia. Entre más grande es la jurisdicción mayor será la exigencia de estas condiciones, o sea que hay una diferencia importante entre dirigir un municipio y un departamento, y más si se trata del país.

EL PUTUMAYO, es una de las regiones más complejas de Colombia y por lo tanto uno de los departamentos más difíciles de conducir para un gobernante. Aquí están presentes y convergen la mayor parte de los problemas que aquejan a todo el país: El conflicto armado, con todos sus actores legales e ilegales, ejercito, guerrilla y paramilitarismo y con todas sus connotaciones, que no es necesario recordarlas, ya que todos en este departamento, unos más que otros, las conocemos muy bien, por desgracia, porque el conflicto armado ha escrito aquí miles de páginas con sangre, dolor y muerte. El narcotráfico, en todas sus expresiones, producción, tráfico y consumo y que con su vinculación al conflicto armado han sembrado el terror en nuestra región; a él están ligadas todas las situaciones derivadas de la lucha nacional e internacional contra este flagelo, como las fumigaciones, la sustitución de cultivos, con todas sus implicaciones. La minería, legal e ilegal, que amenaza el equilibrio ecológico, la diversidad natural y la supervivencia de pueblos nativos. Las fronteras, con Ecuador, Perú y Brasil, que aunque brindan también oportunidades, traen consigo muchas implicaciones, como el contrabando, la amenaza a la producción regional y otros. La problemática de las comunidades indígenas y campesinas. La dispersión de la población. Etc, etc. etc.

Para cualquier gobernante y para quien aspire a gobernarla, esta región y estos problemas constituyen un gran reto, que exigen, además de las condiciones ya mencionadas, el temple y el espíritu necesarios para manejar sus riendas, porque el Putumayo, en algunos momentos, le suele quedar grande y se le quiere salir de las manos incluso al gobierno nacional. Gobernar al Putumayo es, en términos generales, un proceso muy difícil y complejo, cargado de retos y de conflictos entre diversos actores. Para hacerlo bien se requiere de capacidad y de un método de gobierno, algo que solo han adquirido quienes tienen el conocimiento acerca del departamento y la experiencia de gobernar.

Además de esta realidad se encuentra el agravante de algunas experiencias y fracasos del pasado que han demostrado que no es fácil gobernar a este departamento y que han dejado en el ciudadano putumayense el escepticismo y el temor de que la historia se repita. Para no ir muy lejos ni ahondar mucho, hace poco hubo la necesidad de que al Putumayo, prácticamente, lo administren desde el gobierno central, porque fuimos intervenidos casi en todo, debido a la ineficiencia e ineficacia de quienes estuvieron al frente y fracasaron estrepitosamente, hasta el punto de costarles su cargo y su carrera política a dos gobernadores. Durante esos años el Putumayo se estancó en su avance y se hundió en el mar de la improvisación, el desgobierno y la incertidumbre.

En términos generales, para gobernar al Putumayo hay que saber de gobernar y hay que saber de Putumayo. Hay que conocerlo, vivirlo y sentirlo, desde siempre, no desde ahora. Hay que saber, entender y sentir su complejidad y su problemática y ser capaces de insertarlas en la realidad nacional. Una realidad nacional que se debate entre la paz o la guerra, entre el conflicto y el posconflicto. Para ello se requiere, repito, conocimiento, capacidad, experiencia y temple. El Putumayo solo es entendible y manejable bajo estas premisas.

Gobernar al Putumayo no es un “juego de niños”, con el debido respeto por los niños y sus juegos, que para ellos son importantes, pero que son espontáneos, improvisados, sin planeación, sin método, y no requieren mucho conocimiento.

Sin lugar a dudas somos también un territorio de grandes potencialidades y oportunidades, en nuestros recursos y en nuestra gente, valores que se constituyen en pilares fundamentales del desarrollo y progreso, pero que al mismo tiempo exigen también las condiciones gubernamentales apropiadas para poder resignificarlos y aprovecharlos de la mejor manera y para beneficio de toda la sociedad que lo habita.

Todo lo anterior establece también la responsabilidad de elegir bien y colocar al departamento en las manos apropiadas y experimentadas, para que continúe recuperando su imagen y su camino de esperanza.

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